Sevillanas (V): el asedio de Fernando III

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iToma de Sevilla por Fernando III en 1248 - Saqqaf (Axataf) le hace entrega de las llaves (Francisco Pacheco, s. XVII).
Toma de Sevilla por Fernando III en 1248: Saqqaf le hace entrega de las llaves (Francisco Pacheco, s. XVII).

Hércules me edificó,
Julio César me cercó
de muros y torres altas,
y el Rey Santo me ganó
con Garci Pérez de Vargas.

Inscripción en la antigua Puerta de Jerez (Sevilla)

La plaza Nueva siempre tuvo muchos nombres. Plaza de San Francisco, plaza de la República, plaza de la Infanta Isabel, plaza de la Libertad… Desde el siglo XIX cambió frecuentemente de denominación según el viento que soplara en España. Hoy día es la plaza Nueva, que es como se asentó definitivamente a partir del período democrático, y abarca una extensión holgada en el centro de la ciudad como una de las principales ágoras de Sevilla. Antiguo humedal y convento, la plaza Nueva está casi peatonalizada en su totalidad y cuenta con la estación de inicio del tranvía Metrocentro. Son visibles varios árboles en su perímetro —muchos talados injustamente, pero esa es otra historia—, varios quioscos, alguna fuente, un aparcamiento para bicicletas, bancos, parterres y un cierto aire prefabricado. Además, está su monumento central. Fernando III luce en lo alto como patrón de la ciudad. Fue importantísimo personaje medieval pero tardó más de seis siglos en tener su estatua. Reconquistó Sevilla en 1248 de manos de los almohades y forjó una leyenda piadosa de monarca valiente y ejemplar, pero hasta el siglo XIX no se le dieron honores de piedra y mármol. Se inició la construcción del monumento en 1877 y no se terminaría hasta 1924. Por su parte, también la canonización se hizo esperar. Lo ungieron santo en 1671, más de cuatro siglos después de su vida y milagros.

El suyo fue un monumento paciente, costoso y realizado por varios autores. El basamento alto de blanco raso alberga cuatro personalidades ilustres que ocupan cada una de las caras de la gran columna. Estos son Alfonso X el Sabio, hijo del monarca santo y a la postre continuador de su labor; el obispo Don Remondo, primer prelado de la ciudad en tiempos ya reconquistados; Garci Pérez de Vargas, lugarteniente del rey y militar honrado por la historia como caballero protagonista del asedio; y el almirante Ramón de Bonifaz, marino burgalés al mando de la fundamental flota castellana. Cada uno de ellos mira a cada uno de los cuatro puntos cardinales de la plaza. Arriba los capitanea Fernando, de negro azabache. El Rey Santo monta a caballo y da la bendición a la ciudad. Juntos los cinco forman por arbitraje histórico el pentavirato fundacional de una ciudad singularmente piadosa y volcada con sus imágenes, fundamentalmente sacras. Fernando es uno de sus grandes ejemplos. No obstante, el monumento del santo es poco apreciado por los sevillanos, que pasean distraídamente a su lado sin prestarle mucha atención. Ni siquiera las guías turísticas hacen demasiado hincapié en este conjunto escultórico, y suelen conceder más interés a la plaza en sí que a las figuras que la guardan.

En cualquier caso, la figura de Fernando III de Castilla es troncal a la ciudad de Sevilla y a su gente, sobre todo para creyentes y mayores. Se le considera el monarca más importante de la historia de la ciudad por su obra reconquistadora, y esta, por derecho, resulta uno de los episodios más interesantes de la Baja Edad Media, pasaje entronizado por las crónicas afines que contiene, en todo caso, gran riqueza de imágenes y hechos notables, y representa sin duda el episodio canonizador del personaje. Vamos a contar, por tanto, la historia del cerco de Sevilla, triunfo postrero del avance cristiano y momento primordial de la España por venir.

