Informar rompiendo los cojones

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1-PRINCIPAL

De qué sirve vivir si no se tiene el coraje de luchar. (Giuseppe Fava)

Pino Maniaci debería estar muerto, pero la muerte pertenece a esa amplísima categoría de cosas que «le rompen los cojones». Como la Mafia, los políticos, la omertá, la antimafia o los teóricos del periodismo. Rompicoglioni todos. Enciende otro cigarrillo —porque Pino siempre está encendiendo el próximo cigarrillo— y masculla el proverbio siciliano: «No voy a morir, ni aunque me maten». Además de una bravuconada es la única forma que ha encontrado de epatar al interlocutor para que no le produzca otro desgarramiento genital llamándole héroe. Y no es que sea refractario al protagonismo, todo lo contrario. Pasa dos horas diarias frente a la cámara, y querría estar el día entero. A veces, incluso, habla de sí mismo en tercera persona. Pero que hayan intentado liquidarle tantas veces que ha perdido la cuenta —entre cinco y siete— le resulta anecdótico. Dirige y presenta una televisión antimafia en el corazón mismo de la Cosa Nostra. Así que, «¿Qué cojones esperabas?». Sobrevivir no es motivo para ponerse fanfarrón aquí.

Llevar quince años sacando adelante Telejato, sí. Desde el principio todo fue absurdo y quimérico: Pino heredó la pequeña emisora local del Partido Comunista, que se la cedió podrida de deudas y sentenciada a muerte, ya que la licencia prohibía expresamente la publicidad. ¿Qué hacer con una televisión arruinada, en un pueblo de treinta mil habitantes como Partinico, con la Mafia poniendo bombas a sacerdotes, alcaldes y jueces? Tocarles las narices a los capos no parecía la respuesta correcta. Ni a los políticos. No digamos ponerse a airear la umbilical connivencia de la dupla. Pero allí se plantó aquel tipo, hasta el momento comerciante mediocre y músico aficionado, a clavar los ojos en la cámara y con un transmisor de la Segunda Guerra Mundial, hacer algo más que pronunciar los nombres y apellidos que el terror aconsejaba ni mentar: «¿Totò Rinna? Pezzo di merda. ¿Big Joey Massino? Figlio di puttana. Stronzo Vitto Ciancimino. Fardazza, vai fare in culo». Una filípica que entonces pareció un Christine Chubbuck en toda regla, pero que continúa, aún más embravecida, hasta hoy.

«Ponles a estos rompecojones españoles un café de verdad», vocifera Pino Maniaci al camarero. Como todas las nueve de la mañana arranca la jornada de Telejato, en el café Alessi, frente a la iglesia de Partinico donde los mafiosos de la zona entregan a sus hijas en matrimonio. Pino y su trío de pleistocénicos teléfonos coordinan un consejo de redacción de lo más sui generis, al que asiste toda la plantilla. A saber: su mujer Patrizia, la productora, su hija Letizia, reportera y redactora, y un número variable de jóvenes venidos de toda Italia para empaparse de Pino y echar una mano gratuitamente. Esta vez son tres, Mónica, Marco y Alessandro, que sudan para cumplir las indicaciones que se intercalan entre los va fare in culo de Pino, e innumerables michia («joder»), de lejos, su palabra predilecta. El alma de Telejato llega hasta allí en su propio coche, escoltado por los carabinieri a los que mangonea con idéntica destemplanza que a los pupilos. La patrulla se esfuerza por mantener la dignidad ante el visitante cruzándose pomposamente de brazos y embruteciendo la mirada, pero es en vano. «A mí quien me protege de verdad no es la escolta, son los ciudadanos» dice Maniaci, confortando a la pareja con un par de toquecitos que caen como plomo en sus espaldas.

2-SECUNDARIA

Y Pino sigue inmerso en su danza frenética, entrando y saliendo del local. Imposible retener su atención más de dos segundos: llega a tener un teléfono pegado a cada oreja y varios vecinos haciendo cola para contarle el último atropello sufrido a manos del hampa, el alcalde o el partido. Mientras insulta a gritos a un concejal por un auricular, marca los dígitos de una fuente que le va a soplar algo sobre la extorsión a unos campesinos de la zona. El tercer teléfono y un hombre de pobladas cejas rivalizan por su atención, el uno con politono anacrónico; el otro con aspavientos y puños agitados sicilianamente. Grita, fuma, y coloca tarjetas en los bolsillos de quien no se atreve a hablar con él en público. Completado el desayuno de fuentes, tacos e indagaciones, el grupo se pone en movimiento: tienen cuatro horas para convertir en imágenes todo lo recabado, antes de la cita a las 14:15, cuando comienza el telediario más largo del mundo. O como prefiere llamarlo Pino, «la Santa Misa».

