Retrato de ausente: «La idea de un lago» y la memoria como rompecabezas - Jot Down Cultural Magazine

Retrato de ausente: «La idea de un lago» y la memoria como rompecabezas

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La idea de un lago, 2016. Imagen: Alina Film / INCAA / RTS / Ruda Cine.

Inés ultima un libro de fotografía y poemas. Está embarazada y es verano en Buenos Aires. Acaba de separarse del padre de la criatura. Decide entonces viajar con su familia a Villa La Angostura, en Neuquén, la Patagonia, donde pasa las vacaciones desde niña. Y en ese paraje conmovedor la historia rompe su linealidad y se convierte en esa constelación de instantes que fascinaba a Walter Benjamin. Con un centro ausente: el padre de Inés, militante peronista desaparecido por la dictadura de Videla en 1977. Tal vez la pérdida sea el corazón de La idea de un lago (2016), segundo largometraje de la cineasta argentino-suiza Milagros Mumenthaler que el próximo 7 de abril se estrena en España. Con Abrir puertas y ventanas, Mumenthaler ganó en 2011 el Leopardo de Oro del Festival de Locarno.

«Había algo que me conmovió al leer el libro», explica desde Buenos Aires, «porque justamente no hablaba de los hechos, sino de lo que queda. Para mí, la película es sobre eso, cómo se vive con eso, con lo que queda». El libro al que se refiere es Pozo de aire, un volumen de poemas y fotografías de la escritora Guadalupe Gaona, que forma el esqueleto de La idea de un lago. «Tiene como siete u ocho poemas y fotografías del archivo personal de la autora y de su familia, además de otras que sacó ella, y que están relacionadas con Villa La Angostura», dice la directora. El padre de Gaona es también un desaparecido. El prólogo de Pozo de aire, autobiográfico, es el mismo texto que Inés lee en una escena de la película. Y la casa junto al lago de La Angostura, escenario fundamental del filme, es donde la poeta pasaba su infancia anterior a la aniquilación de la inocencia.

Para Víctor Erice, todo cine contiene elementos documentales. Por ejemplo, Strómboli funciona también como un documental sobre el rostro de Ingrid Bergman, afirmaba el autor de El espíritu de la colmena —con la que, por cierto, alguna crítica ha relacionado La idea de un lago—. Milagros Mumenthaler desbota igualmente antiguas taxonomías. «Me interesaba plasmar el elemento documental de Pozo de aire en la película, la locación y las fotos del volumen. Todas las fotos que aparecen son reproducciones tal cual de las que aparecen en el libro», relata, «yo aporto el elemento de ficción. Los personajes son ficticios, claro, pero combinados con elementos documentales». Como un juego de espejos quebrados, este rompecabezas narrativo en el que se alternan diferentes estratos temporales —Inés, la protagonista presente de la historia, aparece en tres momentos diferentes y distantes de su vida— no repara en divisiones genéricas y se adentra en lo íntimo a partir de un trauma colectivo: «Quería intentar retratar el sentimiento de una hija que perdió a un padre de esa manera tan trágica. Pero quería abordar los hechos desde un lugar que tenía más que ver con lo cotidiano y con los que quedan. Eso es lo que me atrajo del libro de Gaona».

La idea de un lago es una película intimista, por momentos casi de cámara. Además de Inés, interpretada por la actriz Carla Crespo, su madre y su hermano sostienen una trama que, en vez de avanzar, excava. Y en la que la historia, esa historia terrible que, con patrocinio estadounidense y protagonismo de las burguesías nacionales, convirtió América Latina en una fosa común en los años setenta y ochenta, emerge apenas puntualmente. Pero lo hace como un chispazo que ilumina la oscuridad de la ausencia. Y contribuye a reconstruir el relato de la existencia de los personajes. «En su vida adulta, Inés intenta relacionarse de alguna manera con su padre», expone Mumenthaler, «de hecho, el libro que está haciendo es también intentar acercarse a él de algún modo, buscar respuestas, estar en contacto». Porque los desaparecidos no han desaparecido. La cineasta recupera la idea del fantasma. Y no como licencia poética, sino como la realidad que viven numerosos amigos y familiares de asesinados por las dictaduras. «Entre las muchas entrevistas que hice para preparar la película, una chica me contaba, por ejemplo, que un día entró a su casa, con su hija, y que de repente un hombre se metió en su domicilio. Su marido lo sacó corriendo, pero ella me decía que, por medio segundo, pensaba “¿y si era él?”», relata; «Ya sé que no es un pensamiento racional, pero está ahí, porque al no haber cuerpos… Cualquier aparición lleva a esos lugares».

En Argentina, el Proceso de Reorganización Nacional —así denominaron los milicos comandados por Videla la sangrienta dictadura que pusieron en marcha con el golpe del 24 de marzo de 1976— desapareció a treinta mil personas. El Estado no admitía que las secuestraba al margen de cualquier legalidad, por infame que esta fuese. Nunca nadie volvía a saber de ellas. Con la restauración de la democracia formal en 1983, el Gobierno del presidente Raúl Alfonsín, del Partido Radical, inició los juicios a los militares. «Todo fue enseguida, y me parece positivo, porque se habló del tema», recuerda Milagros Mumenthaler, que en ese año contaba seis y residía en Suiza, a donde se habían exiliado sus padres. «Después el menemismo quiso borrar aquello de Alfonsín, pero llegó el kirchnerismo y también hizo cosas, muy positivas. Les dio a los familiares un lugar para reivindicar su propia historia». Aunque, efectivamente, existieron políticas contra el olvido y el Nunca Más se instaló socialmente, a Mumenthaler le sorprende el regreso, paralelo a la entrada en la Casa Rosada de Mauricio Macri, de «voces reaccionarias, de ese doble discurso que dice “bueno, también se la buscaron”».  