La joya almohade

La Reconquista duró ocho siglos y fue cambiante y desordenada. La frontera cristiana avanzó tímidamente en las tres primeras centurias y exponencialmente en las dos siguientes, para estabilizarse entonces y aplazar la conquista del reino nazarí, culminada en 1492. En este sentido, la progresiva dominación de los ríos es útil para ilustrar el avance de los castellanos de norte a sur a lo largo de todo el período. De la escasa cornisa cantábrica en la que resistieron los grupos hispano-visigodos en el siglo VIII se pasó en 200 años a controlar casi por completo el Duero, el Miño y el Ebro, sobre todo en su nacimiento. La brillante conquista de Toledo (1085), símbolo de poder visigodo e histórica taifa islámica, marcará el comienzo del dominio del Tajo, que también será la llave para más conquistas en Portugal. Después, la toma de las riberas del Guadiana y de Extremadura solo pudo significar el avance inminente sobre el corazón del menguante imperio islámico: Andalucía. Cayeron Córdoba (1236), Murcia (1243) y Jaén (1246), precipitándose entonces la conquista de los pueblos del valle del Guadalquivir. Siguiendo esta dinámica, el fin último era claro, Sevilla, nervio de la región y lanzadera hacia el estrecho y hacia África.

En realidad, la Reconquista estuvo finiquitada en el siglo XIII, con la conquista hispalense y sus periferias, tal y como explica Juan Pablo Fusi en su libro Historia mínima de España. Irrumpir en Andalucía significó sin duda el último estadio de un proceso complejo y desigual. Y dicha Reconquista no se trató, como ha venido declamando cierta historiografía, de una misión unívoca y providencial, construida a través de 800 años de lucha sostenida, sino más bien la suma desordenada de acciones militares —primero defensivas y luego más invasivas, siempre territoriales— carentes de relato, que supo mancomunar a los distintos reinos que se fueron formando —Navarra, Aragón, Castilla, León— y sobre todo aprovechó la debilidad endémica que fue asolando a los dominios musulmanes, primero bajo el pabellón fuerte del emirato y el califato y finalmente con las taifas, que hicieron la vida y la guerra más o menos por su cuenta.

Sevilla, naturalmente, era una de las grandes joyas de la Iberia musulmana. Próspera en tiempos del Califato de Córdoba y brillante bajo el dominio abadí de los célebres Al-Mutadid y Al-Mutamid, constituida como ciudad más o menos independiente, su localización y su rol otorgado la habían engrandecido gratamente. Sin embargo, el avance cristiano empujó a Al-Mutamid a pedir socorro a las huestes bereberes que poblaban el Magreb. Poderoso aliado militar, los almorávides vinieron para quedarse. Su pujanza guerrera no solo frenó el avance castellano sino que también ambicionó con éxito el trono de Sevilla, instaurando en la ciudad una nueva época de dominación. Era el enésimo visitante de una urbe que había visto desfilar por sus calles a tartessos, fenicios, romanos, visigodos y una buena colección de gobiernos musulmanes. Ahora era el turno de estos magrebíes y bereberes del norte de África, que insuflaron fuerza nueva a los territorios andalusíes.

No sin algunas sombras el período de dominación almorávide (1091-1147) se saldó con balance positivo. Se llevó a cabo la reconstrucción y el relanzamiento de la ciudad, tarea continuada y muy engrandecida por los almohades (1147-1228 y 1238-1242), siguiente pueblo en la toma de poder hispalense, de espíritu regenerador y marcado rigor religioso. La magnitud del legado de estos últimos se expresa fácilmente en el gran número de rasgos identitarios de la Sevilla contemporánea que son de origen fundamentalmente almohade. Sobre todo bajo el gobierno de Yusuf, se remató y reforzó el nuevo trazado de las murallas —con un perímetro de más de siete kilómetros—, que dieron morfología fija a una ciudad durante siglos deformada una y otra vez por las idas y venidas del Guadalquivir, el Tagarete y el Tamarguillo. Se reconstruyeron los vitales Caños de Carmona (1172), de origen romano, un acueducto magnífico de más de 14 kilómetros que traía agua potable desde Alcalá de Guadaíra. Se construyó el Puente de Barcas (1171), que unía Sevilla con Triana y permitía el abastecimiento desde este arrabal y desde el rico Aljarafe, “huerta de Sevilla”. Se edificó el Palacio de la Buhaira (1172), la mezquita almohade (1182) y su alminar (1198), posteriormente llamada La Giralda, así como la simbólica Torre del Oro (1221), guardiana de la ribera urbana del río. Y por si fuera poco, se dotó a la ciudad de la capitalidad que ya había disfrutado en alguna otra época, haciéndola nudo central de una Al-Ándalus en franco retroceso pero que aún mantenía orgullosa sus plazas más bellas y preciadas: las meridionales.

