Carlos Zúmer: El libro y la película

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De todos los rituales y trances sociales, el del Amigo Invisible (mayúsculas) es uno de los más aterradores. Deberían prohibirlo de no hacerse con personas que realmente se conocen entre sí. Si hay algo más pavoroso que buscar chuchería para la persona agraciada, eso es sin duda esperar a recibir la tuya, sujeta a las más fantásticas formas de invención, ingenio casero o corrección comercial. Puedes esperar cualquier cosa del Amigo Invisible, en general todas rocambolescas y fingidas. Pero lo que más me gusta del juego es el famoso tope de precio, diabólica limitación que endulza aun más la comedia. La amable presión de los organizadores se completa con la idea de este límite económico, que hace aún más angosto el jueguecito de marras. ¡Como si eso ayudara! Si regalar ya es difícil, la cosa empeora si por decreto solo puedes gastarte dos duros.

Hace mucho, pero no tanto, participé en un Amigo Invisible con más de 20 personas. Nadie me emboscó, me metí yo solito. Me tocó regalar a una chica a la que, en efecto, apenas conocía de nada. Intrigado un poco sobre quién habría sido el desdichado al que le tocaba enfrentarse a mí, hice lo propio con mi querida benefactora. Cumplí con corrección práctica y creo que ella quedó más o menos satisfecha (sic). Luego llegó mi turno. Mi paquete era pequeño y lo abrí sin saber qué esperar. Encontré un libro muy delgado, de bolsillo: Graham Greene, El tercer hombre. No lo conocía. Supe poco después quién me lo había regalado —una chica con la que nunca, que yo recuerde, había hablado, pero que sí conocía de vista—. Di las gracias como pude y aquello terminó allí. Y después de un par de meses me decidí por leerlo. Me gustó mucho y mis expectativas quedaron claramente superadas. Di por hecho que no valdría demasiado la pena, pero estaba realmente bien.

En ese momento no lo sabía, pero estaba cometiendo un pequeño sacrilegio. Acercarse a El Tercer hombre por el escueto relato escrito por Graham Greene antes de que se rodara la película, pero publicado después de la misma era, en todos los sentidos, empezar la casa por el tejado. El libro solo era una novelilla de apenas ciento cincuenta páginas planteada ad hoc para ayudar a acometer el guión del largometraje por venir. Al parecer, ese era el método de trabajo de Green. Al parecer, todo el mundo conocía El tercer hombre por su magnífica película, que era lo importante. Y al parecer, todo empeoró mucho más cuando vi la película y no me gustó demasiado. Había cuestiones del papel que no estaban en la cinta de Carol Reed, cambios, omisiones, caras que no encajaban, personajes irreconocibles, el final era distinto… En general, una sensación de extrañeza que no me conseguí sacudir. El amor que sentía por la versión literaria no se había visto correspondido en la pantalla.

Con el tiempo me di cuenta de que fue una cuestión de dirección, de camino inverso. Película después de libro era el orden incorrecto para El tercer hombre.

El conflicto se saldó con sencillez. Volví a la película años después y no fue complicado apreciar el extraordinario trabajo de Carol Reed y compañía, acaparado por un Orson Welles que solo aparecía durante veinte minutos como mucho. La verdad es que el encanto era innegable; la cítara, las alcantarillas, la noria, todo eso. Era una historia tristísima, una fantasmagoría de posguerra y una película fantástica, supongo que lo mejor que ha dado el cine británico desde siempre. Mi historia, la del libro antes de la película, había sido como cenar empezando por los postres: que al final los entrantes saben muy raros. No es difícil descubrir las limitaciones de un libro que realmente no se escribió como tal; y es aún más sencillo apreciar los grandes méritos de la película de 1949. Pero por particular romanticismo, por respetar los procesos y por preservar el cómo se dieron las cosas, El tercer hombre es para mí, antes que nada, la novelilla delgada de Alianza Ediciones que me llegó de casualidad jugando a los amigos y a los regalos. Tras eso vino todo lo demás.

