Jot Down Cultural Magazine – Alcoholes

Alcoholes

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Foto: Brockvicky (CC)

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Pronto cumpliré los sesenta y apenas bebo ya. Hace poco, con un amigo, por la tarde, bebí tres o cuatro whiskies seguidos, con verdadera sed, sin apenas darme cuenta, porque tenía la botella a tiro, y durante el paseo de vuelta a casa, una media hora, me sentí radiantemente feliz, exultante, con la liviandad (esporádica) de mis diecisiete años. Pero duró eso, apenas media hora. Luego me quedé frito, y sabiendo cómo iba a despertar: con un considerable dolor de cabeza. Mi amigo, por cierto, ya no podía beber destilados, solo tinto, aunque le gustaba, me dijo, ver beber a los otros, y escuchar el sonido de los cubitos de hielo en un vaso largo.

No diré que a veces no sienta ganas de dejarme llevar (arrebatar, sería la palabra) por el alcohol unido a la charla y a la música, como antes, un antes bastante lejano. Pero no hace falta tener una bola de cristal para saber lo que me espera a la mañana siguiente.

Podía no haber sido así. Podía estar bebiendo ahora sin poder dejarlo.

Es verdad que algunos amigos han bebido tres, cuatro, diez veces más que yo. Y también es posible que yo haya bebido mucho más que otros, claro. Todo es relativo, y no pretendo ponerme medallas inversas ni hacer competiciones retrospectivas sobre tan resbaladiza pista.

Esto no es una confesión ni nada parecido. Estas líneas no tienen un gran propósito, ni teórico ni, mucho menos, disuasorio. Tampoco esperen un burbujeante anecdotario. Simplemente hoy me ha dado por este asunto: alcoholes y coctelerías en las costumbres de una generación nacida en los cincuenta del lejano siglo XX. Jaime Gil de Biedma lo hizo (con los suyos) en aquel largo y estupendo artículo llamado «Revista de bares»: siempre es bueno ponerse un modelo elevado.

Lo sorprendente, pienso ahora, es que no haya muchos más alcohólicos en mi generación. Decir mi generación quizá sea demasiado amplio. Entre mis amigos y conocidos, pongamos. Para acotar un poco, diré que casi todos escribíamos o queríamos escribir, y que buena parte de nosotros trabajábamos o queríamos trabajar en prensa, y en ese mundo, salvo excepciones, nos conocimos.

Nosotros (mis amigos y yo) bebíamos en grupo y bebíamos porque beber era lo normal. Se bebía en celebraciones familiares, desde pequeños, y ya en la adolescencia era cosa normalísima, por ejemplo, bajarse una cerveza a la hora del desayuno.

Bebíamos porque nuestros escritores favoritos bebían: tras las copas de Hemingway o Fitzgerald no veíamos desazón sino combustible.

Puestos a hacer comparaciones, diré que bebíamos considerablemente pero no tanto como en el negociado literario de la leva anterior, que ofrece (y es historia sabida y repetida) una unanimidad alarmante y de muy alta cota: es difícil encontrar a un escritor o escritora que no sacudiera la lámpara, para decirlo a la inglesa; una lámpara repleta de ginebra, whisky o vino de taberna.

Bebíamos para animar salidas y encuentros. Bebíamos para que todo brillara. Se multiplicaban los ecos de la música, y los destellos de las conversaciones, y los insólitos puentes y recodos de los procesos mentales. Bebíamos para parecer más brillantes. O parecer menos tontos, feos, torpes, etcétera. En la nevera tengo un imán que dice: «Martini! Helping People Lower Their Standards Since 1927». Es un chiste, pero tiene su buena parte de razón. Así acababas dando conversación a gente a la que ni te hubieras acercado en tu sano juicio. Y lo mismo solía sucederle a tus interlocutores/as, por supuesto.

Foto: Pixabay (CC)

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La noche estaba llena de grandes planes y proyectos inminentes, que solían esfumarse a la luz del día, o volvían, crecidos, la noche siguiente. Y bebíamos también, desde luego, para borrar ansiedades o tropiezos sentimentales, ignorando, pese a su reiteración, la enseñanza elemental de que quien bebe para olvidar olvida todo menos lo que quería olvidar.

