Jot Down Cultural Magazine – Cine psicoactivo: más allá del colocón

Cine psicoactivo: más allá del colocón

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Una escena de Trainspotting. Imagen: Channel Four Films / Figment Films / Sogepaq.

Con el poder narcótico de un chute de speedball (mezcla de heroína y cocaína), la corrosiva relación entre cine y droga empezó con Chinese Opium Den (William K. L. Dickson, 1894), un primigenio cortometraje de un minuto rodado en un fumadero de opio. Desde entonces, la adicción ha ido creciendo como una bola de nieve rodando cuesta abajo: hay películas filmadas bajo el efecto de las drogas, drogas consumidas bajo el efecto de las películas, películas interpretadas por actores drogados, directores que dirigen películas más ciegos que Mister Magoo, guionistas que se meten cualquier cosa con tal de mantenerse despiertos e inspirados, productores que dilapidan sus pingües beneficios en droga, películas que son simples «lavadoras» para blanquear dinero del narcotráfico y un largo etcétera. La droga está presente tanto en infraproducciones de presupuesto paupérrimo como en millonarias macroproducciones hollywoodienses. Esto ya lo dejó bien claro Kenneth Anger cuando sacó los trapos sucios de las movie stars en su libro Hollywood Babilonia, pero también en sus alucinógenos filmes y en su propia y crowleyana existencia. Y el ejemplo más reciente de comunión cine-droga a ambos lados de la pantalla lo tenemos en Philip Seymour Hoffman: yonqui en la vida real, muerto por un cóctel de heroína, coca, anfetamina y alcohol, y también en la ficción: Andy, su personaje en Antes que el diablo sepa que has muerto (Sidney Lumet, 2007) era, como él, adicto al azúcar marrón.

Sin embargo, muy a pesar de la omnipresencia de la droga en el cine, no son tantas las películas que, con mayor o menor acierto, plasmen los efectos de las sustancias psicoactivas en sus fotogramas. Tal vez porque la plasmación de ciertas psicodelias puede animar (y, de hecho, anima) al espectador a intentarlo en casa, durante décadas, dichas sustancias fueron un tabú en el «séptimo arte», salvo para perpetrar documentales o dramas sensacionalistas que, como si estuvieran dirigidos por Pepito Grillo, advertían de las maldades de heroína, cocaína y otras ruinas, consiguiendo casi siempre (sobre todo en el caso de las xploitation movies) el efecto contrario: empujar al espectador a lo que un telepredicador llamaría «los brazos de la droga».

Todo esto ha cambiado en los últimos tiempos: con la domesticación de lo «alternativo» o lo «contracultural» o como demonios quieran llamarlo, las drogas (tanto legales como ilegales) se han democratizado y aparecen con frecuencia incluso en los filmes más comerciales. Ahí están, sin ir más lejos, El lobo de Wall Street, la última de ScorseseDiCaprio, todo un canto a la cocaína, hey, o Crystal Fairy & the Magical Cactus, el viaje iniciático de Michael Cera y Sebastián Silva para catar un potente alucinógeno llamado cactus de San Pedro. Y no son más que dos ejemplos al azar: según un estudio realizado recientemente en los Estados Unidos sobre las doscientas películas más alquiladas, en el 22% aparecen drogas ilegales (la presencia de las legales, tabaco y alcohol, asciende a un 90%).

Haciendo de tripas corazón, aquí vamos a repasar, sin orden ni concierto y con el caos mental que caracteriza al abuso de drogas, un puñado de filmes que colocan con solo mirarlos. No en vano, como ya apuntó Jodorowsky, el cine (o, al menos, cierto tipo de cine) es en sí mismo una droga. Y de las duras. Por eso, el lector debería utilizar este pequeño vademécum cinémano (que no cinéfilo ni mucho menos cinéfago) como le dé la real gana. Chutándoselo de una sentada o dosificándolo en pequeños tiros; usándolo para sufrir una overdose o inhalando escenas por separado para pillarse pequeños colocones. En última instancia, ni Jot Down ni el que esto suscribe se van a hacer responsables de los daños neuronales que puedan derivarse de la lectura de este artículo ni de los efectos secundarios producidos por el visionado de cada uno de los vídeos. Así que bon voyage. Nos vemos al otro lado del espejo negro.

Arrebato (Iván Zulueta, 1979)

«Polvos mágicos». Es el bonito eufemismo que, en clara referencia a Peter Pan, utiliza Will More (actor fetiche, maldito, y yonqui, del no menos yonqui y maldito director fetiche Iván Zulueta) para referirse a la heroína en su influyente cult movie. En realidad, toda la película es un canto a las grandezas y las miserias de la droga más adictiva después del tabaco («Caballo… heroína, chica»), fundida con una fantasía sobre el poder vampírico del cine que acabó por trascender los límites de la ficción: Zulueta acabaría devorado por la heroína o, mejor dicho, por la falta de ella: sus intentos de desenganche vía metadona acabaron con su paciencia, su salud y, finalmente, su vida. Pero eso es lo de menos. Y lo de más es que Zulueta alcanzó la inmortalidad entre los fotogramas de Arrebato, una película que es, usando expresiones de su guion, «muy hija puta, sí señor… calma… doma… una mierda delicada». Como el caballo. Tanto en la pantalla como en la realidad, tanto los actores como los personajes, consumen hachís, popper y heroína; esta última, por vía nasal y parenteral. Los polvos mágicos permiten fundir la ficción con la realidad o, más bien, con una realidad, puesto que deja en la cuneta cuestiones sociales que sí aparecerían en El pico y demás cumbres del cine quinqui. El primerísimo plano de un chute, sin embargo, es real: el brazo era de Iván, tal y como atestigua una fotografía de rodaje. Esto del primer plano del pico, que en aquel tiempo era superunderground, llegó a convertirse con el tiempo casi en un lugar común dentro del mainstream canalla (no hay más que recordar el chute de Travolta en Pulp Fiction).

