Jorge Martínez: «Hace rock quien puede, no quien quiere»

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Fotografía: Alberto Gamazo

No lo parece al primer vistazo, monstruoso y maniqueo, y del que muchos jamás pasan, pero es difícil encontrar en el panorama de la música española un sujeto en el que la dualidad del artista se plasme de manera tan perfecta como en la figura de Jorge Martínez (Avilés, 1955), líder de Ilegales durante más de treinta y cinco años: el tarugo y el erudito, el decano de una generación y el mocoso impenitente, el insomne químico que compone en sueños, el loco que diagnostica con precisión quirúrgica, el veneno y el antídoto. El puño que puso a prueba las osamentas de la flor y nata del pop español y la mano que escribió algunas de sus más delicadas melodías Todos ellos conviven hacinados dentro de una persona engullida por su personaje para cenar, e intacta al día siguiente. Nos damos un paseo con él, copa en mano, por entre los irreconocibles restos de un Gijón nocturno cuyo filo han conseguido, al fin, embotar.

Vienes al mundo como primogénito de una familia noble descendiente del Adelantado de la Florida, para entonces venida a menos.

Sí, mi padre vivía de su sueldo. En ese momento estaba como secretario de Justicia Municipal, pero bien, nunca nos faltó nada. Aunque a esta nobleza ya se la hizo ir muy a menos cuando las guerras carlistas, subiendo los impuestos sobre las tierras, para que fueran más altos que el precio por el que estaba permitido arrendar. Entonces tuvieron que deshacerse de ellas por cojones.

Algún antepasado tuyo anduvo con Zumalacárregui por el Maestrazgo en aquella época.

Mi bisabuelo se metió en un embolado… estaba con gente de su compañía, vascos y navarros casi todo, catalanes… en el palacio de la familia, y dijo que no entregaba las armas, y se montó una heavy. La Guardia Civil tuvo que salir de allí escopetada, nunca mejor dicho. Al final medió la Iglesia, que ante los carlistas era todopoderosa, y se acabó salvando aquello, porque estos eran capaces de provocar otra guerra carlista. Mi bisabuelo tenía gran prestigio y amigos también en el bando cristino, pero hubo un momento en que la cosa estuvo a punto de irse al garete.

Lo primero que quisiste ser de pequeño fue marciano.

Tenía unos juguetes pequeños, aún los conservo, de astronautas con escafandra. Quería ser marciano, pero mi idea de astronomía era muy limitada, así que me subía a la taza del váter con una bolsa de plástico en la cabeza, me tiraba desde allí y decía que había llegado al planeta. Un día empezó a acabárseme el aire dentro de la «escafandra» y cuando vi que me ahogaba me la arranqué lo mejor que pude e inmediatamente fui y les quité la suya a todos los marcianos para que pudiesen respirar.

Con cuatro años pasaste de Antonio Molina a Elvis, y eso lo cambió todo.

El panorama era horripilante. Tengo fotografías de esos primeros años en las que se me ve agarrado a la radio, intentando apagarla. Prefería escuchar las interferencias que había entre una emisora y otra, me parecían más placenteras que la copla, que era lo que había entonces. Al final, dial en mano, casi las podías dominar como un instrumento. «¡Ya está el niño con la radio, joder!» [Risas].

Y de repente, «Jailhouse Rock».

Y después «Trouble». Estaba con mi madre en casa de la modista y me mandaron a la azotea para deshacerse de mí, a que viera el campo de fútbol que se podía divisar desde allí, y a llevarle una blusa a una chica que estaba en la terraza. La chica estaba con unos auriculares y jugando con su cosita, así que no me hizo ni puto caso, y además en el campo no había ni futbolistas ni ciclistas ni nada. Mirando enfurruñado el campo vacío fue cuando escuché el primer rock & roll de mi vida. Quise hacerme marciano y tocar rock & roll con los indios y los vaqueros en un platillo volante.

Las listas de aquellos años enseguida se empezaron a infectar de rock & roll: José Guardiola versionando el «16 Tons»…

Y los Teen Tops, Los Llopis… pero lo de Elvis fue la hostia. No entendía lo que decía, pero es que tampoco entendía las canciones en español. Cuando tienes tres, cuatro años, el idioma no importa, es una cosa tribal. El rock & roll me impactó totalmente.

Luego llegó el rollo del twist, pero en España llamaban twist a muchas cosas. A «Popotitos» la llamaban twist. Pero la versión de twist que oíamos aquí era más en italiano, y la música francesa pegaba muchísimo. Entonces aquí lo que se estudiaba era francés, el mundo no era tan anglófono. La conexión con Inglaterra ha sido históricamente más débil, y además han sido nuestros enemigos desde Felipe II. Los españoles siempre hemos estado apoyando la causa de Irlanda, con no demasiada fortuna. Montones de melodías irlandesas que luego robaron los ingleses habían llegado allí con los españoles, y más tarde se exportaron a Inglaterra y a Estados Unidos. Así que muchas melodías que tratan, con mayor o menor acierto y fidelidad, los Beatles y otros grupos de los sesenta, son de origen español. Parece que porque las canten en inglés ya fueran acordes distintos y las hubieran inventado ellos.

Siempre has visto el «Black is black» de Los Bravos como la señal que estaba esperando tu generación.

Las cosas que habíamos oído con guitarra eléctrica antes de eso eran muy ñoñas, y las letras bastante tontas. La letra del «Black is black» tampoco era nada del otro mundo, pero tampoco teníamos que atender mucho a la letra, es una de las bondades del inglés. La escuché por primera vez a los doce años y en ese momento fue cuando decidí que iba a ser músico, porque aquello de Elvis no era tan atractivo como formar un grupo con todos los instrumentos: una batería, la guitarra eléctrica, un bajo… cuando supe lo que era un bajo, dije: «¡Hostia, yo quiero tocar eso!». Muy pocos equipos de la época reproducían bien las frecuencias del bajo, pero en mi casa teníamos una radio de estas que al levantar la tapa era un pick-up y ahí sonaba de puta madre. Era en mono pero sonaba del copón, pura válvula. Se acabó quemando. Solo lo podíamos conectar unos minutos y luego empezaba a echar humo.

¿Qué otras cosas te llamaban la atención, además de Lone Star, de los que hemos hablado alguna vez? Los Ángeles, Los Íberos… ¿te decían algo?

Nada. Me gustaban algo musicalmente, pero las letras nada. Y luego las letras de gente como Serrat se me quedaban cortas. Tuve la gran fortuna de ser una de las víctimas del sistema educativo español y empezar a leer a Machado primero, sobre todo a Quevedo. Y luego ya los clásicos latinos, y aquello sí que ya fue la hostia. No podía creer lo que leía, aquello era punk puro. Cuando llegaron las primeras traducciones de Bob Dylan, este no decía más que gilipolleces, comparado con Marcial, Juvenal o cualquiera de estos, así que me hice fan de los clásicos, me influyeron más que cualquier otra cosa. Me dije: «Si le unimos a esto la guitarra eléctrica, puede ser la polla». Iban mucho más allá de las reivindicaciones políticas tan al uso de finales de los sesenta, producían un efecto más liberador. Catulo empieza diciendo en uno de sus yambos: «Os daré por el culo y me la chuparéis» [Risas].

El acervo cultural romano es mucho más escatológico de lo que la gente se cree.

Eran mucho más directos con estas cosas, y académicamente estaba bien visto; la oratoria contemplaba este tipo de frases como válidas. A los políticos de ahora no les vendría mal recibir algún curso, porque se oye cada cosa… Tierno Galván por ejemplo era un portento intelectual, hablaba muy bien, sin embargo, ahora son unos gañanes. Pero entienden muy bien que la gran mayoría de sus votantes son tontos de los cojones al igual que ellos, así que explotan esa gañanía con gran perjuicio para las clases populares. Lo otro que nos queda es el «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», el despotismo ilustrado, que en su momento no funcionó muy bien.

Aquí siempre hemos sido más de caenas vivientes.

