Entrevistas Sociedad

Libor Sečka: «Trabajar como embajador significa también buscar símbolos. Si tienes símbolos puedes trabajar mejor, porque unen»

Libor Sečka para Jot Down

Libor Sečka (Znojmo, 1961) es embajador de la República Checa en España desde 2023. Diplomático de carrera desde 1986, ha ocupado destinos clave en momentos decisivos para su país: fue primer secretario en Madrid tras la Revolución de Terciopelo, embajador en México, representante permanente ante la Unión Europea durante las negociaciones de adhesión checa y embajador en China durante aproximadamente seis años. A lo largo de su trayectoria ha combinado la diplomacia clásica con una intensa actividad cultural, impulsando proyectos de memoria histórica y diálogo artístico como Never Forgotten o Popel.

Nos recibe en la embajada checa en Madrid, en un despacho luminoso donde conviven fotografías de Václav Havel con catálogos de arte contemporáneo y una botella de vino de Moravia. Habla con precisión centroeuropea y entusiasmo mediterráneo, enlazando anécdotas de su infancia en Mramotice con negociaciones en Bruselas, historias de enterradores heroicos en Praga y amistades forjadas en Andalucía. La conversación avanza entre memoria, símbolos y diplomacia, con una idea recurrente: los países se entienden mejor cuando aprenden a contarse sus historias.

Nació y creció en Mramotice —perdone si no pronuncio bien los nombres en checo—, un pueblo muy pequeño, casi una pedanía de Znojmo, esa ciudad fronteriza que queda más cerca de Viena que de Praga y que usted ha descrito como un lugar por donde «pasaban muchas culturas a través de la puerta de Moravia del Sur». ¿Cómo recuerda aquel entorno en su infancia? ¿Qué significa crecer en un cruce de caminos?

Bueno, ese cruce de caminos es algo que percibo hoy. Cuando yo era niño la frontera era muy firme, muy real, separaba de verdad. No tenía la sensación de estar en un lugar de paso, sino en una parte preciosa de nuestra tierra que, por razones que entonces no comprendía, estaba limitada. Aun así, tuve una infancia bastante feliz.

Es curioso: cuando he leído a escritores españoles de mi generación, como Manuel Vilas en Ordesa, he encontrado sensaciones muy parecidas a las que yo vivía entonces. Aunque nuestras circunstancias sociopolíticas fueran distintas, había rasgos de aquella época que se parecían mucho.

Recuerdo también algo que más tarde volví a encontrar en la literatura. El escritor húngaro László Krasznahorkai cuenta en una novela —creo que es La melancolía de la resistencia— la llegada de una especie de circo ambulante que llevaba una ballena enorme por las ciudades de Europa Central. La exhibían dentro de un camión y la gente entraba a verla. Cuando leí ese pasaje me quedé impresionado, porque yo viví exactamente eso de niño. Aquella ballena llegó también a nuestra zona.

En su novela él describe el miedo, el horror que sintió al verla. Yo no recuerdo miedo. Recuerdo fascinación, curiosidad, incluso el olor del lugar, la sensación de que algo del mundo lejano llegaba hasta nosotros. Fue una experiencia muy intensa. Ese recuerdo se había borrado con el tiempo, pero al leerlo en su libro regresó de golpe. Pensé: «Dios mío, esto también lo viví yo».

Quizá eso explica mejor mi infancia que cualquier definición política: una mezcla de límites muy claros y, al mismo tiempo, destellos del mundo exterior que aparecían de forma inesperada.

¿Te inspiraron autores como Běhounek, Foglar o los cronistas de la vieja flota checoslovaca? ¿Te llevaron a imaginar una vida dedicada a viajar, a mirar el mundo desde fuera? Lo conecto también con aquello de la ballena, con esa fascinación por lo que venía de lejos?

Yo leía de todo, no solo libros de marinos checos, sino relatos de exploradores y navegantes en general: James Cook, los españoles, los rusos, los americanos, los ingleses… Para mí era un mundo soñado. En aquel tiempo Checoslovaquia tenía catorce barcos mercantes que operaban desde distintos puertos europeos —Hamburgo, Szczecin, Trieste—, y durante una etapa de mi infancia uní mi futuro a ese sueño marinero.

¿De verdad querías ser marinero?

