En busca de la sonrisa perdida

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Fotografía: monica y garza (CC).

La felicidad tiene mejor prensa que la tristeza. Sus manifestaciones en el rostro también. Al ser humano se le tiene casi censurado el llorar, pero se celebra la sonrisa, sin importar el motivo. Existe un bombardeo cotidiano argumentando que «es preferible reír que llorar». Este ingrediente se mezcla con otro muy habitual en nuestros tiempos, el culto a lo bello, para dar cabida al desarrollo de una disciplina cada vez más promocionada en diversas ramas de la medicina, la estética. En odontología es frecuente ver congresos sobre el tema, encuentros, reuniones y clínicas privadas que se especializan en «estética dental».

Adornos en la boca

Investigando sobre historia de la odontología se constató que, antes de los primeros empastes por caries, los «médicos-brujos» que hacían de dentistas se dedicaban a la estética. Los mayas, por ejemplo, perforaban sus dientes para incrustarles piedras de jade. También los aztecas y los incas se especializaron, por motivos religiosos, en el tallado dentario, la coloración y la incrustación de piedras preciosas. No fueron quienes acuñaron la frase «para presumir hay que sufrir», pero podrían haberlo sido.

Los etruscos fueron los primeros que, quizás más allá de lo religioso, realizaron reposición de piezas con diversos materiales, conchas marinas, dientes de buey. Con metales nobles hacían prótesis dentales muy elaboradas, sosteniendo huesos u otras piezas muy trabajadas por artesanos.

También los egipcios incrustaban piedras preciosas, como adorno o por motivos religiosos, para marcar el linaje. Al parecer fueron los primeros en usar crema dental para la higiene. Algunos autores aseguran que usaban orina como enjuague bucal. Quienes defienden la «orinoterapia» rescatan esa costumbre. Los enjuagues, no con orina por cierto, también se cree que se usaron en la Roma antigua, junto con la costumbre de limpiar los dientes con palillos. Aunque el cepillo de dientes actual  fue un invento de la China antigua (de la región, no de una anciana oriental).

En África se descubrió el limado de dientes con motivos rituales. Algunas tribus cambiaban la forma de sus dientes para parecer más agresivos durante las guerras.

Algunos grabados asiáticos muestran a unas geishas pintando sus dientes de negro, al parecer para diferenciar el papel de la amante del de la esposa.

El uso de joyas y tatuajes se mantiene en algunos grupos étnicos y tribus urbanas (ver La La land, perdón, hubo un error, la que tiene un protagonista con un  adorno para dientes es Moonlight).

Una rama de la filosofía

Lo curioso es que la estética es la rama de la filosofía que estudia la esencia y la percepción de la belleza. Aunque los carteles publicitarios parecen señalar que «es la especialidad que te pone los dientes blancos». Existe un concepto más amplio, que marca a la estética como el estudio de las experiencias y juicios, de la naturaleza y principios de la belleza. Algunos autores hablan de «calología», ciencia de lo bello. En cambio, otros filósofos como Mario Bunge dicen que la estética no es una disciplina. Elena Olivares agrega el factor subjetivo cuando define la estética como la marca de modernidad de ese momento.

Muchos filósofos han hablado de estética. Desde Platón («también decimos que hay algo bello en sí y bueno en sí») hasta Schopenhauer: «La belleza consiste en la representación fiel y exacta de la voluntad en general».

Existe también una rama de las ciencias sociales llamada historia de la estética. Y no podía faltar el concepto de «antiestético» y sus defensores, como decía el Marqués de Sade: «Lo horrendo, grotesco y desconcertante, lo atrozmente impactante, también puede ser bello». El año pasado, Demi Moore defendió, sin saberlo, dicha teoría colgando en sus redes sociales una foto sin uno de sus dientes frontales.

Parece evidente que estamos ante un concepto dinámico, subjetivo y que cada grupo humano establece en un tiempo determinado. Por esa medida  se relaciona con la palabra «moda».