Pero al César lo que es del César: el primer plano del pico apareció por vez primera en Trash (1970), donde Paul Morrissey filma un chute real de Joe Dallessandro y en esos tiempos la cosa aún estaba muy poco vista:

Chutes mediante, a lo largo del metraje de Arrebato, Zulueta se desdobla poco a poco en dos personajes, Pedro P. (Wil More) y José Sirgado (Eusebio Poncela). El cine puro, artístico, abstracto, y el más comercial, alimenticio, escéptico. Las dos caras de la misma moneda, que acaban siendo deglutidas por el proyector vampírico, en una hipnótica metáfora de la homosexualidad, la adicción, la vida, la muerte y el no future. Así , todo junto. Ambos, Pedro y José comparten su obsesión por la heroína y el celuloide. («¿Quieres otra línea?») Por el arrebato y la pausa. («Hay polvos y polvos, pero de los polvos que no son LOS polvos… estos polvos son… ¡los más polvos!»). Para los que no hayan probado nunca la heroína, Arrebato funciona como el mejor de los sucedáneos: un viaje sin retorno al abismo marrón que tiene un efecto opiáceo sobre el espectador. Calma, doma. Arrebata. Y, como ocurre en todo viaje iniciático, en todo visionado extremo, nunca vuelves a ser el mismo. Una mierda peligrosa. Sí señor.

Liquid Sky (Slava Tsukerman, 1982)

Un platillo volante llega a la Tierra en busca de heroína, pero descubre algo mucho mejor: durante el orgasmo, el cerebro humano libera un compuesto opiáceo que es una pasada el colocón que te pillas. Como se pregunta el señor Hoffman, un científico alemán que estudia a los aliens, «si todos los humanos tenemos en el cerebro un proceso sustancial basado en el mecanismo de acción de los opiáceos, ¿por qué no puede existir alguna otra forma de vida racional que dependiera de ese mecanismo? Atraería al alienígena hasta la heroína. Es decir, hacia los humanos durante el orgasmo». Esta disparatada pero convincente tesis justifica el hecho de que los alienígenas yonquis se hayan desplazado desde su planeta al nuestro, para buscar la dichosa sustancia en el mejor lugar de la galaxia: Manhattan, a principios de los ochenta, en plena new wave, un hervidero de sexo, drogas, neón y discotecas. Allí, pasa lo que tiene que pasar: los marcianos se jartan de sorber sesos, instalados en un tejado, encima del ático de una modelo bisexual y anorgásmica que vive con una camella y se cepilla todo lo que se mueve.

La película, cuyo título liquid sky era sinónimo de «heroína» en el argot neoyorquino de los ochenta, fue proyectada durante mucho tiempo en la añorada sala madrileña Alphaville, donde los modernos de la Movida la veían una noche sí y otra también. Lógico, pues la película engancha: pocas cintas te dan dos horas de puro delirio extático, durante las cuales pierdes la noción del espacio y del tiempo. Vista hoy, cuando los ochenta han vuelto por enésima vez, Liquid Sky resulta insultantemente moderna. Colores flúor, sintetizadores, trapos de new romantics, androginia bowieana, pansexualidad y, sobre todo, drogas mil: por la cuenta de la vieja, me salen heroína, cocaína, marihuana y LSD. Las fosforescentes escenas rodadas desde el punto de vista alienígena nos proporcionan ese lúdico, despreocupado colocón que ya es tan difícil de pillar en los grises y adulterados tiempos que corren. Sin embargo, pese a lo frívolo y divertido de la época, siempre hay una amenaza en la sombra: tras esos extraterrestres que matan a sus víctimas justo en el momento del orgasmo, se adivina el fantasma del sida.

El hombre con rayos X en los ojos (Roger Corman, 1963)

No hay nada más vicioso que un científico (loco o cuerdo). Sobre todo cuando decide experimentar consigo mismo… y se engancha a la sustancia que es objeto de su estudio. Así, Corman pilla a un actor tan inquietante como Ray Milland (que hacía casi dos décadas había bordado al escritor alcohólico de Días sin huella, de Billy Wilder) y lo convierte en yonqui ocular, en una versión alucinada, fantacientífica y marginal de Bigger than life (Nicholas Ray, 1956). El efecto fundamental de la droga, una especie de colirio lisérgico, es en principio muy divertido: provoca visión de rayos X. Lo malo es que crea una potente adicción y el efecto es acumulativo, o sea, que empiezas viendo a la gente desnuda y terminas contemplando atónito las tripas del universo, con los ojos hinchados como puños. La parte más interesante de la película es, pues, la que ofrece los planos subjetivos de la visión X de Milland, un mal viaje que puede producir en el espectador mareos, náuseas, visiones y otros efectos secundarios.

Los niños que la videamos en los ochenta, un sábado por la mañana, en el programa de televisión Pista libre, nos pillamos tal cebollón que todavía no nos hemos recuperado.

A mi me impactó especialmente la escena de Las Vegas, con la retina de Milland atravesando los edificios y su voz describiendo la «ciudad no nata, la carne disuelta en un ácido lumínico, una ciudad de los muertos».

Lo más terrible de la película es, quizás, el final, que funciona como atinada metáfora de la iluminación mística: atisbar la Verdad sin estar preparado puede llegar a ser letal.

