Editar en tiempos revueltos: Sexto Piso - Jot Down Cultural Magazine

Editar en tiempos revueltos: Sexto Piso

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Fotografía: Jorge Quiñoa

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La entrada de Raquel Vicedo (Alicante, 1977) en Sexto Piso supuso todo un revulsivo para esta editorial mexicana que en 2006 pretendía hacerse un hueco en el mercado español con una línea muy señalada de ensayos de corte político.

Curtida tanto en labores de prensa como de traducción, Vicedo ha sido pieza clave en la transformación que ha sufrido el catálogo de Sexto Piso en los últimos años, hoy día reconocida como una de las grandes editoriales literarias de España, quizás la más atrevida de todas, por su empeño en reivindicar autores difíciles de la talla de William Gaddis o Gregor von Rezzori, dos de sus actuales buques insignias.

Hablamos con Vicedo en el CICUS durante la celebración del Festival Bookstock de Sevilla y repasamos los orígenes de la editorial, tanto en México como en España, y tratamos de comprender qué criterios siguen para conformar su ecléctico catálogo, en el que el único punto en común parece ser la calidad.

Cuéntanos cómo surge Sexto Piso.

Sexto Piso empezó su andadura en el D. F. hace catorce años, en 2002. Es el sueño —y sigue siéndolo, porque creo que todavía no hemos aterrizado— de unos estudiantes de Ciencias Políticas (a los que se uniría uno de sus profesores) que encuentran carencias en los textos que quieren consultar para sus estudios; y lo que hacen es comprar esos libros en Estados Unidos, traducirlos como buenamente pueden y distribuirlos entre sus compañeros de clase. A partir de ahí dicen: «Oye, ¿por qué no hacemos esto un poco mejor y de paso nos ganamos un dinerito?». Y de ahí surge la idea de montar la editorial. Luego, cada uno de los fundadores originales fue encontrando su camino en la vida. Eduardo Rabasa es el único que sigue en la editorial, y al poco tiempo convence a su hermano Diego Rabasa y a otro amigo, Felipe Rosete, para llevar juntos adelante el proyecto. En un encuentro de editores en Londres conocen a Santiago Tobón, que es colombiano y está a punto de mudarse a España, y le proponen montar una filial de Sexto Piso aquí. Esta se formaliza a finales de 2005, inicios de 2006 y comienza como una editorial muy pequeñita, que lo que hace es traer algunos libros de México y comercializarlos aquí. Poco a poco la cosa se va ampliando, hasta que se decide que el departamento editorial esté en España —aquí se hacen los libros en su mayor parte, que se envían luego a México en barco exceptuando una serie de títulos que se siguen editando allí, bien porque en España los derechos los tienen otras editoriales o bien porque son libros con una idiosincrasia muy particular mexicana que en España no tiene mucho sentido publicar—. Y así, poco a poco, vamos creciendo. Yo entro cuando está solo Santiago Tobón en la editorial española, y actualmente ya somos seis personas. Nos hemos profesionalizado un poco, tampoco demasiado [risas], y tenemos varios departamentos. Santiago lleva la administración y las ventas, lo que es la relación con la distribuidora y las importaciones a Latinoamérica, y yo llevo los temas de prensa y edición.

Siempre nos ha dado la impresión de que cuando empezasteis la andadura de Sexto Piso en España esta tardó mucho en arrancar.

Sí, supongo que quizá fue un poco optimista pensar que se podía empezar un proyecto editorial en España única y exclusivamente con una persona, por más que los libros se hicieran en México. Primero porque los mercados eran muy distintos. Además, la percepción que se tenía de la editorial en España, por ser mexicana, era muy distinta al resto. No quiero que esto se malinterprete, pero creo que se nos veía como una editorial de segunda categoría. De hecho, algunas personas del mundo editorial nos aconsejaban que imprimiéramos en España, porque nos decían que el papel no era lo suficientemente bueno, y que así no podíamos poner los precios al nivel español, etc. No digo que algunos de estos comentarios no tuvieran una base real, porque cuando veo los libros que publicábamos hace diez años, en fin, algunas portadas era tan feas… [risas] Así que los primeros años las cosas fueron más despacito.

Cuando me llamaron para contratarme me dijeron: «¿Qué puedes hacer? Dinos qué se te ocurre para darle un empujón a esto». Y como yo soy muy pilas, y además venía del mundo de la empresa privada, con una mentalidad muy empresarial, empecé a hacerme mis planes de negocio, mis estimaciones, y me hice una idea de qué campos se podían mejorar. Obviamente no pudimos implementar todos los cambios enseguida, pero es cierto que ya Santiago y yo juntos empezamos a hacer más cosas. Y dijimos: vamos a invertir en personal, vamos a invertir en promoción, y poco a poco fuimos creciendo y mejorando. Aunque todavía tenemos mucho camino por recorrer. Ahora mismo estaba hablando con José Monfort, de Malpaso, y claro, es que nuestras editoriales no tienen nada que ver. Malpaso es una editorial como de lujo, ¡tienen dinero para promoción! Pueden poner anuncios, hacer campañas… Nosotros todavía somos una editorial, en ese sentido, muy chiquitita. Supongo que las sinergias que se crean con la filial mexicana hacen que demos una imagen mucho más potente de lo que en realidad somos por separado. Trabajar así es una ventaja muy grande, porque cuando tú tienes la posibilidad de distribuir en Latinoamérica, automáticamente puedes hacer tiradas más grandes, lo cual ayuda a bajar tus costes.

¿Vuestro principal mercado es Latinoamérica?