El culto a lo joven, y a veces a lo exuberante, marcó una sonrisa grande y blanca como atractiva.

La sonrisa rota

Prótesis dental de George Washington. Imagen: The Library of Congress.

Más allá de la estética, los tiempos modernos, de la mano con la elaboración de azúcares refinados, trajeron la epidemia de caries dentales, y su posterior ennegrecimiento de dientes y pérdida masiva de piezas en algunas personas. Se agrega el factor del tratamiento, ya no con tantas opciones y por motivos más cruentos. En la prehistoria, los ancianos, de unos cuarenta años, morían con sus dientes erosionados por el uso. Nuestros ancianos están asociados a las prótesis dentales. Es posible que las generaciones futuras, con otra educación sanitaria, vuelvan a tener dientes naturales. Lo que no queda tan claro es como será los dientes tuneados por motivos estéticos.

Las necesidades estéticas han sido motor clave en el desarrollo de la odontología. Famoso es el caso de las prótesis dentales de George Washington, de diversos materiales; una leyenda afirmaba que eran de madera, pero se supo que, después de varias pruebas, su dentista John Geenwood le elaboró una de oro y marfil de elefante. Usó varias, con dientes humanos (en plan «Berenice») y piezas de caballo, vaca y burro, incluso de hipopótamo. El presidente de los Estados Unidos tuvo una vida de sufrimiento debido a la necesidad de masticar, sonreír y soplar las velitas en sus cumpleaños. De ahí su fama de no sonreír ni en los billetes.

Podemos diferenciar la necesidad de función de la estética. Los primeros empastes e incrustaciones metálicas eran señalados como antiestéticos, refiriéndose a su aspecto metálico, y por el contrario el avance de los acrílicos, las resinas compuestas y las cerámicas les agregaron el factor de reponer la estética hasta el momento actual, en que es difícil diferenciar un diente  natural de uno artificial.

Las coronas-fundas deben reemplazar no solo la estética, sino la función, lo que ha obligado al uso de metales. Al principio eran totalmente metálicas, luego se les dio estética revistiéndolas de cerámicas y porcelanas, y actualmente son más estéticas, con los núcleos de zirconio, un metal del color del diente. Tanto en las prótesis fijadas a dientes naturales o implantes como en la prótesis que el paciente puede retirar, la estética ha logrado muchos avances.

Blancos y derechos

Si cerramos los ojos e imaginamos una sonrisa hermosa, nos deslumbrarán una fila de dientes blancos perfectamente alineados, armónicos con la cara en cuanto a tamaño. Esa imagen se usa como sinónimo de salud, aunque las principales enfermedades bucales pueden estar presentes. El cáncer de boca se manifiesta como una herida que no cura, duele y tiene un ganglio, la periodontitis se manifiesta con movilidad de los dientes, la gingivitis tiene como síntoma principal el sangrado de las encías e incluso las caries suelen ser más frecuentes en molares posteriores y caras proximales, siendo difícil su detección hasta estados avanzados.

Irónicamente, una sonrisa amarillenta puede ser por dientes muy calcificados, pero no implica que no sean órganos limpios y sanos, aunque no sean del tamaño armónico con la forma de los labios.  

Este error es especialmente grave cuando se señala a poblaciones enteras y hasta se envían sanitarios para resolver el «gran problema». Hay numerosos casos de odontólogos enviados en una comisión sanitaria a los campamentos saharauis, por ejemplo, o a zonas rurales de África, porque quienes veían los dientes con líneas marrones creían que estaban muy afectados por caries u otras patologías. Ese color no es producto de una enfermedad bucal, sino de fluorosis, por exceso de consumo de agua con minerales, en especial flúor, que en altas dosis produce ese oscurecimiento que no tiene tratamiento ni especial consecuencia, salvo que creas que deben ser blancos porque así lo dice tu entorno.

