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Donde nacen los monstruos: Parménides, Empédocles y los filósofos frente a la luz y la oscuridad

Parménides, Empédocles y los filósofos frente a la luz y la oscuridad
El sol entre las columnas del Partenón, Atenas, 2004. Fotografía: Brian Bahr / Getty.

Parménides, Empédocles y otros pensadores griegos vieron en la oscuridad —y no en la luz— el origen de la verdad y el cosmos, desafiando la visión clásica de la filosofía antigua.

En la monumental Historia de la Filosofía Griega, de W. C. K. Guthrie, el volumen dedicado a la sofística y al círculo socrático lleva por título «La Ilustración del siglo V a. C.». Ninguna imagen más vívida que las Luces para describir los años del ascenso vibrante de Atenas, y también los que alumbran su caída estrepitosa en lo militar, lo político y lo moral. Un periodo de la Hélade en el que florecieron la investigación naturalista, las artes plásticas, los grandes autores de tragedia y comedia, la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas. El siglo de Pericles, y el de Sócrates, quien —como escribió John Burnet— «vio la construcción del nuevo Partenón desde el principio hasta el fin».

Una época en que la palabra pública fluía vertiginosamente en los discursos de los oradores forenses (ellos también, inspiradores del lógos filosófico), en las inquietantes provocaciones de Gorgias, en los primeros ensayos sistemáticos por elaborar una historia humana desligada de la mitología y en abierta actitud crítica respecto de ella. Una extraordinaria conjunción de fenómenos intelectuales, que Guthrie describió como el «eufórico y exuberante mundo de la Ilustración ateniense».

El escocés William Keith Chambers Guthrie había sido discípulo de Francis Macdonald Cornford en Cambridge: en la formación de ambos había sido un imperativo explicar a los antiguos en sus propios términos, sin salirse de los límites contextuales de su ámbito y su operatoria. Pero al momento de escribir el tercer volumen de su influyente Historia…, Guthrie cedió a la tentación de comparar un tramo fabuloso de historia griega con el siglo de las Luces en la Modernidad.

Posiblemente, la comparación surgió como parte de su descargo por el hecho de encarar una época tan rica y compleja de manera diferente de lo que había hecho en los dos primeros volúmenes de su obra: en lugar de tratar a cada autor en singular, Guthrie abordaba en el tercero dos grandes corrientes filosóficas. Se valió entonces de una imagen de Peter Gay, quien advertía en su libro The Enlightenment: an Interpretation (The Rise of Modern Paganism) que la Ilustración, si bien podría parecer solo la expresión de una miríada de pensadores, había sido no obstante más que eso: «un clima cultural, un mundo en el que los filósofos actuaban, frente al que se rebelaban vivamente, del que extraían muchas de sus ideas y al que intentaron imponer su programa». Guthrie entendió que estas palabras de Gay, «una autoridad del siglo XVII», eran «igualmente válidas» para los filósofos de la Antigüedad. Y así, sumergido en ese paisaje fascinante, planteó «analogías inevitables» entre «este período de efervescencia intelectual y moral en Grecia, y períodos posteriores del pensamiento europeo, incluidos el Renacimiento y la Ilustración de los siglos XVII y XVIII».

Por la vía de esta comparación se pueden encontrar muchos puntos de contacto de interés, aunque Guthrie sabía bien que la historia de la filosofía no se reduce a una sucesión de coincidencias. De cualquier modo, la analogía que había surgido como descargo quedó instalada en el título del volumen, y así llegó a tener —sigue teniendo— gran impacto en la forma de contar y explicar toda una época portentosa. Pero hay un problema, y es que ese periodo de la filosofía griega, el que va desde finales del siglo VI a. C. hasta el comienzo de la época helenística, solo parcialmente puede ser identificado con las Luces.

Ese tiempo podría verse asimismo como el de los cultos de la oscuridad, y el de grandes mentes que pensaron que el núcleo de la verdad estaba sumido en las sombras. Filósofos (también magos, chamanes, «iniciadores» errantes o itinerantes) convencidos de que el descubrimiento de las verdades más importantes no consistía en una iluminación sino, al contrario, en un adentrarse en las profundidades del inframundo, en las Mansiones de la Noche. No invocaban a un dios sabio, identificado con el sol, sino a deidades asociadas con la tierra o, mejor, con el interior del suelo (chthón): divinidades ctónicas, subterráneas. Unas dadoras de fertilidad, otras reinando sobre los muertos, otras como personificaciones de fuerzas sísmicas.

Claro que en el fragor de la batalla de las metáforas no es fácil desandar el camino que lleva a observar casi exclusivamente las imágenes de la luz, menospreciando la presencia de la oscuridad, que es clave, en cambio, de los cultos ctónicos en esta misma etapa de la filosofía griega.

