La droga para ver fantasmas y alienígenas

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Dante y Beatriz en el Paraíso, grabado de Gustave Doré. (DP)
Dante y Beatriz en el Paraíso, grabado de Gustave Doré. (DP)

De entre el variado repertorio de comportamientos animales que nos muestran los documentales y los vídeos de YouTube uno de los más entrañables es sin duda verlos drogándose y en estado de ebriedad. Ya sea delfines sacudiendo a peces globo para que liberen su deliciosa neurotoxina, elefantes devorando frutos maduros hasta que apenas pueden coordinar sus cuatro patas, lémures mordisqueando milpiés venenosos que acaban con la mirada perdida y un hilillo de baba colgando, monos que beben cócteles robados a los turistas hasta no distinguir arriba de abajo… Nos resultan familiares e inevitablemente nos remiten a experiencias propias, esos momentos que jalonan casi todas las biografías en los que la gravedad parecía jugar caprichosamente con nosotros mientras a nuestro alrededor todos los demás de forma misteriosa lograban mantener el equilibrio; aquel otro día en que uno se oía hablar a sí mismo y al cerrar la boca un leve atisbo de lucidez le hacía preguntarse qué cojones acababa de decir (esto en realidad me pasa muy a menudo, para qué engañarnos); o cierta memorable ocasión en la que todo tenía un color tan vivo que parecía que hubiéramos escapado de un mundo en blanco y negro. Así que usamos las drogas y abusamos de ellas seamos o no humanos, vivamos aquí o allá, en una época u otra. Se diría que es la experiencia universal por antonomasia, como si tener conciencia equivaliera a querer alterarla y jugar con ella.

Y es que, permítanme la obviedad, si las drogas nos producen efecto es porque tenemos receptores para ellas. Nuestro cerebro chapotea con regocijo en una miríada de neurotransmisores que él mismo segrega para mantenerse activo y comunicado entre sus diversos departamentos, de manera que cuando llegan suplementos desde el exterior son asimilados con naturalidad, modificando levemente el perpetuo estado de ebriedad en el que vivimos inmersos. Eso es lo que el psiquiatra investigador Rick Strassman sostiene respecto a la llamada N,N-dimetiltriptamina, algo más conocida por sus siglas, DMT. Se trata de una sustancia presente en nuestro organismo en pequeñas cantidades, concretamente en la glándula pineal, el lugar que el filósofo Descartes creía que servía de conexión entre el cuerpo y el alma. Aunque su función no se conoce con exactitud, se cree que podría estar relacionada con los sueños que tenemos mientras dormimos y, según su hipótesis, con las experiencias cercanas a la muerte vividas por algunas personas. Esa descripción casi tópica del espíritu separándose del cuerpo para unirse a una luz que se percibe en el fondo de un túnel sería, en realidad, la alucinación fruto de una sobredosis de DMT producida por el cerebro en un momento crítico. En nuestro día a día, sostiene Strassman, esos bajos niveles de este compuesto químico podrían servir para «sintonizar» el cerebro con la realidad percibida por nuestros sentidos. Es decir, podría estar vinculada a la noción de conciencia. Ahora bien, ¿qué ocurre si aumentamos artificialmente los niveles de ella en nuestro organismo, si, en definitiva, nos drogamos con DMT?

