Jot Down Cultural Magazine – El Río de las postales

El Río de las postales

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Fotografía: Jimmy Baikovicius (CC).

El milagro en Río es la superposición: cómo la ciudad mítica, el Río de las postales, se impone a la real. Está siempre con ella, ligeramente por encima: como una sombra de luz, o una aureola. La potencia de la ciudad mental, que lleva el viajero, y también el habitante de Río, condiciona la percepción. No dejamos de advertir sus defectos, pero estos quedan absueltos casi al instante: como si el convencimiento de una alquimia (un dispositivo no premeditado: ¿un autoengaño?) transformase la suciedad en oro. Estar en Río es ser un rey Midas de la mirada. Alguien escribió al llegar: «Nunca pensé que mis ojos valiesen tanto». Tal vez sea por el amor: Río de Janeiro es una ciudad que enamora y sus amantes ya van tergiversados por su filtro amoroso. Por más que se desplome la ciudad real, la ideal está siempre sustentándola.

Yo mismo, encima del Pan de Azúcar, veía los desperdicios de la playa Vermelha de abajo, o, enfrente del Pan de Azúcar, los de la playa de Botafogo. Toda la bahía de Guanabara es un basurero flotante, al igual que la laguna (la Lagoa) que está al pie del Corcovado. Produce pena y depresión. Pero uno se descubre al momento soslayando las inmundicias. Hay una fuerza que vence: la fuerza de lo que queda de belleza, que es muchísimo.

Está además la delincuencia. En el año 2000 me encontraba en la ciudad cuando estrenaron la película Bossa Nova, una comedia sentimental flojísima de Bruno Barreto, que solo valía por lo bonito que salía Río. El director había optado abiertamente por una estética de postal y la prensa ironizaba. Leí, por ejemplo, que una mujer había quedado con una amiga para ir al estreno. Mientras la esperaba ante su portal de Ipanema, decía, «sentí eso tan familiar para un carioca: el cañón de una pistola apuntándome a la sien». Le robaron lo que llevaba encima, pero aun así fue con su amiga al cine. Y a la salida comentó que qué ciudad maravillosa la que salía en la película, que era en ella donde le gustaría vivir. Lo bueno era que, con su distanciamiento y todo, ella sabía que estaba viviendo justo en aquella ciudad.

A mí me costó trabajo encontrar Río. Exactamente, media jornada. Llegué un 21 de marzo y en la radio del taxi hablaban del comienzo del otoño, «la estación melancólica de los poetas, de las hojas caídas…». Pero el sol era radiante y hacía un calor como el del verano en Madrid. Rubem Fonseca se quejaba del eurocentrismo que no tenía en cuenta el calendario tropical: su novela Agosto se editó en Francia como Un été brésilien. Pero al parecer los propios cariocas acogían gustosamente los tópicos del otoño europeo. Mi asiento en el avión me había impedido ver la ciudad desde el aire. Yo me había imaginado una llegada como la del «Samba do avião» de Jobim, pero ni siquiera desde el taxi pude ver nada reconocible. Extensiones de favelas, un callejeo, túneles y la llegada al hotel, en una de las calles interiores de Copacabana. Salimos (yo iba con N., que había vivido allí algunos años) y, entre el solazo, el jet lag y los edificios altos del paseo marítimo, me sentí agobiado y con un sentimiento hondo de decepción. «¡Esto es Benidorm!», no paraba de decirle a N. Luego vi ya el Pan de Azúcar, y asomando por detrás de los edificios el Corcovado, y más tarde la roca de Arpoador, desde la que se veía ya el morro Dois Irmãos y la Pedra da Gávea. Nos tomamos unas cervezas y unos espetinhos de pollo en el bar Garota de Ipanema, donde se compuso la canción, y antes de que se hiciera de noche ya me había enamoriscado de Río.

El enamoramiento de verdad, el flechazo, ocurrió al cabo de una semana. Nuestro plan era estar un día en Río, viajar a Belo Horizonte y a Vitória, donde N. tenía que visitar a su familia y resolver ciertos asuntos burocráticos, y al fin volver a Río, donde pasaríamos casi un mes. En el autobús de regreso estuve leyendo Noites tropicais, las memorias musicales del letrista y productor Nelson Motta, que van desde el nacimiento de la bossa nova con João Gilberto, que frecuentaba la casa de su padre, a finales de la década de 1950, hasta el lanzamiento de Marisa Monte a finales de la de 1980, que dirigió él; en medio, el tropicalismo (Motta, de la generación de Caetano Veloso y Gilberto Gil, fue el periodista que aplicó el término), los festivales, su amor por Elis Regina, la música disco brasileña (Motta montó la primera discoteca de Río, situada en el morro de Urca, el que está al lado del Pan de Azúcar), su amistad con Tim Maia y el rock… En algún momento de mi lectura se produjo el clic y quise llegar a Río cuanto antes, y conocer bien Río, y saborearlo y vivirlo. El primer paseo de aquella noche, tras dejar las cosas en el hotel de Copacabana, fue ya el de un enamorado.