Latinoamérica como tal, no, pero sí México. Aunque la buena noticia es que nuestros esfuerzos van dando su fruto, porque ambos países —México y España— ya casi están a la par en ventas. En España siempre hemos tenido un nicho de lectores muy claro, y nos sentimos muy orgullosos porque lo que empezó siendo un nicho de lectores de ensayo ha pasado a ser también un nicho de lectores de narrativa o de ilustrado, o de crónica. Con lo cual hemos ampliado nuestro público. Para nosotros, un libro que vende mil quinientos ejemplares se vende superbien. Un libro que vende dos mil quinientos es casi un best seller. Cualquier libro que supere esas cifras, para mí, es inimaginable. Aunque es cierto que nos ha pasado, por ejemplo, con Del color de la leche, de Nell Leyshon. Yo todavía no me creo que se siga vendiendo. Cuando veo que siguen entrando pedidos todos los meses, me digo, ¿tantos lectores hay?

Por lo que estamos viendo, dos mil ejemplares es la cifra de éxito medio entre las pequeñas editoriales.

Sí en nuestro caso, aunque creo que por suerte otras editoriales hermanas, por ejemplo del grupo Contexto, de bastantes títulos suelen vender más que eso. Creo que Sexto Piso todavía tiene este sambenito colgado de ser una editorial complicada. Que hacemos libros difíciles, libros oscuros… Y creo que esa percepción viene del hecho de que nacimos como una editorial de ensayo político y filosófico, también bastante relacionada con el psicoanálisis, una editorial con una línea política clara, a lo mejor en este sentido más parecida a Capitán Swing, aunque no publiquemos tantos ensayos de ese tipo como ellos. Eso ya limita un poco nuestro público. Creo que hay muchísimas novelas nuestras que mucha gente no lee porque piensan que son complicadas, o por su longitud, y a lo mejor, si esas novelas las publicara Anagrama o Impedimenta o Malpaso, venderían cuatro veces más. Creo que tenemos que aprender a vender mejor nuestros libros. Quitarnos un poco esa etiqueta de editorial difícil.

¿En qué momento dais el salto del ensayo a la novela?

Relativamente pronto, porque nuestro sexto o séptimo libro (Atlas descrito por el cielo, de Goran Petrovic) ya fue una novela. Y paulatinamente la narrativa fue cobrando un papel más importante.

También creo que el salto del ensayo a la novela que dimos nosotros fue bastante coherente. Nuestras novelas suelen ir más allá del mero entretenimiento, suelen tener un trasfondo político y sociológico, siendo a la vez poéticas, hermosas. Ese es el tipo de narrativa que Sexto Piso quiere publicar. Y luego hay algunas novelas que tienen más que ver con nuestro lado canalla, como sería el caso de Narcisa, de Jonathan Shaw. También da la casualidad de que a casi todos los que trabajamos en Sexto Piso nos encanta la música, y por eso también estamos publicando libros escritos por músicos en nuestra colección Realidades; no solo biografías, sino textos que tienen más que ver con la poesía, con formas de entender el mundo, etc.

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Dices que hay gente a la que le imponen algunas de vuestras novelas porque os asocian con cierta línea ensayística. Pero nuestra percepción es que ahora mismo se os conoce más como editorial de narrativa que de ensayo. De hecho, si algo impone de vuestro catálogo es lo arriesgado que es. Sacáis libros que nadie se ha atrevido a sacar antes en España.

Tal vez. Supongo que porque todo el mundo quiere vender, y vender a William Gaddis es complicado. Pero hay un público para Gaddis y en mi opinión ese público está bastante claro. De Gregor von Rezzori sé que es muy probable que no consigamos vender dos mil ejemplares, pero tenemos ochocientos lectores que hacen que ese libro pueda publicarse. Otra cosa es que quisiéramos hacernos millonarios, pero ya sabemos que no va a ser el caso publicando a Gaddis, y tampoco es la intención. Pero si, y vuelvo al caso de Von Rezzori, tú haces tu trabajo de edición, de prensa y de ventas, y luego tienes a un traductor como José Aníbal Campos, que además de hacer una labor encomiable se involucra de una manera maravillosa para promocionar la obra de Rezzori, tanto con periodistas como con lectores, y a eso le sumas el trabajo de recomendación del librero, pues al final ese libro acaba llegando a sus lectores, ¿no?

¿Cuántos ejemplares habéis vendido de La muerte de mi hermano Abel? ¿Se puede saber?

Pues no le ha ido mal, en España ya estamos cerca de los dos mil. Y me parece genial, porque es un libro largo, a algunos les parecerá caro, y no es una lectura fácil. Publicamos primero Edipo en Stalingrado, que es un libro más complicado, y vendió muy poquito. Después salió un libro de relatos, Sobre el acantilado y otros cuentos, que se vendió también poquito, a pesar de ser un libro más que accesible y tremendamente hermoso. Y ahora en octubre va a salir Caín. El último manuscrito, que es una especie de complemento de La muerte de mi hermano Abel. Caín es una novela maravillosa, que recomiendo encarecidamente incluso si uno no ha leído La muerte de mi hermano Abel. Y son solamente doscientas cincuenta páginas. Si uno no se atreve con Abel, puede servirle como introducción. En mi mundo, este libro debería vender lo mismo que el anterior, porque si te has comprado Abel y te ha gustado, es como… ¿y por qué no este? Pero, misterios de la vida, quizás el año que viene os diga que solo he vendido trescientos. Cada día se me hace más difícil hacer previsiones de ventas.

Siendo La muerte de mi hermano Abel un libro tan potente, ¿cómo es que Anagrama no lo sacó en su momento, habiendo publicado antes otros títulos de Rezzori?