Sin embargo, cuando los cristianos asomaron por el valle del Guadalquivir, la ciudad llevaba ya algunas décadas envuelta en luchas intestinas. En realidad este iba a ser el común denominador en el rápido avance castellano a partir de siglo XI. La cronología de entonces es confusa y está llena de cambios de régimen, distintas alternancias y hechos convulsos, pero podemos afirmar que el poder musulmán del siglo XIII en Sevilla fue caótico y discontinuo, favoreciendo la filtración paulatina de fuerzas externas. De hecho, ya hacía muchas décadas que la ciudad pagaba tributos a los castellanos, una forma de contención que sirvió para contemporizar un progresivo e irremediable intercambio de poderes. Para muestra, el último gobernante hispalense, Ibn al-Yadd, había firmado un pacto de no agresión con el rey cristiano, que prometió respetar sus dominios y así lo hizo, pero fue asesinado y su poder usurpado por sus propios conciudadanos. De ese modo, la vía quedó completamente libre para los invasores, que resolvieron lanzarse sobre la ciudad sin más pérdida de tiempo. De un modo u otro iba a ocurrir tarde o temprano. Llegados a ese punto, la Isbiliya almohade, inestable y dividida pero opulenta y grandiosamente fortificada, iba a presentar batalla hasta su último aliento.

Desperta Ferro nº13 SEVILLA 1248
Imagen cedida por la revista Desperta Ferro.

Aproximando el objetivo

La ciudad era antiguo objeto de deseo para el rey castellano y sus antepasados. El poeta Rafael Laffón lo expresaría con duende:

Guadalquivir abajo, rueda un son de mesnada
La noche con estrellas corre con su espuela loca
Va de bodas Fernando y es la novia Sevilla

En el verano de 1246 comenzarán los preparativos de la conquista. Fernando III de Castilla y León tiene 47 años y un vigor que supera con mucho su salud, bastante maltrecha. Bajo su mandato la Reconquista prosigue a gran ritmo por tierras andaluzas. En esas circunstancias, cita en Jaén a todos sus prohombres para planear la campaña, como explica Carlos Ros en su libro Fernando III el Santo: “Reúne en Jaén a lo más granado de sus ricos hombres y capitanes y les propone el asedio. Los pareceres difieren. El maestre de Santiago, Pelay Correa, apoyado por los caballeros de su orden, aconseja ponerle sitio. Vencida la ciudad, todas las plazas secundarias se rendirían de inmediato. Otros prefieren conquistar primero la comarca, no dejar ninguna plaza fuerte a las espaldas, caminar paso a paso, con tala de contorno, para terminar con el asedio definitivo a la ciudad. Finalmente, prevaleció el parecer de Pelay Correa (…) Directamente hacia Sevilla”. Las circunstancias serían algo diferentes, el proceder también, pero la consigna fue el avance frontal hacia la capital.

Se congregó a las tropas en Córdoba, en el otoño de 1246. El cuerpo de milicias allí dispuesto conformaba un ejército heterogéneo y diverso, que mezclaba a nobles caballeros, vasallos y milicias municipales venidas de Navarra, Castilla o Aragón. Mención aparte merecen las órdenes militares. Acudieron las de Santiago, Calatrava y Alcántara, recientemente fundadas y que jugarían un papel realmente fundamental en la guerra. Asimismo, acudirá gran parte de la familia real, sobre todo los infantes y hermanos del rey, así como algunas fuerzas de la taifa granadina, ya por entonces bajo influencia castellana. En total, se estima un número de tropas entre las 5000 y las 10.000 unidades. Incluso, el papa Inocencio IV dictaría una bula exigiendo un tercio fiscal para financiar la campaña, lo que da buena prueba de cómo el panorama europeo empezaba a verse dominado por la misión evangelizadora de la Iglesia católica, con las cruzadas como máximo exponente.

La muerte de doña Berenguela, la madre de Fernando III, estuvo a punto de retrasar los planes de invasión, pues el rey dudó en si ir o no a Castilla, pero finalmente fue una opción descartada. Sin mayores contratiempos la empresa comenzó a principios de año y el avance por el valle del Guadalquivir no se hizo esperar. No fue difícil, puesto que la toma de posiciones en el lugar ya venía de años atrás: “Para entonces, el monarca castellano había llevado a cabo desde Córdoba —tomada en 1236— una serie de conquistas relámpago entre 1240-1241 por amplios sectores de la campiña del bajo Guadalquivir, sometiendo mediante pactos —llamados ‘pleitesías’— muchas localidades andalusíes de la comarca”, explica el catedrático Manuel García Fernández en su artículo “1248: La conquista de Sevilla” en la revista Desperta Ferro. No eran, pues, terrenos ignotos, ni se realizaba avance por territorio completamente hostil. Antes bien, se culminaban incursiones recientes y en los primeros meses de 1247 se someterán los pueblos de Constantina, Lora, Setefilla, Guillena, Tocina, Gerena, Cantillana, y sobre todo, Alcalá del Río, plaza norteña inmediatamente anterior a la expectante Sevilla, a menos de 15 kilómetros. De esta localidad dependía gran parte de la defensa inmediata de la capital y finalmente sería tomada sin remedio en el segundo mes de verano, dejando a Isbiliya virtualmente desnuda ante el enemigo a las puertas.