Sí. Cuando en la escuela nos preguntaban qué queríamos ser de mayores, yo lo tenía clarísimo: marinero. Era casi una obsesión. Después, en el instituto, empezaron a llegar más informaciones, y también comprendí que no era tan sencillo estudiar esa carrera en la universidad. Entonces cambié un poco de rumbo, pero la idea de salir al mundo seguía en mi cabeza.

Libor Sečka para Jot Down

He leído que uno de tus primeros momentos difíciles fue el paso de la escuela primaria al instituto Karel Polesný, en Znojmo. Supongo que tuvo que ver con salir del pueblo, con entrar en la ciudad.

Sí, fue interesante. Yo me sentía muy bien en la escuela básica, que en nuestro sistema iba de los seis a los quince años. Pero terminé un año antes porque existía la posibilidad de saltarse el último curso y pasar directamente al gimnasio, siempre que eligieras una orientación más científica —física, química—. Yo tenía mucha sed de aprender, quería avanzar más rápido, así que acepté.

Sin embargo, lo pasé un poco mal. Había muchas asignaturas técnicas que no me daban tanta satisfacción. Fueron tres años bastante duros. Aunque mi pueblo está a solo siete kilómetros de Znojmo, seguía siendo un pueblo, y dar ese paso hacia un entorno más urbano, con compañeros que tenían otras oportunidades materiales y otro contexto familiar, no fue fácil. Me sentía diferente. Pero encontré mi lugar. En esa competencia aprendí a situarme, a defenderme. Y sobreviví.

¿Es cierto que Václav Havel adoraba el vino de Znojmo y que lo ponía a la altura de los vinos españoles?

Yo conocí a Václav Havel aquí en Madrid, cuando trabajaba por primera vez como joven diplomático en la embajada. Sí, es verdad que le gustaba el vino de Znojmo, aunque también apreciaba otros vinos moravos. Pero el de Znojmo le gustaba especialmente. También le gustaba mucho a la reina de Inglaterra. Cuando entregué mis cartas credenciales a Isabel II pregunté si podía llevar un regalo. Me dijeron que sí, pero que debía ser algo práctico, algo que no acabara acumulando polvo. Pregunté si podía ser vino. Me respondieron que sí, que el vino era adecuado. Así que llevé vino de Znojmo. Durante la audiencia, como gesto de aceptación y respeto, la reina colocó la botella en una mesita a su lado, dejando claro que lo aceptaba.

El vino de Znojmo siempre ha tenido muy buena acogida. Desde que fui embajador por primera vez, en México, me ha acompañado en todos mis destinos: China, Italia, Gran Bretaña y ahora en España. En todas partes ha gustado mucho. Y recuerdo también que a Havel, cuando estaba en España, le encantaron los buenos vinos españoles.

¿Qué le llevó a estudiar en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú en los años ochenta y cómo recuerda ese periodo formativo en plena Guerra Fría?

Fue una etapa muy exigente, nada fácil, pero decisiva para mi vida. No solo por la formación académica, sino por la experiencia de vivir en condiciones difíciles. Moscú en aquellos años carecía de muchas cosas: no había la oferta de alimentos que hoy damos por supuesta y mi beca el primer año era muy limitada. Además, la comunicación con mi familia era complicada. No había teléfonos accesibles. Si quería llamar a Praga o a mi ciudad tenía que ir a la oficina de correos, solicitar la llamada y me asignaban una hora concreta. Entonces esperaba y hablábamos tres minutos. Hoy eso es casi imposible de imaginar.

La educación, sin embargo, era muy buena. Estudiaba idiomas, historia, materias que realmente me interesaban. Por supuesto había mucha política, estábamos en la Unión Soviética, pero también era la época en que llegó Gorbachov y las cosas en Moscú empezaban a cambiar más rápido que en mi propio país. En cierto modo, ir más al este me daba la sensación de estar más cerca de un cierto progreso, dentro de los límites posibles. A partir del tercer año —el programa duraba cinco— podíamos acceder a una sección especial de la biblioteca llamada «fondo cerrado», donde había literatura que normalmente no se podía consultar. Eran, en muchos casos, libros prohibidos. Yo leí allí, por ejemplo, obras de nuestro primer presidente, Masaryk. Fue algo extraordinario para mí.

