Todo lo que necesitas saber sobre la vida está en Love Actually - Jot Down Cultural Magazine

Todo lo que necesitas saber sobre la vida está en Love Actually

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Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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(Aviso: bien es sabido que los haters gonna hate, pero hoy queremos recordar que, por encima de todo, lovers gonna love. Así que si está usted lleno de reconcomes, manías y prejuicios hacia el amor en todo su esplendor, es posible que este texto no sea para usted. O quizás sí, qué demonios: léalo sin prisa y déjese atraer por el lado luminoso de la Fuerza. Por cierto, hemos incluido algunos spoilers de esos sobre la trama de Love Actually. Pero si no ha visto la película, lo que tiene que hacer es dejarse de articulitos y verla ahora mismo para aprender lo que necesita en esta vida).

Entre las frases tan repetidas que ya no significan nada, la de «El amor mueve el mundo» tiene un lugar predominante. Lo cual no quiere decir que no sea cierta. Como los tiempos que corren no son los más idóneos para creer en romanticismos, quizás sea necesario expandir dicha frase para así darnos cuenta de que se trata del resultado final de un silogismo: «El amor mueve a las personas y las personas son las que mueven el mundo. Ergo, el amor mueve el mundo».

Ah, ya, el dinero. Sí. El dinero es lo que mueve el mundo y no el amor. Bueno, eso sería cierto si no fuera porque es mentira. Solemos caer en el error de pensar que el dinero es lo que da la felicidad y se nos olvida que decenas de millones de personas en este planeta se las arreglan para ir tirando sin dinero, pero su día a día sería infinitamente más insoportable sin el dulce amparo del amor en cualquiera de las caras que este quiera mostrar: amor sentimental, amor fraterno, amor materno, flechazo, pasión, amistad, admiración mutua, follamistad o cualquier otra. Porque el amor en toda esa variedad sí es común a la población mundial. La muerte de un hijo, por ejemplo, es uno de los mayores dolores imaginables incluso para quien no los tiene. Perder doscientos millones de euros, en cambio, debe ser una angustia insoportable, pero la mayoría de los mortales no empatizamos con ello porque jamás los vamos a tener. Pero dígale usted a quien tenga doscientos millones si prefiere perder esa cantidad o perder un hijo. No, no es un falso dilema: ¿de verdad cree usted, lector, que la fortuna de Onassis le alivió el dolor tras la muerte de quien ya nunca podría heredarla?

Y tras esta bonita tournée por los cerros de Úbeda, volvamos al tema que nos ocupa: Love Actually, una comedia romántica dirigida en 2003 por Richard Curtis, director novel que por entonces ya era un guionista de renombre. Títulos como Cuatro bodas y un funeral o Notting Hill garantizaban que no se trataba de un cualquiera. Pero Curtis sabía que ese guion lleno de tramas amorosas que se mezclaban hasta lo paródico era algo más que una comedia romántica. Lo que tenía entre manos era un retrato agridulce de una sociedad en la que el amor está en todas partes y no tiene la menor intención de marcharse. Una sociedad consumista y melancólica —oh, blanca Navidad—pero dispuesta a cumplir los mandados del corazón, sean estos dejarse camelar, aprender a tocar la batería o sacrificar la propia felicidad por la de otros. Quizás sería excesivo hablar de retrato generacional, pero no cabe duda de que hablamos de un guion emotivo, trivial y profundo al mismo tiempo, imperfecto y, quizás por todo ello, universal. Love Actually es, ni más ni menos, el Qué bello es vivir de principios del siglo XXI. Es lógico, pues, que tras releer el primer borrador el guionista se dijera algo así como: «Este lo voy a dirigir yo mismo, que no quiero que nadie me lo destroce». Y lo que le salió fue una película que debería proyectarse en eso que llaman la universidad de la vida.

Y es que si usted quiere saber sobre estadística puede hacer una carrera, un máster o leerse un «Estadística para dummies». Si prefiere aprender geografía universal, viaje lo que quiera/pueda, cómprese un atlas o descárguese una app para repasar las capitales del mundo. Para aprender sobre la vida también hay mucho material: millones de canciones, libros, películas, barras de bar y caminos que tomar sin saber de antemano si son los más adecuados. Pero si dispone de poco tiempo, solo tiene que ver Love Actually para aprender todo lo que necesita. Recuerden que la palabra actually es uno de esos false friends que no significan lo que parecen. La película no se titula «El amor en la actualidad» sino «El amor en realidad». Es decir, un delicioso retablo pedagógico que nos muestra la realidad de ese dios regordete, sonriente y un poco cabrón. Y nosotros hoy hacemos un repaso por esas enseñanzas.  