Fernando III permanecería en dicho pueblo hasta el 15 de agosto, momento en el que él y su ejército volverían grupas hacia el cauce sureño del río, bordeando ampliamente la ciudad por el este y haciendo noche en la otra Alcalá, Alcalá de Guadaíra. Dos objetivos aguardaban en el lugar de destino: aproximarse hacia la última de las grandes fortalezas metropolitanas, San Juan de Aznalfarache, para tomarla al asalto; y ofrecer cobertura a la importantísima flota naval que venía remontando desde Sanlúcar de Barrameda. Era el 20 de agosto y los cristianos completaron su aproximación acampando en la llanura de Tablada, a la vera del río, de su armada y justo enfrente de San Juan. El cerco comenzaba en ese momento.

14 meses y 3 días

La cuestión naval era primordial para tomar Sevilla. La ciudad se aprovisionaba fluvialmente desde África y además recibía víveres desde el oeste: San Juan de Aznalfarache, el Aljarafe y Niebla, en Huelva. En este sentido, la clave era cortar la conexión africana, así como el puente de barcas que unía Sevilla con Triana y a Triana con todas estas regiones. Sabedor de la necesidad de hacer un tipo de guerra mixta para tomar la ciudad bética —el asedio de tierra y las incursiones navales—, Fernando III y sus hombres también se entrevistaron en Jaén con Ramón Bonifaz, un burgalés versado en las artes del mar. Su procedencia ha sembrado el misterio entre los historiadores, pues no se le supone a un castellano del siglo XIII mucho conocimiento marino, razón por la que se especula con una ascendencia marsellesa o italiana.

En cualquier caso, el encargo del rey cristiano fue claro: había que armar en Cantabria una flota fuerte y preparada para hacer la guerra en el Guadalquivir. La demanda fue satisfecha con diligencia, pese a que por entonces la armada hispana era prácticamente inexistente. Se construyeron 13 naos y 5 galeras en los astilleros de Santander, Castro Urdiales, San Vicente de la Barquera y Laredo. Además, se calcula que fue preciso enrolar al menos a 1000 hombres entre marinos, galeotes y gentes diversas de armas. Presta y flamante, en el verano de 1247 la flota de Bonifaz ya andaba batallando en la desembocadura del Guadalquivir contra las naves moras, que les cerraron el paso de inmediato. La intención de los cántabros era remontar el río y ganarlo para sí, y no sin esfuerzo lo consiguieron. Los cristianos lograron imponerse en una serie de sucesivos encontronazos y en agosto remontaban con superioridad las aguas andaluzas hasta la altura de Coria, a unos 15 kilómetros de la capital hispalense. La vía fluvial estaba iniciada. Estuvieron entonces en plena disposición de participar de lleno en el asedio, para el que se les aguardaba con impaciencia. Según los cronistas, sería una experiencia pionera de guerra combinada, que aunó lo terrestre con lo naval bajo un mismo objetivo territorial.

Mientras tanto, el cuartel general del rey era un nervioso crisol de gentes, según escribe Carlos Ros: “El campamento es una amalgama de colores y ruidos de armaduras bajo el tórrido sol de verano. En el maestre Pelay de Correa y los santiaguistas resalta la cruz roja de Santiago en sus capas; el maestre Fernando Ordóñez y sus calatravos portan el hábito gris con cruz flordelisada; los de Alcántara, con su maestre Pedro Yáñez, son reconocidos por su cruz de sínope también flordelisada. Y de las órdenes extranjeras: los sanjuanistas, con su prior Fernando Royz, lucen sus capas negras y sobre ellas la cruz blanca de ocho puntas que representan las bienaventuranzas de la hospitalidad que profesan; también están presentes los templarios, con su maestre Pedro Álvarez Alvito”.