The Trip (Roger Corman, 1967)

No fue El hombre con rayos X en los ojos la última incursión de Corman en el cine yonqui. El director había probado el LSD por puro afán experimentador y le pareció «una experiencia preciosa y exaltada», como recuerda en su libro de memorias Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí ni un céntimo (1990). Así que tardó poco en consagrar una película entera a la sustancia, que se convirtió en la primera cinta comercial que examinaba los efectos del ácido. Aparecen ya dos pesos pesados de la contracultura popular: Dennis Hopper hace de camello y Peter Fonda de un ejecutivo que toma ácido por primera vez, desencadenando una explosión de imágenes psicodélicas a base de luces de colorines, espirales caleidoscópicas, improvisaciones jazzísticas y mucha pedrería. Pero Corman decidió reflejar también la parte negativa del viaje: «Tan supremo fue mi viaje que decidí que al rodar el film habría que agregarle algunas escenas desagradables, o de lo contrario parecería un panfleto en pro del LSD. Así, rescaté conscientemente algunos detalles de la imaginería del terror de mis cintas de Poe para que simbolizaran el triste final de los viajes con ácido. Pero lo que es yo, cuando salí de mi éxtasis pensé: “No hay razón para existir en el mundo real. Esto es mejor”».

Superfumados (David Gordon Green, 2008)

En esto ha desembocado el prohibicionismo y la democratización de las drogas: la figura del camello que regala caramelos con droga a la puerta del colegio (versión siglo XXI del hombre del saco) ya no asusta ni a las abuelas. El camello del nuevo milenio es un colega inofensivo y la gente menuda consume sus productos en el recreo como quien se come una gominola: recuerdo ahora un vídeo de YouTube (ya ilocalizable) donde aparecían niños y niñas de unos doce años metiéndose rayas de coca entre clase y clase. Este espíritu se plasma en comedias fumetas como esta de la factoría Apatow, donde Seth Rogen y James Franco, camello y cliente, no dan miedo, sino risa. Y donde, sin postureos contraculturetas, se plasman a la perfección los neblinosos efectos de un buen porro. O, mejor dicho, de esos primeros porros que no es que fueran mejores que los de ahora (que también), es que nosotros éramos más jóvenes, niñatos de gargantas vírgenes y cerebros llenos de neuronas por deconstruir.

Easy Rider, buscando mi destino (Dennis Hopper, 1969)

«Elegí la cocaína porque era la droga de los reyes. La heroína tenía connotaciones más desagradables». Lo dijo Dennis Hopper en el libro Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind. Y dio en el clavo. Efectivamente, a finales de los sesenta la coca no era la (adulteradísima) droga de curritos y parados que es hoy. Ni mucho menos. Carísima y difícil de conseguir, puesto que aún no se comercializaba en la calle, Hopper la cató a través del productor musical Dennis Shaphiro y se enamoró de sus efectos, que le daban la energía de un potro desbocado y disparaban su ya de por sí estratosférico ego más allá de la Puerta de Tannhäuser.

Así que esta fue la idea para la película: dos cowboys del siglo XX que atraviesan los USA en sendas motocicletas cargadas de farlopa de primera, para venderla, forrarse y retirarse por siempre a Florida. Por el camino, viven todo tipo de peripecias: fuman hierba, acampan, visitan burdeles… vamos, lo que haría cualquier mortal joven y libre con ganas de divertirse. En una de esas, se van con dos chicas de juerga y toman unos tripis en un cementerio; la caótica y paranoica escena que sigue es una de las cumbres del cine tóxico, que plasma lo mejor y lo peor de un viaje agridulce: la explosión mental, los arrebatos lúbricos, las confesiones a tumba abierta, las luces, las imágenes simbólicas, las risas, los llantos, las revelaciones y las locuras, el valor y el miedo, el vértigo del subidón y la angustia del bajón. Todas esas imágenes, los neones, las piedras, las lápidas, el ojo de pez, el desenfoque, la nitidez, el «yo amo a mi mamá / yo odio a mi mamá»… Y ese astro rey que lo quema todo. Y es que, ¿a quién coño se le ocurre tomarse un tripi en un cementerio?

Trainspotting (Danny Boyle, 1966)

«Tomábamos morfina, diamorfina, ciclocina, codeína, temacepan, nitracepan, cenobarbitona, harbital sodico, dexoproboxiceno, metadona, nalbucina, becimina, bentazocina, bupremorcina, dextromoramida, clorometiozol… Las calles rebosan drogas que puedes tomar para combatir la infelicidad…y nosotros las tomábamos todas. Joder, nos habríamos inyectado vitamina C si hubiera sido ilegal». Así de bien explica Mark (Ewan McGregor) la filosofía del yonqui contemporáneo en este famoso film británico ambientado en los suburbios de Edimburgo y basado en la novela homónima de Irvine Welsh, que también inspiró The acid house (donde, dicho sea de paso, Ewen Bremmer borda la interpretación de un tío de tripi).

Como todos hemos visto Trainspotting, poco más hay que decir, solo que lo que la pone por encima de otras películas tóxicas es su suciedad. Porque la verdad es que los yonquis no se lavan y habitan un mundo tan sucio y maloliente como el ya legendario «peor retrete de Escocia», donde Ewan McGregor se sumerge y, literalmente, bucea buscando su pelota de heroína en un opiáceo mar de aguas fecales.

Drugstore Cowboy (Gus Van Sant, 1989)

Aunque sea demasiado limpia, merece un hueco en la historia del cine tóxico por sus escenas triposas y la fantasmal aparición de William S. Burroughs, escritor anómalo, autor de Yonqui y sumo sacerdote de la Droga. Por lo demás, el debut de Van Sant es una cinta que, tratando el tema que trata, se deja ver por todos los públicos y no llega a reflejar la sordidez callejera como sí lo hacían Yo, Cristina F. (Uli Edel, 1981), Pánico en Needle Park (Jerry Schatzberg, 1971) o El pico (Eloy de la Iglesia, 1983). Pero lo que es en Drugstore cowboy ni siquiera existe la erótica de lo ilegal, pues lo que consumen estos yonquis guapos (demasiado guapos) son mayormente tranquilizantes, anfetaminas y otros productos legales disponibles en farmacias con receta médica y que ellos roban con nocturnidad, alevosía e infantil despreocupación. Y luego está esa relativa limpieza, tanto en los looks de los personajes (craso error de casting, lo de fichar a la angelical Heather Graham para hacer de yoncarra) como en las estancias que habitan, que resulta intolerable cuando se trata de yonquis, que normalmente visten con trapos viejos para pasar desapercibidos durante sus constantes trasiegos y trapicheos.