El problema con lo de Fernando VII fue también el odio al distinto, y que la soldadesca francesa no se supo comportar y la cagaron. Si lo hubieran hecho de otra manera, si hubiesen vendido mejor la moto, seguro que… hablar seguiríamos hablando español, pero ya nos habrían quitado de encima la Inquisición, nos habrían quitado muchas cosas. Y nos dieron la primera Constitución en 1808, que es el Estatuto de Bayona.

A los doce años te internan en un colegio del Frente Juventudes para jóvenes rompecojones.

Allí iba gente de lo mejor y de lo peor. Aprendí a abrir cajas fuertes… salí con la mili hecha. Todas las bromas que me iban a gastar en el Ejército ya me las aprendí allí. A los doce años me parece bien hacer esas gilipolleces, pero hacerlas a los veinte… cuando llegué al Ejército no me hacían ni puta gracia. Menos una en la que aparecieron dos tipos con batas blancas y fumigaron a todo el batallón con polvos de talco para quitarles las ladillas. El resto eran cosas muy infantiles y muy pesadas, y me opuse frontalmente, siempre iban a hundir al débil. Eso me parece lo peor.

Luego destinan a tu padre a Vitoria y allí tienes el primer contacto con la guitarra eléctrica, oscuro objeto del deseo.

En Vitoria solo había dos guitarras en toda la ciudad, aparte de las que tenían los grupos de pijos, porque en aquella época había que tener mucha pasta para permitirte un equipo. Una la tenían en una tienda junto a la plaza, que es donde la compré yo, y otra era un bajo violín que tenían en otra tienda por allí cerca.

Claro, en Zarautz estaba la fábrica de Keller donde hacían las Höfner españolas, de muy dudosa calidad.

Aquella primera era una Höfner, sí, aunque antes había tocado con Invictas, seguramente de la misma fábrica. Y las Jomadi. Aquello era tremendo, eran una mierda. Acabé teniendo muchas porque eran tan malas que enseguida me quería deshacer de ellas, pero la que venía detrás era tan mala como la anterior. Hasta el 75 no empezó a haber buenas guitarras a precios bajos. Aquellas Ibanez japonesas eran cojonudas, y muy asequibles. Hay que saber ajustarlas, eso sí. Y lo mismo pasa con las de hoy: cualquier guitarra de cuatro duros, si la sabes ajustar bien, puedes salir perfectamente a tocar con ella.

Para poder pagar aquella primera guitarra, te lías a ganar concursos de pintura.

Eran concursos de pintura, pero yo sabía que lo que buscaban era carteles, ya lo había visto en otros concursos. Me presenté a todos los que tenían dotación económica y los gané. Acababa de suspender un montón de asignaturas porque me había tirado el curso escuchando discos, había descubierto a los Cream, un montón de bandas. No era cuestión de pararse a estudiar matemáticas. Tenía que asimilar todo aquello y buscarme la vida para encontrar sitios donde escuchar esa música. En aquella época cantaba con varios grupos, pero todos adolecían de lo mismo: eran una puta mierda. El repertorio era intercambiable, eso sí.

El mejor sitio para tocar era un sitio que sonaba horrible: La Bolera. Era un antro minúsculo donde ponías el equipo al máximo, todo rebotaba y daba igual lo que tocases. Iban los niñatos los domingos por la mañana, se ponían ciegos a vino y luego quedaba todo allí lleno de vomitones. Eso era 1969.

Te acabó dando clases todo un teniente de artillería.

No fue tanto por los suspensos, de los que tenía una buena colección, sino porque mi comportamiento generaba una corriente de imitadores. No encontraba sitio y tenía que prepararme para examinarme por libre, lo que exigía una preparación muy superior. Fue una educación realmente amplia, he exprimido a fondo a mis profesores. Eso sí, a veces llegaba de tocar con unos colocones… en pleno examen de matemáticas tuve un subidón de tripi que de repente empecé a verlos a todos con las cejas naranjas, a juego con el bigote de la profesora [risas].

Cuando se instauraron las evaluaciones nos lo montamos para poner un micrófono en la sala de profesores y escuchar lo que decían de nosotros. Alguno sacó la cara por mí: «Es un tipo muy inteligente, yo no puedo suspenderle», y decía el de latín: «Sí, un hijo de puta muy inteligente», y consiguieron echarme. En el siguiente instituto tomaron la determinación de que al final a quien les interesaba mandar a la universidad era a tipos como yo, aunque pasara de todo y me quedara dormido en clase por andar tocando.

La confirmación a esto te llega cuando te matriculas en Derecho y, ya con otros parámetros pedagógicos, te das cuenta de que a lo mejor el problema no lo tenías solo tú.

En la facultad me desenvolví con muchísima facilidad, no querían que me fuera. El último día, me acuerdo perfectamente, ya había decidido irme, y en Civil estaba dibujando una estampa bastante macabra, porque estaba obsesionado con algunos grabados en los que se veían estos sitios que ponían a la entrada de las ciudades donde ajusticiaban a la gente para que sirviera de ejemplo. Al que quisieron poner de ejemplo fue a mí cuando me pillaron y me sacaron al estrado a defender un caso, cosa que hice con gran solvencia. Al tío que me pusieron enfrente a hacer de abogado del diablo lo abrasé. «Va a ser usted un buen abogado», me dijeron. «De ninguna manera, hoy es el último día que vengo, pero me he divertido mucho. Adiós, muy buenas».

¿Concibes un Jorge María Martínez que nunca hubiera llegado a ser Jorge Ilegal, que hubiera acabado la carrera, llegado a la judicatura? ¿Desde dónde se combate mejor la mugre, desde el escenario o desde la Audiencia Nacional?

Sí que lo concibo, pero no habría sido tan feliz. Desde luego habría vivido con menos sobresaltos, aunque seguro que me habría metido en mil follones. Hay muchos jueces y fiscales valientes que parece que se han decidido por fin a sacar la escoba. Lo que hay es que eliminar la influencia abyecta del Ejecutivo, porque al final aquí quien acaba mandando es el Barclays Bank.

Le estás agradecido al Ejército por el adiestramiento.

Yo ya sabía disparar. Tirábamos en casa con una escopeta de balines y una diana, con siete años. Pero le estoy agradecido al Ejército, y creo que el Ejército de leva, que nos llega con la Revolución francesa, es absolutamente necesario, incluso hoy en día. Por lo menos que la población se sepa defender, porque un Ejército solo a sueldo del Estado, que no siempre es fiel reflejo del pueblo, es algo muy peligroso. Instauraría un par de meses de instrucción obligatoria, y luego un par de semanas cada equis años, y sería más difícil que se dieran según qué cosas. Estos políticos corruptos, estos abusos perpetrados por la banca… consiguen hacer todas esas cosas porque no nos oponemos al mal.

Si es que todos estos mangantes encima son malísimos robando. Es insultante lo incompetentes que son, luego les pillan por mil sitios. Y enseguida se devoran entre ellos. Todos estos suicidios… Blesa y toda esta gente se quitan de en medio porque no soportan el rechazo de los suyos, que de repente no les inviten a los palcos de fútbol y a los eventos sociales, y eso les provoca unas depresiones brutales. Son caníbales. Aznar no invitaría ahora a la mitad de gente que llevó a la boda de su hija. Admiro a Florentino Pérez. Florentino es el mal puro, pero no es bueno mimar al mal. El mal vence no porque sea muy fuerte, sino porque le dejamos hacer. Fue el gran defecto de Jesucristo: que ofreció la otra mejilla.

«Para que el mal triunfe solo es necesario que los buenos no hagan nada».

Eso es. Un día, en los ochenta, iba con unos guardas forestales por sitios donde se caza… ya sabes. Me dicen: «Hay que ponerse a bajar ya». Eran las tres de la tarde, aún había luz de sobra. «Hay que bajar porque suben partidas de furtivos, gente muy pudiente, y son capaces de tirar». Les insté a quedarnos un poco más y, efectivamente, cuando estábamos bajando empiezan a dispararnos. Y con tal insistencia que se hizo evidente que estaban a la caza del hombre. Nos pusimos a cubierto, pero en cuanto sacábamos la cabeza nos zumbaban, éramos su diversión. Hasta que le cogí el rifle a uno de los guardas instintivamente, y ¡BAM!, a un tío en una pierna, a tomar por culo. La vimos muy jodida, ¿eh? Los guardas estaban pálidos. Saqué la cabeza: «¡Os vamos a matar a todos!» [Risas]. Ser manso es peligroso. Vete a saber si no nos habrían enterrado allí en el monte.