También podíamos leer prensa extranjera. Desde el primer año estudiaba español y en el tercer curso ya éramos capaces de leer con fluidez. Leía Cambio 16 y El País. Conocía a los miembros del Gobierno español por la prensa mucho antes de pisar España. Recuerdo que hace poco, en Vigo, le dije a Abel Caballero que lo conocía desde hacía décadas, aunque él no pudiera imaginarlo, porque ya leía sobre él cuando estaba en Moscú. Los dos primeros años teníamos clases seis días por semana, incluido el sábado, y el domingo realizábamos trabajos voluntarios, por ejemplo, ayudando a niños sin familia. Era un sistema muy duro, casi como el servicio militar. No tiene nada que ver con los estudios actuales. Pero también me fortaleció.

¿Y qué sentiste la primera vez que entraste en esa biblioteca cerrada?

Un placer enorme. Estabas en un sitio donde hacía calor —porque en Moscú normalmente no hacía mucho calor, pero allí la calefacción funcionaba bien—. Había revistas con imágenes interesantes, sobre política, cultura… Eran los años ochenta, la plena transición española, la apertura, se hablaban cosas que antes no se hablaban. Eso me daba una satisfacción enorme. Para mí era casi como ir a misa, a la iglesia; algo muy inspirador, que te llenaba de energía y de alegría. También era un refugio: dejabas fuera todo lo demás y entrabas en un espacio distinto.

 

Libor Sečka
Libor Sečka

Vivió la transformación política de su país desde dentro, ya estaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores desde 1986. ¿Qué significó para usted la transición checoslovaca y cómo afectó a su manera de entender el servicio público?

Claro, todos intuíamos entonces que algo tenía que pasar, porque no era posible seguir en esas condiciones dentro de la competición europea. Las cosas empezaron a cambiar con Gorbachov en Moscú, después en Alemania, en Hungría. Toda Europa estaba en ebullición. El momento tenía que llegar. Había reflexiones sobre si el Partido Comunista podría reformarse desde dentro, transformarse, pero eso no era real. Al final el impulso vino desde abajo. Primero los estudiantes, después toda la sociedad, porque habíamos llegado a un momento de madurez. La gente esperaba con anhelo que pasara algo. Y pasó.

Había una doble sensación: por un lado, esperanza ante lo nuevo, por otro, miedo. Muchas personas tenían responsabilidades, familias, posiciones que podían perder. Pero en la mayoría de los casos lo que se llama Revolución de Terciopelo corresponde a la realidad. No hubo movimientos bruscos. Se intentó eliminar la injusticia e introducir la justicia al mismo tiempo, sin sustituir una injusticia por otra. Fue un proceso muy delicado, pero con la emoción y la voluntad de la gente salió bien.

Ayer, en una cena de la Asociación de Enfermedades Poco Frecuentes con la que colaboro, se me acercó un señor y me dijo: «Yo estuve en su país a principios de los noventa y me impresionó cómo supisteis pasar de una época a otra de forma tan pacífica, tan tranquila y tan profunda». Yo le respondí: «Pero ustedes también tienen su propia transición». Y él contestó: «Sí, pero la nuestra fue más local». Quizá la nuestra ofreció una experiencia que tuvo cierta proyección internacional. Aquí el contexto era diferente.

Su primer destino fue Madrid, a principios de los noventa, y coincidió con el final de Checoslovaquia. ¿Cómo lo viviste desde aquí?

Fue un periodo muy complejo, lleno de cambios y de emociones. Después de casi tres años en el ministerio yo quería salir al extranjero. Me ofrecieron primero el puesto de tercer secretario en Perú, en nuestra embajada. Me apetecía mucho ir a Perú, además encajaba con el departamento latinoamericano. Pero entonces Václav Havel empezó a renovar el servicio exterior con personas de su confianza. Eligió como embajadora en Madrid a una señora checa que vivía en Barcelona, casada con un catalán. Era una persona muy decente, artista, ilustradora, pero sin experiencia diplomática. Me llamaron desde la oficina del presidente y me dijeron: «Va a venir una señora de Barcelona que será nuestra embajadora; por favor, dale toda la experiencia que puedas».