La prioridad era controlar el suroeste del río y proteger a la flota recién llegada. La primera gran acción de guerra corre a cargo de los santiaguistas de Pérez Correa, que cruzan hacia San Juan de Aznalfarache y logran hacerse con la fortaleza. Tras ello, toda la localidad se rendiría, eliminando la última gran plaza del cinturón municipal. No obstante, el asedio está lejos de estar maduro. Los sevillanos seguirán contando con el suministro de Huelva y el Aljarafe a través de Triana. Durante semanas se suceden las escaramuzas por todo el perímetro de la ciudad. Las espolonadas musulmanas —arremetidas de caballería— serán continuas, mientras los cristianos constatan que no tienen la fuerza militar suficiente para desplegar un cerco firme y completo. El otoño y el invierno de 1247 serán meses de tímidos avances castellanos, impotentes ante unas fortificaciones concienzudas y una maquinaria de asedio claramente insuficiente. Sevilla era un fortín que se dejaba rondar pero en ningún caso cercar todavía. La lucha de posiciones fue enconada y las razias —batidas rápidas y destructivas en territorio enemigo— se sucedieron con frecuencia, causando desgaste de guerrilla y ralentizando el curso real del asedio. La política cristiana de castigo y tierra quemada tampoco desequilibró la balanza ni cambió en absoluto el clima de estériles escabechinas. Lo ilustra bien la Primera Crónica General, que mandó realizar Alfonso X el Sabio: “De esta guisa andaban todo el día en porfía, los cristianos con esos moros, cuando por tierra cuando por agua, combatiéndose unos con otros… et ansí en esto estaban mañana et tarde… et cara hora del día”. Ante este panorama, Fernando III resolvería la práctica inutilidad de la tormentaria —maquinaria de asedio— y echaría mano del principio básico de la guerra total de expugno: el hambre.

A primeros del año 1248 los cristianos se afanaron en dominar el margen derecho del río (sentido inverso a los mapas) para mermar los suministros moros. Lo consiguieron en gran medida. Continuó el avance y se hizo campamento en los arrabales de Triana merced, entre otras cosas, a incursiones victoriosas de la flota, que cada vez osaba acercarse más al puerto sevillano. Pero el Castillo de San Jorge, baluarte trianero y prolongación del inexpugnable Puente de Barcas, resistía firmemente las arremetidas cristianas, y mientras este aguantase también lo haría el puente, la conexión fundamental con el exterior y por tanto el resto de la ciudad. Según los cronistas, la fortaleza resistiría durante semanas sin que la maquinaria de asedio cristiana pudiera hacer mella en sus defensas. Volvía a ponerse de relieve la limitación ingeniera del ejército castellano y la calidad de las fortificaciones almohades.

Maquetación 1
Imagen cedida por la revista Desperta Ferro.

No obstante, el curso del asedio iba a cambiar. La primavera de 1248 es vital para la toma de Sevilla. Los refuerzos que acompañan al recién llegado infante Alfonso darán impulso definitivo a un cerco encaminado pero dificultoso. Alfonso vendrá acompañado por nuevas milicias de todos los reinos cristianos, navarros, aragoneses, leoneses. Con estas nuevas huestes será posible reforzar todas las zonas del sitio y extender una verdadera soga al cuello alrededor de la ciudad musulmana. Manuel García Fernández explica el despliegue con detalle: “El infante se asentaría en la Buhaira (Huerta del Rey) controlando el sector oriental de la ciudad y los Caños de Carmona que la abastecían de agua. En el sector norte, en la zona de la Puerta de la Macarena, se establecieron las tropas del infante don Enrique y las huestes de las órdenes de Calatrava y Alcántara, los caballeros de Diego López de Haro y Rodrigo Gómez de Galicia. En las proximidades del Arroyo Tagarete se instalaría el arzobispo de Santiago. Por su parte, Fernando III avanzó por el sur hasta las inmediaciones de la Puerta de Jerez, al tiempo que la flota de Bonifaz navegaba ya río arriba hacia la bocana del puerto de Sevilla (…) Por último, el maestre de Santiago estableció nuevo campamento al oeste para cortar el suministro con el Aljarafe y mantener por la comarca la estrategia de guerra total. A excepción del noroeste y del puente de pontones de Triana, por donde continuaban entrando suministros, toda Sevilla estaba cercada en el verano de 1248”. Sin duda, solo restaba una cosa para precipitar la victoria cristiana: el dominio del puerto fluvial.