Durante una larga temporada, te paseaste por Gijón con el famoso stick de hockey.

Eso vino porque David [Alonso, primer batería de Ilegales] era yonqui. Un día me encuentro un montón de yonquis en mi casa, todos malencarados. Al parecer, no había existencias de heroína, y eso provoca más problemas de los que la gente cree. Yo fui de buen talante intentando aportar alguna solución, y uno de estos elementos, que estaba fuera de sí por el síndrome de abstinencia, me sacó un baldeo. La historia se fue liando y acabé rompiéndole la cabeza con una silla, así que este hombre fue sobornando a algunos de ellos, una vez que llegó el suministro, para que vinieran a por mí. Yo tenía muy buena relación con las putas del Eros, aquí cerca, me invitaban a subir y acababa allí haciendo canciones. Un hermano de una de ellas me avisó de que me andaban esperando. Cogí mi stick de cuando jugaba y mi navaja, y anduve armado durante años, porque estaba claro que esta gente querían acabar conmigo. Fui buscándoles donde vivían. Generalmente lo que hacía era romperles la clavícula, porque cuando alguien tiene la clavícula rota se queda más tranquilo [risas]. El mejor stick de hockey es el Parajapati, pakistaní. Silba que no veas, y es un arma muy versátil. Aunque la respuesta a las agresiones tiene que ser equilibrada, dependiendo de los pecados, así va la penitencia.

En esta época empiezas Madson, junto con David Alonso y tu hermano Juan. Vuestra relación siempre ha sido problemática.

Yo volví del Ejército y a veces tocaba con un grupo que tenían, aunque era muy deficiente. Pero yo veía a mi hermano con muchas ganas de tocar. Le dije: «¿Realmente quieres que te enseñe? Si lo hago me vas a odiar toda la vida, el aprendizaje es muy duro». Vi a un niño de trece años con aquellas ganas y se me planteó un dilema: si le doy la satisfacción de saber tocar con verdadera solvencia, no me lo va a perdonar, porque la presión es tremenda. Y allí se inició la enemistad. Le enseñé a tocar, y a otras cosas, a manejar las mesas de mezclas, y nunca me lo perdonó. Mi hermano con quince años ya tocaba el bajo que te cagas. Controlaba el tempo, la afinación, y dominaba su instrumento mejor que gente mucho mayor, que iban de virtuosos.

Con dieciséis ya habías tocado con orquestas. Fue otro tipo de mili.

Fue realmente instructivo. Con algunos aprendía malas costumbres, llegaban a ensayar con unas marcas de coñac que solo con acercar la copa te lloraban los ojos. Pero fue divertido tocar con Manolo Carrizo y su Conjunto en la Carrizo Pop, por donde luego pasaron todos los grupos de rock de la época. Triana presentó allí su primer disco, por ejemplo. Burning también. Y yo era una especie de guitarrista residente, así que pude hacer jams con lo más granado de la época, me sirvió para curtirme. Pero también con las orquestas aprendí los boleros, los chachachás, otra serie de ritmos, y muchos de ellos los conocía de tocar rock. Así que, investigando, me di cuenta de que mucho del rock & roll viene de los ritmos latinos. Joder, el «Louie Louie» originalmente fue un mambo, el «Room to Move» de John Mayall es un mambo…

Bo Diddley se labró toda una carrera sobre el patrón rítmico del son cubano.

Es que la raíz que tienen es la misma, el rock & roll no lo han inventado en los Estados Unidos, viene de África y de Europa. EE. UU. habrá servido como crisol. Allí se creó la industria, eso sí que lo mueven como nadie, pero no nos dejemos engañar, solo la industria.

En esa época tardosetentera de Madson, ¿os llegaban cosas de pub-rock? ¿Dr. Feelgood, Brinsley Schwarz y cosas así eran una fuente?

Sí, fueron uno de los desencadenantes de Madson. Intentábamos limpiar el sonido porque al principio sonábamos como esas bandas suecas de ahora, era una sopa sónica intolerable, pero como el equipo era tan potente la gente salía realmente epatada. «Soy un macarra» es una canción que compuse yendo con mi amigo Paco, que le cogía el coche a su padre, a arreglar los altavoces averiados del fin de semana. Rompíamos algo todas las semanas. Mi hermano sacaba el sonido del bajo por dos pantallas de seis altavoces cada una. Temblaban los cimientos de los garitos.

Uno de esos primeros equipos fue un donativo involuntario de la Iglesia. ¿Esa fue alguna de las hazañas legendarias de David como mangui?

No, eso fue otro amigo, Carlos. Vio que no teníamos equipo de voces y se encargó de conseguirlo. Era como una máquina de escribir, un equipo de estos de cura. Dejamos allí un cable, con un palo y una patata pintada de purpurina, y el cura no se percató de ello hasta que la patata empezó a arrugarse [risas]. Carlos montaba unas fiestas en las que se proferían muchas palabras malsonantes, así que su madre le dijo que cortara las blasfemias. Un día llegamos a una reunión de aquellas y había un cartel que decía: «Se prohíbe cagarse en Dios».

Las que preparaba David eran del estilo de colarse en casa del vecino por la cornisa, como un acróbata, y le robaba las alfombras, las bombonas de butano… todo. Era un viejo que estaba semidemenciado en una cama. Pero en días de mucho calor, David pasaba con una jarra con agua, limón y miel, y ahí estaba dándosela al paisano. La familia a lo mejor esperando que se muriese, y en vez de empeorar mejoraba. «¡Llévale un poco de puré!» [risas].

Madson acabó transmutándose en Los Metálicos. ¿Qué propició el cambio? Que fue también a nivel sónico.

Queríamos limpiar más el sonido, porque empezábamos a sonar un poco a rock urbano, y no queríamos que se nos metiera en ese saco, y conseguimos un rollo nuevaolero de puta madre. Metimos de teclista a un tipo gay que compartía piso conmigo. Componía muy bien, y tenía una visión musical muy dinámica y muy fresca. Aunque al final se acabaron imponiendo mis temas, porque pillé una vena muy buena.

Unos meses después vino el cambio definitivo a Ilegales. ¿Qué trayectoria crees que os esperaba de haber triunfado tu propuesta de llamaros Los Hijos de la Gran Puta?

[Risas] Yo creo que hubiésemos tenido menos recorrido. Los Locos era otro nombre que barajábamos, al final el mejor ha resultado ser Ilegales. Además tenía mucho que ver con la apropiación que el enemigo había hecho de la ley durante muchos siglos. A veces estudiando Derecho me reía, tenía que pararme a leer bien un texto: «Pero ¡qué hijos de puta!». Cada día vemos esa aplicación cicatera de las leyes, que los poderosos hacen para protegerse de los débiles.

Ya con Íñigo Ayestarán al bajo, David os presenta a escondidas a la famosa Muestra de Rock de Asturias, y arrasáis.

Ni Íñigo ni yo queríamos, es verdad. Pero estábamos muy ensayados y nuestra propuesta no tenía nada que ver con las de los otros grupos. Teníamos menos equipo que los demás, pero las canciones estaban construidas y ejecutadas de tal manera que sonábamos mucho mejor que todos ellos. Ahí empezamos a imponernos con facilidad, y llegó un momento en que nos hicimos inalcanzables. En mitad de aquel concierto tuve un mosqueo con la guitarra, la había ajustado mil veces y no había manera. Poco después la rompí del todo aquí en la plaza de toros, el mástil salió volando y le pegó en la huevada al cámara. Se acabó la grabación.

¿Estabais tan solos como te he oído contar? A mediados de los setenta estaban Crack, Salitre con Pedro Bastarrica, que hacían un rollo muy CSNY…

Muy solos. Crack eran rock sinfónico para jipiosos, y Salitre tú lo has dicho, eran muy CSNY, en ese momento no me interesaban nada. Me interesaba el rock. Yo había estado en grupos como Los Astros, luego montamos una cosa mas psicodélica que se llamaba Cool Nebula, y luego nos llamamos Menta. Con Los Metálicos llegamos a funcionar como orquesta: ¡La Orquesta Jamaica! Era cuando estaba el reggae en todo lo alto, y en cuanto a equipo nos las veíamos con cualquiera.