Los doscientos cincuenta mil diligentes feligreses que asisten a la homilía del otro lado del púlpito televisivo van más allá de esta pequeña ciudad dormitorio de la capital siciliana. «De hecho, nuestro mayor público está en la cárcel de Palermo», presume petulante. Bajo el frondoso mostacho, además de un rosario amarillento asoma un deleite goloso. Telejato no se conforma con denunciar, increpar o airear los desmanes del mafioso en la televisión. Se embelesa provocándolos, atormentándolos, lanzándoles socarronas chinitas con su honda, que le son devueltas en más de quinientas amenazas de muerte. ¿Miedo? Vislumbren qué santa parte le rompe también esto. «Una vez amenazaron con que violarían a mi mujer y se la meterían, textualmente “por aquí y por allá”. Ella me contestó que ahora que podía divertirse con esto, encima yo le quería negar el placer», recuerda jocoso. «Cuando tenemos cagalera, vamos al baño. Punto», zanja. Porque qué importa todo si, cuando la policía detiene a uno de esos capos en el salón de su mansión, es la imagen de Pino Maniaci la que aparece congelada en la televisión de un millón de pulgadas del tipo al que colocan las esposas. «A Bernardo Provenzano —una de las mayores figuras de la mafia— le mandamos un christmas a la celda todos los años por Navidad», relata burlón. Haberse convertido en el programa preferido de la Cosa Nostra —lo utilizan para informarse de clanes rivales— es un una irónica contrapartida y triunfo menor; como formar parte de los cien héroes de Periodistas sin Fronteras, o las decenas de galardones y homenajes que alfombran cada centímetro de la redacción. Lo que hincha de orgullo el diminuto torso del espigado Maniaci tiene nombre propio: Bertolino.

Solo ahí se concede una pausa, para bajar la barbilla y enmarcar la mirada por encima de la montura de las gafas. «Ah, Bertolino», paladea lacónico. El guerrero rememora sus Termópilas: venció a la destilería más grande de Europa, propiedad de la hermana de unos de los más sanguinarios capos sicilianos, que contaminaba Partinico con una impunidad jactanciosa desde hacía años. Cámara al hombro, Pino se coló en las instalaciones para obtener muestras de agua, acosó al alcalde, a la propietaria, a su familia y hasta se desnudó en la puerta de la fábrica en prime time. Pero quizá lo más reseñable fue lograr que una población tan asfixiada por los vertidos contaminantes como adocenada por el pánico a las habituales y sádicas consecuencias, sorteara la tentación de proclamar un héroe para autoexcluirse de la lucha. Partinico se involucró y salió a la calle para exigir que, por una vez en este santo belpaese, se cumpliera la legalidad. Pino no enumera los neumáticos rajados, las cartas de extorsión, los coches que le incendiaron, las palizas y las piedras contra las ventanas y parabólicas de Telejato que le ocasionaron los años de batalla. Sin embargo, es preciso cuando uniendo el índice y el pulgar, revela la cantidad de querellas que interpuso Marta Bertolino: «Trescientas cincuenta denuncias, una por cada vez que pronunciamos la palabra “contaminación”. Y no hemos perdido ninguna gracias a nuestro abogado, Bartolo Marino». La fábrica cerró y llovió champán en esta localidad a media hora de Palermo. Aunque duró lo que acostumbran a perdurar las victorias contra la Mafia en Italia: cuatro años, hasta que un juez consideró prescrito el delito para permitir reabrir esta destilería que preside la ensenada del valle, inundando las calles de una fetidez tan física como figurada. «La Mafia no son solo los mafiosos. La Mafia son ellos, el Estado, los políticos y la Magistratura», advierte ceñudo, como un mantra. «Este es el cáncer, no te equivoques, cazzo», brama, aludiendo a los tentáculos de la piovra (el pulpo) enraizados en Sicilia desde que alcanza la memoria.