Se supone que el 3 de mayo de 1248 amaneció tranquilo y soleado. Aquel día culminarían los trabajos de la flota cántabra, que llevaba asumiendo el protagonismo ya varios días. La tarde propició la pleamar y un cierto viento de levante y los barcos se lanzaron en su empeño. Pasaron con éxito la barrera de la Torre del Oro, garita centinela que guardaba con celo el acceso a la ciudad. Virotes, flechas y otros objetos de aluvión dieron la bienvenida a los invasores. Mientras, las tropas de Fernando III realizaban fuertes cargas en tierra para tratar de hacer daño simultáneo y dispersar atenciones. Llegada la flota a la altura de las atarazanas y del Arenal, el avance se hizo completamente encarnizado. Intenso fuego de proyectiles volaba desde la orilla sevillana y desde las embarcaciones moras. Los asediados se empleaban a fondo para hostigar a la flota castellana, sabedores de que se jugaban su último reducto de resistencia. En efecto, los musulmanes aún tenían preparado un recurso defensivo para impedir el paso de Bonifaz, López de Haro y los suyos: el denominado “fuego griego” o “grecisco”. En palabras de Carlos Ros, eran “ollas y tinajas rebosantes de petróleo, azufre, salitre y otros elementos que lo hacían altamente inflamable en el agua”. Se lanzaron varias balsas y brulotes prestas a provocar el incendio, pero apenas hicieron blanco en las embarcaciones cristianas.

De pronto, salvado el escollo, la suerte pareció echada. El objetivo de la flota cristiana se dibujó con nitidez: abrir brecha en el Puente de Barcas y cortar sus comunicaciones. Ya estaban muy cerca y ninguna de las embarcaciones musulmanas había logrado detener el avance. Las dos naves cristianas de mayor tamaño iban en vanguardia. Estaban reforzadas en su proa con maderas y todo tipo de metales, listas para embestir. Las tripulaciones anclaron manos y piernas donde pudieron. El primer barco chocó. Hizo estremecer toda la estructura de madera y gruesas cadenas. Segundos después, lo hizo el segundo, donde se suponía que iba el propio Bonifaz. Fue un chasquido sordo y contundente. La embarcación abrió camino y quebró el puente más o menos por su parte central. La brecha estaba abierta. La flota había cortado la barrera de Triana y ahora Sevilla capital estaba completamente aislada.

En las siguientes semanas se tomó con gran esfuerzo el Castillo de San Jorge, pero la rendición tampoco llegaría entonces. Los musulmanes estuvieron completamente encerrados desde mayo de 1248 pero aguantarían con agonía hasta noviembre del mismo año. Entonces, por fin las autoridades castellanas pudieron comenzar las negociaciones, que no serían nada sencillas. Se firmó la capitulación el 23 de noviembre. Habían pasado 14 meses y tres días de incansable sitio a la penúltima gran urbe de Al-Ándalus. No era solo la conquista de una ciudad. Significaba, en la práctica, una de las últimas empresas de la Reconquista.

Leyendas y despedidas

Las crónicas musulmanas están llenas de resignación y melancolía. Además, nos ofrecen una versión solvente de los avatares de la derrota: “El rey cristiano concedió a la población una tregua para permitirles organizar el transporte de todos sus bagajes que pudieran llevar. Al terminar la tregua, la población abandonó la ciudad, que permaneció desierta durante tres días. El monarca cristiano mandó escoltar a los emigrantes por un destacamento armado hasta la zona musulmana de seguridad”. Por su parte, Carlos Ros detalla un poco más la cuestión: “El maestre de Calatrava se encargó de la seguridad de los musulmanes que se dirigían a Jerez, la mayoría, tal vez las tres cuartas partes de la población de Sevilla, que posteriormente darían el salto al reino de Granada. Para los que se decidieron a atravesar el mar, se dispuso de cinco barcos y ocho galeras que los condujeron a Ceuta”.