Pues no lo sé. Esa pregunta hacédsela a Herralde y luego me lo contáis. Anagrama ya había sacado la La gran trilogía, cierto. Creo que de todos los autores de nuestro catálogo, probablemente para mí, y no puedo decir que sea porque sea el que más me emocione, ni el que más me divierta, el más querido es Von Rezzori. Hay libros de nuestro catálogo que me gustan mucho, como Los viernes en Enrico’s de Don Carpenter, que yo recomiendo siempre porque me lo pasé fenomenal leyéndolo. Pero luego hay libros que te cambian la vida, que te hacen pensar de otra manera, que te dejan cierto estado de ánimo. Y con Rezzori me pasa eso. Y me pasa también cuando leo a Claudio Magris: me habría encantado haber nacido hace cuarenta años y ser su editora.

De Magris hemos sacado solo dos títulos. Uno de ellos es un libro de cuentos, un libro que podríamos llamar menor, si es que con Magris puede usarse esa palabra. Es un libro maravilloso y creo que hemos vendido seiscientos ejemplares. Y yo me pregunto: si eres lector de Magris y tienes todos sus libros, y te has leído Otro mar, y te has leído El Danubio, y Sexto Piso tiene un libro con cuatro cuentos suyos por catorce euros, pues ¿no te lo leerías? Porque yo me lo leería. Así que uno nunca sabe.

Volvemos a la pregunta de antes: ¿Por qué Anagrama no ha sacado esos cuentos? ¿No puede ser que los títulos que estáis sacando vosotros sean los que ellos no vean rentables?

Pues no lo sé. Y eso me hace pensar: ¿será que Magris vende pocos libros también con Anagrama? Aunque al final, ¿qué más da? Lo importante es que hemos podido publicar ese libro, que nos encanta.

Hace poco, siendo como soy gran amante de Magris, leí un libro que tenía pendiente desde hacía tiempo —y me avergüenza mucho reconocerlo—, uno de Marisa Madieri, la que fue su mujer. Lo publicó Minúscula, se llama Verde agua, y me quedé como… ¡Dios! ¡Este libro me habría encantado publicarlo a mí! No tienen que ser necesariamente obras maestras —o sí, porque para mí lo son precisamente por lo que me hacen sentir—, pero me encantan esos libros que te dejan cierta ensoñación. No sé bien cómo explicarlo, pero eso es lo que busco cuando publico un libro.

Esa ensoñación de la que hablas, ¿no la encuentras en los autores españoles? Porque no publicáis ninguno.

Al ser Sexto Piso una editorial mexicana, que nació con esta vocación ensayística y con una mirada muy clara hacia los Estados Unidos, la línea editorial fue al principio por esos derroteros. Y luego, con el paso del tiempo, empezaron a surgir oportunidades de publicar autores nacionales [mexicanos]. Y la editorial quiso empezar a apostar por ello. De hecho hizo un trabajo excelente, porque ha publicado a gente como Carlos Velázquez, que es un escritor magnífico, con un universo muy rico y peculiar, que en España quizá resulte difícil de leer por la forma en la que utiliza el lenguaje. No es solo que sea mexicano, sino que es del norte, de un estado fronterizo con los EE. UU., y eso se plasma de una manera muy evidente en su literatura. Carlos es un autor con una proyección muy interesante, de quien estoy segura que seguiremos hablando conforme pasen los años.

No puedo dejar de mencionar a Valeria Luiselli, una autora muy reconocida no solo en México, sino también en España y en el extranjero (su obra ha sido traducida a varios idiomas), y que brilla en el ensayo igual que brilla en la novela. En nuestro catálogo también contamos con autores como Daniel Saldaña París, de quien publicamos su primera novela, En medio de extrañas víctimas, que tiene mucho de Bolaño. Y, por supuesto, tampoco podemos olvidar a la grandísima Margo Glantz o a Mario Bellatin, que es un autor muy consagrado, muy peculiar, de esos que no deja indiferente. Para mí es un genio.

Así que Sexto Piso en México sí empezó hace un tiempo a apostar por autores nacionales, muy particulares, con mucha proyección, pero —y esto es lo interesante— que encajaban también muy bien con el catálogo de la editorial, que es lo más difícil. Cuando eres editor, te llegan muchos libros que te gustan, pero tienes que pensar cómo van a dialogar esos títulos con los previos. Quizá porque soy editora, yo me fijo mucho en los catálogos de las editoriales. Y yo no quiero echar la vista atrás, mirar nuestro catálogo y decir: «No estoy 100% satisfecha». Prefiero no publicar un libro del que no estoy convencida, aunque sea muy bueno, que ver un libro en mi catálogo del que a lo mejor, el día de mañana, me pueda arrepentir. Va a ser un recordatorio de un error, por decirlo así. Si no lo publiqué, pues es que no tenía que ser. Posiblemente habrá encontrado un lugar mejor.

En España, al principio nos dedicábamos a ir un poco al retortero de México. Y un día, dijimos: «Queremos empezar a publicar a autores españoles», y los compañeros de allí nos dijeron que fenomenal. Y entonces empezó el drama, porque no había precedentes y andábamos un poco perdidos y la mayoría de los agentes con los que trabajamos tampoco sabían bien qué ofrecernos porque no les dábamos muchas pistas. «Que encaje con nuestra línea editorial» no es suficiente. Y luego, por otra parte, me llegaban muchísimos manuscritos no solicitados. Mandaban literatura negra, que nosotros no publicamos, aunque a mí como lectora me encante; o erótica, o fantástica… géneros que simplemente no tienen cabida en nuestro catálogo, al margen de su calidad. Y vi que ese no era el camino, porque era imposible atender todas esas peticiones sin una criba previa. Y entonces llegó De los otros, de Mariano Peyrou, que además de ser un poeta excelente es traductor de la casa (de William Gaddis y John Barth, entre otros). Y pensé que representaba muy bien el espíritu de la editorial. Desde entonces, he leído algunos manuscritos, que me han llegado sobre todo a través de agentes, y creo que por fin estamos encontrando ese hilo conductor. Para el 2017, por ahora, tenemos programada la publicación de dos libros: uno de la catalana Elisabet Riera, Llum, y otro de Vicente Luis Mora, De lo que hablo.

