Where the gay things are - Jot Down Cultural Magazine

Where the gay things are

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Laurence Anyways, 2012. Imagen: Lyla Films /MK2 Productions.

Exhibir un trauma es a menudo una forma de decir que la vida es un convite que acaba en una guerra de dos: el mundo y yo. Una invitación no, ¡un desafío! Vencer contra vencerse. Escribir del dolor propio, entonces, es abrir la hemorragia y mostrar al otro por qué una herida de la infancia todavía sangra. Dice Édouard Louis (Hallencourt, 1992) que apenas tiene recuerdos felices de cuando era un chiquillo. No porque no viviera momentos de alegría, sino porque «el sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuanto no entre en su sistema».

Con once años, Eddy, como se llamaba antes de abandonar su identidad primigenia y cambiarse el nombre por el de Édouard, era más anciano que su madre: «Tenía arrugas en la cara porque los golpes me hacían parecer más viejo», escribe en Cómo acabar con Eddy Bellegueule, su primera novela. «Sabes, Eddy, deberías dejar de ser tan cuentista, la gente se ríe de ti a tus espaldas y yo la oigo, y además deberías ventilarte los sesos y salir con chicas», le dijo su madre a ese púber que tenía la voz de pito y andaba meneando las caderas. También su padre, borracho y maltratador como la mayoría de hombres en aquel suburbio francés, machacaba a Eddy: «En la otra cadena había un homosexual que participaba en un reality. Era un hombre extrovertido, con ropa de colores, modales femeninos y un peinado improbable en personas como mis padres. Se llama Steevy. La propia idea de que un hombre fuera al peluquero estaba mal vista. A los hombres les cortaba el pelo su mujer, no iban a la peluquería. “Huy, este pierde aceite. No me gustaría tener que agacharme si él anda cerca”. En ese preciso momento llegué yo del colegio. Mi padre se volvió hacía mí y me dijo: “¿Qué, Steevy, todo bien en el cole?”. Otra vez la imposibilidad de llorar. Sonreí y me metí corriendo en mi cuarto», escribe en este libro que funciona como autobiografía.

La literatura, en este caso, demuestra que a través de ella es posible hablar de mundos inexistentes para muchos, o también de hacer que la gente se identifique con una historia. «Cuando presentaba mi libro por todo el mundo, lo que me decía la gente era: “Es mi vida”. La literatura va más allá de la literatura. Es revolucionaria», explicaba Louis en una entrevista. ¿Puede una obra cambiar la mentalidad de una sociedad? ¿Sirve de algo manchar unas páginas en blanco con la experiencia traumática propia y hacer que el libro sangre? Clarice Lispector decía: «Ahora estoy escribiendo. He muerto. Vamos a ver si renazco de nuevo».

El escritor marroquí afincado en París Abdellah Taïa (Salé, 1973) forma parte de ese grupo de creadores conocidos por batallar a través de sus creaciones con un tema que muchos países no quieren asumir (pero que sus jóvenes no pueden negar): la homosexualidad. Taïa, como muchos chavales en Marruecos según cuenta él, pronto tuvo contacto sexual con chicos de su edad: «No nos conformábamos con jugar con nuestros penes, la cosa iba más allá. Nadie me obligó nunca a nada. Era natural estar así, participar en el sexo sin ninguna vergüenza. Darnos placer en grupo, unos a otros. A partir de los diez años, tuve un amante habitual, el hijo de una vecina. Tenía veinticuatro años y un nombre muy bonito, Salah. No recuerdo cómo nació nuestra relación, pero guardo en la memoria todos los detalles de cómo hacíamos el amor. No me penetraba nunca. Jugaba durante mucho tiempo con mi cuerpo, lo abrazaba, lo lamía y siempre acababa corriéndose sobre mi espalda. Después llegaba mi turno. La cama sobre la que hacíamos todo aquello era la de sus padres. La doble transgresión aumentaba seguramente nuestro placer y nos hacía estar más unidos».

Taïa ha denunciado en numerosas ocasiones que ser gay es un crimen en la mayoría de países árabes. Él mismo es ejemplo de esa humillación aceptada que se cuela entre la población. Una noche, al salir de su casa, un grupo de hombres borrachos comenzó a gritarle: «Abdellah, ven aquí, ven. Queremos follarte, ven, ven». Le decían zamel («maricón» en árabe) y «niñita». La gente a su alrededor se resignaba mientras le insultaban, nadie hacía nada. Ni su familia, ni sus amigos. Su ejercicio literario en ensayos como La homosexualidad explicada a mi madre o en sus novelas Mi Marruecos o El ejército de salvación es la forma de legitimar su discurso: decir que eres gay no es lo mismo que ejercerlo, que ser militante. Hacer que el lector se retuerza ante la exhibición de un dolor larvado dentro de uno mismo requiere desnudar las impurezas y los deseos más íntimos, tal y como él hace Mi Marruecos, su primer libro: «Mis padres dormían. Todo el barrio hacía la siesta. Solo los vendedores de cigarrillos sueltos se resistían a la llamada del sueño. Se quedaban en un rincón, fieles, esperando, confiando, con su pequeño transistor sintonizando en la radio de Tánger, Medi 1. Yo los amaba. Desde lejos. Nunca les hablaba. Me atraían. Eran los chicos malos. Los duros. Los malditos. Los “caras rajadas”. Bebían todas las noches vino barato escuchando a su musa, Oum Kalthoum. Los amo aún. No los olvido. Aquellos hombres de veinte o treinta años, delgados, rudos, mal afeitados, tiernos a su pesar, me los llevé conmigo. Aún siguen estando muy presentes en mí». Taia pretende demostrar a sus compatriotas que es normal, aunque reconoce que ser homosexual es «aceptar que estarás solo toda tu vida». «Tuve esa revelación cuando tenía quince años, y ahora con cuarenta y uno sigo creyendo lo mismo», confesaba en una entrevista a The Guardian.