3-SECUNDARIA

«Hoy vamos a hacerlo con humor. Pero contando lo que ocurre», anuncia Pino, mientras se pertrecha de un mono blanco en las puertas del hospital de Partinico, sujetando la correa de Cuccio, la perra mascota de la emisora. La escenografía trata de emular un programa satírico de la RAI, en el que la presentadora oficia con impermeable y can amarillos. Todo el equipo de Telejato se ha desplazado allí para denunciar la malversación del Gobierno local, que ha invertido más de un millón de euros en una máquina de resonancia magnética que nadie en la instalación sabe manejar. «Esta máquina, para la que hubo que demoler parte de un ala del hospital porque no cabía por la puerta, cuesta cincuenta mil euros al año de mantenimiento», informa Pino al objetivo. «Hace un año que está inaugurada y no tenemos a nadie que sepa utilizarla. ¿Todo este dinero, para qué? Vendámosla», aduce. «Cuccio, ¿estás de acuerdo tú?», dice, poniéndole el micrófono en el hocico al animal. «¿Tú qué piensas? ¿Mandamos a tomar por culo a los que malgastan nuestro dinero? Ecco».

De Pino, solo miente una cosa: sus zapatos. El siciliano se jacta de la elegancia del sempiterno traje que cubre su esquelética figura, pero al bajar la mirada se desmorona el embuste: lleva zapatillas. Camufladas como pretendidos zapatos negros, pero zapatillas. La respuesta a la aberración estilística la brinda sin pretenderlo: «Yo solo tengo una norma cuando los jóvenes vienen aquí queriendo trabajar conmigo: “Vais a ir corriendo por la ciudad hasta que se os desgasten las suelas de los zapatos. Y vais a alimentaros de bocadillos”». Exactamente, como hace él mismo, que edita, graba, monta y presenta. El festival de improperios alcanza su cénit cuando se le inquiere por el periodismo. «Questa ragazza no se cansa de romperme los cojones, Patrizia», protesta ante su mujer, que echa la vista al cielo con resignación y se rasca la cabeza. Maniaci viola dos de las normas básicas de todo periodista: la dipsomanía —«la resaca me rompe los cojones»— y el gusto de enredarse en eternas letanías pontificando sobre la profesión. Aunque no fue ese el motivo por el que lo llevaron ante la Fiscalía para tratar de acallarlo, esgrimiendo que no podía presentar un informativo porque no estaba colegiado. «Creía que para ser periodista y revelar nombres y apellidos había que tener huevos, no un papelito», le gargajeó al fiscal. La denuncia de «periodismo abusivo» dormita ahora en el mismo cajón en que lo hacen las variopintas amenazas de muerte. «Mira, los mayores enemigos que tenemos en esto son los colegas periodistas», pronuncia con gravedad, y su mirada se clava hasta los intestinos. Para Pino, Italia vive en una «telecracia» en la que no es posible fiarse de ningún medio de comunicación porque «ni siquiera tienen huevos de decir los nombres completos de los mafiosos. Qué van a decir, si son los primeros que están pringados hasta las orejas». El razonamiento es dolorosamente acertado: «La normalidad somos nosotros, que denunciamos a quienes roban y matan, no ellos». «Tienen recursos, pero no dignidad». La exacta antítesis de Telejato.

Desde que se encendió el piloto rojo hace quince años, la emisora ha vivido con la incógnita de si lograrán emitir al día siguiente. Y no solo por seguir con vida. Lo que no les asfixian los poderes públicos —con un canon de treinta mil euros anuales, u obligándoles a reconvertirse a la televisión terrestre— lo hace el orgullo de Pino. Ni hablar de donaciones económicas de los ciudadanos —«Eso sería como aceptar una limosna, cojones»— y mucho menos subvenciones: «No queremos dinero público para poder mandar a tomar por culo a cualquier político», dice, culminando con un corte mangas. La libertad siempre ha sido una apuesta carísima. Aún más cuando decidió no ponerse de perfil con la corrupción imperante entre las asociaciones antimafia surgidas tras los sangrientos noventa, entre las que también operan un buen número de tapaderas. «Me lo advirtió un juez hace poco: si no te mata la Mafia, te mata la antimafia, Pino». Y sonríe. No sabemos por qué, pero sonríe.

4-CERRANDO

Aún con la Mafia, la antimafia, los poderes públicos, los jueces y los medios de comunicación en contra, Telejato sale al aire a diario sin necesidad de obrar milagros. Porque en esta partida, sus cartas a favor no son las más poderosas, pero sí las más numerosas. Todo cuanto posee Telejato se debe a la solidaridad de sus televidentes, desde la furgoneta con la que se desplazan, la propia sede de la cadena, hasta la casa en la que los Maniaci y los estudiantes conviven. Todo ha sido cedido para que Pino pueda tocar las pelotas. Eso, y los exiguos ingresos que le reportan los únicos nueve minutos de publicidad que ahora sí les permite la legislación. Suficiente para los cuatro paquetes de tabaco diarios de su director. Gracias a eso, puede levantar la vista y mirar a los ojos de las dos inmensas fotografías que presiden el pequeño piso donde radica Telejato: Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, jueces asesinados por la Mafia en 1992 por meter las narices donde no les llamaban.

