Música

Habitación 5013

bercro
Bernardo Cortés. (DP)

Hasta el pasado martes, en que la trasladaron a la clínica Sant Antoni, en la Zona Franca, tuve a mi abuela ingresada en el hospital de la Esperanza, en el barrio de La Salud, aquejada de los noventa años que cumplió el 28 de febrero (en realidad nació un 29, por lo que los nietos solemos bromear con que si tiene veintitrés). Durante las tres semanas que estuvo allí ocupó la habitación 5015, contigua a la del cantante Bernardo Cortés, que murió el viernes debido a una isquemia intestinal. Habrán leído en la prensa que Bernardo falleció en el Hospital del Mar, «donde llevaba un mes ingresado». No, estaba ingresado en la Esperanza, y lo más probable es que muriera allí. El equívoco se debe a que la Esperanza forma parte de la red sanitaria Parque de Salud Mar, cuyo vértice es el Hospital del Mar, en La Barceloneta. Así, es habitual que entre sus pacientes haya un elevado porcentaje de vecinos de ese barrio. Como Bernardo y Concha.

El lunes entré a saludarlo, como siempre que iba a darle la comida a mi abuela, y al ver que estaba escribiendo le dije que pasaría después. Ya no pasé. Me sorprendió que muriera, pues no parecía que estuviera en las últimas: no hace una semana salió en pelotas al pasillo arrastrando el gotero como si fuera una bola de presidiario y diciendo a las enfermeras, y a todo el que quisiera oírle, que se encontraba de fábula.

Lo vi por primera vez cuando yo apenas contaba nueve o diez años. Los De Paco Serra, que aquel día debíamos de ser unos quince, celebrábamos un cumpleaños en el antiguo Cal Pinxo, uno de los merenderos que cercaban la playa («chiringuitos», decían los profanos, sobre todo si eran ricos y escritores). No hubo en los ochenta película rodada en Barcelona en que no salieran sus protagonistas comiendo un arroz en uno de aquellos delirantes restorans. Recuerdo (de una forma tan vívida que me resulta incluso sospechosa) que mi abuela, mi madre y sus primas tenían las mejillas coloradas por el champán, que los hombres llevaban corbata y que mi abuelo se había arremangado, como hacía siempre que se entonaba. Atento al derroche de las celebraciones, Bernardo se bamboleó hasta nuestra mesa y, tras asegurarse de que la guitarra y su gaznate eran una sola cosa, se arrancó con el «Cumpleños feliz», que cantó con un tesón impropio de la pieza, como si aquella cancioncilla hubiera de procurarle un ápice de gloria. Lo cierto, ay, es que en la cima de cada uno de sus gorgoritos parecía alojarse una derrota. Vestía un traje azul de solapas imposibles, una camisa con algún que otro lamparón y era difícil, muy difícil, imaginárselo haciendo otra cosa que no fuera eso: avivar la alegría de los comensales a base de profanar tonadas, boleros, rancheras.

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3 comentarios

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  3. Qué curioso, ninguna mención a sus momentos de gloria televisiva. Por el tono respetuoso del artículo, entiendo que no se quiera tratar esos momentos en que fue usado por unos y otros como un bufón. Qué pena daba ver cómo disfrutaba él y qué falsos los que le acogían en los platós televisivos.

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