Libor Sečka (Znojmo, 1961) es embajador de la República Checa en España desde 2023. Diplomático de carrera desde 1986, ha ocupado destinos clave en momentos decisivos para su país: fue primer secretario en Madrid tras la Revolución de Terciopelo, embajador en México, representante permanente ante la Unión Europea durante las negociaciones de adhesión checa y embajador en China durante aproximadamente seis años. A lo largo de su trayectoria ha combinado la diplomacia clásica con una intensa actividad cultural, impulsando proyectos de memoria histórica y diálogo artístico como Never Forgotten o Popel.
Nos recibe en la embajada checa en Madrid, en un despacho luminoso donde conviven fotografías de Václav Havel con catálogos de arte contemporáneo y una botella de vino de Moravia. Habla con precisión centroeuropea y entusiasmo mediterráneo, enlazando anécdotas de su infancia en Mramotice con negociaciones en Bruselas, historias de enterradores heroicos en Praga y amistades forjadas en Andalucía. La conversación avanza entre memoria, símbolos y diplomacia, con una idea recurrente: los países se entienden mejor cuando aprenden a contarse sus historias.
Nació y creció en Mramotice —perdone si no pronuncio bien los nombres en checo—, un pueblo muy pequeño, casi una pedanía de Znojmo, esa ciudad fronteriza que queda más cerca de Viena que de Praga y que usted ha descrito como un lugar por donde «pasaban muchas culturas a través de la puerta de Moravia del Sur». ¿Cómo recuerda aquel entorno en su infancia? ¿Qué significa crecer en un cruce de caminos?
Bueno, ese cruce de caminos es algo que percibo hoy. Cuando yo era niño la frontera era muy firme, muy real, separaba de verdad. No tenía la sensación de estar en un lugar de paso, sino en una parte preciosa de nuestra tierra que, por razones que entonces no comprendía, estaba limitada. Aun así, tuve una infancia bastante feliz.
Es curioso: cuando he leído a escritores españoles de mi generación, como Manuel Vilas en Ordesa, he encontrado sensaciones muy parecidas a las que yo vivía entonces. Aunque nuestras circunstancias sociopolíticas fueran distintas, había rasgos de aquella época que se parecían mucho.
Recuerdo también algo que más tarde volví a encontrar en la literatura. El escritor húngaro László Krasznahorkai cuenta en una novela —creo que es La melancolía de la resistencia— la llegada de una especie de circo ambulante que llevaba una ballena enorme por las ciudades de Europa Central. La exhibían dentro de un camión y la gente entraba a verla. Cuando leí ese pasaje me quedé impresionado, porque yo viví exactamente eso de niño. Aquella ballena llegó también a nuestra zona.
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Ejemplo de diplomacia positiva, que alienta la convivencia entre pueblos que aspiran a entenderse más allá de las peripecias políticas y económicas habituales. Enhorabuena