Os estrenáis en LP con el propio Pedro Bastarrica y René de Coupaud en los flamantes estudios Norte. Un lujazo en aquella época.

Un lujo. Nosotros ya habíamos grabado en Madrid y los equipos de René y Pedro no tenían nada que envidiar. Me habría gustado grabar más con ellos, y eso que todo lo de los ochenta lo grabamos allí, salvo el lapsus de Agotados de esperar el fin. Eran gente de casa, con muchos conocimientos musicales… no olvidemos que Pedro había estado en muchos grupos de los sesenta, y René tiene un oído absoluto. Y además eran gente muy abierta, no se cerraban a nada. Trabajar con ellos fue una experiencia muy valiosa, de las que engrandecen la vida.

El disco tiene un recorrido muy rocambolesco: Paco Martín compra los derechos, su jefe le dice que eso no se saca, aparece Victor Manuel al rescate con la Fonográfica Asturiana y se lo acaba cediendo a CBS.

Así fue. La Fonográfica era una apuesta valiente, porque ponerse a sacar todo eso, tonada… hay que echarle huevos. Es una pena que la música existente en la época no tuviera nivel para valerse de la posición alcanzada por la discográfica sobre todo a raíz del boom Ilegales. Les hicimos dar un salto importante, pero es que no había grupos. Aquí en Asturias pasa siempre lo mismo: hay muy buenos músicos, muy buenos. Pero no hay compositores. Muchos que conocemos tú y yo se acabaron yendo de mercenarios con los superventas de la época porque no hay frontmen ni compositores, no había tíos que dieran la cara. Y en esas condiciones la cosa está jodida.

Ante la salida de Íñigo le robáis el bajista a Suybalén y Terlenka. El bajista en cuestión era Willy Vijande, claro.

La música que estaban haciendo Suybalén y Terlenka no valía mucho. Y Willy es verdad que no era un instrumentista de la hostia en ese momento, pero al entrar en Ilegales se pegó una mili acelerada como la de mi hermano. Él nos había visto tocar cerca de Oviedo y pensaba: «Joder, cómo me gustaría tocar en este grupo». Y ¡bumba! Le vino la Virgen a ver. [Risas]

El propio Willy cuenta que el cantante de La Banda del Tren le intentó disuadir por todos los medios de que entrara en Ilegales.

Siempre me he llevado muy bien con los de La Banda del Tren, han sido mis amigos muchos años, pero se creían los niños bien, tenían equipo, habían partido de una posición más ventajosa que nosotros y nos veían como al demonio. Yo creo que les llegó a obsesionar nuestro éxito posterior. Al final hace rock quien puede, no quien quiere. Y eso de la actitud y del traje es una puta mierda. Te puedes travestir de rock, pero si no lo eres… importa lo que eres, no lo que pareces. Ilegales eran rock, y eso se veía a la legua, en los discos, en la vida que llevábamos y en todo. Y se daban cuenta aquí y en Madrid. Cuando llegamos nosotros, dijeron: «¡Joder, estos sí!». Otros no eran lo que decían ser, y ya está. Igual que los Stukas, que eran una orquesta de pachanga reconvertida. Muchos de estos se sintieron muy amenazados ante la aparición de Ilegales.

Y allí caísteis en mitad del Rock-Ola, como una bomba H. Siempre os habéis adjudicado el papel de liquidadores de todo aquello.

Fue el final. La movida fue debida a la miopía de los que estaban radiando o escribiendo sobre lo que estaba pasando con los movimientos musicales en España. Solo veían Madrid, estaban restringidos a un terreno muy pequeño. Cuando caemos en Madrid la movida se agota. Se había vuelto muy endogámica, estaba muy necesitada de sangre nueva, y empieza a importar todos estos grupos, los punks de Madrid empiezan a escuchar rock radical vasco, el rollo laietano no tiene tracción fuera de Catalunya, pero Barcelona exporta grupos de mods y rockers… y allí aterrizamos.

Realmente fue como quitarle un caramelo a un niño, porque lo llevábamos todo muy preparado, sabíamos perfectamente cómo funcionaba todo. Yo al salir de la facultad dedicaba horas a estudiar cómo funcionaba el equipo, y a escuchar música de todos los palos. Además, funcionábamos como una pequeña empresa, cada uno sabía lo que tenía que hacer. Montábamos y desmontábamos en nada de tiempo. Llegué a tener un problema porque mi musculatura se desarrolló demasiado de tanto cargar el equipo, y los bendings en la guitarra se me iban de tono. Me mandaron a un médico donde iba la gente de música clásica, un tipo muy desagradable: «Usted es el que toca rock. Quítese la camisa». Me la quito. «Parece usted Popeye» [risas]. «No me engañe, usted hace mucho deporte y está hipertrofiado». Y era de tanto cargar altavoces. «Vaya dejándolo poco a poco, que los nervios y los tendones pierden sensibilidad». Ni me quiso cobrar.

En la movida hicisteis amigos, pero nada más llegar te curraste con lo más granado: Tere de Desechables, Ferni Presas de Gabinete, García-Alix…

Me pegué con algunos, sí. Tere casi me saca un ojo, me arañó así desde atrás la tía… Con Alix tuve problemas, pero me parece un gran fotógrafo y le llamamos para hacer alguna portada. De los Desechables con Dei Pei, con el que también tuve alguna agarrada, también conservo buena relación… yo qué sé, a hostias no quedan rencores. Éramos jóvenes. Estas cosas de pegarse y luego tan amigos… en Madrid quizás se entendían peor. En Asturias, tú vas a una fiesta de prau, en Cangas o en Tineo… si sales y no hay pelea se considera una noche perdida [risas]. En Esparta lo tenían muy claro: hay una etapa joven en la que es lícito robar, si no te pillan, claro, y una etapa guerrera en la que la gente tiene que enfrentarse.

Compones «Heil Hitler» para lanzarles un globo sonda a algunos, a ver cuánta cintura tenían (¡Ojo, spoiler!: Poca).

Esa canción está hecha para molestar. Compartíamos local con Moñica. Eran nuestros colegas, pero eran unos jipiosos muy dogmáticos y queríamos cabrearles. Y la prueba de que teníamos razón es que treinta y cinco años después aún hay quien tiene dudas. Aunque yo creo que la mayoría lo han ido entendiendo, han visto la vida más de cerca, y ahora sienten las cosas de otra manera.

La estrenáis ante quince mil personas teloneando a Miguel Ríos. Se escenifica de una manera casi poética el cisma que veníais vaticinando en «Tiempos nuevos…».

La estrenamos allí, y la verdad es que el efecto producido fue fabuloso. De las quince mil personas, diez mil nos querían matar, había algún indeciso, pero muchos se pusieron de nuestra parte. Dijeron: «Ya está bien de rollo mesiánico, de rock de circo del de todos los años. Esto es totalmente nuevo, qué bien suena y qué cojones tiene esta gente». Y entendieron el chiste. Ya iba siendo hora de que empezáramos a reírnos de nosotros mismos. A mí es la etapa de Miguel Ríos que menos me gusta, y, ojo, que en otras tiene cosas muy buenas. «El cartel», que además la compuso él, me parece una canción fantástica, pero esa época del Rock and Ríos es infumable.

El primer disco tiene un aura visionaria: «Tiempos nuevos, tiempos salvajes», «Yo soy quien espía los juegos de los niños»… se han empeñado en llamarte profeta cuando solo eres un gran observador.

Bueno, es que era todo previsible, no hacía falta una bola de cristal. Pero te diré que también tengo sueños visionarios, producto de la experiencia diaria. Muchas canciones las escribo dormido. Me levanto y fluyen. Son noches de estas turbulentas. Cuando duermes de colocón se dispara más la parte subconsciente, que es la más inteligente que tenemos, y de ahí salen muchas cosas. Me he ido en mitad de fiestas y he dejado muchas cosas a medias para hacer las canciones, porque vienen, se posan en tu hombro y tienes que hacerles caso en ese momento, si no, se pierden para siempre, ya no vuelven.

