El enigma Agustina

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El enigma Agustina (2018). Imagen: Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC).

Un baúl encontrado en unas obras de remodelación del Palacio de El Pardo. Un arcón guardado en una recóndita habitación a la que solo tenía acceso el dictador Francisco Franco. Un críptico contenido que incita a la elucubración; unos discos de pizarra de una folclórica olvidada y una tesis doctoral sobre magnetismo, perdidos entre un sinfín de viejos enseres; pases de espectáculos de copla, cartas gastadas, fotos antiguas, un abanico… Pero la tesis no es cualquier tesis. Es un trabajo de investigación revelador. Está fechada en 1923, el año en que Albert Einstein visitó España de la mano de Blas Cabrera. La página de agradecimientos está arrancada. Es una tesis escrita por una mujer. La primera tesis de física de una mujer en España. La tesis de Agustina, Agustina Ruíz Dupont.

La sexta conferencia de Solvay fue celebrada en Bruselas en 1930, bajo el mecenazgo de Ernest Solvay, un industrial belga que se había hecho rico a los veintitrés años al aplicar a escala industrial un método para obtener carbonato sódico haciendo pasar amoníaco y dióxido de carbono a través de una solución saturada de sal común. Es decir, alguien al que la ciencia había cambiado su vida; para bien. La conferencia de ese año, junto con la del 1927, reunió a la más grande generación de físicos de todos los tiempos. Sin lugar a dudas, aquella conferencia produjo un cambio de paradigma en la comprensión de la naturaleza que ha conducido, a la postre, a desentrañar ciertos mecanismos esenciales que transitan desde el mundo subatómico a la inmensidad del universo. Durante esos días en Bruselas los más ilustres científicos de los campos de la química y la física discutieron sobre el tratamiento cuántico del magnetismo. Hombres como Niels Bohr, Enrico Fermi, Wolfgang Pauli, Werner Heisenberg o el propio Albert Einstein, reflexionaron durante aquel lejano octubre de entreguerras sobre las bases del magnetismo. Treinta y dos personas. Catorce premios Nobel, de los cuales dos recaían sobre la misma persona; Maria Salomea Sklodowska, Marie Curie. Era la única mujer de la conferencia. O tal vez no.

En aquella mítica convención de los años treinta, y acompañando a los eminentes genios de la física, se desliza también un español, Blas Cabrera, dicen que invitado por el propio Albert Einstein y por Marie Curie al evento, reconociendo así la publicación de sus importantes trabajos experimentales sobre medidas magnéticas. Ese español está acompañado por la misteriosa Agustina, su discípula, a la que había dirigido la tesis, y que en el transcurso de la sexta conferencia de Solvay ejerció de mediadora entre las enfrentadas posiciones de Bohr y Einstein, argumentando, proponiendo soluciones en la enconada brega de los dos gigantes. Una disputa que acabará cambiando para siempre la concepción de la física teórica. Es durante esa conferencia donde, en el fragor de la batalla, Einstein le espeta a Bohr su famoso «Dios no juega a los dados», y donde el danés insta a Einstein a dejar de decirle a Dios lo que tiene que hacer.

A día de hoy todavía no acabamos de saber si la tal Agustina existió y fue depurada o si, por el contrario, es una ensoñación fantasmagórica que se remonta en la noche de aquellos oscuros tiempos. O tal vez sea el alter ego de Felisa Martín Bravo, aunque los anuarios recogen que esta leyó su tesis en 1926 en la Universidad Central de Madrid. Pero esa tesis no versó sobre magnetismo, sino sobre estructura de cristales determinados por rayos X. Sabemos que Felisa tuvo una estrecha relación con Blas Cabrera, y este consiguió que ingresara en la Sociedad Española de Física y Química.

Blas y Agustina, o Blas y Felisa, surgen de la España de las postrimerías de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, y coincide con la efervescencia cultural de la Generación del 27. Una España de eminentes artistas y literatos, de los que solo emergen los hombres, encumbrados en un halo de genios, mientras ellas permanecen bajo la sombra de sus espesas ramas. Hoy en día las recordamos como «las Sinsombrero», por el gesto liderado por las pintoras Maruja Mallo y Margarita Manso de descubrirse la cabeza en plena Puerta del Sol, lo que fue recibido por el gentío al grito de «prostitutas», y que dibuja la concepción de la mujer de aquellos tiempos.

El Enigma Agustina es una bizarra idea de Emilio José García Gómez-Caro y Manuel González García, desarrollada en un documental no comercial incubado, como otras tantas locuras científicas, en el Instituto de Astrofísica de Andalucía (del CSIC), y que ha visto la luz gracias a una pléyade de brillantes científicos y entregados artistas, que en conjunto muestran una capacidad de crear que desafía a la pobreza intelectual de aquellos que destrozan, año tras año, y legislatura tras legislatura, el futuro de las mejores generaciones de un país que tan solo se ha permitido emitir destellos discretos de lucidez en momentos puntuales de su historia, y que ha desoído consistentemente a los más grandes y mejores sabios que han tenido el infortunio de tener que pelear a la contra, desde don Miguel de Unamuno a don Santiago Ramón y Cajal.

Hoy, más que nunca, somos conscientes de que existen cientos de enigmas Agustina, tal vez miles, salpicados por los laboratorios y centros de investigación que pueblan nuestro país. Historias de lo que pudo ser y no fue. Cuentos anónimos de alas cortadas, de sueños amputados y de carreras truncadas que nos hunden poco a poco en una ponzoña de pringosa ignorancia que aprovecha los resquicios para multiplicarse a diestro y siniestro e invadirlo todo. De ahí que hoy en día sean más necesarios que nunca los quijotes, cuyo objeto sea hacer de este mundo, o de este país, lo que nunca nos hemos permitido ser a nosotros mismos. Pero, al mismo tiempo, también resultan esenciales aquellos que nos ponen el espejo delante de las narices, los que nos hacen ser conscientes de nuestras miserias y defectos, los que nos meten el dedo en la llaga, y nos muestran con crueldad como la ceguera del hoy está matando el progreso del mañana.

El Enigma Agustina cumple con todo ello, nos invita a imaginar un país utópico que pudo haber sido y que nunca fue. Un país en el que no se ha depurado a los científicos, ni por su sexo, ni por sus creencias, ni por su orientación sexual. Un país donde, décadas después, nuestros científicos son valorados por sus logros, un país reconocido científicamente, y por ende artísticamente, por los Einstein del momento. Un país del que inventemos nosotros. Y que inventemos, si se puede, mejor que ellos. Un país en el que cualquier mutilación de nuestras posibilidades de futuro levantara a una ciudadanía ilustrada, afrancesada, donde «la Barraca», o mejor, «la Barraca Cuántica», fuera tan solo un guiño divertido a un pasado que nunca existió. Un país donde cada uno de nosotros pudiéramos sentir orgullo de la buena ciencia hecha aquí, y de la buena gente y la gente buena que es capaz de hacerla. Un país con futuro. Porque la ciencia, tal vez incluso más que la poesía, es un arma cargada de futuro.

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1 comentario

  1. Guillermo

    Tuve oportunidad de ver “El enigma Agustina” hace unos días en Zaragoza. Es una maravilla, totalmente recomendable.

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