Jot Down Cultural Magazine – Juan José Gómez Cadenas: La razón del gran silencio

Juan José Gómez Cadenas: La razón del gran silencio

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Antes que nada, tengo que pedir disculpas a los seguidores de este blog por lo poco que avanza últimamente. Este verano (y me temo que este otoño) no consigo dilatar relativísticamente mi tiempo tanto como me gustaría.

Pero volvamos a la ecuación de Drake. En la última entrega estimamos un número para el producto de los tres primeros factores:

Ns x fp x fe= 2 x 1011 x 0.5 x 0.3 = 3 x 1010

Así pues el número de Civilizaciones Avanzadas que se Comunican (CAC) en la galaxia viene a ser:

N = 3 x 1010 x fl x fi x fc x L/Tg

Donde:

fl = La fracción de esos planetas donde se desarrolla vida.
f= La fracción de esos planetas donde se desarrolla la inteligencia.
fc = La fracción de esos planetas capaces de comunicarse mediante señales de radio.
L = El tiempo durante el cual la civilización emite señales al espacio.
T= La edad de la galaxia.

Por otra parte, la edad de la Vía Láctea es de unos diez mil millones de años, Tg = 1010. Esto nos permite escribir una fórmula muy sencilla:

N = 3 x fl x fi x fc x L

Desafortunadamente, es complicado estimar valores para los términos que nos quedan, ya que carecemos de datos empíricos para ello. No hemos observado vida (ni mucho menos inteligencia o tecnología) en ningún otro planeta fuera de la Tierra. En ausencia de esas observaciones, tenemos que contentarnos con modelos y especulaciones, más o menos plausibles.

Figura 1.1. El experimento de Urey-Miller.

¿Cuál es la probabilidad de que se desarrolle vida en un planeta que está en la zona idónea de su estrella para que eso ocurra? La existencia en la Tierra de extremófilos, bacterias y otros animales menos simples que sobreviven (e incluso prosperan) en condiciones extremas de frío, calor, acidez o falta de luz, sugiere que la vida es extremadamente versátil, capaz de aprovechar cualquier ocasión para desarrollarse y florecer.

Por otra parte, el famoso experimento de Urey y Miller —y decenas de experimentos posteriores en las mismas líneas— sugiere que la vida puede aparecer de forma espontánea mezclando los ingredientes apropiados y añadiendo una fuente de energía. El experimento original se concibió como una simulación en el laboratorio de las condiciones de la Tierra primitiva. Los elementos de partida fueron agua (H2O), metano (CH4) amoniaco (NH3) e hidrógeno (H2). Estos elementos químicos se introdujeron en probetas conectadas entre sí. A la red de probetas se le añadió otra con agua y una última con un par de electrodos. El agua se calentó para provocar su evaporación, los electrodos hicieron saltar chispas (simulación del efecto de los rayos en la atmósfera de vapor de agua) y finalmente la atmósfera se enfrió de nuevo. Al analizar las moléculas presentes en la disolución, Urey y Miller encontraron, al cabo de dos semanas un gran número de moléculas orgánicas (aminoácidos) esto es, los ladrillos de los que está hecha la vida.

El experimento de Urey-Miller, da credibilidad a las pioneras teorías de Oparín, que originan una de las grandes líneas de pensamiento relativas al origen de la vida: que esta puede surgir de manera espontánea (quizá con la ayuda de catalizadores físicos como electricidad o radiación) a partir de moléculas inorgánicas. Sin embargo, nadie ha conseguido todavía sintetizar una célula o proto-célula a partir de la materia inanimada. Entre una sopa de aminoácidos y una bacteria hay un salto cuantitativo que hasta el momento no sabemos cómo dar.

Otra posibilidad barajada a menudo es que la vida llegó a nuestro planeta desde el espacio exterior. En particular, la vida podría haber viajado a bordo de meteoritos arrancados del planeta Marte hace unos cuatro mil millones de años (algunos de esos fragmentos aterrizaron aquí hace tan sólo 13,000 años, esto es, anteayer, como quien dice). La posible existencia de fósiles de nanobacterias en estos meteoritos, aunque muy controvertida, excita la imaginación. Quizá la vida se desarrolló en Marte antes que en la Tierra y luego, mientras el cambio de condiciones física la extinguía en nuestro vecino (al perder su atmósfera desaparece el agua líquida y la vida, al menos en la superficie) florecía en casa.

Si la vida es una especie de virus, esto es, si existen extremófilos capaces de sobrevivir en meteoritos y cometas e iniciar el ciclo vital en los planetas que van siendo “sembrados” de esta manera, entonces el fenómeno podría ser corriente en el universo. Si basta con agua, metano, amoniaco, hidrógeno y electricidad para iniciarla, llegaríamos a la misma conclusión. Hay pocas pruebas, pero ninguna razón para pensar que la vida es un fenómeno exclusivo de la Tierra… a no ser que nos consideremos especiales (la fe en los milagros no basta, ya que, a no ser que la Tierra sea un lugar verdaderamente excepcional, el milagro, si lo hay, podría ocurrir en toda la galaxia). Volvemos pues al viejo conflicto entre la teoría de la mediocridad y la teoría del planeta milagro, que en el caso de la vida está aún por demostrar. Si tuviera que apostar, no obstante, me inclinaría porque la vida es un fenómeno común en la galaxia.