De la temática de este primer disco se desprende una fascinación con la violencia y el crimen. Era la edad de oro del cine quinqui. ¿Te influía de alguna manera o con lo que veías en la calle te sobraba?

Ese tipo de cine no tenía ningún tipo de atractivo para mí. Conocía gente con vidas idénticas sin salir del barrio. Me tomaba algo con ellos, pero a mí me interesaban otras cosas, y ellos lo sabían y me respetaban. Entre el elemento criminal había grandes guitarristas, eso sí. Mira, en esa esquina de allí estábamos un día: [pone acento calé] «Jorge, te voy a invitar a comer, que me has invitado varios días, pero espera que tengo un negocio ahora…». Y se va el tío, les saca la navaja a unos pollos que pasaban por allí y los despluma. «Vámonos, vámonos rápido, que te voy a llevar a un sitio buenísimo» [risas]. En aquel tiempo aún había un chabolismo rampante en Gijón: La Cábila, Villacajón… en Tremañes nos robaron el equipo y lo recuperamos sembrando el pánico. Al final no se atrevían a devolvérnoslo y nos lo dejaron en un descampado.

Con el pelotazo del primer disco aún retumbando, bajáis a Madrid para grabar Agotados en Audiofilm con buen presupuesto y toda la fanfarria. Es un movimiento calculado para subiros a la modernidad, pero aún hoy os deja un regusto agridulce.

No fue una buena experiencia grabar allí. Tenían problemas de ruido, había ciertas horas en las que no podíamos grabar… al final quedó un sonido muy limpio, pero aceleraron el pitch de las canciones. Yo había cometido además el error de comprar un micro que exigía cantar en tonos muy altos para conseguir una sonoridad adecuada, y entre unas cosas y otras… al final el arte está supeditado a los medios de que dispones. Si hay pinturas al óleo transportables la gente saldrá al aire libre y te saldrá el impresionismo. Ahora la fotografía digital, tú lo sabes, permite cosas que no se podían hacer hasta hace cuatro días. Así que estábamos condicionados por todas estas cosas. Las canciones creo que las tuve que subir todas un tono. Cuando las tocamos ahora las he vuelto a bajar y suenan mucho mejor.

Volviste a grabar alguna de ellas para la banda sonora del documental. ¿Has fantaseado con regrabar el disco entero?

Hay dos discos que volvería a grabar: Agotados y El corazón es un animal extraño, que para mí contiene las mejores canciones de Ilegales. Fue un momento de inspiración máxima, aunque también fue un proceso de años, una criba muy cruel, se cayeron muchas ideas. Ese disco quedó muy bien grabado, pero llegaron los señores dueños de la discográfica, que creían tener conocimientos de manejo de estudio de grabación, y se lo cargaron. Primero jodieron la portada, dejaron un garabato infame.

El tal Elías González este que les amargó las portadas a todo el plantel de Avispa: Barón, Obús, Muro…

¡Ese! Todo lo que coge lo jode. Tengo ganas de engancharlo para encargarme de él personalmente. ¡Algún día te agarraré!

Y luego hicieron lo mismo con el sonido: el mejor disco de Ilegales hecho una puta mierda. La única manera de salvar las canciones sería volver a grabarlas todas, pero en este momento hay canciones nuevas que exigen su sitio. Y además, tenemos versiones muy buenas en directo de aquellas canciones que me interesaría sacar algún día.

Para grabar Todos están muertos, que cierra esta trilogía clásica de Ilegales, volvéis al redil con Pedro y René.

Yo siempre quise grabar Agotados con Pedro y René, pero la discográfica nos dio carta blanca y Willy insistió muchísimo que lo mejor era ir a Madrid. Pedimos y se nos dio. Al final fuimos víctimas de nuestras propias decisiones. En esa época empecé a sospechar que el proceso más adecuado para tomar buenas decisiones era consultar primero a Willy y hacer lo contrario de lo que él dijese [risas]. Desde entonces lo apliqué y todo empezó a salir bien.

«El Norte está lleno de frío» es una transversal quirúrgica de esa Asturias despiadada de la desindustrialización.

Había llegado una mañana puesto de anfetas y decidí que no me iba a la cama, así que salí y me encontré con un amigo que había tenido una carnicería aquí pero resultó ser un psicópata, y el tío por la noche invitaba a indigentes y no sé si pretendía hacer carne con ellos, pero les atacaba con un martillo y cosas así, todos llenos de sangre… Total, que le veo pidiendo en la puerta de una iglesia, después de haber llevado a la ruina los negocios de la familia. Se viene conmigo a las movidas de los astilleros y ¡joder, menudo elemento! ¡No nos dejaba romper nada! [Risas] Se adelantaba destruyéndolo todo, y así escribí la canción. Llegué después a casa, puse la guitarra a tope de distorsión y salió sola.

«Enamorados de Varsovia», para mí, son los ochenta, los contienen.

Quisimos meter algo totalmente nuevo en el disco, de manera que el sonido hiciera un efecto de lavado. Era la tercera vez que intentábamos «Enamorados». En los dos discos anteriores había sido un fracaso, porque no encontraba el equipo que hiciese lo que yo quería. Para esta vez, había aparecido un yanqui loco con una furgoneta cargada de equipo, aparatos de Aphex… y le compramos un montón, así que al final conseguimos el sonido. También lo usé en «Sin remedio».

Temáticamente, se nota cierto hartazgo con la percepción que se tenía de vosotros: «Harto de ser el malo del lugar», «Todo lo que digáis que somos»…

Sí, harto de ser el malo, muchas movidas… mira, aquí al lado en el muelle había barcos en desguace. Llegó un momento en que yo vivía en un barco desguazado de estos. Un día tuve un problema con unos quinquis, y llamaron a un fulano al que apodaban Belfegor. El tipo era realmente peligroso, estuvo un par de días fanfarroneando por los bares con todo el mundo haciéndole la ola. Acabó enterándose de dónde estaba yo, aunque quise desaparecer. Estaba con una chica que hacía tiro olímpico, tenía allí su carabina, y aparece un tipo con enormes orejas, una cara de simio… yo iba a tirarme a por él, pero esta mujer me dijo: «Déjame a mí». Y coge la tía, apunta con calma y ¡BAM! Le voló una oreja. Si ves a Belfegor correr por el barco… no lo he vuelto a ver más.

Cerráis el disco con la mencionada «Sin remedio», un medio tiempo melancólico y desesperado: «Nos odiamos hace años y aún vamos de la mano». ¿Estabais ya acusando el agotamiento de las giras constantes y la pasta por las orejas?

Ilegales ya desde el principio tuvo mucha presión, somos producto de ese agotamiento. Aunque la pasta no nos importaba una mierda. Y no quisimos salir en medios hasta que nos obligaron por contrato. Nos ofrecieron ir a La Edad de Oro y nos negamos, porque todo dios que iba allí sonaba como el culo. Los técnicos eran gilipollas, y además no te dejaban tocar el equipo. «¡Pero si no sabes para qué son los potenciómetros, hijo de puta! Déjame a mí que lo haga». Habíamos luchado mucho para tener un equipo que sonaba muy bien, ¿y ahora lo íbamos a estropear sonando mal por el pequeño altavoz de un televisor?

En ese año 86 vais a América por primera vez y tú completas una mitad de ti que ni sabías que te faltaba.

Yo en América me sentí… «¡Ya sé lo que me faltaba, era esto!». Fue en Ecuador, que es un sitio muy querido para mí. Colombia también, Chile… pero Ecuador es la hostia, tengo una conexión especial, es el primer sitio donde me sentí así. Y México… ¡He encontrado partes de México que se parecen a Avilés, tío!

En América Latina son claramente de letras, y en España «de ciencias», y así nos va. El europeo es un tipo aséptico al que han desprovisto de las humanidades, fácilmente dirigible. El hombre esquizofrénico del siglo XXI. Quieren que seamos una especie lisiada de cara a los progresos sociales.

Dais un recital en el Modelo de Guayaquil que ha adquirido tintes casi mitológicos en el rock ecuatoriano. Con trifulca incluida, para variar.

