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Lo que Émile Zola nos enseñó sobre el presente

Émile Zola retratado por Manet (1868).
Émile Zola retratado por Manet (1868).

El padre del naturalismo literario, esa corriente que reproduce la realidad con objetividad documental, nos legó una estética donde tiene tanta validez lo feo como lo hermoso, y donde el hombre o mujer de condición más humilde puede ser tan protagonista como habían venido siéndolo en la literatura universal el héroe, el príncipe, el rey o la princesa. Pero además de todo eso hoy sus novelas, a la luz del siglo XXI, nos aportan ejemplos de fenómenos sociales que vuelven como una plaga a abatirse sobre nosotros y que podríamos resumir en una sola palabra: escasez. Escasez de vivienda, de comida, de trabajos dignamente pagados, de escaleras para el ascenso social. Caminamos de vuelta hacia unas sociedades, las del siglo XIX, donde el origen de cuna condicionará toda nuestra vida, sin permitirnos salir de la permanente carencia que padecen las clases humildes, a menos que hayamos nacido en el lado acomodado y podamos ser nepo babies, siempre protegidos por el patrimonio de nuestros padres. Nepo babies, o sea, enchufados, primera palabreja de la neolengua con que se viste nuestro tiempo.

Añadamos freeganing, coliving y hotbedding, que son esos términos cuquis para esconder la poca valentía con que hoy miramos a la cara a la pobreza. El hablante de español peninsular muestra mejor disposición a aceptar hechos desagradables si a su descripción se añade un -ing, y de este modo olvidamos con más facilidad que hoy, para ser pobre, no hace falta ser mendigo, sino tener un trabajo mal pagado. Zola era más de expresar las cosas en su total crudeza, cuando a los trabajadores les ocurría lo mismo, y a la luz del presente su literatura se ha vuelto anticipatoria.

La taberna, 1877. Una lección sobre el freeganing, comer de la basura, y hotbedding, alquilar tu propia cama

«Había llegado a rebuscar en los montones de basura, recogiendo corazones de col, cortezas de pan caídas en el barro, cáscaras de patatas. A veces encontraba un hueso que chupaba durante horas. Cuando tenía unos centavos, se compraba un trozo de pan, que comía lentamente, para que le durara más tiempo».

En este párrafo Zola nos explica cómo se las apaña Gervaise Macquart, lavandera que ha intentado sobrevivir sin suerte entre la clase obrera parisina, hasta caer en el alcoholismo y la miseria, obligándola a recoger restos de comida de la basura para sobrevivir. Como hacen los friganos.

El freeganing, friganismo, es una ideología con origen en el grupo de activistas de los sesenta The Diggers, actores teatrales que usaban la calle como escenario. La prensa del clickbait lo ha banalizado como una actitud de jovenzuelos que buscan por moda comida en la basura, eligiendo la aún está en buen estado, normalmente la desechada por los supermercados siguiendo las normas de la fecha de caducidad. Esta pobreza se presenta en la prensa española como una elección vital, vistiéndola de atractiva campaña de marketing. Aquí el titular real de El Español para ilustrarlo: «El friganismo, una moda límite: son gente con casa y educación que comen de la basura porque quieren».

Algo de rigor periodístico hay, pero no mucho, porque la afirmación no es del todo inexacta. El friganismo es una forma de activismo, diferente a la necesidad extrema de rebuscar en la basura para comer, como la retrató Zola o como se ve actualmente en las ciudades. Las banalizaciones periodísticas olvidan un dato fundamental que aparece en los pocos estudios que se han llevado a cabo sobre el fenómeno, y es que siempre tienen una motivación económica. La organización frigana más importante de Reino Unido recupera comida desechada por los supermercados para preparar comidas a los sintecho. En las ciudades españolas, a primera hora de la mañana o de la noche, en determinados barrios, pueden encontrarse a personas rebuscando en los contenedores, que usan este recurso para poder pagar el alquiler, los gastos o la calefacción. Para todo no les da, y los bancos de alimentos tampoco pueden hacer milagros.

Del término hotbedding estoy casi por decir que lo inventó Zola, pero seguramente no fuera más que un fenómeno repetido en la miseria obrera de toda Europa. Adoptado también por la prensa española adicta al clickbait, copia el rescate del término que han hecho los medios australianos para explicar cómo sus estudiantes universitarios han encontrado la solución de pagar por horas una cama que usan varios inquilinos por turno. Única manera de residir donde se ubican sus universidades. Titular de OK Diario, «‘Hot bedding’: la nueva y extraña práctica con la que la gente está ganando dinero de forma fácil y sencilla».

Descripción de Zola en La taberna: «Era realmente repugnante: una habitación con cuatro camas, tres francos a la semana; y se turnaban, el colchón no tenía tiempo de enfriarse. Los obreros entraban y salían a todas horas, se dormía amontonados, en un olor insípido a cuerpos mal lavados, sábanas húmedas y yeso viejo».

No hay ningún hotbedding legal comercializado en España porque la legislación no permitiría semejante barbaridad, pero se practica entre particulares. Personas que alquilan una habitación llegan a un acuerdo con dos, tres y hasta cuatro conocidos para pagarla a escote. Se turnan en su uso para dormir. Hoy, y por poner un ejemplo, la habitación más barata de Barcelona cuesta alrededor de 200 euros, la más cara 1000, dividir esas cantidades entre cuatro puede permitirte sobrevivir si repartes con Glovo o eres parte de esa llamada «economía informal» que también podemos denominar «trabajos de mierda».