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¿Estás acostumbrada a que te afeen el hecho de no publicar a españoles?

Muchísimo. Es una pregunta muy habitual. En realidad, de algún modo me siento responsable de no tener más representación en español en el catálogo, pero también es verdad que uno tiene que ser fiel a su estilo. Y parecerá una tontería, pero nuestro estilo está muy marcado. Es algo que no tiene que ver solo con la calidad: cuando lees un manuscrito, independientemente de que sea bueno o malo, entiendes si es tu estilo o no lo es. Y a veces no puedes explicarle al autor exactamente por qué. «No encaja en nuestra línea editorial» suena a la típica excusa que pone el editor, pero es que es verdad. Muchas veces simplemente es eso. Es como cuando conoces a un tipo y dices: «Es majo, es guapo, es inteligente… pero no me gusta, no es para mí». ¿Por qué? No sé por qué. Pues con los libros es parecido.

Recuerdo una vez que tenía serias dudas sobre si aceptar un manuscrito o no, y le pregunté a Eduardo Rabasa, que estaba en México, qué debía hacer. Le pedí que se leyera el libro, porque me había gustado mucho, pero por lo que fuera no estaba segura del todo. Y me dijo: «Mira Raquel: esto es como el amor; si no es que sí, es que no. No necesito leerme el manuscrito. Si quisieras publicarlo, me habrías llamado para decirme “tengo un manuscrito que me encanta, vamos a publicarlo”. Pero me has llamado con otro cuento. Así que tú ya sabes cuál es la respuesta». Es el mejor consejo que me han dado nunca.

Hace poco leí un manuscrito de una española que me gustó mucho, y hablé con su agente y le dije que me diera un par de días más para decidirme. Estuve todo el fin de semana dándole vueltas, pero, al final, el lunes por la mañana pensé: «Si le he dado tantas vueltas, es que no, no estoy convencida». Porque si no, me habría dicho: «Me lo quitan de las manos», y habría llamado a la agente pidiendo que no se lo diera a nadie más que a mí. Porque esta es la otra paranoia: tienes ahí un manuscrito mil años, por hache o por be no has podido echarle un ojo, y de repente lo lees, son las 3 de la mañana, y quieres llamar al tipo de turno para decirle: «Por favor, no se lo des a nadie, ¡quiero publicarlo yo!». De repente te emocionas tanto que piensas que todo el mundo quiere comprar los derechos de ese manuscrito ese mismo día.

Hablas de un «estilo» relacionado con Sexto Piso, pero a nuestro juicio tenéis un catálogo de lo más ecléctico. ¿Te atreverías a describirnos en unas pocas frases cuál es vuestra línea editorial?

Sí, es verdad lo que decís del eclecticismo, pero hay un motivo detrás. En realidad somos cinco personas eligiendo libros, y los cinco somos muy diferentes. En México están Eduardo Rabasa, su hermano Diego y Felipe Rosete, y en París tenemos a Ernesto Fuentes, el director de la colección de poesía —que en mi opinión es maravillosa— que también nos asesora en materia de libros en francés. Pero creo que lo que da cohesión al catálogo es que todos tenemos una visión común, y ahí es donde reside ese feeling del que os hablaba antes, sobre lo que es sí y lo que es no. Aun así, a nosotros nos pasa como le pasará a todo el mundo, que algunos de nuestros títulos, vistos con perspectiva, han envejecido peor que otros.

Pero el estilo tiene que ver con esa visión de la vida, y con eso que decimos de que un libro no tiene que ser solamente mero entretenimiento —aunque está muy bien que lo sea—, sino que tiene que ser el reflejo de una visión del mundo, de una filosofía.

Has mencionado vuestra colección de poesía, y nos da la sensación de que tampoco se os conoce demasiado por ella. ¿Cuál es el balance hasta ahora? ¿Compartís también esa sensación de sorpresa ante lo bien que se vende actualmente la poesía?

Nosotros reimprimimos muy poco, en unos casos porque acertamos con las tiradas y en otros porque hemos sido demasiado optimistas, pero uno de los libros que hemos tenido que reimprimir ha sido Alfabeto, nuestro primer libro de la colección de poesía, de Inger Christensen. En general, estamos contentos con los números. Esto es como lo del pan y la rosa: es necesario hacer cosas que a lo mejor no son tan lucrativas, pero que dan mucha satisfacción.