Es que había allí cuarenta y cinco mil personas. Los organizadores habían puesto a la gente de general en un lateral, con lo cual nos veían muy mal y nos oían aún peor. Así que, con muy buen criterio, saltaron las vallas e invadieron la zona reservada. Muy bien por ellos. Yo les felicité y les di la bienvenida al concierto, y aquello provocó las iras de la prensa y de los poderes fácticos. Nos cancelaron el resto de la gira y nos tuvimos que ir por patas. Doce días después nos quisieron volver a invitar, pero ya estábamos en Berlín, o en París.

¿Qué recuerdas del concierto en la Big Bang de Mollerusa del que salió el disco en directo de ese año?

Recuerdo dos cosas: la primera, que salí a tomar el aire y luego ¡no me dejaban entrar! «Oiga, que yo soy del grupo». «Usted es un delincuente y aquí no le queremos» [risas]. «Pues nada, cuando vea que el público grita mucho venga a buscarme, que ya entraré yo cuando me salga de los cojones». La otra fue que unos fans que llegaban tarde, venían a toda hostia por la carretera y se estamparon contra un poste de la luz. Dejaron sin electricidad a toda la zona y tuvimos que hacer el concierto al día siguiente.

En el Chicos pálidos para la máquina se produce una pequeña revolución. David prácticamente te pide salir por su situación insostenible con las drogas.

Él tenía como una empresa de vender heroína, que a mí me parecía simple camellismo, pero bueno. David era un tío muy trabajador y que luchaba mucho por sus causas, contribuyó mucho al éxito de Ilegales, fue una gran pérdida. Él mismo lo vio venir. «Tienes que echarme del grupo, Jorge. A ti lo que más te interesa es la música y lo que me interesa a mí es el jaco». Un tío con cojones, honesto, y un amigo, aún hoy. Cualquier otro se habría agarrado como una garrapata a una fuente de ingresos tan fiable como era Ilegales. Así que entró a la batería Alfonso Lantero, un colega de siempre que ya había tocado con nosotros, un gran Ilegal. Tenía una pegada brutal, daba unas hostias…

Ampliáis la formación con vientos y teclado en la figura de Juan Flores y Tolo de la Fuente. Aunque la historiografía oficial dice que se amplía enormemente la paleta de colores, aparte del comienzo con «Mala suerte» y «Lavadora blues» me es difícil apreciar esa influencia. ¿Para ese viaje hacían falta esas alforjas?

Por lo menos a nivel de estímulo sí, y también pudimos recuperar «Ángel exterminador», que venía ya desde el 79 y es una gran canción. A mí me pareció un experimento muy positivo y el ambiente se volvió menos enrarecido, entraron aires y formas nuevas de entender la música. Estrenamos «Ángel exterminador» en una plaza de toros manchega, después de haber tocado en la primera parte el repertorio Ilegal de siempre, con la reacción habitual. Y entonces entraron los dos nuevos miembros, la tocamos, y por unos segundos que me parecieron eternos, no hubo reacción, la gente se quedó en shock. Luego ya rompieron a aplaudir. Fue una forma de que se confirmara nuestra apuesta, y al día siguiente de salir el disco todo el mundo estaba buscando la manera de ampliar su sonido con saxos y tal, algunos con mayor fortuna que otros.

Vacilando con Alfonso a las chicas del ballet de TVE, le acabas enseñando la polla a María Teresa Campos por los pasillos.

Fue en un programa que tenía Hermida, a la Campos no se la conocía aún. No nos habían avisado que lo teníamos en la agenda. A mí vinieron a buscarme a casa de una famosa presentadora, y en TVE me encuentro a mis compañeros, puestos hasta las cejas recién salidos del Voltereta, que era un antro que había por Princesa. Alfonso era un tío muy guaperas, y estaba algo bebido, picando a las chicas del ballet: «¡Enseñadnos las tetas!», y ellas: «¡Enseñadnos vosotros la polla!». Muy bien contestado. Así que nos bajamos los pantalones y aparece M.ª Teresa Campos, a Alfonso no le vio porque estaba de espaldas, pero a mí me pilló frontalmente y, estupefacta, me gritó: «¡Guarro!», muy iracunda. Yo le dije: «¡Calla, tú, que esto no es para ti, que hueles a nicho!». Me llamó de todo, vaya boquita. Luego en la actuación estaba cantando la parte de «Ángel exterminador» de «Vuelves a casa como un boy scout», que es bastante peyorativa, ¡y el público eran todo boy scouts, tío! [Risas]. Un día nefasto, me fui derecho a dormir.

En la SER os vetaron la soberbia «Me gusta cómo hueles». En Ecuador os hicieron lo mismo con «Eres una puta».

De la SER me llamó una chica: «Perdona, ¿esta canción trata del suicidio? Pues no la podemos poner». «No, espera que la hago otra vez para que trate de lo que os dé la gana a vosotros». En Quito estaba la poli preparada por si tocábamos «Eres una puta». Hice un ejercicio de demagogia y no sé cómo compuse el discurso, pero acabaron dieciséis mil personas gritando: «¡¡Eres una puta!! ¡¡Eres una puta!!», amplificado además por la televisión.

Al final la prohibición consiguió el efecto contrario. Fue un momento importante en esa lucha que estaban teniendo los ecuatorianos, por cosas como esa se nos tiene tanto cariño. Ilegales es ante todo un antídoto contra el miedo, y eso es lo que ha venido incomodando a los poderes, porque el miedo es muy efectivo y que se pierda es peligroso para ellos.

¿Aún crees que llegará la revolución que llevas presagiando desde hace años? Te vi muy implicado con el 15M y la irrupción de Podemos. ¿Ya te han decepcionado?

La revolución violenta está por venir, a nivel mundial. Las grandes empresas tienen que perpetrar, por su propia naturaleza, este tipo de abusos constantes. Todas las cosas tienen su fecha de caducidad, los partidos políticos lo mismo que la leche, incluso la buena. Pero lo que ha pasado a partir del 15M me parece ilusionante. Hasta el PP se plantea hacer primarias. En el PSOE las hubo y salió lo que no querían los cuatro chupapijas de siempre. ¡Cuánto me alegro! El electorado cada día tiene más conocimientos políticos y eso solo puede ser bueno. Ya si exigieran unos conocimientos mínimos para ir a votar, otro gallo nos cantaría.

Todo está permitido profundiza en el camino iniciado en el anterior disco, pero Regreso al sexo químicamente puro marca el inicio de una tercera etapa.

Yo me había salido del ambiente rock, me tenían hasta los cojones. Entre el yonquerío por un lado y el travestismo por otro, todos por la calle vestidos de cowboy… así que me harté y empecé a irme de farra con la jet. Fui a un desfile de postín porque salía con una modelo. Metiéndome rayas en el baño y esperando a que empezara aquello me hice amigo del novio del modisto que desfilaba ese día. Nos fuimos a una coctelería y se nos pasó el desfile. Yo recibí un sujetadorazo, pero la bronca que le cayó al novio… ufff. Salí pitando en taxi y hasta hoy.

Hemos hablado de la espina clavada que supuso El corazón es un animal extraño. Me ha llamado siempre la atención que, con todo el indie español de la época cantando en wachu wachu, epilogáis ese disco con «El caballero de Olmedo».

Yo estoy interesado en el español, es un idioma con una proyección que está demostrando día a día, y la sintaxis de las lenguas romances me interesa mucho más que la de las anglosajonas. Nosotros volvíamos de América, donde se estaba atacando la música en español con la excusa de las palabras malsonantes, en lo que yo creo que era una operación de la industria yanqui, y llego aquí y me encuentro a todos estos zoquetes cantando en inglés. ¡En aquel inglés, además! «¡Pero vamos a ver! ¿Quién os está sobornando? Os pagarán bien. ¿Ah, que lo hacéis gratis? Sois gilipollas» [risas].

Siempre que tienes ocasión recitas aquello de Marcial, Juvenal, Virgilio, Quevedo… como otros recitan delanteras míticas ¿Has estudiado también, por ejemplo, a Gracián? Menudo fichaje.

