
Cuando nací me envenenaron la cabeza. Me dijeron que peleara, pero no soy de esos. Decían que era un blando, pero no me importaba. Era el débil engañando a los ciegos. («If I Could Fly»)
Tubos de neón en la salita, mullets, baterías electrónicas, barcos de guerra ingleses tomando unos islote a trescientos kilómetros de Argentina por los ovarios de la Thatcher, arte «conceptual», más laca de la que puede soportar una capa de ozono, hombreras para llevar siete loros, loros Sanyo de diez kilos para llevar sobre los hombros, yuppies de Wall Street con corbatones de payaso, yuppies de Galicia con la cabeza barnizada de gomina, los pelotazos, y a enterrar la cabeza en montañitas de farlopa… Los ochenta y sus atentados éticos y estéticos merecen un bis en la Ley de Memoria Histórica, aunque, a diferencia de los crímenes franquistas, los crímenes de todas las movidas del mundo moderno (entonces) han sido debidamente pagados y cobrados. Unos pagaron con la muerte el exceso de estupefacientes y sexo sin protección, otros fueron enviados a las mazmorras del ostracismo, y todos nosotros, también culpables, como el que compra una radio robada, penamos nuestra debilidad ante la ignominia en el peregrinaje de los sábados por la tarde a Ikea, con el nene mayor demostrándonos su desprecio en cada monosílabo y la peque devorando una tras otra las sagas enteras de Peppa Pig, Dora la exploradora y La patrulla canina en el DVD del reposacabezas. Justo detrás de nuestra nuca, donde a algunos con algo más de suerte les pegan el tiro de gracia.
Llegué a la ciudad con la cabeza llena de sueños. La ciudad era segura, pero no estaba preparada para mí. («Wrong»)
Boy George, el verdadero protagonista de esta historia, pagó su ascenso a la iconografía ochentera con algo de muerte, todo el ostracismo y con la cárcel. Pero todavía queda trecho hasta llegar al penal de Pentonville y a su De Profundis particular. Quien eludió el sida, esquivó sobredosis como el gambitero que se quita de encima defensas numantinas y afrontó —a la fuerza ahorcan— el pozo de la vanidad superlativa vivida en el semiolvido merece atención al detalle y acaso una pizca de redención. Al fin y al cabo, los ochenta, él y todos nosotros somos hijos de la más pura tradición judeocristiana, y en este relato hay mesianismo, hay culpa, travesías por el desierto y una Sodoma en llamas.
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»Las malas decisiones nunca excluyeron a las buenas y, de hecho, es la única razón por la que has leído hasta aquí…»
Así es.
Buen artículo.
Muy buen párrafo sin duda ese último.
Cómo anécdota ¿Quién puede olvidar a M. A. Barracus y el resto del equipo bailando al ritmo de Boy George?
Memoria histórica? Malas decisiones? culpa juedeocristiana? Sin pareja conocida? Disfuncional? Ultracatolicismo? Nacho Vegas?
Vamos que le estáis poniendo a bajar de un burro, lo que no hicisteis con el otro George…
Solo faltó decir que es un degenerado del capitalismo…
En fin, también hay que recordar que Culture Club fue el primer grupo «diverso»; Y Boy George de egotrip nada, anda que no ha ayudado a gente a lanzar sus carreras en su sello More Protein Records o la introducción del dub, el dancehall y el lover´s rock en la new wave…
Salud camaradas y que Dios os bendiga!
https://www.youtube.com/watch?v=aqk169i2HMM
Tienes razón. Escriben De Profundis, pero Sin profundizar en nada
El chaval sigue igual, pidiendo vuelo en primera clase, hotel 5 estrellas y 10 000 euros por actuación en España.
Apunte sobre la intro: Ojalá las Malvinas estuvieran a 300 kilómetros del continente. Si se viaja en barco, los 200 kilómetros que faltan son el suplicio supremo y el duelo definitivo entre el miedo y el frío. Esas son las aguas donde se marean los que no se marean.
Estoy convencidîsimo de que si las Malvinas no las hubieran reclamado nunca nadie allí no vivirìa ni dios. Los británicos son así, con tal de mantener el espíritu imperialista son capaces de pelearse de frío en un islote de mierda en mitad del Atlántico. De hecho, la porción de tierra más remota del planeta, la que está más alejada de cualquier otra porción de tierra, también en el Atlántico, pertenece al Reino Unido. Tristán de Acuña, se llama el lugar… Y por cierto, buscan habitantes.
Los 80 fueron muy chungos, si, pero muy grandes!
Una década inolvidable para lo malo y para lo bueno.
Y Boy George, una referencia más.
Buen artículo.
De aqui a 30 años, a ver quien se acuerda de los que cantan ahora!