Una de las cosas que más me han sorprendido en esta última Feria del Libro de Madrid es que muchos adolescentes han pasado por la caseta a comprar libros. Y comentándolo con algunos libreros, me han confirmado que, efectivamente, ellos también lo han notado. Quizá no se lleven el libro que a vosotros o a mí más nos gusta, pero a mí me vale igual. Manuel, mi pareja, tiene la teoría de que en este mundo efímero y tecnológico en el que vivimos, el libro es una de esas pocas cosas que todavía puede proporcionarte cierta identidad. La música y el cine ya están online. Pero esto de tener tu libro y dejárselo a quien te gusta, hablarle de él y construir un universo común alrededor de ese objeto es una idea maravillosa. Y los libros de la colección de poesía son de los que mejor hemos vendido en la Feria del Libro. Probablemente tenga que ver con los cantautores y la música, con Marwan y todos estos fenómenos, y con el hecho de que son libros muy bonitos y tienen un precio asequible. A mí me da muchísima satisfacción pensar —aunque probablemente todo sea una ilusión mía— que estamos llegando a las nuevas generaciones a través de un libro que es hermoso, y que encima es de poesía. Un libro en el que hay espacio para pensar, para imaginar, para enamorarse, para escribir.

Una curiosidad: esa efe tan rara que utilizáis, que se come el punto de la i, ¿por qué?

¡Porque la tipografía es así! Me lo ha preguntado mucha gente. Cuando yo entré en la editorial, eso me pareció mágico. Y, sin embargo, algunos periodistas lo han señalado como una tara. Pero la tipografía es así y me encanta que sea así y que se llame «Filosofía». Porque es como una filosofía de vida, eso de querer que no todo esté perfecto. Me encanta que exista esa cosa que muchos perciben como una tara, y que sea característico de todos nuestros libros. Me parece maravilloso. En eso somos muy talibanes, porque a mí como lectora me molesta que las editoriales cambien mucho el diseño de sus libros. Nosotros queremos que todos nuestros libros sean iguales.

¿Cuántos libros lleváis publicados?

Pues ya bastantes: alrededor de doscientos cincuenta. Este año cumplimos once años, y estamos ultimando nuestro por fin nuestro catálogo general, por el aniversario. Una cosa conmemorativa.

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Con ese volumen de publicaciones, ¿de qué manera os influye la vorágine de las devoluciones, que tanto afecta a las editoriales?

Uf, publicamos mucho, es verdad. Y, a ver, capacidad tenemos porque la verdad es que lo hacemos. Otra cosa es que se nos vaya la vida en el intento. Pero esta es una pregunta que yo me he hecho muchas veces. Enrique Redel, que creo que es el editor con el que más divago, hablando de esto me ha comentado que ha bajado el número de títulos anual de narrativa, aunque también es verdad que ahora ha sacado la colección de La Pequeña Impedimenta, que, por cierto, es una auténtica preciosidad. Nosotros ahora mismo estamos publicando, en España, alrededor de cuarenta títulos al año. Parecen muchos, pero al final, si te paras a pensar, no son tantos, puesto que tenemos cinco colecciones distintas. Ahora bien, lo que sí es difícil es conseguir que tus libros destaquen en los medios y en las librerías sobre otros títulos.

Y el eterno problema es este: nuestro mercado funciona a base de novedades. Si no sacas novedad, no facturas. Por otro lado, las librerías tienen una capacidad limitada, y para colocar novedades tienen que hacer hueco y devolver títulos que no se venden, así que la ecuación está bien clara. Hay muchos libros cuya vida, desgraciadamente, ha sido de tres o cuatro semanas. ¿Por qué sucede esto? ¿Es que a los lectores y a los periodistas solo les interesan las novedades? ¿Es que un libro de hace tres meses es viejo? Estas son preguntas que me hago todo el tiempo. Y no tengo respuesta.

Ni nosotros, que somos los primeros a los que nos afecta la falta de tiempo para leer todo lo que sacáis, todo lo que querríamos.

Pues imagínate yo, que saco un libro a la semana, que lo tengo que leer y corregir, pero a la vez estoy leyendo los que contrato. E incluso los que no contrato yo, porque como encargo las traducciones y las ilustraciones, o las portadas, me leo también esos libros. Entonces, ¿cuántos libros que no sean de mi editorial puedo leer al año? Apenas tengo tiempo. Y es muy importante para un editor entender qué se está publicando fuera de su editorial, además de que leer es una de las cosas que más me gustan del mundo. Por eso vivo en una ansiedad constante por leer, leer, leer… y al final uno apenas disfruta. A mí me encantaría poder publicar un libro al mes, sería ¡buah! A nivel de promoción, imagínate cómo podrías tratar ese libro, un mes trabajándolo. Pero no es posible. Y obviamente tiene mucho que ver con el mundo en el que vivimos, un mundo de inmediatez. ¿Cuánto duran las noticias en las portadas de las webs de los periódicos? O, ¿cuántas entradas en Facebook publicáis al día?

¿Qué gran libro de los que habéis publicado crees que ha pasado más desapercibido?

Pues mira, te voy a decir uno que probablemente no sea el mejor libro, pero por muchos motivos a mí me parece maravilloso. En la Feria, que es donde puedo transmitir directamente mi entusiasmo por los libros, lo recomiendo siempre. Se trata de Fūrinkazan. La epopeya del clan Takeda, de un escritor japonés que se llama Yasushi Inoue, eterno candidato al Premio Nobel. Es un autor maravilloso del que Anagrama en su momento publicó La escopeta de caza, también hermosísimo (aunque creo que está descatalogado). Este libro pasó desapercibido no sé si porque no se nos asocia con la literatura japonesa, o porque tenía este título y todo el mundo pensó que sería un tostón insoportable. Pero es una historia portentosa, entretenidísima y muy interesante. En la Feria intento encasquetárselo siempre a todos los que no buscan nada específico, y les digo: «Si vas a pasar otra vez por la caseta, el año que viene o cuando sea, dime qué te ha parecido». Y todos vienen diciendo que les ha encantado. Le tengo especial cariño. Y el libro de Magris del que hablábamos antes, El conde y otros relatos, que está considerado como un libro menor pero a mí me parece que está escrito con una sensibilidad y una lucidez fuera de lo común, ese también ha pasado bastante desapercibido. Y luego, ensayos, muchos. Publicamos un libro titulado Especímenes del folclore bosquimano, que es una pasada. Elias Canetti dijo de él que era uno de los libros más importantes de su vida.