Imagen: Alina Film / INCAA / RTS / Ruda Cine.

En ese medio ambiente, La idea de un lago vuelve a asediar la fractura y el horror. Pero desde otro ángulo. «El cine de Argentina ya ha tratado mucho este tema. Volver a contar los hechos a mí no me interesó, no me pareció tan interesante. A pesar de que, después de los doce años del kirchnerismo y de su apoyo a las políticas de derechos humanos, ahora vivimos un periodo como que reflota ese otro discurso», dice, «pero, ya digo, volver a esos hechos no era mi intención. Porque me parece que nadie puede dejar de empatizar con lo que le sucede a Inés internamente. Eso sí me parece irrefutable». Inés rebusca en los hechos que construyeron su identidad, en las contradicciones y en la violencia, en una memoria frágil de cosas que nunca sucedieron: solo una fotografía retrata juntos a la protagonista del film y a su padre secuestrado por la dictadura. «Y no todo es desgracia en esa historia», puntualiza Mumenthaler, «como que más allá puede haber también momentos plenos, momentos vacíos, se puede vivir igual. Se pueden encontrar momentos de paz. Eso dice la película. Pero hay una tristeza que no deja de ser irreparable».

Ni siquiera la fantasía de la que se vale la niña Inés, y que provoca una de las escenas más memorables de La idea de un lago al son de Neil Diamond, sirve para olvidar. Más bien al contrario. «Sí hay una inocencia de Inés que se pierde con los años. Lo lúdico es más difícil de mantener», considera, «pero existe una especie de fantasía que mantiene de adulta». Y que está relacionada con la herida de la desaparición: «Cuando ella es más grande, aparece en la película mirando una foto y preguntándole a su padre “cómo me estabas mirando, quiero ver tu mirada”. Siempre está haciéndose preguntas». De hecho, el libro que prepara Inés, ese trasunto de Pozo de aire, no deja de ser una gran pregunta sobre una cuestión para la que no parece encontrar respuesta. Tampoco en ese paisaje sobrecogedor de La Angostura, donde la Patagonia se metamorfosea en fotogramas alpinos y donde Inés percibe cómo se conserva el rastro de su padre.

«Para Inés, los encuentros con su padre no hubiesen sido los mismos si no hubiesen sido en esos paisajes. Si se hubiese quedado en Buenos Aires durante sus vacaciones, su recuerdo habría sido otro». Los parajes de Villa La Angostura funcionan como depósitos de una memoria agujereada, corroída por el tiempo y por los silencios históricos. «Sin embargo, cuando uno se mete en la naturaleza», relata Mumenthaler, «los tiempos ya son otros. La experiencia del ser humano con la naturaleza tiene algo que no cambia. Una persona paseando por el bosque hace doscientos años va a sentir lo mismo que una persona haciéndolo hoy en día». La naturaleza contra la historia, parece sintetizar la cineasta, quien, no obstante, es consciente de las implicaciones que enlazan La idea de un lago con un cine argentino enfrentado a las causas y consecuencias de la dictadura ya desde la restauración democrática en 1983. Con esa mezcla de apuesta geopolítica y cura de remordimientos por el imperialismo cultural que conforman el Óscar a la mejor película extranjera, Hollywood premió ya en 1986 La historia oficial, de Luis Puenzo, sobre una hija de desparecidos criada por golpistas. «Entonces se instaló algo en la Argentina como muy fuerte, que aquello no podía volver a suceder. El Nunca Más», añade. Y todo este proceso de duelo, memoria, cicatrices fue apareciendo en el cine. «Sí, el tema de los desaparecidos no es algo solapado o escondido, está muy presente en las conversaciones», declara Mumenthaler.

El nuevo cine argentino —o no tan nuevo: «Hace ya más de 20 años»— del que la directora de La idea de un lago se reconoce parte, tampoco escapa del tema. Pero Mumenthaler detecta los puntos en común de autores como Lucrecia Martel, Lisandro Alonso o Albertina Carri —que en su filme Los rubios aborda su propia memoria sobre sus padres desaparecidos— «en la manera de narrar, de enfocar los temas, de manejar los tiempos y los espacios». «Me parece que hay un cine argentino que busca cierta autonomía, con mucha personalidad, a pesar de que haya voces muy distintas», se extiende, «y detrás de ello tal vez se encuentren los diferentes esquemas de producción, que hacen que las películas sean como son. No es lo mismo hacer una película con dos millones de dólares que hacerla con diez millones». Este otro cine sigue encontrando la oposición, añade, «de los exhibidores, que piensan que ni van a funcionar, porque no plantea una narración lineal… Me parece que hay que pensar cuál es la solución al después de hacer una película más allá de los festivales». Pese a ello, La idea de un lago sí funcionó en Argentina. «La gente conecta mucho con ella. Me sorprendió. Es cierto que aquí el público conoce mucho la historia y le es más fácil identificarse con Inés. Pero es como interesante ver qué va a pasar con el público en España», remata.

Imagen: Alina Film / INCAA / RTS / Ruda Cine.

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