Ella me preguntó si existía un curso para embajadores en Praga. Le dije que no, que no había ningún curso, pero que intentaría transmitirle todo lo que sabía. Mi propia experiencia era limitada, llevaba menos de tres años en el ministerio. Durante medio año la ayudé en todo lo que pude, no solo en lo profesional, también en lo humano. Vivía sola, no tenía experiencia dirigiendo equipos, no conocía la materia. Sabía de cultura, tenía sensibilidad hacia el carácter español —quizá más catalán—, pero lo demás era nuevo para ella. Yo insistía en que quería ir a Perú. Hasta que me llamó el jefe de personal y me dijo: «Aquí no hay bromas. Vas a Madrid». Y fui.

Llegamos los dos a una embajada donde trabajaba un equipo formado en el régimen anterior: profesionales, sí, pero con sus ideas y, sobre todo, con miedo. Y manejar un equipo donde el rasgo dominante es el miedo a ser despedido es muy difícil. Así empezamos. A veces estaba muy cansado. Yo era muy joven, era mi primera misión en el extranjero, con una embajadora sin experiencia que necesitaba mucha atención, con mi familia recién llegada y con un equipo que en parte estaba en contra. A veces tenía la sensación de que conducía el coche desde el asiento de atrás.

Poco a poco la situación cambió. Algunos se fueron, llegaron otros sin experiencia. Se cambió un problema por otro. Pero al final lo pasamos bien. Fue una época muy intensa en la relación checo-española, gracias también a la buena relación entre Havel —ahí tengo su foto— y el rey Juan Carlos. Hubo muchas visitas oficiales, muchos contactos entre gobiernos y ministros. Pasé cinco años aquí y me enamoré de España. No podía ser de otra manera. Mis hijos también.

Recuerdo que conocimos a una pareja mayor en Andalucía, en un pequeño pueblo de la costa llamado La Mamola, con playas de piedra negra. Entonces no había internet, nos pasábamos direcciones de casas para alquilar. Así conocimos a Manolo y Ana. Nos recibieron como si fuéramos familia. Tenían tres hijos que ya se habían ido de casa. Pasábamos allí los veranos y a veces también fin de año. Nos trataron siempre como a los suyos. Lo menciono porque ahora mis hijos ya son adultos, tienen su propia familia, y cuando vienen a España quieren ir allí. Manolo y Ana ya han fallecido, pero la casa sigue y los recuerdos también. Para mis hijos es casi un santuario.

Luego, en el 97, ya te nombran embajador en México. Me imagino que sería un choque: el idioma es el mismo, pero luego es completamente diferente.

Ese fue mi error. Yo pensaba que México era más o menos como España, pero más grande. Y esa idea no corresponde en absoluto a la realidad. México me encantó. Lo que lo define es el sincretismo: las dos culturas, la originaria y la española, nunca se han integrado del todo, conviven como dos piedras que permanecen una junto a la otra. De ahí salen expresiones y situaciones absolutamente inesperadas. Estuve allí un año y medio y tenía la sensación de vivir dentro de una película permanente. Cada día ocurría algo que me sorprendía, a veces agradablemente, a veces no tanto, pero siempre había una historia nueva.

Un ejemplo. En la residencia queríamos cambiar los muebles. Encargamos, a través de una empresa, mobiliario italiano moderno. Pagamos el depósito y empezó la operación. Pasó un mes, luego otro, luego otro más. Al tercer mes por fin llegaron los muebles. Los descargaron y los dejaron en medio del jardín.

—Ahora nos vamos.

—¿Cómo que se van? Hay que instalarlo dentro. Está en cajas y está lloviendo.

—Nosotros no podemos hacerlo, eso lo hacen los técnicos.

—¿Y cuándo vienen los técnicos?

—No lo sabemos.

Entonces, ya desesperado, les dije: «Señores, aquí terminamos con las bromas. Este es territorio oficialmente de la República Checa. Desde este momento ustedes son rehenes míos y no pueden moverse hasta que vengan los instaladores y monten los muebles».

Me miraron sorprendidos: «¿De verdad, embajador, somos rehenes?». «Sí, pueden considerarse rehenes». Eran seis hombres fuertes, si hubieran querido irse, yo no habría podido hacer nada. Pero llamaron a su jefe: «Jefe, el embajador nos ha detenido. Dice que somos sus rehenes y que hasta que no vengan los técnicos no podemos movernos». En dos horas llegaron los técnicos.