¿Cómo accedéis a esos títulos, cómo llegan a vosotros?

Yo diría que la mayor parte de lo que publicamos nos llega a través de agentes con quienes trabajamos desde hace muchos años y nos hacen una criba muy atinada. Son relaciones que se han forjado a lo largo de los años en ferias, sobre todo. Muchos también son de autores de la casa, que vuelven a confiar en nosotros para seguir publicando. También nos llegan libros a través de prescriptores, de traductores, gente que sabe qué tipo de libros nos gustan. Es algo que nos viene muy bien, porque llegan de idiomas que no dominamos: del ruso, del alemán, del finés, y muchos de ellos ni siquiera están traducidos a ningún idioma: o te los recomienda alguien de confianza o no llegarías a ellos nunca. También llegas a libros a través de otros libros. Y luego, de vez en cuando, suena la flauta, y de los tropecientos manuscritos que llegan, de repente aparece uno que, por lo que sea, llama tu atención. Empiezas a leerlo y te encanta.

¿Eso cuántas veces ha sucedido?

¿Una? [risas]. No, en serio. Recuerdo por ejemplo lo que le pasó a Eduardo Rabasa, con la novela de Daniel Saldaña París. Diego Rabasa, en su sección de libros de Frente acababa de elogiar la poesía de Daniel, aunque no sabía que escribiera prosa. Fue muy curioso, porque al parecer había enviado el manuscrito a alguna dirección de email que aparecía en la web y nadie se había percatado. Y al poco, en la FIL, se los encontró desayunando y se acercó a ellos. Al mencionar lo de la columna en Frente, les contó que acababa de terminar un manuscrito, y Eduardo se puso a leerlo esa misma noche. Y le pareció una obra maestra. Le entró la ansiedad del editor de las 3 de la mañana. Al día siguiente le llamó y le dijo: «Por favor no se lo des a nadie, que lo queremos publicar».

Moraleja: hay que acosar a los editores cuando desayunan.

[Risas] ¡A veces funciona! Y luego también publicamos libros que encontramos por azar. Esa es la parte que más me gusta, porque es la más poética. Una vez, en París, entré en una librería y me compré un libro en francés del año 78. Me pongo a leerlo en el avión y, a la vuelta, lo busco en la base de datos del ISBN y veo que no está publicado en español. Y entonces digo «¡Sí!», porque me estaba encantando. Y así todo se reviste de un romanticismo maravilloso, porque no sabes quién tiene los derechos, si el señor murió y hay que buscar a sus herederos… Pero fuera del romanticismo, casi todo lo que nos llega es por agencia o feria, que al final es lo mismo.

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Cambiemos de tercio: eres de las pocas mujeres que hemos entrevistado para esta serie. Y no es porque no queramos sino porque estamos viendo que hay muy pocas mujeres dirigiendo editoriales, incluso entre las de nuevo cuño.

Yo no siento que tenga que ser especialmente reivindicativa, me siento muy respetada y reconocida por mis compañeros en la editorial, pero sí puedo decir que en ocasiones he sufrido cierto machismo en esta profesión. Algunas personas se han sorprendido al saber que era editora, y me han dicho «¿En serio? Pensaba que eras la chica de prensa», como si llevar la prensa fuera algo de poca relevancia.

Bueno, es que empezaste en prensa.

¡Y sigo haciéndola! Es lo que hacemos los editores en cualquier editorial pequeña. La prensa y lo que haga falta. Ese no es el problema. Simplemente, me sorprende la extrañeza de la gente. Así que, sí, supongo que es verdad que todavía se sigue pensando, aunque sea de un modo inconsciente, que los grandes editores son hombres, y las mujeres en todo caso son agentes literarias o responsables de prensa. Y es muy poco respetuoso que te lo digan a la cara.

Antes has mencionado a Enrique Redel, y cuando le entrevistamos no paraba de señalar la labor de su mujer, Pilar Adón, en la editorial.

¡Sí! Y encima ella, además de muchas otras cosas, lleva toda la administración. ¡Incluso hace las liquidaciones! Es mi heroína.

¡Y escribe! ¡Y traduce!

Es buenísima en ambas cosas.

Hablando de traducciones, tú también eres traductora.

Sí, yo estudié Traducción. Soy traductora jurada. Al principio traducía manuales para radiocasetes, ventiladores, muchos folletos turísticos, escrituras de compraventa para rusos… Trabajaba de intérprete en el hospital, y si venía un alemán con un accidente de tráfico, pues allí que iba. Un rollo, la verdad. Y siempre había soñado con ser traductora literaria, pero no sabía cómo acceder a este mundillo. Y cuando empecé a trabajar en Sexto Piso, y no me da vergüenza reconocerlo, dije un día: «Oye, ¿puedo traducir algún libro? Que yo soy traductora y es lo que siempre he querido hacer». Hice uno de prueba, un ensayo titulado ¿Qué es la locura?, de Darian Leader —que, por cierto, recomiendo muchísimo, casi quinientas páginas de intensidad—, y les gustó mucho cómo quedó. Así que me fueron encargando más cosas. Lo que pasa es que al final mi vida era: traducir para Sexto Piso, corregir para Sexto Piso, leer para Sexto Piso… Así que empecé a diversificar un poco, traduciendo para otras editoriales. Este año me lo he tomado sabático, sin traducir. Pero ya el año que viene vuelvo, porque es una actividad que me gusta mucho.