Viajes aparte, quizás el mejor momento de la película es cuando Burroughs pronuncia ante Matt Dillon una certera profecía con su cavernosa voz de insecto humano, tan psicoactiva como algunos de sus textos: «Los narcóticos han sido sistemáticamente satanizados y utilizados como chivos expiatorios… Vaticino que un futuro próximo la “derecha” va a utilizar la histeria de las drogas como pretexto para configurar un aparato policial a nivel planetario». Su profecía, se ha cumplido, pero con matices: no solo la «derecha» sino también la presunta «izquierda», en estrecha colaboración con los poderes fácticos, han configurado ese omnipresente aparato policial al que se refiere el escritor. Y la excusa no solo ha sido la droga, sino también el terrorismo, la pedofilia, el petróleo y otros inventos.

Alicia en el país de las maravillas (Clyde Geromini, Wilfred Jackson, Hamilton Luske, 1951)

Todo empezó con Charles Lutwidge Dogson, un pedófilo tartaja, zurdo, medio sordo y migrañoso que pasaría a la posteridad como Lewis Carroll. Se dice que este señor escribió sus obras maestras (Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo) bajos los efectos del láudano, un fármaco que tomaba para aliviar sus jaquecas y que, como todos sabrán, está compuesto por opio, vino blanco, azafrán, canela y otras sustancias. No es raro, pues, que sus obras estén llenas de referencias a los efectos de las drogas psicoactivas, que se han filtrado también a la mayoría de sus versiones cinematográficas. Y no hablo solo de las versiones más experimentales, como Alice in Acidland (John Donne, 1968), un maratón de orgías alucinógenas que acaban en el frenopático. Me refiero al largometraje de animación producido por Disney, con dirección artística de la genial Mary Blair, también responsable de Peter Pan (1953), un personaje que puede volar gracias a los «polvos mágicos» que le suministra Campanilla.

El personaje más tóxico de Alicia en el país de las maravillas es, sin duda, la Oruga, que se pasa el día colocada, dándole a la pipa de opio. Es ella la que incita a Alicia a catar una enorme seta, que podría ser la amanita muscaria, a juzgar por sus efectos secundarios: alucinaciones que alteran las proporciones de las cosas y que suele provocar un trastorno neurológico (macropsia o micropsia) que se ha acabado rebautizando como «síndrome de Alicia en el país de las maravillas». En la película se plasman perfectamente sus efectos, con la rubísima Alicia creciendo, menguando, flotando y, en definitiva, alucinando en tecnicolor.

Inseparables (David Cronenberg, 1989)

¿Por qué hay tantos médicos yonquis, si comprenden hasta el tuétano la naturaleza de la adicción? Precisamente por ello, por su conocimiento del cuerpo humano, su contacto con la vida y la muerte, con la carne y el hueso. Además, qué diablos, a ver quién no se vuelve vicioso teniendo barra libre de sustancias prohibidas.

La película cuenta la historia de dos gemelos idénticos, el hipersocial Elliot y el introvertido Beverly, ambos interpretados por Jeremy Irons. Son en sí mismos un yin y un yang, que comparten profesión (ginecólogos), apartamento y vaginas, pero no necesitan implicaciones emocionales puesto que son, en el fondo, una pareja. Pero, cómo no, una mujer muy especial (tiene el cuello del útero «trifurcado») conseguirá separar lo inseparable y prender la chispa lúbrica que aboque a este par de gemelos a una explosión de locura.

Para construir el guion de esta, una de sus mejores películas, Cronenberg se basó en la novela Twins de Bari Wood y Jack Geasland que, a su vez, estaba inspirada en un hecho real, narrado magistralmente por Linda Wolfe en el libro de culto El profesor y la prostituta y otras historias verdaderas de muerte y locura (editado en España por Anagrama y actualmente descatalogado). En él, Wolfe hacía una descripción casi científica (si es que la información, como aseguran en la absurda facultad de marras, es una ciencia) de los hechos: «El piso, muy sucio y desordenado, estaba sembrado de restos de pollo y frutas podridas, y frascos de píldoras vacíos. No había un centímetro del suelo donde no hubiera basuras. El lugar era una pocilga». Una buena muestra del caos mental generado por ciertos barbitúricos, que Cronenberg decidió llevar al límite en su película, donde intentó dotar al apartamento de los gemelos Mantle del inquietante ambiente de un acuario, pintando las paredes de azul y morado. En el flotan los protagonistas, alimentándose de unas pastillas que alteran su percepción de la realidad. Como apunta el propio cineasta en el libro de entrevistas David Cronenberg por David Cronenberg, «siempre que influimos sobre nuestro cuerpo, ya sea con la televisión o con las drogas, estamos alterando nuestra realidad». De ahí emana el terror que provoca la película, de la fragilidad de nuestra propia condición mental y, por lo tanto, de la fragilidad de la realidad.