Eso es México. Pueden pasar cosas absolutamente surrealistas. A mí me encantaba, porque allí se pueden hacer fantasías que en otros países serían imposibles.

Por ejemplo, tenía muy buena relación con el alcalde de Huamantla, en Puebla, famoso por dos cosas: la corrida de toros —una especie de pequeña Pamplona— y las alfombras de flores que cubren las calles. Cuando se acercaba la visita de nuestro ministro de Exteriores, le dije al alcalde: «Rogelio, me gustaría hacer algo especial para que el ministro lo recuerde».

—¿Tienes sus fotos?

—¿Para qué?

—Vamos a hacer su retrato con flores.

Le dije que quizá era demasiado y que mejor hiciéramos algo similar pero más sobrio. Al final acordamos hacer la bandera checa y escribir con flores: «Bienvenido, señor ministro», en checo. La noche anterior llegó un camión con luces y trabajaron toda la noche. Cuando llegué con el ministro desde el aeropuerto y abrimos la puerta del jardín, se encontró con aquella imagen hecha de flores. Fue un impacto.

Eso se puede hacer en México. En España sería más difícil. Por eso digo que para mí México es un país de fantasía, un lugar donde existen condiciones para hacer cosas que en otros países no serían posibles.

Libor Sečka para Jot Down

Posteriormente representa a Chequia ante la Unión Europea, en otro momento de profunda definición del proyecto europeo. Vuelve a colocarse en un lugar complejo, ¿no?

A mí me gusta estar en espacios donde pasan cosas y participar activamente. El ministro me invitó a asumir la posición de embajador checo en Bruselas durante las negociaciones de nuestra entrada en la Unión Europea. Estuve allí dos años y medio, hasta llegar al último punto de la negociación.

Fue un periodo profesionalmente muy duro. La adhesión era el objetivo número uno del gobierno. La Unión Europea elaboraba informes sobre nuestro grado de preparación y cada seis meses se publicaba uno. Cada gobierno, cada partido, quería que el informe fuera lo más positivo posible para mostrar a los ciudadanos que el proceso avanzaba bien.

El trabajo estaba sometido a mucha presión política. Era diplomacia, pero también política en estado puro: muchas disciplinas técnicas, cifras, estadísticas, adaptación de leyes. Un trabajo intenso, de diez o doce horas diarias, en la oficina o en reuniones. Me dio mucho, aunque no era la diplomacia más clásica; era un momento excepcional, decisivo, con un fuerte componente técnico y político. Hubo numerosas visitas: ministros de todos los sectores, parlamentarios… Bruselas era un punto de paso constante.

Lo conseguimos y me siento orgulloso de haber participado en esa tarea.

Y luego hay un momento fascinante: lo envían a China en 2009. ¿Qué descubrió allí que no esperaba?

Eso fue después de nuestra primera presidencia de la Unión Europea, yo era responsable de su preparación desde el ministerio. Como logramos buenos resultados, el ministro me preguntó: «¿Qué te gustaría ahora? ¿A dónde quieres ir?». Le respondí que, después de tantos años centrado en Bruselas, quería un país más lejano. Se rió y me dijo: «Se queda libre el puesto en China, ¿quieres?». Y dije que sí.

No sabía mucho del país, pero me preparé. Al final estuvimos allí con la familia más de seis años, un récord para un embajador checo. Fueron años fascinantes. Pasamos por momentos muy distintos, desde una etapa de aislamiento hasta una relación mucho más floreciente. La cultura china es absolutamente diferente de la occidental. Si no atraviesas esa pared cultural, no puedes entender lo que ocurre, y si la atraviesas a veces es difícil volver. Hay muchas cosas que funcionan de otra manera, pero igual de bien, o incluso mejor que las nuestras.

Por ejemplo, nuestro calendario se rige por el sol, el suyo por la luna. Cuando hace sol nosotros nos alegramos, ellos se protegen con paraguas. Cuando hay luna llena, se sientan en las terrazas y escriben versos. Aquí, en cambio, ladran los perros. Nuestra lengua construye significado con letras que forman palabras y frases, buscando precisión. Ellos parten de imágenes: caracteres que sugieren sentidos y dejan espacio para la interpretación. Nuestra línea de unión es horizontal, para ellos es vertical, hacia el cielo. Son diferencias profundas en la manera de percibir el mundo.