Creo que no he conocido a ningún junkie de mi quinta, y vaya si los había. Eso ni tocarlo, ni se nos ocurría. Por miedo a la aguja y porque, quizás, la mítica rockera del caballo nos pilló un poco mayores. Cocainómanos feroces, irrecuperables, conocí algunos, pero años después. Y con los alcohólicos sucedió tres cuartas de lo mismo: todo necesita tiempo. Recuerdo la sorpresa que me produjo encontrarme un anochecer a un amigo, al que no veía desde hacía mucho tiempo, saliendo (me contó, con sorprendente sinceridad) de una sesión de Alcohólicos Anónimos. Nunca lo hubiera pensado: hasta entonces, eso me parecía una tradición ultramarina, como el Ejército de Salvación.

Al principio, como no había dinero, bebíamos alcoholes a granel. Salíamos de excursión, todavía púberes, blandiendo botellas de vino como si fueran espadones. Es posible que la lectura de Kerouac, cuando todos queríamos ser Neal Moriarty, jugara un cierto papel en esa costumbre, del mismo modo que, años después, le dimos al mezcal «por culpa» de Lowry. Entonces podíamos bajarnos, por ejemplo, un litro de vino dulce por cabeza, que trasegábamos como si fuera agua. O botellas de jerez seco, en ocasiones especiales. Recuerdo una extraordinaria borrachera de Fino La Ina, en Sevilla, en la que un amigo y yo despertamos en el techo de un coche, aparcado en el mismísimo centro de la ciudad. (Cómo logramos trepar hasta allí —y permanecer en lo alto— roza para mí lo inexplicable). Moscatel, fino, o vino de colmado. Los vinos selectos nos eran desconocidos, cosa de ricos. Como si estuvieran en una estantería demasiado alta. Tan alta como el techo de aquel coche.

En aquella época, a mediados de los setenta, descubrimos el Amer Picon, un aperitivo popularísimo en los años treinta. Tenía el lustre del pasado, un lustre muy francés (sabía a canción de Brassens —naranja amarga— reconcentrada) y jugaba a su favor que el bebedizo ya comenzara a no decir nada a nadie, aunque todavía quedaban en la parte baja de Barcelona unos cuantos bares (pequeños, ruinosos) que llevaban tan misterioso nombre. En el Marsella servían, por cuatro chavos, unos copazos de Picón, con un fondo de grosella o cassis, que te dejaban «paladeando con unción los dulces nombres de Cristo», como decía Unamuno. Bastaba una copa: dos te tumbaban.

La especialidad del Marsella era la absenta, y por eso no la pedíamos nunca: no nos gustaba lo que bebía todo el mundo. Era como ir a un concierto de los Ramones llevando una camiseta de los Ramones. Y el ritual (la cucharita, el azucarillo) era un poco latoso. Nos gustaba decir que la verdadera absenta, la más pura y peligrosa, la que podía provocar alucinaciones y trastornos mentales, era la que vendían casi bajo mano en La Penúltima, una tienda de licores y vinos a granel que estaba en la Riera Alta, cerca de la plaza del Padró. Prueba de que aquella absenta era rimbaudiana: alguien nos había dicho que el actor Jean-Pierre Léaud venía especialmente de París para comprarla.

Foto: Pixabay (CC)

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Una ruta de entonces: cervezas en el London de Conde del Asalto, manzanilla en el Sanlúcar del final de la Rambla, picón en el Marsella, un pastís (no había otra cosa) en el minúsculo Pastís, y cazalla de madrugada, o a media tarde, o por la mañana incluso, en el quiosco del Arco del Teatro, con aquellas pasas hipertróficas que parecían ciruelas. Coñac o ron (invernales) en el Almirall de Joaquín Costa, entre viejos solitarios: hablo de un tiempo en el que los bares todavía no eran modernos. Y esa era «una» ruta, porque había incontables derivaciones, a derecha e izquierda.

El tiempo de las coctelerías y las barras nocturnas y los alcoholes selectos todavía quedaba lejos. Algo lejos, no demasiado.