El almuerzo desnudo (David Cronenberg, 1991)

A la hora de enfrentarse a la suicida tarea de llevar al cine una novela de William S. Burroughs, cualquier otro director habría considerado fundamental la presencia de la heroína, gasolina creativa y motor vital del escritor durante gran parte de su existencia, junto a otras sustancias como la marihuana, el peyote, la morfina o la cocaína. Pero David Cronenberg no es un director cualquiera y en su libérrima versión fílmica de El almuerzo desnudo, no solo mezcló la novela con otros textos de su autor, sino que eliminó todo rastro de drogas reales, sustituyéndolas por insecticida, una sustancia que Burroughs utilizó durante sus años de trabajo como exterminador a domicilio. En una entrevista contemporánea al estreno de la película Cronenberg explicó así su arriesgada decisión: «No quería que El almuerzo desnudo fuera una película sobre drogas, porque creo que Burroughs se centra más en la adicción, la manipulación y el control. Así que me inventé una droga, para que tuviera conexiones internas y metafóricas en lugar de externas y sociales». Pero lo llames heroína o insecticida, ese polvillo (que no es marrón, sino amarillo) tiene un peso fundamental en la película, puesto que provoca cuelgue y alucinaciones por doquier: desde gigantescos ciempiés hasta kafkianas máquinas de escribir que mutan en cucarachas parlanchinas. Todo el filme es un chapuzón sin oxígeno en la Interzona burroughsiana, y durante casi todo el metraje la pantalla se tiñe de tonos amarillentos por el director de fotografía Peter Suschitzky, cosa que provoca en el espectador la extraña sensación de haber esnifado insecticida. No es la película más redonda de su director, pero sí una de las más alucinadas. Se diría que Cronenberg siguió a rajatabla el célebre mandamiento de Hassan-i Sabbah que tanto obsesionó a Burroughs: «Nada es verdad, todo está permitido».

Miedo y asco en Las Vegas (Terry Gilliam, 1998)

«Teníamos dos bolsas de hierba, setenta y cinco cápsulas de mescalina, cinco papeles de ácido superpotente, medio salero de cocaína, una galaxia entera de todo tipo de píldoras multicolores. También una botella de tequila, otra de ron, una caja de cerveza, un frasco de éter puro y veinticuatro amyls». Con semejante arsenal, capaz de catapultarte al meollo del saber o a los brazos de Sheogorath, es comprensible que esta película basada en la delirante novela homónima de Hunter S. Thompson sea una monumental y trepidante apología de las drogas como gasolina creativa del periodismo. O, mejor dicho, de cierto tipo de periodismo, bautizado por el propio Thompson como «gonzo».

Por una vez, Johnny Depp tenía una buena excusa para sobreactuar: iba puesto hasta el culo. En la realidad y en la ficción. Si (Dios no lo quiera) el que esto suscribe fuera tertuliano de Garci y tuviera que quedarme con una escena, tal vez sería la llegada de Depp/Hunter al hotel, donde se encuentra con que las mil drogas que se ha metido le acaban de subir de golpe y porrazo. En ese perjudicadísimo estado de conciencia, hacer un sencillo check in en un hotel de Las Vegas se convierte en una tarea titánica, sobrehumana, dantesca: la recepcionista muta en monstruo prehistórico, y el bar del hotel en una auténtica jungla donde la alfombra se llena de sangre, en un claro guiño al Overlook de Kubrick. Aproximadamente, la mejor estampa de la paranoia politóxica jamás filmada.

Confessions of an opium eater (Albert Zugsmith, 1962)

Es probable que Marx se equivocara y que no sea la religión, sino el cine (y su metadona particular, la televisión) el verdadero opio del pueblo. Sea como sea, esta película, libérrima adaptación de un verdadero clásico de la literatura tóxica (Confesiones de un inglés comedor de opio de Thomas de Quincey), provoca efectos muy parecidos a los de un buen fumadón de adormidera.

En su escena más narcotizante, vemos cómo tras dar unas profundas caladas a su pipa, Vincent Price siente que todo se ralentiza a su alrededor, sumiéndose en un lento torbellino de pesadillescas visiones, donde hay máscaras africanas, bestias de la selva, nativos que se mofan, calaveras vivientes, arañas gigantes, sardónicas carcajadas o inmensas mujeres orientales. Todo ello, rodado con uso y abuso del efecto de ojo de pez y de un humo generado por un puñado de extras dándole a la pipa.

Tras el demoledor trip opiáceo, Price se levanta y experimenta una torpeza y una empantanación de sus actos que describe muy bien la resaca de esta droga capaz de frenar como pocas el inexorable paso del tiempo. Por lo menos, en la mente del consumidor.

El precio del poder (Brian de Palma, 1983)

La primera aparición de la cocaína en el cine data del año 1912, en el cortometraje mudo For his son, donde D. W. Griffith nos presenta la historia de un padre de familia que fabrica una bebida con coca (llamada Dopokoke) para combatir el cansancio y acaba desencadenando la adicción de su hijo. Desde entonces, la coca ha aparecido en infinidad de películas, y hasta Charlot se mete una buena ración de polvo blanco en el clásico Tiempos modernos (Charles Chaplin, 1936), pillándose un ciego considerable:

Pero nadie en la gran pantalla ha superado a Tony Montana, interpretado por un Al Pacino que se había dado a conocer haciendo de yonqui en The Panic in Needle Park (Jerry Schatzberg, 1971). La imagen de Tony hundiendo su italoamericana cabeza en una montaña de oro blanco y profiriendo sonoras esnifadas es difícil de emular. Eso, cuando la cocaína todavía era considerada una droga de ricos, la imagen del poder, del endiosamiento y de la megalomanía era esta: un hombre sentado en su trono, consumiendo perica como si fuera azúcar. Aunque, bueno, tal vez la comparación sea injusta: según los últimos estudios, el azúcar es bastante más adictiva que la cocaína.