Primera enseñanza: el amor nos impide ver con claridad

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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En uno de los momentos más celebrados de la película, el hijastro de Liam Neeson le pregunta si hay algo peor que la angustia de estar enamorado. Y todos nosotros que estamos viéndola nos emocionamos porque qué rico y qué cuqui y qué razón tiene. Pero no, oiga. Por supuesto que hay muchos problemas mucho más serios: los cientos de migrantes ahogados en el Mediterráneo, el paro juvenil o el avance progresivo del Estado Islámico, por ejemplo. Otra cosa es que cuando estamos enamorados hasta las cencerretas no seamos capaces de ver más allá de nuestro mundo de miseria y autocompasión. Lo cual es muy tierno, sí, y un poco infantil. De ahí que esa frase la diga quien la dice. Pero ojo, no creamos que todo es tan superficial como parece. El gran acierto de Curtis en esa escena a la orilla del Támesis es que ni quien la dice ni quien la recibe vienen precisamente de una situación feliz. No podemos reprocharles que su única preocupación sea esa, porque ambos han sufrido una de esas pérdidas por las que ninguno de nosotros querríamos pasar. Y aun así, snif, ambos sospechan que todo sería más fácil si al doblar la esquina se toparan con la palabra precisa y la sonrisa perfecta.

Segunda enseñanza: el amor nos permite ver con claridad

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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Pero el amor es un dios y por tanto puede hacer lo que le venga en gana sin tener que rendir cuentas a nadie. A veces es ciego, sí, pero a veces es todo lo contrario y nos ayuda a ser más conscientes de lo que queremos y, aún más, de lo que no queremos. Ese es el punto de partida, por ejemplo, de una película tan clarividente como American Beauty. Love Actually no es un drama existencial, claro, pero hay varios momentos en ella que ilustran bien esto. Nuestro favorito, sin duda, es ver la reacción de Jamie cuando llega a casa de su familia a celebrar la Navidad tras dejar en Francia a Aurelia, esa mujer portuguesa con la que no puede mantener una conversación. Porque un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer, aunque eso suponga revolucionar a la comunidad portuguesa de Marsella. Y porque además tenemos la sospecha de que ese monólogo final al pie de la escalera es, quizás, la mejor interpretación de Colin Firth. ¡Cuántas lágrimas hemos derramado escuchando ese «Bonita Aurelia»!

Tercera enseñanza: algunas veces es mejor hablar

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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Un matrimonio apoltronado en su rutina de trabajo hasta las cejas y niños a la cama a las nueve. La pasión de los primeros años, si alguna vez existió, ha desaparecido del mapa para dar lugar a una entrañable camaradería basada en la necesidad de aportar los recursos económicos, logísticos y emocionales que toda unidad familiar necesita. No hacen falta palabras porque para qué, si ya todo está dicho. Aun así, es cierto, un cariño sincero y profundo mantiene el equilibrio de esa familia. Y pasan los años, hasta que un día cualquiera un viento alocado con los labios pintados de rojo le sopla al marido en la cara.  

La mayoría de las tramas de Love Actually son previsibles, pero más que un defecto es una convención del género. En toda comedia romántica, chica y chico se conocen y ya sabemos que terminarán juntos. Lo que nos interesa es lo del medio, el cómo, el qué, el qué frases bonitas ilustrarán el camino. Sabemos que Jamie y Aurelia se van a enamorar, y tenemos claro desde el primer minuto que el primer ministro va a hacer muchas tonterías por su asistente. (No se hagan los sorprendidos, que esto no es un spoiler. ¡Es Hugh Grant en una comedia romántica, por el amor de Dios! ¿Qué esperan que haga si no es enamorarse y hacer el bobo?). A la trama de Karen y Harry (Emma Thompson y Alan Rickman) le sucede lo mismo. Es ver a la secretaria entrar en escena y tener claro que todo se va a ir al garete. Pero Curtis, una vez más, nos propone una solución al problema. La más obvia, pero también la más complicada y seguramente por eso la menos sospechada: cuando algo no funciona como debería, es el momento de mirarse a los ojos y decir «Oye, esto no marcha bien. ¿Qué hacemos?». Y que el dolor de verse en el espejo con más años de los que esperabas no empañe la esperanza de que aún se puede hacer algo.