Aproveché los dos primeros años de aislamiento político —tras algunas visitas oficiales polémicas en Praga— para acercarme al mundo artístico chino. Nacieron amistades que aún hoy continúan. Creamos el programa Embassy Art, un espacio de encuentro entre artistas checos y chinos, sobre todo pintores y escultores, que duró cinco años.

¿Esa vía cultural y artística como herramienta diplomática viene de su etapa en Madrid, o es algo que siempre ha llevado consigo?

No sé si la embajadora en Madrid influyó directamente en mi desarrollo, quizá fue algo mutuo. Pero fue en Madrid donde encontré mi propio camino hacia el arte. Descubrí a Antonio Saura, por ejemplo. Una vez estaba en Cartagena para dar una conferencia en la universidad y, al pasear por la ciudad, vi luces en un edificio negro. Entré y era el ayuntamiento, había una exposición de Saura. Me impactó profundamente.

A partir de ahí empecé a buscar su obra, compré alguna pieza y se abrió en mí una nueva capacidad de comprender el arte y utilizarlo como instrumento de trabajo diplomático. En China lo utilicé muchísimo.

El primer contacto que se conoce entre tierra checa y la península ibérica es el de la princesa Dobroslava —Santa Orosia en España—, patrona de Jaca, que de camino a esa ciudad fue atacada y martirizada. ¿Qué le parece esta historia como comienzo de relación entre nuestros países?

Es una muy buena pregunta, porque trabajar como embajador en una relación bilateral significa también buscar símbolos. Si tienes símbolos puedes trabajar mejor, los símbolos unen. Santa Orosia, Dobroslava, es uno de ellos, aunque su significado es más local, vinculado a Aragón y a Jaca. Estuvimos allí este verano, participamos en la celebración y vamos a continuar presentes.

Pero también es importante buscar otros símbolos. Hay uno histórico muy interesante: San Juan Nepomuceno, que llegó a España con los austriacos. Es un santo checo y poca gente sabe que lo es, hasta que descubre que llegó a ser patrono de la Infantería de Marina española. En La Granja, donde está la Real Fábrica de Cristal, hay calles y una iglesia dedicada a él. Es, de hecho, más conocido aquí que Santa Orosia.

Incluso en Madrid hay huellas: el Puente de Praga sobre el Manzanares lleva ese nombre porque antes había allí una iglesia dedicada a San Juan Nepomuceno. Al construir el puente, la iglesia fue derribada y se optó por un nombre vinculado con Bohemia, con Praga. Durante el franquismo se llamó «Puente de los Héroes de Toledo», pero después recuperó el nombre de Praga.

En cualquier caso, lo más importante es encontrar símbolos modernos, mostrar que algo nos une ahora, no solo hace trescientos años.

Libor Sečka para Jot Down

Al hilo de eso: ¿qué le ha parecido el documental Popel y qué impresión se lleva de la historia que revela?

Cuando vine hace dos años el proyecto estaba todavía a medio camino. Un amigo me habló de un investigador en el País Vasco que estaba trabajando sobre una historia relacionada con mi país y que pensaban hacer una película. Inmediatamente entendí que podía ser algo muy interesante y útil, un instrumento nuevo. Me puse en contacto con ellos y comprendí la magnitud de la historia.

Tenían dificultades prácticas, también económicas, para avanzar. Yo intenté ayudar a resolver algunos problemas, involucrando, por ejemplo, a la televisión checa y facilitando condiciones para trabajar en Chequia. No digo que la película haya nacido gracias a mí, en absoluto, pero sí participé activamente en crear un entorno favorable para que pudiera desarrollarse.

La película me parece fantástica, muy emocionante. Mi ambición es contagiar a muchos españoles, que vean esa cercanía que existe entre nosotros. También me dio la oportunidad de invitar al ministro Albares a Praga en visita oficial bilateral, después de veinte años sin una visita oficial de un ministro español. Con esta película rompimos un esquema. Me da fuerza para decir: «Si fuimos tan cercanos en el pasado, ¿por qué no podemos serlo ahora? ¿Por qué no podemos aprovechar más el potencial de nuestra relación?».