A finales de los setenta descubrimos la Terraza Martini, que estaba en el ático de un rascacielos, en una esquina de Gran Vía y Paseo de Gracia, frente al cine Comedia. Había que subir hasta el presunto último piso, pero aún quedaba otro, al que se accedía por un ascensor claustrofóbico y tambaleante semejante a un batiscafo, quizá para contrastar con la amplitud de lo que nos esperaba cuando se abría la escotilla: un gran bar acristalado, con la ciudad a nuestros pies. Con piano y pianista, como un ensueño de película americana en blanco y negro. Y, lo más importante, con bebida gratis. Casi todas las tardes, hacia el anochecer, se presentaba allí algo, un libro, un rodaje, un estreno, una colección de ropa, cualquier cachupinada. Si ponías cara de periodista podías hincharte de croquetas y beber Martinis (aprendimos que había que llamarles Dry) hasta contraer el rígor mortis. ¿Por qué dejamos de frecuentar aquel oasis, aquel palacio único en el mundo, aquel regalo de los dioses? Lo ignoro. Quizá los muchos Martinis (perdon, Drys) borraron la respuesta. Algo debió de pasar, porque si no todavía estaríamos allí, dándole a la caza alcance. Quizá lo frecuentamos demasiado y alguien nos pegó un toque. O tal vez, curiosos como éramos, comenzamos a buscar otros puertos. Se cansa uno de lo bueno, creyendo que más allá, donde la luz verde del embarcadero, habrá algo mejor, más nuevo, más brillante, etcétera.

Porque, cosa también muy frecuente entonces, siempre aparecía alguien diciendo que había descubierto un lugar «secreto» o recién inaugurado. «Secreto» quería decir que lo conocía todo el mundo menos él (o ella). El Boadas, por ejemplo. La coctelería más antigua de Barcelona, que te transportaba automáticamente a la modernidad y el alegre bullicio de los años treinta. Sin beber una sola copa: bastaba dejar atrás la puerta de vidrios ambarinos y contemplar el gran mural de Opisso, con mozos de anchas corbatas listadas y flappers a la catalana, como una posible ilustración de Vida privada, de Sagarra.

Yo entré en Boadas de la mano de Sagarra hijo, Joan de Sagarra, que mantenía la costumbre del aperitivo, como su padre, y ante el amarguísimo Negroni sentí lo mismo que cuando, en mi infancia, me dieron a probar la tónica: camuflé una mueca de asco, en la esperanza de que, a base de insistencia, me acabara gustando aquel emético escarlata.

Otro local con el perfume de la sofisticada y perdidísima Barcelona de los años treinta era el Guinea (Diagonal esquina Pau Claris… ¿o era Lauria?), que pillé en sus postrimerías. Sagarra recordaba que, siendo niño, había conocido allí, en la tertulia de su padre, al legendario Francesc Pujols, el filósofo favorito de Dalí, y a Ramon de Capmany, Lau Duran Reynals y Rafael Llimona, entre otras luminarias del Ateneo. Yo todavía alcancé a ver a Joan Perucho, escritor al que adorábamos por su rareza, cultivador del género fantástico y autor de Las historias naturales, fascinante crónica vampírica ambientada en la primera guerra carlista. Al Guinea le llamaba yo Bar Saint-Jack, porque le veía un aire colonial y me imaginaba que, de un momento a otro, podían caer por allí el protagonista de la novela de Paul Theroux (Ben Gazzara, en la peli de Bogdanovich) y sus borrachísimos amigos ingleses, en la más pura línea de los Taskerson de Bajo el volcán.

El problema de aquellos templos era su carestía y su aire de clubs privados, feudo de generaciones anteriores: ambas cosas nos echaban para atrás. Algo similar me sucedía en Madrid con (obviamente) Chicote, mítico en los treinta, sede del estraperlismo y el puterío de mayor o menor alcurnia (pero también varadero obligado de escritores y estrellas visitantes) en los cuarenta y cincuenta, y que sufrió luego más altibajos que la consabida montaña rusa. Tuvo una parroquia ajada y triste a finales de los setenta y rebrotó como local de moda a mitad de los ochenta (me gustaba, pero bajo aquellos globos de luz pálida era inevitable sentirse un poco en una estación de enlace centroeuropea, huyendo de una razzia inminente), hasta que le ganó Cock por la mano, literalmente su trastienda, para ir cediendo luego el podio al espléndido Del Diego.

He perdido el hilo. ¿Dónde estaba? Ya lo tengo.