Se supone que Fernando III rechazó cuantas propuestas de arreglo ofrecieron los vencidos. No quiso la permanencia de los musulmanes en la ciudad ni la división del territorio entre cristianos y moros. No quiso la obtención de rentas compensatorias, altísimos tributos ni concesiones territoriales o monumentales. Antes bien, el rey de Castilla y León ordenó la partida de toda la población islámica hasta dejar la villa desierta. Durante un mes, el éxodo se sucedió sin grandes incidentes. Sevilla quedó vacía y entre sus muros solo pudo oírse el rumor lejano de las batallas recientes. El 22 de diciembre, casi un mes después de la capitulación y conmemorando el traslado de los restos de San Isidoro a León, entraba triunfalmente por la Puerta de Goles (actual calle San Laureano con Alfonso XII) el séquito del rey castellano. Fue un día histórico para la cristiandad. En adelante la ciudad sería repoblada con colonos, soldados y otras gentes castellanas, atraídos sobre todo por los reclamos fiscales, jurídicos y económicos que el monarca dispuso para la causa. No obstante, el área total de la ciudad, muy ampliada por los almohades, no sería del todo poblada hasta siglos después.

La famosa Estoria de España auspiciada por Alfonso X el Sabio dejará heroica constancia del asedio. Constituido por derecho —y no sin la consabida retórica— como uno de los grandes episodios de la Reconquista cristiana, los hechos históricos aquí relatados dejarán además un buen poso de leyendas e historias populares, algunas mundanas y otras más piadosas, algunas más creíbles y otras ciertamente inverosímiles. En su libro Tradiciones y leyendas sevillanas, José María de Mena relata algunos de estos pasajes. Es especialmente popular el relato de Fernando III colándose en la ciudad por su cuenta, de noche, disfrazado de moro y con objeto de buscar desde dentro alguna debilidad en las defensas musulmanas. Se supone que el monarca entró desde la Puerta de Córdoba —actual ronda de Capuchinos— y llegó hasta la mezquita —actual santa catedral— y que allí finalmente fue descubierto, con la suerte de que los suyos ya lo habían echado de menos en el campamento y también se habían filtrado a Sevilla. Dada la voz de alarma, sin embargo, el séquito pudo agruparse y poner pies en polvorosa, y salió sano y salvo por la Puerta de Jerez. El autor asegura que es una historia veraz y perfectamente documentada, pero cuesta creer que la pillería sucediera y terminara bien para los cristianos, sobre todo por la edad y la precaria salud de Fernando.

Idolatrada por el rey, la Virgen de los Reyes también cuenta con varios relatos conocidos, pero son más divertidos los de Garci Pérez de Vargas, el gran lugarteniente de Fernando en el asedio. Permítaseme contar uno de ellos. Su incidente con la cofia es bien famoso. Era verano y Pérez de Vargas volvía al campamento después de algunas escaramuzas. Montaba junto a un compañero y hacía tanto calor que ambos se habían desprendido de su yelmo. De súbito, cruzáronse con una comitiva mora que andaba rezagada o perdida. Se supone que se vieron ellos dos solos contra siete u ocho de estos enemigos, por lo que el compañero de Garci Pérez volvió grupas y salió en retirada, mientras este no se inmutó y quiso continuar su camino como si nada pasara. Los moros pudieron reconocerle porque llevaba la cabeza descubierta, y al ser Garci muy temido y bien conocido, pudo continuar la marcha sin hostilidad alguna. Sin embargo, llegado casi al campamento, Garci reparó en que su cofia —que protegía su cabeza del metal de la armadura— se había caído por el camino. Ni corto ni perezoso, se dio la vuelta y volvió a por esta, ante la mirada atónita de los moros, que habían sido retados dos veces sin réplica alguna. Supuestamente, el rey observó toda la escena desde un cerro y apremió a su hombre a revelar el nombre del soldado cobarde que había huido. Garci se negó a hacerlo, e incluso prohibió terminantemente que lo hiciera su escudero bajo amenaza de pena de muerte.

El reguero de estas leyendas es confuso y múltiple, pues cuentan con diversas versiones y variantes, además de veracidad resbaladiza, pero consten en el texto para dar cuenta de la rica producción popular que generó la reconquista de Sevilla en el imaginario cristiano e hispalense.

Al fin, rendida la ciudad del Guadalquivir, todos los cronistas coinciden en señalar el vínculo enamoradizo de Fernando III con Sevilla. Fue anhelada como una obsesión de distancia y amada profundamente cuando ya fue conquistada. Y en la ciudad hispalense quiso el monarca pasar sus últimos años de vida y establecerla como residencia última de su reino. Los que le rodeaban sabían que probablemente no viviría para ver prosperar la gran campaña africana que planeaba, pero Fernando aún pudo capitanear importantes conquistas en las provincias de Huelva y Cádiz. Llegado el momento, la muerte vino a buscarle el 30 de mayo de 1252. Dicen que murió sin sus atributos reales, despojado a voluntad de su espada, corona y cetro para dejarse morir solamente envuelto en su sayo, tal y como figura en la pintura de Virgilio Mattoni Las postrimerías de Fernando III el Santo. Cierto o no, la historiografía no tardaría en convertirle por derecho en el gran rey de la historia sevillana y en una figura troncal de la España medieval naciente. Nombrado santo por las crónicas cristianas, en 1671 sería finalmente canonizado. Y lo cierto es que, en cierto modo, su estatua en la plaza Nueva no acaba de hacerle demasiada justicia, siendo él figura tan engrandecida por los relatos, por lo que resulta más ilustrativo quedarnos con la épica de este asedio hispalense, singular recodo histórico de ingenio bélico y furor guerrero y religioso.