¿Y qué hay de la inteligencia? En el planeta Tierra, el fenómeno parece bastante corriente. Por poner unos pocos ejemplos de animales inteligentes (seguramente me quedo corto) citaría a perros, gorilas, delfines, calamares y ballenas. Y, bueno, supongo que también nosotros, aunque de esto último no estoy tan seguro.

¿Es excepcional la inteligencia una vez que aparece la vida? No parece el caso, a juzgar por la cantidad de bichos razonablemente listos que ha producido nuestro propio planeta. Eso sí, los únicos de todos ellos que han sido capaces de construir radios capaces de enviar señales al espacio exterior son la raza de monos locos a la que pertenecemos.

¿Qué números debemos escribir para el producto ƒl x ƒi x ƒc? Ni idea, para ser sinceros. Pero puestos a elegir, creo que asignar un 10% a cada factor es una opción relativamente conservadora. Esto nos llevaría a:

N = 3 x 10-3 x L

¿Cuánto puede mantenerse una civilización emitiendo antes de destruirse (o cansarse de hacerlo)? ¿Cien, mil, diez mil años? En la Tierra, llevamos del orden de cien años emitiendo ondas de radio al espacio. ¿Cuánto más aguantaremos antes de acabar con los combustibles fósiles, provocar un efecto invernadero irreversible o ser aniquilados por una guerra atómica, un virus desconocido o nuestra propia estupidez? Cuanto más duremos, más margen tenemos para admitir que el fenómeno de la vida y de la inteligencia sean raros.

Si las civilizaciones duran en media 1,000 años (lo cual no es poco, pero compatible con las más longevas de nuestra propia historia) entonces N=3. Si hay 3 CAC en la galaxia, es perfectamente plausible que aún no hayamos escuchado a los otros dos vecinos, que podrían estar en barrios bastante alejados. Incluso una longevidad de 10,000 años, la distancia que nos separa de los hombres de las cavernas, resultaría en solo 30 CACs que podríamos perfectamente no haber oído todavía (y que quizás no detectemos jamás, 30 CAC desparramadas por la galaxia son treinta Robinsones perdidos en el océano). Necesitaríamos imaginar civilizaciones con longevidades en el rango de los cien mil años y más para que empezara a ser bastante probable que SETI recibiera señales de otros ciudadanos de la Vía Láctea.

En el otro extremo, si asumimos que la probabilidad de vida en la galaxia es próxima a uno y que un diez por ciento de los planetas donde se desarrolla la vida resultan en una CAC, entonces tendríamos:

N = 3 x 10-1 x L

Y si las civilizaciones duraran diez mil años en promedio, habría unas 3,000 emitiendo en la galaxia y SETI debería haber ya detectado señales.

Pero de hecho, SETI no ha encontrado nada después de cuarenta años de escudriñar las ondas. Esto sugiere que la razón del gran silencio (el hecho de que nadie parezca estar emitiendo en la galaxia) podría tener mucho que ver con la longevidad de las civilizaciones. Quizá las CAC no duran demasiado una vez que llegan al nivel tecnológico en el que estamos ahora y se destruyen a sí mismas en unos pocos siglos, sin que tengan tiempo a emitir lo suficiente para que otros las detecten.

O quizá las CAC, una vez superada la turbulenta infancia, dejan de emitir ondas de radio, dejan de hacer ruido.

Quizá haya buenas razones para ser discretos y no llamar la atención, si imaginamos que la galaxia no tiene por qué ser diferente de una selva primordial, con depredadores y presas…

Pero eso es otra historia.

3 comentarios

  1. Pues puede ser que Urey-Miller hicieran un genial experimento, pero hace décadas que algunos grandes científico pretenden conseguir crear vida y no lo consiguen. Como la “inteligencia” artificial, que no hay manera.

    • Hace mucho tiempo (unos cuarenta años) que los ingenieros han dejado de intentar imitar un cerebro humano, aunque hagan lo posible por crear sistemas que emulen los resultados del razonamiento, con bastante éxito.
      La razón es precisamente que se ha admitido que hasta que la neurología y la psicología creen modelos mejores de nuestra inteligencia es absurdo intentarlo.
      Así que ni es tan cierto que “no haya manera” ni que se “haya intentado tanto”. Y no le quepa duda, tarde o temprano se hará, si no nos destruimos antes a nosotros mismos; hipótesis muy probable como dice el autor.
      Respecto a la creación de vida… defina crear vida. Cualquier modificación genética es una forma de creación de vida, desde luego no muy original. Pero esa es una de las pocas características que sí comprendemos de nuestra mente: no sabemos ser tan originales.

      • Es difícil definir “crear vida”, pero desde luego no es “realizar una modificación genética”, para eso basta con estar vivo; la naturaleza sin más, los rayos cósmicos o un poquito de uranio enriquecido se ocuparán del resto. En cuanto a lo de la inteligencia artificial, lo de “más tarde o temprano” ya lo decían en los años cincuenta del siglo XX. Parece que, como mínimo, va a ser “más tarde”.

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