La floración de las coctelerías. Verano del 77. O quizás del 78, tendría que comprobarlo. Ambos fueron, en el recuerdo, veranos estupendos, bulliciosos, rebosantes de vida y novedades. Todo el mundo parecía vivir en la calle. Todos celebrábamos, mañana, tarde y noche.

Nuestra zona, ya se ha visto, era la parte baja de la ciudad. El sur, por así decirlo. El norte (Bocaccio, Sandor, y un largo etcétera de lo que entonces se llamaban bôites) era territorio senior. Y caro, carísimo. Entre el 77 y el 78 brotó la zona suroeste, casi de repente. Zeleste había alzado su pabellón en el 73, pero era un poco territorio de hermanos mayores: preferíamos el Zócalo y el Magic, que habían abierto hacia el 76, más cercanos al mar, un mar entonces negruzco, oleaginoso y casi invisible, o más olfateado que visto, aunque nuestras sedes eran Les Enfants, que llevaba abierto desde los primeros sesenta, a un lado de las Ramblas (delante del London), y tenía el mar incorporado, un inequívoco aire de discoteca costera, con las paredes encaladas y los Stones como santos patronos. O el Karma y (ocasionalmente) el tiradísimo Texas, que acabó siendo enclave punkie, en la plaza Real, donde acababa de abrir, para nuestra sorpresa, el acogedor Café del Minotauro, nombre con refulgentes resonancias. Daba gusto quedar allí, solo por poder decir: «A las siete en el Minotauro».

Foto: Chris Corwin (CC)

Foto: Chris Corwin (CC)

La repentina zona suroeste era el Borne y sus estribaciones. En la misma acera del paseo, casi puerta por puerta, abrieron Miramelindo y Berimbau, donde descubrimos la dulce y engañosa cachaça. La Palma, a caballo entre el bar (con excelentes y aflautados bocadillos) y el abrevadero nocturno, parada obligatoria después de recalar en Zeleste, abre en el 78. Y en el 79 abre Gimlet, el Gimlet de Rec, que, según una frase afortunada, era como beber en el interior de un Hopper. Zigzag, el bar moderno por excelencia de la zona norte, abre en el 77, pero no alcanza su cénit hasta los primeros ochenta.

Si nos acercamos a las coctelerías (ocasionalmente, en fosforescentes noches de sábado y tras haber cobrado alguna colaboración) fue, ya se está viendo, por sus reminiscencias cinematográficas o literarias. Leíamos biblias del género, como The Fine Art of Mixed Drinks, que David Embury publicó en 1958, o The Savoy Cocktail Book. O el incunable El bar: evolución y arte del cocktail, que Jacinto Sanfeliu, el barman del Palace, publicó en 1949.

Cuando había posibles, subíamos a la falda del Tibidabo, donde acababan de abrir el Merbeyé, y desde su terraza, en algunas noches de verano, jugábamos a creer que teníamos Los Ángeles literalmente a nuestros pies, y que la carretera de Las Aguas bien podía ser Mulholland Drive.

Y si nos abalanzamos sobre un mejunje tan dudoso (u opinable, para decirlo finamente) como el Gimlet que bautizaba el primer local del benemérito Javier de las Muelas fue, claro está, porque era la bebida predilecta de Philip Marlowe, que así lo describe en El largo adiós: «A real gimlet is half gin and half Rose’s lime juice, and nothing else». Ninguno sabíamos qué cosa era el Rose’s Lime Juice. En algún sitio le echaban jugo de lima puro, pero no era frecuente. Hasta con vidrio picado nos lo hubiéramos bebido si se lo bajaba Marlowe.

Nos fascinaban los cócteles irreales, de nombres singulares y composiciones misteriosas, o rozando la contranatura. Nos gustaba inventar cócteles insólitos y a menudo imbebibles. Francisco Casavella, algunos años más tarde, patentó en el extinto Malecón (Ensanche barcelonés) una pócima llamada «el Coloso en llamas». No logro recordar sus ingredientes (pero sí sus efectos). Y su, llamémosle, arquitectura: aquel vaso largo coronado por un alcohol potente al que se le prendía fuego. Un cóctel flambé, como el salvaje Matador’s Mule, gentileza de Ava Gardner. El gran Perico Vidal me contó la fórmula de la actriz: «Cogía una copa balón , grande, casi un tarro, y lo llenaba de Courvoisier. Y cuando digo que lo llenaba es que lo llenaba: apenas dejaba un dedo por arriba. Luego acercaba una cerilla, quemaba lo que ella llamaba the lake y lo apagaba con champán».