En definitiva, que se puede ser feo y sano, aunque la publicidad diga lo contrario. No sería necesario señalar esta obviedad si no fuera porque la influencia de los medios de comunicación ha generalizado el concepto de salud asociado a un tipo de estética determinado, que además contamina toda nuestra civilización, donde se quiere imponer que lo bueno es lindo y lo malo es feo.

Sonrisas y lágrimas

Fotografía: Daniel Oines (CC).

Hace pocos años, ver a un peque con ortodoncia era un pequeño estigma. Los brackets y las gafas completaban la caricatura de la «fealdad» (ver Betty la Fea, cuyo paso de patito feo a cisne fue la retirada de la ortodoncia). Esto ha cambiado. La menor incidencia de caries y la mayor frecuencia de visitas al dentista han establecido nuevas prioridades. Actualmente es más común detectar las maloclusiones (que son el diagnóstico que lleva al tratamiento de ortodoncia). Esta disciplina también ha evolucionado. Una maloclusión no solo es tener los dientes torcidos, se puede tener alterada la mordida y generar problemas más importantes que incluso comprometan la vida del diente a largo plazo. Para prevenir las maloclusiones son importantes los hábitos, la lactancia materna, respirar bien, no chuparse el dedo, no perder piezas de forma prematura. Pero, aun así, factores óseos o genéticos pueden hacer que haya problemas de este tipo. Si se actúa en edad infantil, la ortopedia (‘niño derecho’) puede hacer que, cuando los dientes permanentes aparezcan, los huesos maxilares estén en mejor posición. Aun así, según el caso, es frecuente recurrir al tratamiento de ortodoncia (‘diente derecho’). Actualmente los brackets clásicos son más pequeños, pero además existe la ortodoncia lingual, los brackets color diente e incluso la ortodoncia invisible (una serie de férulas a medida que, con unas guías y mucha paciencia, resuelven algunos casos). En teoría todos apuntan a un mismo patrón, una forma de mordida más sana, armónica, estética. La moda trajo llamativas excepciones: Algunos fans de Madonna querían imitar su diastema (separación de dientes anteriores). A pesar que Ronaldo, Luis Miguel y otros famosos lucharon para que estos desaparecieran.

Las fundas de coronas y las carillas fueron creadas para recuperar estética en dientes afectados. En general por caries o por un golpe se pueden ver alteradas tanto la forma como el color. Si por cualquiera de estos casos el diente queda desvitalizado (lo que comúnmente se llama «sin nervio»), la imagen suele verse muy afectada. O sea, los dientes endodonciados (se sustituye la pulpa y los nervios por un materia de relleno en el interior del diente, un tratamiento más complejo que «matar el nervio»), al perder su riego interior pierden brillo, y en ocasiones se oscurecen, y, lo peor de todo, pierden elasticidad. La metáfora sería un bosque con un árbol seco: si viene una tormenta, el que se fractura es ese. Tanto para devolver la estética (el color y el brillo) como para prevenir una fractura por la deshidratación, en general conviene hacer una funda. Para ello hay que tallar unos milímetros en todo el contorno del diente, luego, con un molde muy preciso, el laboratorio fabrica una nueva corona que se fija a el diente gastado, una funda, que puede mejorar en algo la forma y a la que hay que elegirle un color; en caso de un solo diente, lo más adecuado es el color de los dientes vecinos, que no se note que es «falso». O sea, son tratamientos creados para rehabilitar una pieza, aunque se proponen para «rehabilitar», o mejor dicho «habilitar», una nueva estética.