Hay otro hotbedding, el de alquilar por horas cuartuchos donde hacer el amor, para los amantes que viven en coliving. Tampoco es legal, pero se propaga, intimidad precaria para los precarios.

En El vientre de París, 1873, y en Una página de amor, 1878, rooming a todo trapo

Aún no le han cogido el gusto nuestros periódicos al rooming, pero es cuestión de tiempo que inventen titulares con la palabreja, pues ya lo ofrecen la mayoría de agencias de alquiler en internet para las grandes ciudades españolas. Consiste, según esas páginas, en alquilar tu vivienda de forma segura, pero por cachos. En LinkedIn, esa red, se anuncia como la forma de inversión de las nuevas generaciones, que compran habitaciones en lugar de casas enteras, aquella locura tan de boomers que no se lleva ya.

De nuevo Zola, ahora en El vientre de París: «En aquella casa miserable, cuyas habitaciones se alquilaban por semanas, por días, incluso por horas, vivía toda una población flotante. Cada cuarto estaba dividido en dos o tres con tabiques de madera, y a veces incluso con simples cortinas; y en cada rincón dormía un inquilino distinto, sin conocer a los demás, sin hablarles nunca.»

Podemos completar esa lectura con Una página de amor, donde Zola retrata una inseguridad habitacional constante, con alquileres por días, pensiones insalubres y desahucios por impago. Con el detalle de familias enteras viviendo en un solo cuarto, haciendo rooming, lo que también es frecuente entre los emigrados extranjeros que llegan a nuestro país.

En Germinal, 1885, el caravaning

Para ser justos, vivir en una autocaravana aún no tiene término equivalente inglés, ¿caravaning? pero ya comienzan a aparecer reportajes sobre el asunto, el más reciente hace mención de un profesor de instituto del norte de Madrid, que vive en uno de estos vehículos cerca de su centro de trabajo. Pasó años en coliving, o sea, alquilando una habitación, y según explica comprarse la caravana y mantenerla es una opción mucho más asequible. Que un funcionario escale a la precareidad da buena cuenta de hacia dónde estamos yendo como sociedad. La legislación española también da buena cuenta de la realidad social, aunque desde la política se adorne como que aquí no pasa nada. Desde 2020, como recoge el BOE, las infraviviendas, incluidas chabolas, caravanas o cuevas, deben figurar como domicilios válidos en el padrón. Nuestro profesor madrileño puede estar empadronado como un ciudadano más, y eso hace de su infravivienda una vivienda.

No es que en tiempos de Zola existiesen las autocaravanas, pero sí sus equivalentes vivibles, chozas que servían como viviendas «oficiales», chabolas de madera, cartón y lona en los descampados, casetas de tablas junto a las minas, lo que la prensa cuqui actual ha dado en llamar «soluciones habitacionales». El escritor francés prefería ser claro y no andarse con eufemismos: «Por todas partes, en los taludes, en los descampados, habían brotado como setas esas chozas de madera podrida, de planchas de hierro oxidadas, de retazos de lona negra… Allí se amontonaban familias enteras, sin pan, sin fuego, sin ropa».

Germinal es tal vez la más potente novela sobre la miseria obrera que se ha escrito debido a que se centra en los mineros, profesión ya dura de por sí, y agravada en el libro por una huelga en la que piden salarios que les permitan no pasar hambre. Pero no podemos separarla de las veinte novelas que componen el retrato social de los Rougon-Macquart, nombre de una familia que a lo largo de cinco generaciones vive sin salir nunca de sus miserias. Hoy solo podemos calificar de cuñadeces las teorías en que se basó el escritor para explicar que sus personajes heredasen conductas de sus padres y por eso acabaran alcohólicos y pobres. Pero es dudoso que como lectores contemporáneos de Zola veamos esa interpretación, nos quedará mucho más claro que eran las circunstancias sociales y económicas las que mantenían en la precareidad a las clases obreras del XIX. Lo que parece imposible, y ahí Zola no puede darnos ninguna lección, es que al usar genitivos ingleses para aludir a nuestras miserias, las veamos como trending topics de vida y no como lo que son, pobreza.

Ser pobre hoy no es solo vivir bajo un puente en una tienda de campaña, en un trastero, pedir monedas o un bizum sentado en la acera. Ser pobre es trabajar y andar comiendo de la basura para pagar el alquiler, vivir recluido en una habitación, ganar una oposición y opositar a una vivienda ahorrando décadas dentro de una autocaravana. Esta es la situación cotidiana del veintiuno coma uno por ciento de hogares españoles que no llegan a fin de mes, según el INE. No tienen suficiente dinero para comer, vestirse, estar calientes y abonar el resto de gastos imprescindibles para vivir. Los hogares que sí alcanzan a rebasar el día 31 con lo justo son el veinticuatro coma tres por ciento, según la misma fuente. Cuando hablas, entrevistas o fotografías a esas personas, y lo haces de manera consciente o inconsciente todos los días, parecen perfectamente normales. Podrían ser tú o yo, porque el pobre de hoy no es el de Zola, el del XIX al que se le veía la miseria bajo las uñas a un kilómetro, sino uno peinado, lavado y vestido decentemente que no se sabe pobre porque ve a otros que están peor. Se sienta en una terraza, pide una cerveza, y ni se le pasa por la mente que los obreros de Zola hicieran lo mismo, ir a la taberna a beber para tener un ratito de ocio, de placer. Ellos eran obreros pobres y nosotros trabajadores cualificados con palabras que acaban en -ing. Nada que ver. Nada que aprender.

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