Foto: Didriks (CC)

Foto: Didriks (CC)

Yo bebí alcoholes atroces en diversas redacciones. Para ahorrar y para disuadir a los gorrones circundantes, que afanaban las botellas (o lo que de ellas quedaba) y jamás reponían. Eso me llevó a trasegar sustancias tan cabezonas como el Grand Marnier, que a nadie recomiendo (y que nadie más bebía). Sí, en las redacciones de entonces se bebía notablemente. Detonadas por el alcohol, recuerdo carcajadas como nunca he vuelto a oír, que agujereaban (figura retórica, pero no demasiado) la nube baja de humo de tabaco negro, y también acciones estrambóticas (el amigo que, tras varios gin-tonics, se encerraba en el lavabo para cortarse el pelo con unas tijeritas de uñas) y violentísimas explosiones de cólera rematadas por abrazos úrsidos, con mucha lágrima. De los de mi quinta, quien más quien menos creció con la imagen del periodista acuñada por el cine americano, tecleando furiosamente con un cigarrillo colgando de los labios y un vaso de whisky (o de lo que se terciara) junto a la máquina. Y si no lo teníamos junto a la máquina, bajábamos repetidamente al bar para rellenar el depósito, convencidos de que así el artículo o la crónica saldrían más flamígeros, cosa que, por supuesto, no siempre sucedía.

Vuelvo a lo del principio: ¿podía haber acabado alcohólico bebiendo de modo tan continuado? Desde luego que sí. Yo y buena parte de mis cuates. Jehová no lo quiso, y desde aquí le doy las más rendidas gracias. De repente, la ingesta (y supongo que la compulsión) se paró. O la compulsión no se paró del todo, pero sí la ingesta, para decirlo de modo más preciso.

¿Motivos? Los ignoro. No fue el típico «he de dejar de beber porque me sienta fatal». No lo necesitaba, simplemente. Y no supuso esfuerzo grande, por lo que doy de nuevo las gracias. Haciendo un chiste de bajísima graduación podría decir: como vino se fue.

El auge de las coctelerías bajó para volver a subir hará unos años, diría que por el éxito de Mad Men, o tal vez antes, por el breve y espejeante esplendor de los últimos noventa, drásticamente zanjado por la crisis. Enclaves de mucha salida (o de mucha entrada, no sé) fueron el Victory del pasaje de la Concepción, que había abierto en el 78 y bajó la persiana, si no recuerdo mal, hacia el 95. O la barra nocturna del Rívoli, donde ofició hasta su muerte, literalmente a pie de obra, el broncíneo y elegantísimo Eddy Collins, antiguo barman del Ritz.

Si me piden que recomiende alguna coctelería, sugiero (lo he hecho antes) el madrileño Del Diego y, en Barcelona, el Dry Martini, el Caribbean Club (liberado, por su ubicación un tanto oculta, de las hordas turísticas que tomaron Boadas) y el Milano. El Milano, con su cortina de terciopelo rojo y sus actuaciones de jazz y su larga barra y sus columnas de hierro pintadas de color crema, siempre me hace pensar en un transatlántico rompiendo los hielos de un mar del norte. Buñuel contaba que, para fomentar la lucha de clases, le hubiera gustado abrir una coctelería llamada El cañón, destinada a los «asquerosamente ricos»: por un buen puñado de billetes, un camarero dispararía (hacia el cielo, imagino) un cañón colocado en la trastienda, y los durmientes despertados por el zambombazo se removerían en sus camas diciendo «otro cabrón que acaba de pulirse tropecientos dólares». Si yo fuera asquerosamente rico, haría, sin pretensiones ideológicas, que el Milano tuviera un suelo movedizo y, poco antes del cierre (o a la que alguien pidiera el cóctel Poseidón) se tambalease como si acabara de chocar con un iceberg. Las luces parpadearían, las copas se deslizarían en pendiente por la barra, y siempre habría algún recién llegado a la ciudad que a la mañana siguiente diría: «No te imaginas qué borrachera tan extraña pillé anoche».