Pero hasta los más fanáticos de la «estética» entienden que para tener una nueva sonrisa hay que intervenir la natural. O sea, para hacer coronas más blancas hay que gastar varios milímetros del diente o los dientes que se quieren sustituir. Por eso se han buscado formas de mejorar la estética sin métodos invasivos. Las carillas por ejemplo, en que deben ser talladas solo las caras visibles, o métodos más avanzados (y costosos) que superponen una especie de «azulejo», con la forma y el tamaño deseado, y que va pegado al diente natural. Ese método, como todos, no es inocuo. Sin ir más lejos: al envejecer los dientes se ponen más amarillos, opacos, gastados. En teoría, una estética armoniosa busca no resaltar en la cara. ¿Cómo creen que se verán esas carillas en un anciano? ¿Deberán ser sustituidas por otras más amarillentas?

Existe una leyenda urbana de una paciente que llega con una corona en una servilleta y le dice al dentista: «Me vengo a pegar esto que me tragué hace unos días».

Todo lo relacionado con la estética, en medicina y odontología, ha evolucionado y lo seguirá haciendo. Ya lo dijo Eduardo Galeano, se investiga más en siliconas y Viagra que para el alzhéimer, por lo que nos espera una generación de ancianos con penes erectos y senos gigantes (y dientes blancos) que no recordarán como usarlos.

Para gustos, los colores

En teoría, la elección de un color para los dientes postizos busca no destacar en el rostro. Por eso los «colorímetros» van del blanco puro al banco-amarillento, blanco-grisáceo y blanco-marrón, en diferentes grados. Además de ir con los dientes vecinos (los de arriba con los de abajo, por ejemplo), hay medidas para los tonos de encía y de piel.

El color de los dientes suele ser el producto de varios factores. El esmalte es transparente, el color que vemos brilla a través de sus prismas y tiene que ver con la dentina, el tejido interior. También importa la forma, los dientes anteriores son más blancos que los caninos (los colmillos, que en las películas de vampiros se resaltan poniéndolos más blancos, incurriendo en un gravísimo error conceptual que a nadie le importa). Su forma cilíndrica hace que la luz se refleje de forma diferente. En todo caso, si alterar el color de los dientes es posible sin mucha consecuencia más que el buen gusto, alterar la forma es más delicado. Hay un tamaño de maxilar, hay tejidos blandos y hay una forma de ocluir, una manera de morder, cuya alteración puede tener consecuencias graves para la articulación temporo-mandibular (la que nos permite abrir y cerrar la boca) y para la propia integridad de los dientes (que también articulan con el hueso que los sostiene). O sea, todo tratamiento, desde la ortodoncia hasta la prótesis de uno o todos los dientes, tiene un límite de resultados. Un límite que no suele ser recomendable pasar.

Las pastas de dientes blanqueadoras realmente no blanquean. A lo sumo, eliminan las manchas extrínsecas a base de erosionar la superficie, por lo que no parece buena idea usarlas de forma frecuente. Los geles de blanqueamiento clínico o de aplicación domiciliaria pero supervisados por un profesional son diferentes, tienen peróxido y blanquean, según el caso, varios tonos. Pueden dar sensibilidad, en general reversible. Todo esto muy variable según el caso, y jamás como las publicidades cuentan. Varía según las características del diente, la concentración del peróxido, la forma de aplicarlo, etc.

Todo tiene un límite… ya lo dije. Pero es cierto que suele haber un fenómeno de percepción del color por el que suele ser conveniente hacer un registro del antes y el después, ya que se puede perseguir algo que no llega nunca.

Servicio vs. resultado

Al ser un modelo casi exclusivamente privado, la odontología está en el centro de una discusión que la publicidad ha empeorado. La estética agrega el factor subjetivo del paciente y de su entorno. El «resultado» de un tratamiento pasa a ser una opinión que puede debatirse, discutirse y cuestionarse. Un diagnóstico, un pronóstico y su plan de tratamiento quedan supeditados al resultado final, en que ni siquiera se plantea la evolución del mismo.

Si se prioriza la salud y el pronóstico a medio y largo plazo, el tratamiento es un servicio sanitario que tiene que ver con el bienestar, y que por supuesto incluye un buen resultado estético, pero nunca cuando este es el que compromete la integridad biológica.

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