Cuarta enseñanza: a veces es mejor no hablar

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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Un proverbio que según Yahoo Respuestas es hindú nos aconseja no decir nada si no estamos seguros de que nuestras palabras sean más bellas que el silencio. Hay que estar de acuerdo con esto, por supuesto. Algunas veces las palabras sobran porque el cuerpo tiene su propio lenguaje, o quizás porque hemos metido la pata tan hasta el fondo que solo hay lugar para un lo siento. Vale, bien, mejor cerrar la boca por si acaso. ¿Pero qué hacemos entonces con las palabras escritas? ¿Acaso la emoción no puede llegar también a través del negro sobre blanco? ¿Dónde queda si no la secreta comunión del lector con el libro que le susurra las respuestas que necesita y las preguntas que le harán replantearse el mundo? Y ahora una pregunta más específica para los fans de las comedias románticas: ¿acaso existe una escena que combine mejor el silencio, las palabras, lo que se debe decir y lo que no que Keira Knightley en la puerta de casa, leyendo los carteles que le ha escrito Andrew Lincoln?

Quinta enseñanza: el sexo lo es todo

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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Follar. Es una palabra tan completa que no hacen falta más introducciones. Perdonen por el chiste fácil, por cierto. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ganarse la vida follando con quien más le apeteciera? Ese mirarse al espejo y decir «Pues yo me echaba un polvo» y salir a la calle mirando a la gente e imaginarla en tu cama y hacer lo que sea necesario para regresar a casa acompañado. Y si ese lo que sea necesario implica marcharse a la aventura a un bar de Milwaukee, pues bienvenido sea. Una buena coyunda feroz con su sudor, sus jadeos, sus mordiscos y sus ojos en blanco es algo por lo que merece la pena perderse el respeto a uno mismo hasta altas horas de la noche. Y más aún, claro, si el premio gordo es llevarse a January Jones, aka Betty Draper, jovencita.

Sexta enseñanza: el sexo no lo es todo

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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También puede suceder que January no esté disponible, que el premio desmerezca al envoltorio, el sudor huela más de lo deseado, los jadeos den más risa que morbo, los mordiscos sean más una tortura que un juego y los ojos en blanco nos recuerden a un yonqui con sobredosis. En el instituto nos hacía gracia aquello de que un polvo dura lo que dura dura. Pero ya tenemos unas cuantas muescas en nuestro currículo amatorio y sabemos que, por lo general, el primer polvo con alguien dura hasta que empieza a ser ridículo. ¿Recuerdan aquella escena de Annie Hall en la que Woody Allen le pedía a Diane Keaton que se dejaran de tensiones inútiles y empezaran la primera cita con un beso? Pues quizás ha llegado la hora de empezar directamente con el sexo para así saber si merece la pena invertir el tiempo que hay que invertir. Y así quedarnos con la carita de tontos de Joanna Page y Martin Freeman cuando terminan de trabajar (esos pezones, esa tripita) y quedan para ir a tomar algo.

Séptima enseñanza: el deseo no lo es todo

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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En ese clásico universal del cómic que es Sandman, Neil Gaiman presenta a Deseo como un ser hermoso, andrógino y cruel, hermano de Morfeo, el sueño. Una descripción perfecta para quien nos conduce a las puertas del placer sexual. Dado que el sexo no deseado es algo abominable, parece obvio que el buen sexo es aquel que viene cogido de la mano del deseo. Pero si el amor nos impide ver con claridad, el deseo (que a veces juega a ser la versión oscura y maldita del amor) directamente nos ciega, nos obsesiona y nos paraliza. No es de extrañar que Gaiman retratara a Deseo como hermano gemelo de Desesperación.