Tiene además mucho que ver con mi forma de ser, pero sobre todo me devuelve a una lectura que ya soy incapaz de hacer, mucho más profunda. Ahora, siempre que leo un libro lo leo como correctora, y sin darme cuenta estoy: «Aquí debería ir una coma. Aquí hay una falta. Esta frase debería estar en pasiva y esta otra debería estar en activa», y voy reformulándolo todo. Y si no está publicado, lo leo como potencial editora. Y no quiero que haya una finalidad detrás del proceso de la lectura, quiero que haya solamente placer. Como traductora puedo revivir esa experiencia, porque ni siquiera como lector lees nunca un libro como lo hace un traductor. Si el libro que estás traduciendo te gusta, como ha sido siempre en mi caso, es así. Es brutal. De hecho, cuando hablo de los libros que he traducido, consigo que el otro se los compre, porque soy capaz de transmitir esa pasión. También ves el oficio que hay detrás cuando un escritor es bueno. Muchas veces, cuando me preguntan cuáles son mis escritores favoritos… Hay muchos libros que me encantan, pero creo que mis autores favoritos, por la complejidad de su escritura, que no tiene parangón, son: Francis Scott Fitzgerald, Henry James y Joseph Conrad. Coged tres ediciones distintas de El gran Gatsby, todas bien traducidas, y leed las últimas cinco líneas de cada edición. Y ahora coged el original. Ya veréis: los tres lo han traducido bien, y aun así son tres textos completamente distintos. Uno puede tener sus preferencias por una edición u otra, por la musicalidad, por el tono, por la cadencia… pero todas las versiones son válidas. Eso es lo que hace que un escritor sea un maestro, que no haya una sola lectura de ese libro. Cuando traduces lo vives de esa manera, todo el tiempo, todas las páginas.

Es curiosa esa relación entre el traductor y el autor.

Los míos es que casi todos están muertos. Pero siempre digo que el traductor es un médium. Si te metes realmente en el libro, estás viviendo a través del escritor, y tu tarea consiste en coger todo eso que está ahí escrito y ser un mero medio para traspasarlo. Nunca tienes que llamar la atención como traductor. Tienes que estar al servicio del autor y del lector, nunca al tuyo propio. Cuando un traductor tiene demasiado protagonismo, me molesta. Porque no quiero ver su pluma, quiero ver la pluma de otro. Así que desconfío mucho de los traductores que son escritores. Suelen hacer versiones muy sui generis de los textos. De hecho, dicen que las peores traducciones de Poe son las de Cortázar. Insisto, es perfecto si lo que te quieres leer es un texto de Cortázar, porque te encanta Cortázar. Nosotros, por ejemplo, publicamos las Elegías de Duino en versión de Juan Rulfo. Es un libro maravilloso que le recomiendo a todo el mundo, pero es una versión de Rulfo, y en eso reside gran parte de su belleza. Si quieres leerte una traducción de las elegías de Rilke, compra otra edición.

Lo cual no tiene nada que ver con reivindicar al traductor, poniendo su nombre en la portada.

Yo fui la que insistió para que se incluyera el nombre del traductor en los libros de Sexto Piso, porque antes no se hacía. Es una labor muy poco reconocida, que ha sido muy denostada en el pasado y que hay que reivindicar. Creo también que los salarios no son nunca lo suficientemente altos, y que es un trabajo muy difícil y muy arduo. Pero uno tiene que entender cuál es su rol como traductor, y no es reinterpretar a tu manera ese texto. Y no todos lo hacen, ¿eh? Hay escritores que traducen muy bien, no quiero generalizar. Igual que no soy defensora de la traducción literal porque sí, tampoco estoy diciendo que porque hagas una versión libre esté mal hecha. Al contrario. Pero tienes que entender qué tipo de texto es, qué autor es y por qué lo estás haciendo. Si tiene un sentido, entonces es perfecto. Lo malo es cuando estás al servicio de tu ego, o de tu vanidad o de tu incapacidad.

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Al ser tú la que escoge a los traductores, ¿te influye de alguna manera el hecho de que también seas traductora?

Yo creo que sí, porque si no simplemente asignaría los textos como churros. Yo pienso, a lo mejor con mal criterio, a quién le iría bien tal o cual texto. También porque quiero que el traductor disfrute. No todos los traductores traducen como actividad secundaria; muchos lo hacen como actividad principal y viven de ello, les hace falta el dinero y van a aceptar el encargo aunque el libro no les entusiasme. Y yo pienso que si el libro te entusiasma, lo vas a hacer mejor. Por eso prefiero darte uno que te entusiasme. Y como tengo muchos libros para elegir, pues trato de encontrar ese encaje. Y muchas veces lo hago, les doy a elegir. Lo que no quiero es que lo hagas si no te emociona. Trabajo igual con los ilustradores, porque si no te emociona lo que haces, el resultado al final se resiente.

Y no digamos ya de los traductores de poesía.

Yo nunca me atrevería a traducir poesía, porque creo que no tiene que ver solo con el lenguaje. O mejor dicho: no tiene nada que ver con el lenguaje. Ahí, por ejemplo, sí que creo que es importante que seas poeta. Y no hablemos ya si tienes que traducir de idiomas como el japonés, o el chino. Conocer la cultura es fundamental; si no, no puedes traducir. Necesitas una sensibilidad especial. El mundo de la traducción es muy desconocido.

¿Seguís en Sexto Piso alguna política de autor? ¿Si os gusta uno, tratáis de buscar el resto de sus libros para publicarlos?