La asociación de ideas desde El tercer hombre me lleva al cine de verano. No es necesariamente el sitio del ambigú y la pantalla grande improvisada frente al pelotón de sillas de plástico o madera más o menos alineadas sobre el albero. También es el cine en casa por vacaciones. Varias películas hasta altas horas de la madrugada. Aire acondicionado, bebida fresca y helado. En una de esas me atreví con El tercer hombre y luego llegó El hombre que mató a Liberty Valance. Después de un par de experiencias no del todo satisfactorias con algunos western de postín (juventud, divina impaciencia), fue un pequeño acto de fe atreverse otra vez con una del Oeste de John Ford. A un comienzo evocador y tranquilo le sucede ya el gran flashback (que realmente es toda la película) con la escena de la diligencia perdida y asaltada en mitad de ninguna parte. Entonces ya vas intuyendo que aquello no es un western al uso y que la etiqueta de crepuscular no es casual. Luego toda la electricidad de la película explota silenciosa cuando los dos protagonistas se encuentran: John Wayne, como el expeditivo Tom Doniphon, burlón sobre su sombrero trasnochado; y un magnífico James Stewart como el vehemente abogado Ransom Stoddard, malherido y con su libro de leyes bajo el brazo. Completaba el cuadro la bella Hallie, Vera Miles, justo en segundo plano entre los dos, el personaje que les da sentido completo a los dos hombres. Allí estaban, en realidad, todas las películas y todas las historias del mundo: la pluma, la espada, la chica.

El hombre que mató a Liberty Valance es una película de aventuras muy concienzuda, gran cénit de madurez de un John Ford con más de 100 películas a sus espaldas. Como siempre, las ramificaciones culturales y políticas son muy fuertes. Me gusta su vertiente de fábula de la América incivilizada, casi por civilizar, de las pistolas, las cantinas y los primeros balbuceos de la prensa de negocio. Pero sobre todo, el gran valor de El hombre que mató a Liberty Valance es su tremenda historia de amor y amistad, un melancólico paseo legendario de pólvora y judías. Es ahí donde converge con El tercer hombre. El fuego de la casa de Tom Doniphon y el plano infinito de Anna Schmidt pasado en silencio junto a Holly Martins son hijos exactos del mismo crepúsculo, de la misma nostalgia de Shinbone y de Viena. Para mí son exactamente la misma cosa. En cualquier caso, supongo que no será la mejor película de Oeste, los duchos sabrán, pero sin duda es una de las más atemporales y transversales a cualquier género, público o época. Y es poco menos que redonda, la visite las veces la visite.

En realidad, pensándolo bien, nunca supe si la persona que me regaló el libro de El Tercer Hombre sabía lo que había comprado; si la había leído, si había visto la película… Me gusta pensar que lo hizo por accidente y que por casualidad me descubrió todo el universo de Graham Greene y Carol Reed, toda esa Europa de posguerra troceada por las potencias vencedoras. Es divertido pensar que ella no sabía lo que compraba. En realidad yo tampoco sabía dónde me metía cuando elegí ver El hombre que mató a Liberty Valance. Son de esas cosas que vienen por casualidad y que al final acaban metidas de lleno en tu particular mitología. Son cosas que no querrías perderte, cosas a las que no quieres renunciar, como la cara de Harry Lime iluminada de súbito por la luz de un farol con el gato entre los tobillos. Con gusto llamaría a la persona que me regaló el libro, pero no nos conocemos de casi nada. Así que prefiero que siga siendo mi amiga invisible.

2 comentarios

  1. El año pasado, hablando de amigos invisibles, me metí en uno muy curioso, sin tope de dinero. Uno a nivel mundial, el de Reddit. Fue muy curioso tener que enviar un paquete a Dallas y recibir otro desde Texas.

  2. Karas

    Para mí junto a Sin perdón y Centauros, los 3 mejores westerns de la historia. Palabra.

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