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11 comentarios

  1. Bluedalia

    Entonces ¿la calle “Cofia” de San Bernardo se llama así por la leyenda que cuentas?

    • Una pregunta estupenda para la que no tengo respuesta, Bluedalia.

      • Efectivamente, al igual que otras calles del barrio como Campamento, Tentudía o Gallinato, en homenaje al asedio de Fernando III.

        Un saludo.

        • ¡Gracias a los dos! Me ha gustado mucho el artículo y espero que haya más, Carlos.

  2. Merrick

    Excelente artículo. Mi próxima visita a Sevilla requerirá irremediablemente una atenta observación a las figuras que coronan la Plaza Nueva.

  3. JoseFco

    El famoso episodio de las cadenas que cruzaban el río desde la Torre del Oro hasta su gemela en Triana (que aparece en el escudo de Cantabria, y es presunta fuente de inspiración de George R. R. Martin para su famosa batalla del Aguasnegras) no aparece reflejado en el artículo. ¿Se trata de una leyenda, o en realidad es una deformación posterior del episodio de la arremetida contra el puente de barcas? Más bien me ha dado la impresión de lo segundo…

    Enhorabuena por el artículo, que me parece magnífico. Lo he disfrutado como amante de la historia y, especialmente, como sevillano.

    PD. Cuando conocí en persona a George R. R. Martin, en su visita a Sevilla, me puse tan nervioso que olvidé preguntarle si efectivamente se había inspirado en este episodio histórico. Al final tan sólo le pedí que en algún momento nos mostrara la futura muerte de Walder Frey con todo lujo de escabrosos detalles…

    • Seguramente deformación. El puente de barcas de Triana ya contaba de por sí con una estructura de fuertes cadenas. Asimismo, se especula con que hubiera otra barrera entre la Torre del Oro y los Remedios (calle Fortaleza más o menos), no un puente en sí mismo sino un cadenón que levantaban y bajaban para regular el tráfico fluvial. Se sigue discutiendo bastante sobre todo esto.

  4. Y por cierto, a quienes haya desconcertado el trazado del río que figura en el mapa, éste se corresponde con el antiguo cauce del Guadalquivir

    http://commons.wikimedia.org/wiki/File:R%C3%ADo_Guadalquivir_en_Sevilla_y_sus_cambios.png

  5. Aunque suene poco serio, ultimamente la Plaza Nueva y la figura de San Fernando se han convertido en referentes del Beticismo. Las celebraciones de triunfos importantes se realizan allí y el propio San Fernando es ataviado con una bufanda del Betis. Además, en la canción Betis del rockero Silvio se dice: cuando el rey San Fernando conquistó Sevilla ya se preguntó dónde está mi Betis.
    Por tanto, tampoco es un rey tan olvidado.
    Excelente artículo, por cierto.

  6. Sólo paso por hacerte un apunte, Carlos. Si no me equivoco, la provincia de Huelva se “independiza” del Reino de Sevilla en el siglo XIX, por lo que situar a Niebla en Huelva (teniendo en cuenta su actual condición de provincia, supongo) creo que sería erroneo.

    Si lo haces para que la gente de hoy día sepa a qué región geográfica pertenece Niebla, chachi; si no, creo que te has equivocado .

    Lo mismo pasaría con “la provincia de Cádiz”, también creada en el XIX. Dicho de otro modo: creo que no estaría mal incluir un “actuales” dentro de la frase “Fernando aún pudo capitanear importantes conquistas en las provincias de Huelva y Cádiz”.

    Tiquismiquis que es uno . Aún así, que conste que el texto es la leche.

  7. Pablo Eleazar

    Carlos, enhorabuena por el artículo, muy bien documentado veo que lo haces enriqueciendolo con los libros de Carlos Ros que son muy completos.

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