¿El mejor cóctel, para mi gusto? Depende de las horas, por supuesto, pero casi a cualquier hora funciona el Dry Martini, que Manuel Alcántara definió certeramente como «un cuchillo disuelto», y cuyo primer sorbo (frío, seco y perfumado) no tiene comparación con ningún otro.

Foto: Nik Frey (CC)

Foto: Nik Frey (CC)

20 comentarios

  1. Pingback: Alcoholes

  2. Excelente trabajo

  3. Muy bueno. La mejor copa es la que bebe Philip Marlowe (Humphrey Bogart) por delegación, ante el general Sternwood (Charles Waldrom) en The Big Sleep (1947). Nunca la olvidaré. Además de ese tabaco que también fuma por delegación.

  4. Maravilloso, gracias Marcos.

  5. “Aprende a beber desgraciado te pones pesado yo soy igual sobrio que tomado o mamado”.
    So-Hai

    • Quevedo, gongora, beckett…estan revolviendose en sus tumbas de envidia ante tal demostracion de poesia de sergio rodriguez

    • Jaime Gil de Biedma, Hemingway ,Fitzgerald, Kerouac, Unamuno, Manuel Alcántara… y vas tu y pones eso ( me niego a llamarlo verso, como seguro que hace su autor). Hay actitudes que deberian estar penadas, no se si con carcel o con lectura

  6. aunque no conozco ningún sitio de los que cita (no he vivido en BCN), me encanta el artículo, y sí, yo tampoco entiendo como muchos de los de mi generación que empezamos a beber de niños, esas quinas santa catalinas, esos licor 43, y las cervezas a tierna edad, no somos alcohólicos reclacitrantes, y efectivamente, como vino se fue

  7. La vida sin alcohol me parece posible, aunque sin sentido. El alcohol me ha proporcionado muy buenos momentos (tengo ya 70 años), y espero que siga haciéndolo. Todo es cuestión de entrenar al hígado.

  8. Alcoholismo.

  9. Muy bueno, sólo aportar que la coctelería a la que te refieres del Pasaje de la Concepción se llamaba “Victori”, y si no recuerdo mal cerró en el 96.

  10. El alcoholismo es mala cosa pero la borrachera es necesaria.

    No sé a quíen se lo leí ni dónde pero es una frase que he repetido muchas veces. Le viene de perlas a este artículo.

  11. Pingback: CUANDO BEBER ERA UNA RELIGIÓN… | BACO & LIFE STYLE

  12. Esa euforia maravillosa es algo de felicidad?

  13. Artículo muy atinado. A mí personalmente me ayuda a tirarle una “sabana” por encima a los fantasmas cuando se empeñan en salir.

  14. Detrás de todo gran alcohólico hay una mala mujer. A veces, raras, no hay ninguna, y eso es peor. Un clavo quita a otro clavo y si uno tiene la suerte de encontrar un segundo mejor clavo se puede seguir bebiendo con sabiduría hasta la tumba. Con sabiduría significa con moderación, por muy tonto que suene. Así es y así somos.

  15. Achaco el auge del yihadismo a la mala leche que da el no poder beber.

  16. El Dry Martini, que no tiene ningún misterio, es el rey de los cócteles (aunque opino que es más un aperitivo que una copa de sobremesa). Pero, curiosamente, en muy pocos sitios saben lo que es (¡si lo pides tal cual, el 90% de las veces te traen un Martini dulce con hielo!), y donde saben lo hacen fatal (aguado y templadito). Recuerdo que en el antiguo Chicote no lo hacían mal, pero la última vez que pasé por ahí me dio muy mala espina. ¿Alguna sugerencia para Madrid?

  17. Excelente reseña sobre el bar Guinea. Desearía tratar más detalles de este bar que yo conocí en los 60 y 70 y me fascinó hasta en su decadencia.
    Alguién tiene alguna fotografía?
    Quizá Capmany pintara alguna obra relacionada.

  18. Señor Ordoñez, veo que se olvida del Balmoral (Hermosilla). Frecuentado y citado por el gentleman Sanz Beltran (Loquillo)

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