El testimonio del escritor marroquí contrasta con la actitud demostrada por gran parte de la sociedad después de que el pasado 26 de junio el Tribunal Supremo de Estados Unidos fallase a favor de la legalización del matrimonio gay en todo el país. La decisión era histórica en tanto que anulaba la potestad de los diferentes estados para prohibir las uniones entre personas del mismo sexo. Hombres octogenarios con pelo canoso en la cabeza y en el pecho se besaban frente a los medios, Facebook permitía convertir las caras de sus usuarios en una bandera multicolor y las redes sociales hacían un grito virtual unánime con el hashtag #lovewins —«el amor gana»—.

En 1993, el escritor y profesor de la Universidad de Towson David Bergman publicó el ensayo The Gay and Lesbian Presence in American Literature, en el que explica que la homosexualidad era el gran tabú de la sociedad americana: «Los soldados que dicen estar preparados para morir por su país rechazan compartir duchas con homosexuales. Muchos de los que defienden hasta la muerte el derecho a la libertad de expresión serían capaces de silenciar a quienes hablan de este tema». Si a Abdellah Taïa su valentía literaria le supuso la condena moral y la amenaza por parte de la sociedad marroquí y a Édouard Louis una ruptura con su familia y su entorno, la razón quizá esté en el hecho de que sean novelistas y no poetas, como explica Bergman, quien apunta lo siguiente: «La gente reacciona diferente a la prosa que a la poesía. Un amigo mío escribió durante años poemas confesionales sobre esta temática sin ninguna objeción, pero cuando se decidió a escribir sus memorias, sus amigos se opusieron y le instaron a no hacerlo. En verso, la homosexualidad puede ser leída como una simple metáfora; en prosa parece pornografía».

Puede que el lector se ruborice cuando lea a Édouard Louis hablar de cómo se excitaba cuando su primo jugaba con él a simular sexo anal como en las películas porno pero se embelesa cuando recita los versos de Abu Nuwas, el gran poeta árabe del vino y del placer homosexual que ya entre los siglos VIII y IX escribía: «Si de juergas se tratara/ de beber vino sin mácula / o de pasarme la noche / junto a vírgenes luciendo / sus vestidos de luto negro / me veríais con razón / como héroe de los árabes».

Unas bolleras de cuidado, de Alison Bechdel.

A menudo lo universal es lo más íntimo. Sucede con Louis, con Taïa y también con Alison Bechdel (Pensilvania, 1960), dibujante y autora de la famosa tira cómica Unas bolleras de cuidado. A través de sus cómics, la estadounidense ha conseguido politizar la vida privada —recordemos que en los ochenta, ser lesbiana no era solo cuestión de orientación, sino una postura casi ideológica—, ha convertido las emociones, los amoríos y los dramas entre féminas en un asunto de Estado: en sus manos, lo rutinario e intranscendental se transforma en eslogan, en activismo, en pancarta —ahí está el test de Bechdel para identificar el machismo en el cine, que nace de una de tantas viñetas de la dibujante—. «Recuerdo que cuando era pequeña solo quería vestir como un chico y pelear con mi padre por ello», admite Bechdel. Es imposible librar su obra del remanente autobiográfico: en ella todo es una reivindicación de la bollera de pelo corto, con ropa masculina y que tiene alergia política al pene —esto es, al heteropatriarcado.

En el dramatismo pop del cineasta Xavier Dolan (Québec, 1989) el hueco que ocupa la homosexualidad desplaza otras cuestiones tangenciales como la adolescencia, la maternidad, el amor y el odio. Tanto Los amores imaginarios (2010) como Laurence Anyways (2012) rebuscan en la sexualidad del ser humano para rescatar los deseos y anhelos y mostrarlos de una forma caricaturesca. La estética que emplea, histriónica y exagerada, provoca que la obra no sea interpretada como un ejercicio de pedagogía hacia la tolerancia, como en el caso de Taïa y Louis, sino como una apuesta poética sobre el hedonismo y el sufrimiento que conlleva vivir como uno quiere, con la cabeza y la entrepierna bien arriba, con orgullo. «Laurence Anyways observa el mundo desde el prisma del año 2000, cuando nos invadió un optimismo explicable por la caída del muro de Berlín, el progreso médico contra el sida y la normalización relativa de la homosexualidad. Pero nos equivocamos. Desde 2000 solo nos han pasado cosas malas. Solo hemos presenciado mierda y más mierda», explicaba el canadiense en una entrevista en El País.