La trama de Sarah (Laura Linney) es, qué duda cabe, la más desoladora de todas. Sus compañeros de trabajo saben de su deseo por Karl (Rodrigo Santoro) desde hace años. Lo que ella no sabe es que es recíproco, pero la enseñanza de Curtis en esta trama es que el deseo no es tan poderoso como él mismo cree. Hablábamos antes de los diversos tipos de amor, y uno de ellos es tan fuerte que en esta historia Deseo tendrá que agachar la cabeza y darse por vencido y por vencida. El sacrificio de Sarah nos deja sin palabras porque la historia termina sin hallar siquiera un pequeño hueco para el amor. Ojalá un estrechar la mano, un qué puedo hacer, un solo quiero estar contigo. Nada de eso. Solo una mirada triste antes de regresar a ese mundo del que la indecente sabiduría popular dice que hay más mujeres que botellines de cerveza.

Octava enseñanza: la fama no lo es todo

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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Billy Mack es el puto amo. Deslenguado, canalla y a quien todo se la trae al pairo. Un rockero baboso y entrañable que no duda en decir en horario de máxima audiencia: «Niños, no compréis drogas. Convertíos en estrellas de rock y os las darán gratis». Billy, que lleva años desayunando tostadas con mieles de la gloria, es una versión paródica de Mick Jagger pero con mucha más clase. No porque lo digamos nosotros sino porque está interpretado por Bill Nighy, un actor extraordinario del que debería investigarse en profundidad por qué nadie habla de él. Y ahora, a sus setenta años, a Billy le ha dado por sacar un single en Navidad que a él mismo le parece una basura. Total, qué más da, si nadie es quién para decirle lo que tiene que hacer. Pero el amor está en todas partes, como bien dice la canción que no duda en plagiar para volver a estar en la cima y la Navidad de la que se burla le servirá a Billy de cómica revelación. Richard Curtis nos trae aquí un final tan ridículo como la trama en sí, pero que sin embargo esconde una enseñanza inesperada. Porque ya nos suponíamos que la fama no lo es todo, pero no que en ese mundo de cámaras y excesos haya abrazos amistosos más intensos que las orgías en casa de Elton John

Novena enseñanza: el poder no lo es todo

Imagen: Universal Pictures / Working Title Films / DNA Films.

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No cabe duda de que Love Actually es una película inglesa. El modo tan poco sutil que tienen los británicos de decirnos que Londres es el recopetín en verso es parte integrante de la trama. Esa peregrinación sexual a Milwaukee porque el acento british es afrodisíaco, esa humillación al presidente americano, ese aeropuerto de Heathrow lacrimógeno en el que no se pierden maletas. Incluso entre las escenas eliminadas hay una con la reina Isabel tirándose pedos de colores.

Y como pocas cosas son más inglesas que Hugh Grant y Downing Street, y dado que el amor está en todas partes, aprovechamos para dibujar a un primer ministro tirando a bobalicón, algo sexy, algo infantil y algo tímido. Con el cargo recién estrenado, el personaje de Grant descubre rápidamente que todas las ambiciones y esfuerzos que le han llevado allí no son suficientes si no tiene con quién hacer la cucharita a la hora de dormir. Así que hará todo lo que está en su mano para conseguir a Natalie (Martine McCutcheon), a la que tampoco es que haga falta convencer demasiado. Y ahí tenemos a nuestro flamante primer ministro, listo para vivir con placer la pesadilla de cualquier gobernante: descender a los infiernos de la plebe, cual Orfeo enamorado, mezclándose con los votantes, los villancicos, los pulpos cantarines y las fiestas escolares de Navidad.

Del guion de Love Actually se pueden extraer más enseñanzas, pero con estas nueve ya puede usted enfrentarse sin miedo a la vida. Sí, es cierto, son un poco contradictorias. Pero qué quieren, estamos hablando del amor. Más se contradicen los políticos y no nos embellecen la existencia de la misma manera. Es posible que no haya nada en este mundo que lo sea todo; pero si acaso existiera, es muy probable que sea el amor. No solo el flechazo adolescente característico de anuncios de ropa de colorines, sino el amor en realidad. Y si un día llegase algún momento gris y frío que les haga dudar de eso, recuerden lo que dice la voz en off con la que se abre la película:

 La opinión general da a entender que vivimos en un mundo de odio y egoísmo, pero yo no lo entiendo así. A mí me parece que el amor está en todas partes. A menudo no es especialmente decoroso ni tiene interés periodístico, pero siempre está ahí. Padres e hijos, madres e hijas, maridos y esposas, novios, novias, viejos amigos… Cuando los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas que yo sepa ninguna de las llamadas telefónicas de los que estaban a bordo fue de odio y venganza; todas fueron mensajes de amor. Si lo buscarais, tengo la extraña sensación de que descubriríais que el amor, en realidad, está en todas partes.