Eso es lo que se propuso investigar Strassman a principios de los noventa. Tras una kafkiana batalla burocrática que hubiera hecho rendirse a cualquiera con menos determinación, nuestro científico logró la aprobación de todas las instituciones americanas dedicadas a impedir con un paternalismo muy poco liberal que sus ciudadanos se coloquen como les venga en gana y, por fin, llevar a cabo su experimento en un hospital de Albuquerque. Con todas las suspicacias que despertó su proyecto para someter a humanos a altas dosis de DMT, debía planear con todo detalle el procedimiento y evitar las consecuencias imprevistas que pudiera provocar una sustancia tan común y al mismo tiempo de una potencia tan formidable. Al fin y al cabo, tenía muy presente el testimonio de uno de los primeros psiquiatras que experimentaron con ella, que tuvo la imprudencia de consumirla en un apartamento a solas con un amigo, este empezó a tener un ataque de pánico y el psiquiatra, en el momento de inyectarle el antídoto, no podía discernir dónde aplicar la aguja… porque se había transformado ante sus ojos en una gigantesca serpiente. Dios sabe dónde acabaría pinchándole. Así que esta vez durante los viajes psicodélicos habría personal sobrio vigilando —el propio Strassman y las enfermeras de su equipo—, llevarían a cabo una medición continuada de las constantes vitales del psiconauta (incluyendo una sonda rectal, que ya son ganas de fastidiarle a uno la experiencia mística) y este sería seleccionado de entre todos los voluntarios que se prestasen teniendo en cuenta su equilibrio psicológico y su historial médico. Además, las sesiones comenzarían con dosis muy bajas e irían incrementándose según la respuesta que se obtuviese, aprovechando así la ventaja que proporciona frente a otras drogas enteógenas: su efecto casi inmediato y su corta duración, de entre cinco minutos y media hora como máximo, sin provocar apenas efectos secundarios o resacas de ningún tipo. Todo ello, así como los resultados obtenidos, quedaría minuciosamente descrito en su libro posterior DMT: La molécula del espíritu.

N,N-dimetiltriptamina (DP)
N,N-dimetiltriptamina (DP)

Y bien, ¿qué se encontró? A lo largo de 1991 fueron doce los sujetos que participaron en el experimento, aunque en los años siguientes se incrementaría su número, y con todos ellos acordó que, apenas terminara su viaje interior, le describirían con el mayor detalle posible lo que habían visto. Un informe que se complementaría con otro por escrito que le entregarían unos días después, una vez superada la impresión inicial y tras haber rumiado bien la experiencia. Así que los voluntarios eran llevados a una habitación llamada 531, allí se tumbaban, charlaban amigablemente unos minutos para crear un ambiente distendido y de confianza, los conectaban a varias máquinas, les tapaban los ojos con una venda negra —pues si los abrían se superponían las imágenes con las que se creaban en su imaginación— y les inyectaban la dosis. A partir de ahí, y en menos de dos minutos, a volar. Las reacciones mesurables desde fuera eran un repentino aumento del ritmo cardíaco, de la presión arterial, de la temperatura corporal y de la dilatación de la pupila (si no llevaban la venda, claro). La percepción subjetiva era descrita como ser atravesado repentinamente por un tren de mercancías o ser disparado por un «cañón nuclear», un golpe que los dejaba literalmente sin aliento. A continuación llegaba una vibración muy intensa que atravesaba todo su ser y que hacía temer a algunos participantes que les hiciera «reventar la cabeza», peculiares sinestesias en ocasiones como «siento todo el cuerpo como el sabor pimienta», seguidas siempre por la sensación de que su cuerpo había dejado de existir. Pasaban a ser «pura conciencia».

Esto me parece particularmente interesante, dado que nuestra experiencia cotidiana es la de percibirnos como una conciencia levemente separada del cuerpo, como si este nos colgara de ella de manera que los pies nos llegaran al suelo. Lo cual no deja de ser algo ilusorio, pues en realidad no es que «tengamos» un cuerpo, sino que «somos» uno. Pero esa percepción es la que hace que prácticamente todas las religiones del mundo hagan una distinción entre el organismo físico y una entidad llamada espíritu, alma, mente o energía que habitaría en él y que, según bastantes cosmovisiones, una vez queda inutilizado el recipiente emigra a otro o bien se traslada a un plano de existencia superior. O inferior, si nos hemos portado mal. De forma que el DMT parecía poner al 100 % algo que habitualmente funciona a media potencia, y esa conciencia ahora percibida como totalmente libre traía consigo la representación de un caleidoscopio, con colores increíbles y formas geométricas apabullantes. A menudo también se abandonaba la percepción normal de las dimensiones, de manera que ya nada estaba arriba o abajo, delante o detrás, así como se suspendía el paso del tiempo. Lo que a algunos les resultaba lo más fascinante que jamás habían vivido y para otros suponía una experiencia aterradora. Pero en algunos casos ocurría algo más, eran testimonios que en palabras de Strassman:

Son los más insólitos y difíciles de comprender. Son los más extraños y a los que más comúnmente evito referirme cuando la gente me pregunta «¿Qué encontraste?». Cuando vuelvo a consultar las anotaciones que hice, constantemente me produce sorpresa ver cuántos de nuestros voluntarios «hicieron contacto» con «otros seres». Por lo menos la mitad de los sujetos tuvieron este tipo de experiencia, de una forma u otra. Para describirlos usaban expresiones como «entidades», «seres», «extraterrestres», «guías» y «yudantes». (…) Se trataba de situaciones tales que los modelos que tenía de la mente, el cerebro y la realidad empezaron a parecerme muy limitados para aprehender y retener la naturaleza de lo que estaban experimentando esos voluntarios.

Se trataba casi siempre de seres no humanos con los que interactuaban, según unas descripciones eran elfos, dioses africanos, cactus con aspecto humanoide, fantasmas de antepasados, androides con el aspecto de las tropas imperiales de La guerra de las galaxias, muy a menudo también payasos o bufones, y las más de las veces extraterrestres que los investigaban. Es curioso que cerebros distintos tengan alucinaciones comunes, y respecto a esto último Strassman lanza una conjetura muy interesante: ¿no podrían ser los testimonios de abducciones alienígenas vivencias de personas que han sufrido un repentino aumento de sus niveles de DMT? A menudo tendemos a considerarlos farsantes o trastornados, pese a que en bastantes casos son personas sin historial psiquiátrico y perfectamente integradas en la sociedad. Y lo son, dice nuestro autor, simplemente hubo un día en que por las circunstancias que fueran sus cerebros vieron alterado su delicado equilibrio químico. Quién sabe.

En cualquier caso, respecto a los testimonios recabados en dicha investigación, resulta coincidente en todos ellos que hubo algún tipo de comunicación con esos seres, una de significado muy profundo aunque difícil de describir con palabras. Lo más perturbador es que dicha percepción resultaba para los voluntarios tan poderosamente real que, en algunos casos, negaban que fueran simplemente fruto de la imaginación. De hecho, varios de ellos, tiempo después de haberse sometido al experimento, formaron un grupo para mantener el contacto entre sí y hablar de lo que vivieron. Según decían «porque no puedo hablar con nadie de estas cosas, nadie me entendería. Es simplemente muy extraño». Strassman sin pretenderlo por poco crea una secta… y quién sabe si en el futuro aparecerán algunas en torno a algo así, al fin y al cabo los misterios eleusinos de la antigüedad clásica incluían una iniciación con sustancias enteógenas, al igual que otras muchas creencias de diversos lugares del mundo. Es una posibilidad que deja abierta, preguntándose en las conclusiones de su libro sobre futuras investigaciones: ¿qué sucedería con el estudio de los reinos espirituales si pudiéramos acceder a ellos con facilidad mediante moléculas como la DMT?

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a los fantasmas #JD15

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16 comentarios

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  2. Sergio

    Tengo entendido (he visto el documental, pero no he leído el libro) que lo que Strassman propone va en sentido contrario a lo que dice este artículo. Se trataría más bien de que el cerebro capta una realidad objetiva que usualmente no podemos ver ni sentir, gracias a esta droga; las “entidades” de la DMT serían reales y el enfoque de este señor (que seguramente será considerado como pseudocientífico por los materialistas) es que, justamente, nada de alucinaciones.

  3. Sergio

    Para más información: http://q4lt.com/strassman-interview

  4. Un artículo muy majo de James Kent sobre las entidades que aparecen en los viajes con DMT The Case Against DMT Elves

  5. Un amigo me contó que, durante sus viajes con ayahuasca, se le aparecian puntualmente los elfos/alienígenas, pero no le decían nada que no supiera. Si esta entidades fueran reales, deberían proporcionar alguna información con fundamento, y no vaguedades.