Popel es una riqueza, un instrumento. Si no lo buscas, no lo encuentras. Ha aparecido en el momento adecuado y queremos trabajar con este símbolo también este año. Estamos preparando una estatua del protagonista, František Suchý, y queremos instalarla cerca del Puente de Praga, en Madrid Río. Estamos en conversaciones avanzadas con el Ayuntamiento de Madrid, que nos está ayudando mucho.

Es un proceso complejo: hay comisiones, requisitos legales y técnicos, financiación. Pero hemos avanzado y espero que la inauguración de la estatua sea uno de los puntos clave de la segunda edición de las Jornadas Checo-Españolas que preparamos para este año, bajo el lema «Vecinos sin frontera común».

La historia del enterrador František Suchý y su hijo, que ocultaron nombres y cenizas durante toda su vida, es extraordinaria. ¿Qué le conmueve más de ese acto de resistencia?

Muestra que había quienes luchaban por la democracia y la libertad con un fusil, y él también luchaba, pero de otra manera. No tenía ametralladora, pero arriesgaba su vida cada día guardando los restos de las personas y anotando cuidadosamente sus nombres en su cuaderno. Lo hacía sin pretexto ideológico, sin teoría política. Lo hacía porque tenía una capacidad humana profunda.

Ese humanismo, algo que está por encima de todas las ideologías —el amor de una persona a otra, el respeto por el ser humano, por su destino y por sus restos—, eso es lo que más me conmueve. Desde cierto punto de vista es casi un modelo del héroe checo.

Se vio también en la Revolución de Terciopelo. No somos un pueblo que reaccione matando en el primer momento, buscamos convencer, vencer sin destruir. No quiero exagerar la comparación, pero hay una tradición de convivencia. En nuestro espacio centroeuropeo, por ejemplo, no hubo pogromos como en otras zonas. La idea dominante fue la coexistencia.

Eso estaba ya en la Primera República Checoslovaca: una igualdad sentida, no artificial. En una cervecería podían sentarse en la misma mesa un filósofo, un conductor de tranvía, un médico o alguien que limpiaba las calles. Eso es muy checo. Y también explica en parte nuestra relación especial con Israel: hay una experiencia histórica de fondo.

En el fondo, Popel conecta con algo que ya experimentamos con el Never Forgotten Project en el Reino Unido. Allí trabajamos con trescientas diez tumbas de soldados checoslovacos muertos durante la Segunda Guerra Mundial. Algunos cayeron en combate, muchos murieron en entrenamiento o por accidente mientras se preparaban para luchar. En casa recordamos a unos pocos pilotos célebres y olvidamos a los demás. Yo quería que habláramos de todos: «estos también estuvieron aquí», «estos también hicieron historia».

Mostramos esa realidad a diputados británicos, periodistas, escuelas, empresarios. La historia estaba olvidada y al recuperarla se crearon lazos nuevos. Es lo mismo: buscar símbolos que puedan ser pilares para un camino compartido.

En cuanto a la memoria, diré algo quizá poco diplomático. La expresión «memoria democrática» me plantea preguntas. La memoria es memoria, puede ser justa o injusta si se falsifica, pero no necesita adjetivos. Cuando se añade un calificativo político, cambia su naturaleza. Yo no estoy aquí para juzgar España, estoy como amigo y observador, alguien que ama este país y quiere que la relación entre nuestros países sea lo más fructífera posible.

La historia puede utilizarse para unir, como hicimos en el Reino Unido, o para dividir, y eso es una pena. Hay que presentar los hechos sin color, como hechos. Cada uno los interpretará a su manera. Si queremos ser honestos, debemos serlo también con nuestra propia historia y usarla como impulso hacia el futuro. De lo contrario, en vez de dar un salto adelante, podemos caer en una grieta.

Libor Sečka para Jot Down

Siguiendo con historias que conectan la Bohemia checa con España: ¿conoce el romance entre el brigadista internacional Jaroslav Klecan y la joven valenciana Paquita que narra Marek Toman en Zrádce, hrdina, spisovatelTraidor, héroe, escritor—? Este año lo publicamos en España.