Los inmediatos efectos de esta sustancia saltan a la vista en el físico y el comportamiento de Montana: pupilas dilatadas, nerviosismo, mandíbula tensa y suelta, irascibilidad… y paranoia extrema, sobre todo si estás siendo asediado por una pandilla de sicarios a los que puedes ver desde tus mil pantallas de control remoto. Pero si tienes a mano un buen AK-47 y las venas llenas de yeyo, ni un ejército podrá contigo. O eso crees. Y creer es poder. La escena final de esta película transmite como ninguna el violento y egomaníaco subidón de farlopa. Pero, como bien dijo Jünger, «tras la pleamar, viene la bajamar».

Enter the void (Gaspar Noé, 2011)

Antes de nada, aclarar que la DMT (abreviatura de N,N-dimetiltriptamina) es un poderoso enteógeno natural perteneciente a la familia de la triptamina que provoca fuertes alucinaciones, auténticos viajes a otras dimensiones que, para bien o para mal, no duran más de media hora. Gaspar Noé condensa en cinco minutos escasos uno de estos trips, construyendo un videoclip de abstracciones multicolores. Más parecido al viaje de ketamina o a un salvapantallas psicodélico que a un verdadero subidón de DMT, pero un buen viaje al fin y al cabo, es esta una notable pieza de cine experimental enmarcada en una película que pretende ser un viaje espiritual al fin de la noche, y que nace de la apresurada lectura que el director (hijo del pintor neoexpresionista argentino Luis Felipe Noé) hizo del Libro tibetano de los muertos.

En una entrevista de la época, Gaspar reconoció que «algunas personas que han probado DMT me comentaron que las imágenes que filmé eran parecidas a un viaje real con esta droga, pero también hay bastantes fallos, porque las imágenes que ves cuando la tomas son más geométricas y se mueven más rápido que las de la película». Aun así, una buena intentona, aunque para la próxima debería probar primero la sustancia en cuestión para afinar el tiro.

Teniente corrupto (Abel Ferrara, 1992)

Puntas de coca, pipas de crack, botellas de whisky, chinos de plata, chutes de caballo… Coge unos gramos de crisis de mediana edad, unas gotas de poli corrupto metido en líos, un buen puñado de adicción al sexo, a las drogas y al juego y una punzante fe católica. Inyéctaselo todo a un personaje. Y tendrás al señor más atormentado, desesperado y decadente del cine yonqui. Un señor que, tras ponerse ciego de todo tipo de drogas (coca, heroína, alcohol, crack…), perpetrar enfermizos abusos sexuales y gastarse sus ahorros en el juego, vuelve al hogar familiar como si tal cosa. Estamos hablando del Bad lieutenant, el Teniente corrupto de Abel Ferrara, interpretado por un descomunal Harvey Keitel. Sobre el comportamiento del personaje, el director ha dicho que «no es el tipo de tío que se ve a sí mismo como un mal tipo. Él solo existe y actúa como si todo fuera bien. En ningún momento piensa que haya un problema en su cabeza y que esté teniendo una galopante crisis de mediana edad».

Se trata de una película desgarrada, brutal, de un sobrecogedor realismo. Ferrara, como buen católico, acaba retratando la parte menos lúdica de las drogas: la deriva mental, la grisura de lo cotidiano, el síndrome de abstinencia, el uso y abuso del propio cuerpo como un vertedero de toxinas… Y esa luz mortecina, deprimente, que uno percibe al volver al mundo real y encontrarse con que es (o parece ser) una puta mierda. Anatomía del bajonazo. O, como decía John Milton, al que Ferrara cita al comienzo de la peli: «La mente hace su propio lugar y en sí misma puede hacer un cielo del infierno y un infierno del cielo». Pocas frases resumen tan bien las grandezas y las miserias de las sustancias psicotrópicas y estupefacientes… y de la ciclotímica existencia humana.

Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969)

No conviene infravalorar los poderes de las drogas blandas. Un trompetón de marihuana bien cargado puede estallar en el cerebelo medio con efectos tan poderosos como los de un tripi. O casi. Y si no que le pregunten a los protagonistas de este, tal vez el primer filme overground de la historia: por un lado, fue clasificado X y, por otro, premiado con tres Óscar de la Academia.

Lo cierto es que la película era, para la época, insultantemente moderna. La historia del aspirante a gigoló Joe Buck (John Voight) y su escudero Ratso, un timador de poca monta bordado por Dustin Hoffman, es, como la de Quijote y Sancho, eterna. Y la escena de la party warholiana (salían superstars de la Factory como Ultra Violet, Viva, Paul Jabara o el ya mencionado cineasta Paul Morrissey), todavía hoy resulta antológica: mientras el febril Ratso se infla a zampar y a robar comida y a agobiarse, el más hedonista Joe Buck se fuma un porro y disfruta del fiestón. Los efectos de la mandanga son recreados de forma diestra por Schlesinger: la hipnosis de las luces, la velocidad de las varillas de incienso, los reflejos estroboscópicos… y, por supuesto, la risa, la lujuria, el vértigo. Esa montaña rusa mental que transforma el tedio vital en un parque de atracciones por obra y gracia de unas caladas.

El futuro (Luis López Carrasco, 2013)

Además de hacer un brillante retrato en 16 mm de nuestra (pseudo)Transición y sus terroríficas consecuencias, Carrasco consigue en este docudrama posmoderno y experimental retratar con descarnada clarividencia la alienante forma de ocio nocturno derivada de nuestra modernización a machamartillo. El joven director filma con mano maestra y pulso etílico una fiesta real (aunque muchos son actores, los protagonistas no interpretan, sino que están colocados de verdad) que podría estar ambientada en 1982, pero también en 2013 o 2050. Difícil deducirlo por la estética de sus protagonistas (puesto que los ochenta «vuelven» casi todos los años), pero mucho menos por su relación con las drogas, en este caso, cocaína, popper y hasta leche materna, cuyos efectos se reflejan en el acabado visual y sonoro: saltos de fotogramas, confusión de música y conversaciones… Desorden.