Sí, nos gusta. Y de hecho, ese es uno de mis hándicaps para publicar a un autor nuevo. Que siempre pienso: «¿Le veo proyección?». No basta con que me guste el libro que me está mandando. Antes, durante la comida, hablábamos de una chica que ha escrito un libro al que le ha ido bastante bien en términos de crítica, y alguien ha comentado que estaba deseando leer su siguiente novela. Y otra persona ha dicho: «Yo creo que este va a ser su mejor libro, porque ha contado una cosa muy personal, con la que se siente muy identificada, pero no sé si tiene un mundo propio suficientemente grande como para tirar de él en más novelas». Da miedo eso, que alguien pinche en su segundo libro porque, aunque escriba muy bien, no tenga nada más que contar, no tenga una visión especial del mundo.

Y sobre la política de autor, ¿por qué no habéis terminado de sacar los relatos póstumos de Kurt Vonnegut?

Cuando yo llegué se acababa de publicar el segundo volumen, sí. No sé, supongo que se nos adelantaron, quizá nos dormimos en los laureles.

Hablabas antes del feeling que te producen ciertos libros a la hora de decidir si publicarlos o no. De verdad, ¿nunca te has arrepentido de dejar pasar uno?

No, con los libros me pasa como con los novios. Si yo no quiero estar con alguien a quien aprecio, y luego lo veo con otra, digo: «Ay, qué feliz está con esa, qué bien». Porque conmigo no habría sido feliz, ni yo tampoco lo habría sido con él. Es eso de «yo no soy para ti y tú no eres para mí». Así que, en ese sentido, no me he arrepentido nunca de no sacar un libro. Supongo que es por mi forma de ser. Cuando veo a un exnovio con otra no pienso en por qué lo dejé… ¡Aunque si me dejó él a mí sí que lo puedo llegar a pensar! [Risas]. Pues con los libros es igual. La literatura tiene mucho que ver con el amor. Es amor, en realidad.

Conoces bien el mercado literario mexicano, el italiano y el español. ¿Qué es con lo que más cuesta bregar del nuestro?

Pues para mí lo fundamental es que somos una sociedad que se mueve por la novedad a muerte, y así estamos fagocitando nuestro mercado. De esta forma no le damos una oportunidad real a nuestros libros, que enseguida se convierten en carne de destrucción.. Hace poco me han escrito de una editorial para decirme que iban a destruir un libro que traduje hace dos años. Y me dio una tristeza impresionante. Conozco a autores cuyos libros han tenido ese mismo destino. Esa es una de nuestras grandes rémoras. Y también creo que apostamos poco por autores desconocidos, no queremos arriesgar mucho.

Sin embargo, sí hay una cosa que me parece muy positiva, y que noto cada vez más: la asociación de los lectores a una editorial. Antes creo que no ocurría tanto. Yo lo veo mucho en nuestro caso, o con editoriales como Impedimenta o Libros del Asteroide, durante la Feria. Los lectores vienen y dicen: «Oye, recomiéndame un libro de tu catálogo, porque todo lo que me leo de tu editorial me gusta». Y me parece que eso es superpositivo, eso de que se dejen aconsejar, porque así van a llegar a libros a los que de otra manera no llegarían. Pero, aun así, en general creo que el lector español sigue siendo reticente a leer cosas nuevas, cosas que no vengan avaladas por alguien en quien confíen. Y esta fidelización de la que hablaba está ayudando a que la gente lea otras cosas. Por ejemplo, a mí Cartarescu es un autor que me encanta, de los que más me gustan. Pero no es fácil y tiene un universo muy peculiar. No puedo evitar pensar que si no lo hubiera publicado Impedimenta, no habría llegado a tantos lectores. Ha sido un acierto que hayan apostado por él, porque mucha gente que empezó leyendo otro tipo de libros de Impedimenta ha llegado así a Cartarescu, por ejemplo.

Dinos, para acabar, cuáles son tus clásicos atragantados. Esos que te da vergüenza confesar que no has leído.

Tengo uno, pero no es atragantado. Simplemente, no sé por qué no me lo empiezo nunca: Doctor Zhivago. El Quijote sí que es uno de los que tengo atragantados, no he sido capaz de acabarlo. Igual me lo debería leer ahora, que soy adulta. Pero, en general, los clásicos me encantan.

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3 comentarios

  1. Muy cierto respecto a la fidelización con las editoriales. Ahora mismo me encanta todo lo que publica Alianza Editorial, es mi favorita, traducciones exquisitas. Sin embargo, debo decir que Sexto Piso me llama mucho la atención, quizá sus portadas, sí, también eso es importante. Ahora después de terminar Así habló Zaratustra (AE) me espera El castillo de Sexto Piso, ojalá que me dejé buen sabor de boca, si me ganan seré buen lector de esta editorial. Como mexicano espero que se cumple.

  2. Pingback: Soluciones editoriales: El traductor es un médium / Raquel Vicedo | Laboratorio de Escritura

  3. Después de leer esta entrevista, y sobre todo lo dicho sobre el papel de traductor, me decido a presentarme ante ustedes. Me llamo Juan Victorio, acabo de jubilarme como prof. Emérito en la UNED y me he dedicado a la traducción (desde el francés), labor en la que recibí el prestigioso premio Stendhal en su primera edición.
    Así las cosas, me dirijo a ustedes para colaborar en tal tarea. He traducido textos en prosa y en verso a lo largo de toda la historia literaria, y fui seleccionado en las antologías publicadas por Crítica y Cátedra.
    En espera de su respuesta, reciban un cordial saludo.
    Juan Victorio

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