Su «malditismo» no es el de alguien que se erige como activista, no es el pesimismo de un marroquí que se ha ensuciado las manos escribiendo sobre las dificultades de ser gay, ni el de un francés de suburbio al que su propio padre llama «marica». Dolan rechaza la etiqueta de «cine queer» y ni siquiera pretende enviar un mensaje político o social, tal y como ha reconocido en varias ocasiones: «Hago películas con la idea de contar una historia. Si quieres hacer pensar a la gente, bien. Pero esta es la forma que yo tengo de escribir: la vida no es un camino de rosas, es complicada, la gente no acepta a todo el mundo y no es buena con todo el mundo. Mis películas no son acerca de ser homosexual o ser diferente, son acerca de ser tú mismo». Sin  embargo, basta con escuchar algunos de los diálogos de sus filmes —«Estoy buscando a una persona que entienda mi lenguaje, que cuestione no solo los derechos y el valor de los marginados, sino también de las personas que dicen ser normales», dice Laurence poco antes de explicarle a su chica que se siente mujer y lesbiana— para comprobar que hay cierta labor educativa en lo que hace aunque él no lo pretenda.

No sucede así en la cinematografía de Lisa Cholodenko (California, 1964) donde la intención de aleccionar es inherente a la obra. «Quiero retratar a las lesbianas como gente normal, detesto a los gais de manual. Quiero retratar personajes con los que me pueda identificar yo», afirmaba la directora en una entrevista en El Periódico. Si Bechdel rechazaba el stablishment homosexual, ese que parece decir «lesbiana, sí, pero no demasiado», Cholodenko lo recibe con los brazos abiertos en películas como Los chicos están bien (2010), donde retrata la vida familiar de un matrimonio formado por dos mujeres que se han inseminado artificialmente. No hay pretensión de visibilizar la vida en los márgenes de la sexualidad —como sí lo hacen Louis, Taïa, Bechdel o Dolan—; aquí se trata de naturalizar la homosexualidad con una postura cómoda sobre la misma: no hay trauma ni herida. «Me interesa mucho más llegar al público heterosexual que al de lesbianas», aseguraba la cineasta.

Si Maurice Sendak tejió un bosque para el díscolo Max en Where the wild things are (1963), numerosos autores han hecho lo propio a través de una creación artística para canalizar un desconsuelo. Un lugar para los monstruos, para los rechazados, para los que en la vida real fracasan al ser ellos mismos.

One Comment

  1. Es bastante complicado si decidirse por el optimismo o pesimismo.
    Por una parte los gays de 30 somos de los últimos que conocimos un atisbo de closet, algo que marca bastante y los adolescentes gay de hoy día viven, como casi toda la sociedad posmoderna, en un eterno presente donde ignoran completamente las luchas políticas y los sacrificios que se hicieron para que ellos y nosotros, los gays adultos, podamos vivir con mas libertad.
    Que no se me malinterprete, vidas atormentadas por ser gays como la de Edouard Louis existen ahora mismo en muchos países con matrimonio igualitario, porque los gays no nacemos en familias gays, si no que la lotería del destino nos puede hacer nacer en la familia mas homofobica que se imagine, en cambio otras minorías discriminadas nacen en familias “de su propia especie” por así decirlo.

    Si,pienso que los adolescentes gays necesitan urgentemente familiarizarse con las obras de Edouard Louis y ni que hablar de Tahia para entender la homofobia en otras partes del planeta, pero da la casualidad de que también estamos COMPLETAMENTE HARTOS de ese tipo de libros ya que refuerzan estereotipos de sufrimiento solo por ser gay.
    La orientación sexual no define toda la felicidad humana (a no ser que nazcas en el cairo o la franja de gaza, lo admito).
    Por eso también necesitamos ese tipo de historias bobas, romanticonas y optimistas que tanto abundan en filmografia y literatura heterosexual, con finales lindos bobos felices y románticos.
    Aunque intelectualmente la mayoría de heterosexuales son lo bastante perspicaces para saber que terminan en divorcios o rutinas, les gustan ese tipo de historias porque son buenas para la autoestima, ¿y saben que? a nosotros TAMBIÉN nos gustan historias gays similares.
    Recuerdo la critica que hacían personas heterosexuales sobre el corto de San Valentin de el corte ingles : “Si a todo” ,https://www.youtube.com/watch?v=jgqX3ukyiv8
    donde un chico gay se enamora de otro chico gay que es sordo. Ademas de los comentarios homofobicos de siempre, decían que es idealizado, que los dos son lindos, que muy ñoño, que se juntan por sus apariencias, que son estrategias para vender etc.
    Quizás si, ¿y que?, se creen que no somos capaces de enamorarnos con todo el sumum de boberias que implican? O que no nos gusta vernos reflejados en esas historias? Nos gusta tanto como a Uds.

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