20 comentarios

  1. Y si de paso ves About Time, la última de Curtis, tienes un manual completo para vivir decentemente toda una vida

    • Llevo año y pico preguntándome cada pocos días por qué About time no ha tenido demasiada repercusión. Nunca antes había visto una peli romántica en la que el amor girara en torno a padre e hijo, y si hay otra que hable del mismo tema no creo que sepa hacerlo con tanta calidez y gracia como lo hace la peli de Curtis. Me emociona sólamente acordarme de algunas escenas…preciosa.

  2. Pingback: Todo lo que necesitas saber sobre la vida está en Love Actually

  3. Muy buenas conclusiones. Es una de mis películas favoritas, que veo siempre en navidades y me encanta, se que no es nada cool, pero me importa un pepino. Con un poco mas de amor el mundo giraría mejor

  4. Para estar más de acuerdo, lo tendría que haber escrito yo <3 <3 <3

  5. Maravilloso artículo. Amar es querer y comprender. Sin más.
    Estas líneas reflejan todo lo que Love Actually transpira desde el primer fotograma. Además suscribo el comentario de Lool acerca de About Time, donde por cierto Bill Nighy nos brinda otra lección magistral en todas las secuencias donde participa.
    Es un gran cineasta Richard Curtis y tiene otro talento: es un tipo capaz de extraer lo mejor (y más cínico) de Rowan Atkinson (ya sea en su serie o en su breve aparición en Love Actually).

  6. Ríete tú del Padrino y del Citizen Kane. Love Actually sí que es la mejor peli de la historia (con permiso de 2001)

  7. Más allá que el artículo trata de autoresguardarse de estos comentarios, a mi la película me parece melosa, empalagosa… bastante insoportable. Y eso que la vi entusiasmado luego de ver esa obra de arte que es About Time…

  8. Curiosamente, el guión original es bastante peor que el resultado final. Hay una historia más que se eliminó completamente, y el orden de las escenas se cambió (no sé si en fase de montaje o incluso antes de rodarla), lo que fue una magnífica idea. Es uno de los mejores ejemplos que he conocido para estudiar la dificilísima tarea de convertir un guión regular en una gran película. De hecho, creo que es el único que conozco, Me encantaría preguntarle a Curtis cómo lo hizo.
    Saludos.

  9. Y yo añadiría un corolario: la mejor escena de la película dura exactamente dos segundos, y no está protagonizada por actores. Curtis puso escenas de reencuentros reales de personas en un aeropuerto. Y la escena es la cara de una niña de unos 6 años abrazando a su madre, fácil de identificar a pesar de que el plano ya está cortado en varias escenas, porque la madre lleva un velo islámico. La cara, la sonrisa de absoluta felicidad de la niña condensa toda la (estupenda) tesis descrita en este artículo. Y si no se emociona al verla, no tiene usted corazón y probablemente sea un condenado anticasillista…

  10. El principal problema de la película es el casting.
    El hijastro de Liam Neeson es insoportable.
    Toda la historia de Alan Rickman sería sólo creíble si su pareja fuera un hombre. No digo más.
    He dicho.

  11. En serio?
    En serio??
    EN SERIO??????

  12. Ninguno en las pelis del Curtis es pobre

  13. Y por si fuera poco todo lo dicho, la escena final vuelve a mostrar a gente corriente y moliente mostrándose afecto en un aeropuerto mientras suena God only knows…….

  14. Es un placer ver como se valora esta película, sin duda una gran película que no está suficientemente valorada solo por ser positiva.

  15. esta película es una puta mierda llena de encanto y como Anthony Blanche le dijo al pobre amargado de Charles Ryder en Retorno a Brideshead: el maldito encanto británico lo ha matado todo y te ha matado a ti

    j

  16. No subestimes la vena cómica de Colin Firth. Su conde de Wessex en ‘Shakespeare in love’ me parece brillante… Aquel “…is she fertile?” tan estirado…

  17. Todo bien, salvo que Love Actually es un mojón.

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