El amor se incrementó con los días en la ciudad, y con las lecturas de después, libros de memorias y biografías fundamentalmente: atisbos de la ciudad a lo largo de los años, en las vidas de otros. La historia de la bossa nova de Ruy Castro, que da cuenta de todo el grupo y en especial de João Gilberto; la biografía de Noel Rosa, de João Máximo y Carlos Didier, que ofrece un magnífico retrato de Río desde 1910 hasta 1937; la historia del tropicalismo, de Carlos Calado; la biografía del periodista y autor teatral Nelson Rodrigues, también de Ruy Castro (una biografía que es al tiempo una historia del periodismo y la política del Brasil del siglo xx; incluye la construcción del estadio de Maracanã y la implantación de las puntuaciones en el desfile del carnaval, en que tuvo mucho que ver el hermano mayor de Nelson, Mário Filho); y las biografías, en fin, de Orlando Silva, Antonio Carlos Jobim, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão, Chico Buarque, Tim Maia, Cazuza, Hélio Oiticica, Vinicius de Moraes… Antes de mi viaje había leído otros libros, de Machado de Assis, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o las memorias de Caetano Veloso, Verdade tropical; pero aquel Río era aún abstracto, como el de las canciones, las películas, las fotos, los dibujos animados, los anuncios y los documentales. O, más que abstracto, era un Río en avanzadilla, que iba a tomar cuerpo en el de verdad, al tiempo que lo realzaba con la mencionada idealización.

Fotografía: Diego Torres Silvestre (CC).

El Río de las postales es el de la rutilante Zona Sur (Flamengo, Botafogo, Leme, Copacabana, Ipanema, Leblon…), el de Lapa, con sus arcos, y el del centro histórico. De la Zona Norte, asfixiada, polvorienta, apenas se cuela el estadio de Maracanã, cerca de Tijuca y Vila Isabel. Chico Buarque se acordó de ese Río postergado en «Subúrbio», una canción triste y emocionante, en la que, además de repasar los hermosos nombres de esos barrios (Penha, Irajá, Vigário Geral, Nova Iguaçu, Maré, Madureira, Pavuna, Inhaúma, Realengo, Meriti, Pilares…), presenta esta antipostal: «Allí no hay brisa / no hay verdeazules / no hay frescura / ni atrevimiento / […] Casas sin color / calles de polvo, ciudad / que no se pinta / que no es vanidosa / […] No hay turistas / no aparece en foto en las revistas / Allí está Jesús / pero de espaldas». Y pide: «Desbanca a la otra / esa que abusa / de ser tan maravillosa».

La denominación de Río como ciudad maravillosa la acuñó en 1912 la francesa Jeanne Catulle-Mendès y se consagró en 1935 con la célebre marcha de carnaval de André Filho, «Cidade maravilhosa», que se erigió como himno. Como escribe el economista Carlos Lessa en O Rio de todos os Brasis, Río fue de ese modo «la tarjeta de visita del país y el certificado de brasileñidad, en tanto lugar único que combinaba la naturaleza tropical con la modernidad urbana». Tras las reformas de principios del siglo xx, se la consideró también el París de los trópicos; un París con mucho de Lisboa. Y a finales de ese siglo, con la proliferación de los shoppings y la expansión hacia Jacarepaguá y la Barra da Tijuca (expansión reforzada por estos Juegos Olímpicos de 2016), empezó a escorarse hacia una especie de Miami sudamericana, no del gusto de todos. Gal Costa la cantaba en la década de 1960, con palabras de Caetano Veloso, como «a melhor cidade da América do Sul».