  6. Ramon Dominguez

    Fume en Irlanda del norte (Belfast) la llamada “herbal” y encontre con entes como extraterrestres estudiandome en una mesa dentro de lo que PARECIA UN LABORATORIO o una nave, lo mas extrano de mi experiencia es que no llegue ahi subitamente, recuerdo el viaje y todas las vueltas que di para llegar ahi. Segui fumando ocasionalmente para seguir teniendo la experiencia de ver esos “seres” y lo continue haciendo eventualmente (me daba curiosidad por saber si era real o solamente un “bad trip”, pare de fumar un dia que me encontre con otro tipo de seres mucho mas serios y aterradores , sentia su presencia y no me podia contener de pie, fue la experiencia mas aterradora de mi vida. Recuerdo todos los detalles y las circunstancia, no viene al caso detallarlo aqui, creo.

  7. tercera fase

    El alma no existe, lo que demuestra que todas esas experiencias extracorporeas no son más que un colocon

  8. María Sabina nunca hablaba de ver cosas, sino de escuchar a los niños santos (hongos psilocibes)

  9. Parecen pertinentes las críticas que se le han hecho a Strassman acerca de cierto reduccionismo al etiquetar la DMT como molécula del espíritu─ver por ejemplo esta crítica en donde se señala que “set y setting” son igualmente importantes en la experiencia psiquedélica.

    Se podría extender la crítica al mismo cuerpo del experimentador; por ejemplo, en “Yagé: el nuevo purgatorio” Jimmy Weiskopf señala que se da mucha importancia dentro del sistema del chamanismo amazónico al tono de los músculos del vientre –“hara” en Japón o “dan tien” en China. En estas tradiciones extranjeras estos conceptos están culturalmente reconocidos, ya sea mediante la práctica de algún tipo de yoga o incluso con ceremonias enfocadas a relajar dichos músculos –como puede ser el caso de la ceremonia del tabaco en el chamanismo amazónico. Por otro lado, la crítica que hizo Wilhelm Reich en “La función del orgasmo” al estado psicocorporal occidental señalaba precisamente que este grupo de músculos se hallaba en tensión contínua.

    En cualquier caso, también puede resultar problemático a la hora de etiquetar ciertas cosas como espirituales refiriéndose a otras culturas simplemente desde la perspectiva del lenguaje. Por ejemplo, hay culturas mayas que usan la etiqueta “humano” para designar tanto al grupo humano como al resto de seres del ecosistema. O como la anécdota expresada por David Abram en “La magia de los sentidos”, en donde estuvo muy intrigado acerca de un ritual de ofrenda de comida a los “espíritus de la naturaleza”, hasta que se dio cuenta de que en realidad la ofrenda iba destinada a las hormigas que se colaban en la casa y tenía el objeto de que los insectos no molestasen demasiado.

    Sobre lo que menciona Alejo arriba acerca de la realidad ontológica de las entidades, merece la pena mencionar también que en el modelo de entidades del esoterismo chino se distinguen entidades generadas por la propia mente y entidades externas.

    Un último apunte: la elección del grabado de Doré también puede ir en la dirección del “pinealcentrismo” como ha argumentado Stephen Taylor en “North: The Rise & Fall of the Polar Cosmos”.

    saludos

  10. Carlitos

    Yendo un poco más allá, e independientemente de lo que pensemos en este momento del médico éste, lo que subyace es que cualquier cosa acaba teniendo una explicación científica y materialista.

    Lo cual debería ser bueno, porque se va dejando atrás la superstición y el poder de aquellos que se basan en ellas para controlar mentes (religiones y sectas).

    Pero también me aterra pensar que algún día abriré el periódico y me encontraré que si yo estoy enamorado de mi mujer es por la razón x de no sé qué mecanismos neuronales. O que si alguien ha matado a otro no ha sido por decisión propia, sino porque no sé cuál molécula actuó como resorte y fue inevitable. O que mi voto nones fruto de un razonamiento sesudo por mi parte, sino lo que subconsciente piensa por mí.

    Es decir, que algún día descubra que la libertad no es tal, sino meramente una serie de inevitables consecuencias de nuestra continua adaptación al entorno. Y que los que dicen aquello de “el destino ya está escrito” tengan razón, pues está escrito en los genes.

  11. Psiconauta

    Muchos comentan respecto a la experiencia o efectos del dmt, LSD, psilocibina, etc. Pero la mayoría nunca ha probado estas sustancias y repiten lo que escucharon de un amigo del vecino de un amigo.

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