Pino accede a dar una única lección. Se lleva las manos a la azulada corbata y relata: «Esto me lo enseñó mi padre, y me salvó la vida la última vez. Presta atención». Y comienza un ritual de nudos completamente inexplicables e inexpugnables. Tanto, que cuando el hijo de un mafioso trató de asfixiarle tirando de ellos, no cedió. El letrero en la puerta de la emisora ya avisa de que aquí no se viene a hablar de periodismo, sino de dignidad: «Un pueblo que paga el pizzio —impuesto revolucionario que exige la Mafia a los comercios— es un pueblo sin dignidad». Sus referentes están claros: Giuseppe «Peppino» Impastato, Giuseppe Fava, Giovanni Spampinato o Giancarlo Siani. Periodistas que rompieron los cojones antes que él y acabaron sobre un charco de sangre.

«Buenas tardes, soy Pino Maniaci», arranca eufórico. No tiene guion, ni falta que le hace. Las dos horas siguientes tratará de desenmarañar uno de los escándalos mafiosos más importantes de la Italia actual, y que lleva produciéndose desde 1982: los secuestros del Estado a las empresas presuntamente relacionadas con el hampa. Y cuando acabe, si se topa con este texto, vociferará. Porque hemos perdido el tiempo hablando de él y no de este escándalo: «Es un auténtico scoop esto que os cuento», nos advirtió. Le hemos roto las pelotas, pero no le hemos llamado héroe.

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Fotografía: Javier Nadales

Reportaje extraído de Jot Down #9, especial Italia, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.

10 comentarios

  1. Pingback: Informar rompiendo los cojones

  2. Se agradecería un poco de revisión de contenidos antes de publicar. El artículo está plagado de errores eb las palabras italianas (“miNchia”, “Vito Ciancimino”, no ViTto, y un largo etcétera). Y sobre todo, “rompicoglioni” quiere decir simple y llanamente tocapelotas, no “romper los cojones”, Es una grosería, pero absolutamente común, exactamente como tocar los huevos en castellano, o inchar las pelotas en argentino…

    • Gustav

      Se agradecería un poco de revisión de contenidos antes de comentar. Es “Hinchar”, no así “inchar” como has escrito. A no ser que en Argentina se midan las pelotas en pulgadas (inches) y estés creando un verbo nuevo poniendo el sufijo “-ar” a una palabra inglesa… Un saludo.

  3. Alberto

    Si en algún comentario uso la palabra “cojones”, que por cierto, viene en el diccionario de la RAE, me censuran y no lo hacen cuando lo usa un periodista en su artículo. ¿Por qué?

  4. Atticus

    La mafia en Italia es todopoderosa. Hoy han enterrado a un notable mafioso, un capo de Roma, por todo lo alto, en carroza tirada por caballos, con un helicóptero tirando flores desde las alturas… Así de escandaloso y de surrealista, digno de Fellin.

  5. GIULIANO

    Si queréis saber más sbre algunos de los temas que trata este artículo os recomiendo ver la película documental La Valle dello Jat. https://www.filmin.es/pelicula/el-valle-del-jato

  6. SERGIO

    ES TRISTE. Es triste la poco solaridad que la firmante de este artículo muestra con los compañeros de la profesión. Este artículo fue escrito después que Barbara Ayuso viese la película documental La Valle dello Jato exhibida en el Festival de Cine italiano de Madrid en 2013. Este artículo está escrito después que Barbara Ayuso pidiese a los directores del documental, y se le proporcionase, información sobre Pino Maniaci y Telejato. Es triste que después de todo esto, este artículo simplemente se limite a reproducir el contenido que ya estaba en el documental sin aportar nada nuevo, tanto a nivel periodístico como de punto de vista. La elaboración de La Valle dello Jato llevó más de dos años y fue auto financiada por sus realizadores Caterina Monzani y Sergio Vega. Es triste que la autora de este artículo a sabiendas se haya beneficiado de este trabajo previo sin haber hecho mención al documental en su artículo, o haberse puesto en contacto con sus realizadores tras la publicación de su artículo. ‘Chi gioca da solo non perde mai’, bravo Bárbara, aprendiste la lección siliana al pié de la letra.

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