Pero su carácter más perdurable es el de Río como paraíso tropical. Dice Ruy Castro en Río. Carnaval de fuego que cuando Américo Vespucio llegó en 1502 «vio en Guanabara algo muy parecido a la idea que los antiguos se hacían del Paraíso: un carnaval de montañas, sierras, playas, ensenadas, islas, dunas, restingas, manglares, lagunas y bosques, todo bajo un cielo sin fin. Una obra maestra de la naturaleza, habitada por gente feliz, bronceada y amoral: hombres y mujeres que vivían cantando y bailando al sol, todo el mundo desnudo, fornicando alegremente en matorrales y arenas, durmiendo en hamacas a la luz de la luna o en románticas chozas de paja, y con gran abundancia de frutas, pájaros y peces al alcance de la mano. Nadie tenía necesidad de plantar, solo de recoger, y viva la vida». Sobre su geología apunta Lessa: «Todo está muy erosionado, con formas redondeadas y pulidas. La sensualidad de los cerros es producto de la antigüedad de los movimientos tectónicos. Son formas que no intimidan, sino al contrario, invitan a abrazarlas y a tocarlas». Y de nuevo Castro: «Por más que los hombres hayan intentado destruirla en todos estos siglos, Río ha resistido al urbanicidio que ha asolado a otras metrópolis. De las grandes ciudades modernas, es de las pocas que pueden reconocerse fácilmente en mapas y grabados del siglo xvii: ya estaban allí (y estarán siempre) las montañas que forman el skyline carioca».

Aunque hay excepciones en el aprecio: ya sabemos que el antropólogo Claude Lévi-Strauss detestó la bahía de Guanabara. En Tristes trópicos estropea la postal: «Después de esto me siento aún más embarazado para hablar de Río de Janeiro, que me rechaza a pesar de su belleza tantas veces celebrada. ¿Cómo decir? Me parece que el paisaje de Río no está a la escala de sus propias dimensiones. El Pan de Azúcar, el Corcovado, todos esos puntos tan alabados, se le aparecen al viajero que penetra en la bahía como raigones perdidos en los rincones de una boca desdentada. Casi constantemente sumergidos en la bruma fangosa de los trópicos, esos accidentes geográficos no llegan a llenar lo suficiente un horizonte como para que uno se sienta satisfecho». En las crónicas del argentino Roberto Arlt desde Río en 1930, recogidas en Aguafuertes cariocas, asistimos a una exasperación creciente, que termina cuarteando la imagen de postal que transmitía al principio. Tampoco Saramago estaba cómodo en Río. Como recoge en su diario, se sentía desorientado en la ciudad, «dividida como está, en tres o cuatro partes que se comunican por túneles». Cuando al fin sube al Corcovado, «localicé los accidentes orográficos perforados por los túneles, tracé mentalmente las vías de comunicación, puse nombre a los barrios, situé las playas, identifiqué las montañas de los alrededores, hice inventario de las favelas y de los barrios lujosos». Lo aprendió entonces todo, pero «me bastó regresar al nivel del mar y a Copacabana para empezar a desaprender». También Bioy Casares confesó en Unos días en el Brasil que se encontraba «un poco abrumado en esta ciudad populosa y vertical, sin esperanzas de entenderla topográficamente».

De esta incomodidad en la «ciudad del paraíso» se ha ocupado recientemente Javier Montes en Varados en Río, donde rastrea las experiencias cariocas de Rosa Chacel, Stefan Zweig, Manuel Puig y Elizabeth Bishop. Son disonancias que, de algún modo, tienden un puente individual con las disonancias colectivas: las de la herencia de la esclavitud, la pobreza, la desigualdad social, la violencia, la del fracaso político. Río de Janeiro es, al cabo, una Cidade partida, como supo ver el periodista Zuenir Ventura en el libro que tituló así. En él estudiaba el Río violento de la década de 1990, con los crímenes del narcotráfico en las favelas y los de los escuadrones de la muerte vinculados con la policía, pero situaba su origen en el Río dorado de las décadas de 1950 y 1960: esbozaba una crónica noir que iba en paralelo a la solar de la bossa nova. Esa crónica, de hecho, ya la fue trazando en aquellos años el cronista Antônio Maria, quien, como señalaba Ruy Castro, escribía en los periódicos sobre el lado oscuro de Copacabana al mismo tiempo que triunfaban las canciones que la mitificaban, como la que llamaba a aquella playa «princesinha do mar». Pero la división se aprecia en el propio Antônio Maria, que es autor de «Valsa de uma cidade», otro de los grandes homenajes al Río luminoso: «Rio de Janeiro, gosto de você…».

Y es que los cariocas, los brasileños en general, tienen el arma para manejarse en esa división: la alegría. La alegría particular de los brasileños, que acoge con naturalidad la tristeza, según proclama el samba. El filósofo francés Clément Rosset llamó a la alegría «la fuerza mayor». Y esa es la fuerza, a fin de cuentas, que eleva a la ciudad: el contagio de su gente. El visitante que se deja encuentra ahí la verdadera fórmula del Río de las postales.

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