¡Es que a mí las delanteras míticas me tiran del pijo! Una guía que es cojonuda para todo esto es Historia de las ideas estéticas en España de Marcelino Menéndez Pelayo, que editó el CSIC, una auténtica pasada para acceder a textos de todo tipo. Hay muchísimo bueno para robar ahí.

En El apóstol de la lujuria, con el que cerráis esta etapa noventera, es muy clara la intención de dejarse de experimentos y volver a los orígenes. ¿Es quizá el disco que más te decepcionó que no encontrara la tracción que esperabais?

La cosa es que sonábamos de la hostia, dábamos miedo. Nos íbamos al palacio de mi familia en Bolgues y nos embarrábamos, nos convertimos en una especie de tribu. El rock lleva la impronta de las canciones tribales, de los gritos prehumanos, de la agresividad de las primeras bacterias que usaron químicos para defenderse. Aunque le añadamos tecnología, el rock es algo muy primitivo. Quisimos plasmar eso en el disco, pero sí, no tuvo repercusión ninguna y nos hizo replanteárnoslo todo cara al futuro.

Después de haberme volcado con este disco y con El corazón, me vi sin canciones, la fuente se había secado. Aunque lentamente fui pergeñando las trece canciones que acabaron en Si la muerte me mira de frente me pongo de lao, y grabamos previamente aquel directo (El día que cumplimos veinte años) donde nos juntamos Ilegales de todas las épocas, y que nos puso de nuevo en el mapa. Volvimos a girar por América, y eso nos revitalizó muchísimo.

Si la muerte me mira de frente es el disco más duro de Ilegales. Vuelta al trío y sin hacer prisioneros.

Volvimos al rock rock, que es lo que siempre habíamos sido. Aunque el rock de tres acordes suena muy bien, es muy difícil hacerlo personal, hay que contaminarlo con otras cosas, y para entonces estábamos versados en todo tipo de contaminantes y venenos. Es la única opción de supervivencia del rock: ser frecuentemente intoxicado.

A finales de la pasada década decides disolver Ilegales para dar paso a Jorge y los Magníficos. Contabas que otra vez no había canciones, que con cincuenta y tantos ya no te veías… me resulta difícil creer que tú mismo te lo tragaras, que no hubiera algo de esa fantasía de asistir en vida a tu propio funeral.

Hicimos toda una gira de despedida. Julián Hernández me decía: «¿Ahora lo vais a dejar, en el mejor momento? ¡Nunca lo creí cuando te llamaban loco, pero igual tenían razón!». Cantábamos «Quiero ser millonario para olvidarme de los amigos», pero lo importante no es la pasta, es la música.

Siempre te he oído decir que la posesión de facultades, especialmente artísticas, lleva aparejada el deber moral de explotarlas. ¿Sentías que estabas faltando a ese deber?

Claro que estaba faltando a ese deber, y además lo que te hace feliz es meterte en cosas interesantes, no el ganar dinero, que es un deseo adulto. Las cosas que realmente te acaban llenando son las pulsiones que ya tienes de pequeño. Sentí que no estaba funcionando en el campo rock y me lancé a probar otras cosas.

Esta idea de revivir aquella música, injustamente denostada, que se hizo desde el final de los años veinte hasta la aparición de los Beatles: chachachás, boleros, joropos, chacareras… al estilo de las pequeñas grandes orquestas de baile, a alguien le parecería un volantazo fruto de la frustración del momento, pero era una idea con la que llevábamos fantaseando desde casi veinte años antes. Necesitamos todos esos años para recopilar las habilidades musicales necesarias, y también los instrumentos precisos. Artísticamente la cosa fue muy satisfactoria, aunque la repercusión no fue toda la que cabía esperar, y eso que no me esperaba demasiada.

Pero la fuente Ilegal volvió a fluir.

Volvió a fluir. Primero apareció una canción, luego otras dos… cuando ya eran media docena cogí el teléfono y les dije a estos: «Oye, que pasa esto. Vamos a juntarnos». Fue como si no hubiese pasado el tiempo, fue divertido de cojones. Nos salían solas canciones que nunca habíamos hecho en directo. Nos metimos a grabar el disco (La vida es fuego, 2015) y lo hicimos en quince días. Yo soy muy cabezón y me jode equivocarme, llevaba años diciéndoselo a los pesados en los bares: «¡Ilegales no va a volver nunca, carapijos!» [risas]. Realmente me vine arriba con el proyecto, aunque las tres o cuatro mejores de esa hornada no eran lo suficientemente inmediatas para un reencuentro así, y se quedaron fuera.

Con el disco en la calle y la gira recién empezada llega el zarpazo de la muerte de Jandro. El que menos papeletas tenía.

Uff… era el que llevaba una vida más ordenada. Tenía su empresa, una cría pequeña… pero le tocó a él. Hay días que no me lo creo aún. Yo ya había tenido sueños premonitorios. Sin duda el momento más duro de nuestra vida como grupo. Pero del mismo tanatorio salió la rabia para seguir. El rock canaliza bien ese tipo de sentimientos. Hablándolo con otros músicos, todos pasamos esos días siguientes aferrados de alguna manera a nuestros instrumentos.

¿Y ahora qué? Saber que te has guardado las mejores de la hornada de La vida es fuego es esperanzador.

Una de ellas era «Mi vida entre las hormigas», que ha pasado a la banda sonora del documental. En las otras estamos trabajando con intención de poner un disco en la calle este año. Está «Mi copa y yo», que es demoledora, parte de un tango y es un retrato descarnado del alcoholismo… estoy realmente ilusionado.

Además de tu conocida querencia por las figuras de plomo, te has aficionado a tentar a la muerte buceando en las implacables aguas del Cabo Peñas, y a acechar a la fauna salvaje aledaña a tu palacio familiar, desnudo y untado en bicarbonato para eliminar el olor corporal.

Aproximarme a la muerte me produce salud. Luchar en medios hostiles te revitaliza: los músculos se fortalecen, el cerebro se hace más capaz… estoy en un momento en que la enorme cantidad de vida que llevo en mí me hace odiar a la muerte, y esto se hace patente buceando en Peñas, en un concierto o donde sea. Estás forzando la maquinaria al máximo y eso tiene una recompensa.

Lo de los animales lo hago con frecuencia. En los alrededores de Bolgues hay un montón de fauna. Dentro de la misma finca hay una zona que está sin desbrozar, y allí hay una familia de zorros que tienen una jeta tremenda, me han llegado a morder por jugar con ellos. Hay jabalíes, corzos, comadrejas…

Tuviste que hacerte adulto muy pronto, pero has sabido conservar al niño mucho más que cualquiera de tu generación.

Conservar al niño interior es esencial. Canto que «Nos cortan las alas con un cuchillo que se llama educación», y esas alas son necesarias para acceder a sitios de los que beber en el mundo de las artes y de la invención. Sin esa curiosidad primigenia no hay auténtico progreso. He intentando conservar todo eso intacto.

¿Crees que ese carisma personal tuyo, que tantas veces ha impulsado a Ilegales, ha podido ser también cortapisa para que alcanzarais cotas mayores?

Con total seguridad. Pero uno no puede evitar ser quien es. Yo siempre fui un personaje llamativo. La verdad a la larga es menos peligrosa que la falsificación, que hiere al que la practica y al que la sufre.

«Llevo conmigo una extraña certeza. Algo en mí grita: Un día venceré». ¿Ese día está en tu pasado o en tu futuro?

Está en todos los días. He vencido muchos días en el pasado y he vencido también en el futuro, porque todo está ocurriendo a la vez, aunque lo percibamos de manera lineal. Esta vida ha sido un éxito. Lo es cuando superas tus sueños infantiles, y yo lo he hecho con mucho. Iba a decir que he tenido suerte, pero, qué cojones, he tenido una suerte horrible, lo he peleado como un cabrón, y he intentado hacerlo siempre con coherencia.

Es un crimen no aprovechar la vida. Hay que sacarle el máximo partido, y emplearse a fondo para que todo el mundo alrededor lo haga, amigos o enemigos. Hacerse enemigos es lo más honesto, me encanta tener los que tengo. Me hace ir al combate con alegría, a sabiendas de que me puede costar heridas, o incluso la propia vida.