Despojada de su condición sagrada, outsider o ritual, y transmutada por la adulteración en una sustancia casi inocua, la droga se convierte en una simple golosina, ingerida por un grupo de adultos infantilizados cual marionetas por modas, medios de comunicación de masas y precariedad laboral. En el mundo moderno da igual tener cuarenta, que treinta, que veinte. Todos somos, como Will More, primos hermanos de Peter Pan. Y todos acabaremos absorbidos por ese punto negro que en el caso de Arrebato te llevaba al más allá, pero que en el mucho más cruel artefacto de Carrasco, te catapulta a un infierno llamado «futuro». Es decir, a la cruda, sucia y fría realidad. O, si queréis, a la resaca. Y, a pesar de todo, El futuro (la película), como Arrebato, provoca adicción. Salvando las distancias.

Spun (Jonas Akerlund, 2002)

Aviso: esta película no se ve, se chuta. Y solo juguetes rotos hollywoodienses como Mena Suvari, Mickey Rourke, Alexis Arquette o Deborah Harry se habrían embarcado en una cosa tan loca como esta infraproducción rodada en veintidós días, con un presupuesto de guasa por el director de videoclips Jonas Akerlund. Y así salió: un espídico dislate que contiene algunas de las escenas más explícitas y certeras del cine yonqui. Por ejemplo, ese círculo vicioso de toxicómanos verborreicos que gira y gira mientras las caras y las palabras se mezclan como solo ocurre en las largas, dolorosas y placenteras jornadas de meth. O la escena del coche, que demuestra que conducir colocado puede ser peligroso, sí, pero también muy divertido, pues el monótono paisaje de la carretera se funde con mil y una visiones y otros tantos soniquetes. Eso por no hablar de la música de Billy Corgan, de Deborah «Blondie» Harry haciendo de bollera y de Rob Halford (cantante de Judas Priest) encarnando al dependiente de un sex shop.

En la actualidad, Akerlund luce una larga melena con un mechón blanco y sigue compaginando el cine demente con los videoclips mainstream. Ahí está por ejemplo, el «Telephone» de Lady Gaga que, pese a su aspecto inofensivo, los teóricos de la conspiración han destripado como un artefacto plagado de mensajes subliminales Illuminati y satánicos. A lo mejor deberían tomar menos drogas…

41 comentarios

  1. Dios, creía que lo de ‘El hombre con rayos X en los ojos’ era producto de un mal sueño, pero veo que no soy la única que todavía no se ha recuperado de aquella emisión matinal 0_o

    • Ya era hora de que Jot Down escribiera un artículo sobre lo que de verdad nos interesa: ponerse finico. Mi más sincera enhorabuena al autor. Me ha devuelto el gusto por la heroína y la farlopa que creía haber perdido desde que empecé a fumar editoriales de la Razón.

  2. Pingback: Cine psicoactivo: más allá del colocón

  3. El mundo es un pañuelo, aquella mañana de sábado estábamos los dos viendo Pista libre. Alucinante.

  4. Muy buena selección, me faltó Réquiem por un sueño.

    • Pelicula lamentable del director mas sobrevalorado de la historia. Además no tiene ni idea sobre el tema que trata, con lo cual le sale un anuncio del plan nacional sobre drogas de hora y media

  5. Genial y divertido artículo. Sólo una correción: Tony Montana es cubano, no italoamericano, el italoamericano es Al Pacino. Aunque estoy seguro de que ha sido un simple lapsus.

  6. Trainspotting es de 1996

  7. Solo venía a comentar lo mismo que ya señaló Carmen. Réquiem por un Sueño es una GRAN –diría imperdonable– omisión.

  8. No erais vosotros dos solos, después de Pista libre salimos a jugar a la calle y todos los chavales del barrio la habían visto y, como no, alucinábamos.

    • Seguro que sin saberlo somos legión. Mejor que una tarde de viernes siempre fue una mañana de sábado. Un saludo.

  9. o Human Traffic

  10. Algunas más: “Cisco Pike” con Kris Kristofferson, Gene Hackman y Harry Dean Stanton (1972), “More” de Barbet Schroeder (1969), “Zabriskie Point” de Antonioni (1970)

  11. Un apunte: Los sonidos de bebé de la escena del coche de Spun son de Cesaro Summability, del genial AEnima de Tool.

  12. Muy buena selección, apunto algunas que no conocía. Nombrar también The Doors de Oliver Stone donde Val Kilmer hace una genial interpretación del inigualable Jim.

  13. Excelente selección!!! como un autentico aficionado al cine psicotrópico, cuando he leído el título he dicho: “vamos a leerlo, seguro que no salen algunas de mis favoritas”, pero no, están la mayoría, os habéis acordado de “enter the void” “drugstore cowboy”y “el hombre con rayos X en los ojos (no existe película mas triposa que esa)”.

    Felicitaciones otra vez, lástima que desde mi terminal iphone me resulta imposible leer el artículo porque se me bloquea al tener incorporadas tomas de las películas, he tenido que leerlo en la oficina.