Ah, sí, Traidor, héroe, escritor. No conozco en detalle esa historia concreta del romance, pero ahora que me lo cuenta voy a buscarla. Me interesa mucho. Si además incluye las cartas en castellano con traducción al checo —y ustedes lo harán al revés—, es todavía más atractivo. La historia de Klecan es impresionante, así que estaré encantado de leerla.

La Book Prague 2026 estará dedicada a Europa. El año pasado no acudió ninguna editorial española, solo el Instituto Cervantes y la embajada. ¿Animaría a las editoriales españolas a participar en la Feria Internacional del Libro de Praga?

Es una pregunta que quizá correspondería más a la embajadora española en Praga. Yo solo puedo responder de manera general. En esta segunda etapa en España tengo la sensación de que falta conocimiento mutuo. A veces me parece que en los años noventa nos conocíamos más que ahora. Es paradójico: somos miembros de la misma familia, de la OTAN y de la Unión Europea. Los ministros se ven cada mes en Bruselas, pero hablan de asuntos europeos o internacionales y rara vez tratan lo bilateral. Por eso fue tan importante la visita del ministro Albares a Praga tras veinte años sin una visita oficial.

El turismo ha crecido: más españoles conocen la belleza de Praga y los checos conocen la costa española. Pero ese conocimiento es sobre todo turístico. No se habla tanto del potencial tecnológico, industrial o científico de nuestros países. Con la guerra en Ucrania, por ejemplo, nuestra industria de defensa colabora más que antes, es un ámbito nuevo e importante. Pero en general hay poca conexión. Las universidades, los centros tecnológicos, el sector espacial, la sanidad —que es fuerte en ambos países— colaboran menos de lo que podrían.

Intentamos abrir puertas también en el ámbito cultural y literario. Son pocos los autores españoles conocidos hoy en Praga, y menos aún los checos conocidos aquí. Tenemos la tarea de elevar el conocimiento mutuo. Es algo complejo, pero se facilita cuando el diálogo político es más intenso. Si hay más visitas ministeriales, más contactos institucionales, crece el interés de los medios, de los especialistas y, finalmente, del público. Si preguntamos aquí cómo se llama el presidente del Gobierno checo, pocos lo sabrán, lo mismo ocurre en mi país con España. No es extraño, pero muestra que debemos trabajar más. Si no lo hacemos, perdemos oportunidades cada día.

En los últimos meses ha impulsado una iniciativa solidaria vinculada al fútbol profesional español. ¿En qué consiste el proyecto?

El proyecto se llama Pelota de corazón. Lo llevo junto con la Asociación de Enfermedades Poco Frecuentes, con el apoyo del Real Madrid y, especialmente, del Atlético de Madrid. La idea es que, aprovechando mis viajes por España, cuando visito una ciudad donde hay un club de Primera División intento organizar un encuentro con el entrenador para que firme una pelota. El objetivo es reunir las firmas de veinte entrenadores de la Primera División. Es algo que no se ha hecho antes en España. Es raro, como las enfermedades raras.

Cuando tengamos todas las firmas, la pelota se subastará y el dinero se destinará íntegramente a la asociación. Es un acto solidario, pero también tiene un sentido más amplio: mostrar que la embajada y quienes trabajamos aquí no estamos solo de visita, sino que formamos parte de la sociedad española. Vivimos aquí, entendemos que existen problemas y queremos contribuir de alguna manera. En este momento ya hemos conseguido quince firmas y esperamos completar las veinte muy pronto.

Para terminar, recomiende a los lectores de Jot Down un autor checo de obligada lectura y un lugar que visitar que no sea Praga.

En cuanto a autores, claro, todos conocen a Kafka, aunque Kafka es checo, judío y escribía en alemán. A mí me gustaría que se conociera más a los poetas checos. Jaroslav Seifert es un poeta enorme, absolutamente fundamental, y me gustaría que aquí se leyera más.

Y sobre los lugares: todos saben dónde está la casa de Kafka, esa casa turística en el centro de Praga, pero poca gente conoce su tumba. Está fuera del casco antiguo, en el cementerio judío de la parte nueva. Es un lugar tranquilo, poco visitado, y a mí me gusta muchísimo. Lo recomendaría, porque es un sitio que invita al recogimiento y tiene también una conexión cultural profunda que dialoga con España y con Europa en general.

Libor Sečka para Jot Down

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