Un viaje del día hacia la noche

Parménides es buen ejemplo de cómo el imaginario de las Luces puede entorpecer la comprensión de la historia del pensamiento. Su obra comenzó a circular entre las últimas décadas del siglo VI y las primeras del V a. C. Considerado en varios sentidos pionero de la lógica, escribió su doctrina —de un rigor algo cáustico— en hexámetros, como Homero. Al comienzo de su poema describe en primera persona una experiencia extática, pero a la manera de un viaje: iba en un carro tirado por briosas yeguas, guiado por las Helíades (las hijas del sol), que lo llevaron primero hasta un camino «apartado de la senda de los hombres» y lo condujeron por él hasta «las puertas de las sendas de la Noche y del Día», donde una diosa le reveló «la verdad».

Parménides se refiere a sí mismo como «varón vidente»; en griego: eidos fós, expresión que alude al iniciado en los misterios. Quiere decir que recibió una iniciación, que traspasó un umbral de conocimiento vedado al resto. ¿Pero cuál es el horizonte de ese umbral? Hace ya varias décadas, tras un primer análisis del papiro de Derveni, Walter Burkert lo identificó con el de las cosmogonías órficas que circulaban entonces y fueron expandiéndose por toda Grecia.

Tradicionalmente se pensó —es algo que todavía se lee en muchas historias de la filosofía— que el camino de Parménides va de la oscuridad de su presente ignorante a la luz del saber. Debemos a Burkert y también al chileno Alfonso Gómez Lobo la fundamentación de la perspectiva contraria. Reconstruyendo el paisaje mítico al que refieren las imágenes del poema, Gómez Lobo llegó a la conclusión opuesta. Como el resto de los seres humanos, Parménides está a la luz del día, hasta que las hijas del sol lo apartan de ahí y lo llevan adonde habrá de recibir su iniciación: a «las moradas de la Noche».

Según las cosmogonías arcaicas, el sol tiene un recorrido diurno que va de este a oeste, pero en horario nocturno desanda ese mismo camino para refugiarse «en las profundidades de la sagrada y oscura Noche», donde habitan «su madre, su esposa y sus queridos hijos». Esta descripción, que proviene de un fragmento del poeta Estesícoro, es coherente con la Teogonía de Hesíodo, en la que se afirma que la Noche engendra al Éter: el elemento brillante de la parte superior del cielo. La potencia de la oscuridad es madre de la luz. En el canto X de la Odisea también se dice que el sol y la noche recorren un mismo camino en momentos diversos y que ambos se cruzan un instante. Precisamente hasta ese punto de contacto viaja Parménides: las hijas de Helios lo conducen allí donde «se encuentran las puertas de las sendas de la Noche y el Día», al lugar «donde el cielo toca con sus bordes la Tierra», al gran abismo originario.

El análisis de la poesía filosófica arcaica permite identificar huellas órficas en la iniciación parmenídea y rechazar, por anacrónica, una comprensión alegórica de su poema —de la que Guthrie no es responsable, ya que se inauguró en los primeros siglos de la era cristiana—. No: las yeguas del carro no son los impulsos irracionales del alma. Ni el camino simboliza la investigación racional; ni las hijas del sol a los sentidos (o a la visión); ni la diosa a la razón luminosa. Parménides no va de la oscuridad a la luz porque, en realidad, para él conocer no implica encaminarse hacia la luz sino al revés. La Noche, madre originaria, atesora la verdad que el iniciado recibe en una revelación.

La luz: ese epígono de la oscuridad

Parménides no fue el único que imaginó el origen del sol en el inframundo. En las primeras décadas del siglo V a. C., en Akragas —la actual Agrigento—, otro filósofo «vidente» de enorme impacto en todas las áreas del saber antiguo afirmó que el fuego solar es vástago del fuego subterráneo. Al igual que Parménides, Empédocles comunicaba su filosofía en el hexámetro dactílico de la épica homérica. Se veía a sí mismo como un profeta y le gustaba enseñar insinuando, poéticamente. Por supuesto, ha sido interpretado de maneras distorsionadas. En su libro Filosofía antigua, misterios y magia, Peter Kingsley advierte que las principales dificultades de comprensión no obedecen tanto al registro literario de Empédocles, o a la pérdida de sus obras —reconstruidas de manera fragmentaria—, sino a la manera errónea y prejuiciosa con que los intérpretes contemporáneos se han aproximado a esos fragmentos.