    Seguir así

  14. Una vez más jotdown vuelve a reivindicarse como una revista moderna, culta y divertida. Excelente!

  15. Bonito homenaje a Zulueta, un tipo predestinado a hacer grandes cosas para el cine pero que se quedo a mitad de camino por culpa de la jeringa. “Arrebato” antecede en algunos años a todo lo que vendría en los 80’s con La Movida, deja entrever un Madrid salvaje bajo la superficie, lleno de personajes alienados que se evaden con la droga, una jungla que duerme las horas de sol y despierta en las de penumbra.
    La analogía con los consumidores de drogas no es casual, el “arrebato” es ese momento de detenimiento, de placer que se mantiene frugalmente en el tiempo y en el que la persona “arrebatada” se puede evadir en su obsesión de placer ya sean los polvos mágicos, un album de cromos antiguos, o la fascinación del cinematógrafo. Como bien enseña la película, vivir en la búsqueda de esos arrebatos es malsano, provoca un placer inenarrable pero a la vez te consume si haces de su búsqueda tu único propósito en la vida. No es de extrañar que el final de la película, donde es el propio cinematógrafo quien acaba por consumir la existencia de los protagonistas, pueda interpretarse como una metáfora de las consecuencias de su consumo, .
    Valdría la pena también comentar la maestría de Zulueta para dominar los efectos en cámara como si de un Melies de los 70’s se tratara. Además de “Arrebato” tiene algún corto cuyo nombre no recuerdo donde también se sirve de ellos creando un mundo de fantasía y onirismo sensacional, más si cabe, si pensamos que por aquel entonces no existían infografías 3D ni similares y todo surgía de la artesanía del director con la cámara.
    Un final triste el de Zulueta, que nos recuerda una vez más lo malas que son las drogas. Pero su magia, como siempre, pervive en su cine que debería ser reivindicado de la misma manera que en Francia se reivindica a genios trágicos como Eustache.

    Enhorabuena por el artículo, ví la película hace unas semanas y quedé totalmente “arrebatado”.

    A seguir así.

    • En esta entrevista de 2002, Zulueta arremetía más contra la metadona que el obligaban a tomar como sustitutivo que contra la heroína. El eterno Peter Pan era mucho más maduro en este aspecto que la mayoría de los adictos, demasiado dados al victimismo, al lloriqueo y al topicazo

      «Tendríamos que ser dueños de nuestra propia dosificación. Y para rematar, me jode que a los 50 y… 60 años que tengo (que ni me lo creo), me digan todavía lo que puedo y lo que no puedo. En nombre de lo que harán los adolescentes, ¿tenemos que estar toda lo población privándonos de lo que nos da la gana tomar? Es todo tan obvio… Y es mentira que nos quieran adultos, nunca nos van a dejar ser adultos.»

      Iván Zulueta y las drogas: “Nunca nos van a dejar ser adultos”

    • «el cine (o, al menos, cierto tipo de cine) es en sí mismo una droga. Y de las duras»

      De esto va “Arrebato”, no de la heroína

  16. Hola
    Desde luego son todas las que están pero, en mi opinión, la lista no esta completa sin “El Hombre del Brazo de Oro” y, posiblemente el “viaje” más visto, el de “2001 una odisea en el espacio”.
    Un saludo.

  17. Muy buen artículo

  18. Una de las particularidades del DMT es que se sintetizó primero en laboratorio en 1939 (se bautizó como “nigerina”) y dieciséis años más tarde se identificó en plantas, así que si ya es raro llamar “natural” a un principio activo, lo es más en este caso

  19. Al menos podriais haber puesto (aunque sea una serie) una mencion especial a braking bad ;)

  20. He llegado a la mitad… -me estoy cagando-

  21. El cine psicoactivo tiene también su banda sonora psicoaactiva, y maravillas como esta: http://www.rocknblogsuicide.com/2014/02/bandasonoratrainspotting.html

  22. En SLC Punk tenemos un viaje por LSC por parte de Sean…

    http://www.youtube.com/watch?v=C9mR0zxytmw

  23. Buen articulo. He echado en falta Christinae F y A Scanner Darkly, muy buenas tambien.
    Salud!

  24. Pingback: Enlaces Recomendados de la Semana (Nº249) | netgueko

  25. Luis:

    ¡Excelente selección! Ya me vi 2 de estas que recomiendas y son excelentes (Naked Lunch y Spun). Voy a seguir viendo el resto de la lista, aunque me da un poco de temor la de gNoé. Me acuerdo de Seul Contre Tous y todavía me estremezco.

    Tienes más recomendaciones? Este tipo de artículos son siempre fuente de verdaderas joyas. Pink Flamingos por ejemplo, la encontré gracias a un post similar al tuyo. Y no me parecería mal que esté en esta misma lista.

    Algo de dark comedies podrá ser?

    Agradecido, titi.

  26. Gran artículo. Quizá se debiera incluir “The Connection”, de Shirley Clarke, de 1961.

  27. Os habeis olvidado de la primera escena psicodélica de la historia del cine que supuso un antes y un después en la animación.El viaje alucinógeno de Dumbo. Creme de la creme en paranoias y mi tripada favorita.

  28. Muy buen artículo. Faltan algunas películas, pero eso es inevitable. Quizá la que más se echa en falta es The Tingler (Dir. William Castle,1959) con Vincent Price jugando con el LSD.

  29. ¿Ninguna alusión a “La Bola de Cristal”? Se podía escribir otro artículo.

  30. Y El pico, de Eloy de la Iglesia. Otra película inolvidable.

  31. Tony Montana no era italoamericano, sino Cubano. Por lo demás fantástico artículo.

  32. Siento ser puntilloso con una de mis películas favoritas pero lo que busca Renton en “el peor retrete de Escocia” son precisamente supositorios de opio que le dan al no poder conseguir caballo. Un saludo.

  33. Qué buen blog. Sólo con “Cielo líquido”, película que aún no vi, me resultó de lo mejor. Ya la puse a descargar. Espero poder verla esta misma noche.

    Aprovecho a preguntar: ¿En qué consistía eso de “Pista libre”? Soy del otro lado del charco. Me hago una idea, pero si alguien me lo resume en pocas palabras, agradecido de antemano.

    Salu2!

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