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28 comentarios

  1. Amarilla

    El mejor músico de este país. Ningún otro se le acerca ni de lejos. Ya quisieran su nivel como compositor… o su sonido… aún hoy, después de casi cuatro décadas, mantienen un directo BRU TAL.

    Como se les ignora define a este país. En este aspecto su caso me recuerda al de Krahe. Los mejores… ignorados y censurados, eso es España.

  2. Carlos del Castillo

    Trepidante, genial. Larga vida.

  3. Maestro Ciruela

    Hace varios años, se me ocurrió “bajarme” algunos temas de Ilegales. La primera canción que me llegó se titulaba “Como un trueno” así que me puse a oírla y aluciné pensando: “¡Joder, estos tíos son la leche, tocan rock y lo que les salga de lo huevos! ¡Mira tú que parida tan guapa se han montado fingiendo que son un grupo caribeño tocando y cantando merengues y lo bueno es que lo hacen de puta madre! ¡Este Jorge Martínez, hay que ver cómo da el pego el tío!
    A mí se me hizo un poco raro de todos modos y anduve con la mosca tras la oreja durante bastantes días hasta que alguien me sacó de mi error y sentí cierta desilusión. ¡Me había hecho a la idea de que nuestros Ilegales molaban como Juan Luis Guerra!

  4. Jose Contratodo

    Otra cervecita, Sr. D. Jorge. !!!!!??????????

  5. Stoner

    Amo y señor

  6. Alberto

    Que grande Jorge.Para mi Ilegales es el mejor grupo que ha habido en España.

  7. A este tío hay que clonarlo.

  8. Belfegor

    Ególatra insufrible

    • Noromixo Oxímoron

      Todo se le va en “soy un macarra muy peligroso”, “me muevo con gente que es muy malota”, “me drogo y me meto en peleas”, ”la mitad de mi equipo de sonido la he robado” y, sobre todo, “todos los demás sois unos mierdecillas que ni sabéis tocar, ni sabéis vivir, ni sois auténticos ni tenéis cultura”.
      Un ególatra, definitivamente.

    • pelayo

      Todos los grandes son ególatras, por cierto, que tal la oreja ?.

    • Banussi

      Los que acabáis de conocer a Los Ilegales, estos meses… tenéis que ser conscientes del valor de eso. Pastilla azul o roja?

  9. Angel

    La música y los pensamientos de Jorge Ilegales deberían estudiarse en los institutos de este país de forma obligatoria. Si así fuera probablemente nos iría mucho mejor a todos en el futuro. Lamentablemente, aquí se nos impone otro tipo de educación a nuestros jóvenes: Operación Triunfo, doctrinas xenófobas-nacionalistas, egoísmo puro y duro y a ver lo que nos proporciona Papá Estado. Me recuerda a los espartanos, tipos duros dispuestos a la lucha. La vida nunca ha sido fácil y nunca lo será …ya lo dijo Ortega.

    • Veblen

      Espero que no ocurra así. Este hombre es muy inteligente, pero sus pensamientos harían más daño que bondad en mentes jóvenes e inocentes. El profesor de latín no estaba incorrecto, su admiración por la violencia, pequeña seducción por el mal, pero es que su infancia no pareció desarrollarse entre lo más bonito del s XX. Es difícil levantar tanto la cabeza al decir que partías clavículas a yonkis. La vida nunca ha sido fácil y nunca lo será… pero la violencia, que es odio, solo engendra más violencia, y más odio.

  10. DSTRY

    Ni Xizón Soundz ni euroyeyés: Puxa Jorge Ilegal y playu!

    • Javier

      Si, pero cuando el negocio dejo de serlo, dejo de ser el rokero malo y peligroso , desmonto el tinglado y se puso a cantar boleros. Un ejemplo de rokero peligroso y marginado. A otro perro con ese hueso. Puxa Jorge! En el principado tragamos con todo! A esperar al invierno que vengan los monarcas a repartir premios, que nos salen gratis.

  11. eggman

    El tipo más honesto y divertido del rock español. Enhorabuena por la entrevista.

    • Javier

      Si, sobre todo honesto. Posiblemente solo has seguido su carrera hasta antes de Los Magnificos. Hasta el nombre del grupo no puede ser mas hortera. Bueno, no tanto como su musica, todo hay que decirlo.

  12. Fernando

    Buenas. Al principio de esta entrevista, fenomenal como todas las de Jot Down, pone algo sobre el lado “cristiano”. Como estáis hablando de carlismo ¿no se podría tratar del lado “cristino”?
    Un saludo.

  13. Mamoncete

    Lo mejor de la entrevista, cuando cuenta que le enseñó el rabo a María Teresa Campos. Se nota que la dejó impactada.
    Lo peor, la insistencia en ese obsesivo y megalómano panperfeccionismo universal, la repetición hasta la saciedad de las innumerables veces que le sorprendieron en compañía femenina (ya se sabe, perro ladrador….), y sobre todo, el fingido y postizo mensaje destructivo y violento que atraviesa toda la entrevista.

  14. Gran guitarrista, gran compositor. Auténtico. Dos cositas sobre el artículo: ¿Alguien sabe si las fotos se sacaron en el Savoy? En unas me lo parece, en otras no. Y no es el baldeo, es el bardeo (y la “recortá”).

  15. Todavía recuerdo hace muchos años un concierto suyo en la Universidad Laboral en Cabueñes, qué gran concierto, de los mejores de mi vida

  16. Jéctor

    Ilegales nos llegaron al Caribe temprano, y cantabamos El norte está lleno de frío como si nada, como si aquellos textos devastadores nos hubiesen salido a nosotros mismos. Luego si, es verdad, una maquinaria yanqui arrasó otra vez con todo y les perdimos la pista…Cuando vine a mediados de los noventa a Madrid primero y a Barcelona después, me encontré con la ñoñería autodestructiva-inofensiva indie que tarareaba en inglés y posaba una tragedia importada. Una cosa despreciable que parecía de aquellos boys scouts de Angel Exterminador. Por supuesto que hace falta mucha fuerza para haberle plantado cara a todo aquello y para cantar boleros y joropos cuando parece que todo está perdido, boleros y joropos Magníficos que ahora me parecen naturalmente españoles. Un titán Jorge, que buena entrevista

  17. rayvictory

    Me acuerdo en un concierto de los Ilegales, allá por el 86 (creo recordar) en una sala perdida, de un pueblo perdido de España, y no sé cómo, pero entramos de los primeros un par de amigos y yo, antes de que se abriesen las puertas y nos vimos a Jorqe Martínez, yendo y viniendo del escenario, a la mesa de sonido, mientras un par de músicos (ninguno del resto del grupo) y un par de técnicos de sonido seguían sus instrucciones, y Jorqe de movía por la sala, con cara de mala hostia, y volvía al escenario, y a la mesa…..y nos dimos cuentas que estaba montándolo todo para que sonase de puta madre. Y así estuvo 30 minutos lo menos. El perfeccionismo sonoro a un extremo increíble.
    Por supuesto, ególatra, violento…..bla bla bla, todo lo que quieran. Pero cuando arrancaba la guitarra de Jorge, los Ilegales, que se quiten todos los demás, aquello era único. Pluscuamperfecto. La adrenalina me duraba días…

    Nota: asistido a muchos conciertos de rock a lo largo de mi vida, y como todos los de los Ilegales (5 conciertos), uno de Wilko Johnson, y uno de un grupo rockabilly americano que creo que se llamaban The Rats han sido los mejores con diferencia.

  18. Antuan

    El primer disco de Ilegales fue mi primer vinilo a principios de los noventas, me lo compré en un mercadillo para probar la minicadena nueva. No me gustó nada porque por aquel entonces, yo ya estaba más por lo que salía en mtv que era mucho más caña. Seré tonto, puesto que escuché mucho mas rock en inglés.

  19. liberty valance

    La discoteca donde se grabó el directo en Mollerussa se lamaba “Big Ben”.Yo estuve allí

  20. Pingback: Red Corsaria #5: La nueva censura cultural y la de siempre

  21. Paul Marble

    A mí estos tíos solo me atraían cuando dejaban de ser ellos mismos: “Me gusta como hueles…”

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