Empédocles entendía que todo el universo está compuesto a partir de cuatro «raíces»: fuego, tierra, aire y agua, concebidas a la vez como entidades físicas y como divinidades; respectivamente Hades, Hera, Zeus y Nestis. De hecho, el primero de los malentendidos con la filosofía de Empédocles ha sido la identificación tergiversada de cada una de esas cuatro rizómata con los correspondientes dioses. Especialmente problemática resultó la asociación entre Hades y el fuego. Solo algunos pocos autores —Burnet, Kingsley, algún otro— comprendieron desde el primer momento la lógica de esta correspondencia, típicamente siciliana, inspirada por un territorio volcánico, por sus fuegos subterráneos y sus fuentes termales de agua caliente, famosísimas en la Antigüedad.

Sin entrar en todos los detalles de su apasionante cosmología, aquí interesa en especial el hecho de que, para Empédocles, los fuegos del cielo —las estrellas— y, entre ellos, el fuego que se elevó hasta convertirse en el sol, todos tuvieron su origen en las profundidades de la tierra. No solo eso: según Empédocles, la fuente de la luz del día, y de las luces en general, «deriva en última instancia de las oscuras profundidades del mundo subterráneo». Kingsley agrega algo más. Considera que esa afinidad profunda entre el sol y el inframundo, o «más concretamente, la idea de que en cierto modo el lugar natural del sol es el mundo subterráneo», no es exclusiva de Parménides ni de Empédocles, sino «inherente a la mitología clásica». Una idea que aparece en configuraciones diversas, que se expande en el occidente griego y que, a su juicio, debe provenir «de un prototipo mesopotámico».

Cuando se apaga el sol

Se me objetará que Elea, la patria de Parménides —muy cerca de la actual Salerno, en Italia—, y la pólis siciliana de Empédocles eran espacios más bien apartados del clima «eufórico» y metropolitano de Atenas. Que en la ciudad sofistas y socráticos competían públicamente por ver quién lograba sostener su argumentación, en debates de tema moral y político. Donde se ejercitaba la crítica y había que saber sortear pruebas y zancadillas, falacias y refutaciones. Se dirá que a ellos, los que filosofaban en Atenas, podemos seguir imaginándolos como los «ilustrados» del mundo griego antiguo, porque vivían en un frenesí intelectual que los mantenía al margen de las ocurrencias extravagantes de sus vecinos de la Italia profunda. La realidad es que no. No podemos.

Los atenienses —los del siglo V a. C. y todos los que vinieron después— escucharon con avidez a los pensadores itálicos. A Parménides y a los demás eléatas. A Empédocles. A los pitagóricos. También a algunos órficos. Los discutieron. Los citaron. Rechazaron algunas de sus tesis y a otras las incorporaron a sus propias elucubraciones. Reconocieron lo cosmopolita de su posición excéntrica. Los respetaron. Entendieron que las Luces de su propio círculo comportaban el riesgo del encandilamiento. Esa conciencia se va a manifestar con claridad en el siglo IV a. C. Guthrie lo describió, con razón, como un siglo «más maduro y reflexivo y, en muchos sentidos, más desilusionado». Fue el siglo de Platón: autor de imágenes luminosas, pero también de otras oscuras, esperpénticas. Y el siglo de Aristóteles: firme aliado de la luz y detractor de la Madre Noche. Que debió abandonar su escuela y huir de Atenas en medio de un clima de hostilidad amenazante. Porque las luces pueden engendrar monstruos, pero cuando se apagan es peor.

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2 Comentarios

  1. Pirrón de Elis

    La cuestión es que Guthrie cae en un anacronismo, con toda su buena intención, para describir ese florecimiento del siglo V a C. . Necesitó buscar una comparación para expresarlo y concibió la de la Ilustración como la más adecuada. Y ello es debido a que como decía otro discípulo de la Ilustración, Nietzsche, aunque seamos agnósticos, ateos e incluso no vayamos a misa, hemos sido educados en el cristianismo y nos resulta imposible apartarlo de nuestro pensamiento. Somos incapaces de pensar o imaginar que hubo, antes de nosotros, una compatibilidad entre la espiritualidad y la religión, y, la filosofía y la ciencia. Nosotros somos hijos del dogma y la intolerancia, de una religión totalitaria que dice yo soy la verdad… . Hasta uno de los filósofos más materialistas, Epicuro, cuya obra, premeditadamente destruida, y pensamiento iluminan el Renacimiento y la Ilustración, cumplía con sus deberes religiosos cuando así la ciudad se lo demandaba. Pero la mayoría de nosotros, con las orejeras del cristianismo, sólo somos capaces de ver en ello hipocresía y gazmoñería. Esa caverna mental en la que vivimos nos impide apreciar que hubo un tiempo en que existieron otros mundos.

  2. Muy grande Peter Kingsley, y Atalanta por traerlo. Me voló la cabeza cuando leí En los oscuros lugares del saber. Gracias Ivana.

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