Sinfonía en blanco, negro y rosa

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La importancia de ser rosa

Numerosas veces se habla de la cercanía entre las formas narrativas del cine (o cualquier medio audiovisual) y del cómic. Tanto es esto que incluso hay quien da por hecho que la narrativa para ser «correcta» debe ser de «planos cinematográficos», una especie de storyboard de una posible película. Como si el cómic como medio solo pudiera aspirar a ser un mero borrador incapaz de alcanzar su forma definitiva. En realidad, por sus características y potencialidades, por trabajar tanto con imagen como con —o sin— texto, el cómic se halla en una suerte de nexo comunicante con otros medios como la literatura, la pintura y, sí, el cine, lo que le permite ampliar sus recursos narrativos y artísticos en muchas direcciones. Los textos pueden provocar imágenes mentales. Las imágenes pueden provocar cinemáticas mentales. O incluso de una cinemática se nos puede quedar grabada una sola imagen congelada en el tiempo. Y por supuesto, está el ritmo. Ese aspecto tan difícil —o tan fácil— de trasladar a una obra, que pone en contacto al cómic con otro arte, también narrativo, la música.

La importancia de ser rosa cae en las manos del lector con una suerte de extras, prólogos y avisos que a priori pueden parecer innecesarios, dado que la historia se defiende bien por sí misma. Pero es cierto que su uso aumenta la atmósfera de espectáculo, sube las apuestas de lo que nos vamos a encontrar; y por ello hay que añadir en los créditos el trabajo del diseñador del libro, David Medina. Para empezar se nos anuncia en una faja que el guionista de la historia es Miguel Ángel Blanca, el extravagante cantante de Manos de Topo. Y la obra va prologada por el popular dibujante Juanjo Sáez, que, a modo de jefe de pista —o telonero de excepción— presenta a los artistas responsables de lo que va a venir a continuación. Una de las últimas obras de Sáez publicadas en España, por cierto, ha sido Hit emocional, reflexiones del dibujante sobre el mundo de la música. De una forma o de otra, ya ha empezado a sonar música en la cabeza del lector.

La historia nace en la mente de Blanca como un conjunto de imágenes extrañas con el cual construye la historia, la escribe. Nuria Inés, la dibujante, recibe una historia sobre un señor muy correcto, con una vida muy anodina y muy rutinaria, que pronto se verá en brazos de una mujer que está en las antípodas de su forma de vida. Así, lo irracional y caótico pasa como una apisonadora sobre lo racional y rutinario.

La autora catalana en su rol de «intérprete» —con algunas sugerencias de Blanca que hacen que al final hayan un par de manos más metidas en lo gráfico— dibuja la historia asentando toda una serie de recursos que funcionan para componer una sinfonía visual que pasa de la calma a la tormenta —y vuelta— con una facilidad pasmosa. Elige cuándo usar marco de viñeta y cuándo no. Cuántas viñetas usar y el tamaño de las mismas. En ocasiones nos hallamos con páginas atestadas de pequeñas viñetas, en otras una sola del mismo tamaño sobre una página casi vacía. En otras una sola imagen desborda la página. Todos estos usos y sus alternancias les permiten controlar el ritmo de la obra, para jugar entre momentos de calma y de caos en los momentos elegidos. Nuria Inés se hace apodar «Tinta Fina» y sí, destaca por sus masas de negro, pero solo es «fina» cuando quiere. Del trazo elegante y delgado, puede pasar a la sinuosidad con trazo grueso y de ahí a lo grotesco y al golpe de brocha algo más basto. Todo son formas de jugar con el ritmo. Y también, en ocasiones, en un universo pintado en blanco y negro, interfiere el color rosa como un personaje más; o como ese instrumento discordante y extraño, pero también deseado. El rosa entra en la historia, destacando de todo lo demás. No se nos acaba de explicar qué es, pero definitivamente altera el ritmo de lo que vemos y lo que sentimos. Es la diferencia. Pronto advertimos que el cómic va de una vida rutinaria que quiere dejar de serlo para poder ser una historia que merezca contarse. Y como bien nos han mostrado los autores sin el juego de ritmos —además de la intervención del color rosa— eso no podría darse. Y esa quizás es la importancia de ser rosa.

Cuando acabamos el tebeo, si cabe comparación con algún otro medio narrativo —para aquellos que aún necesiten de las formas paralelas para explicarse o defender una obra— yo la abordaría desde el videoclip, sin dejar de reconocerle todos los recursos que le son únicos por ser un cómic. Porque el medio es visual, pero de alguna forma también se ha hecho música. Estamos ante un relato breve, que no se enreda, pero que nos enreda, que sube y baja como una montaña rusa, siguiendo un trayecto programado pero también dejándose desbordar. Y no sabemos si deja mensaje o moraleja alguna en el lector, pero sí que es seguro que este tiene que terminar la lectura apartando el libro de si unos momentos, recuperando la respiración mientras los ojos dejan de ser sendos platos. La primera obra larga de Nuria Inés y el estreno de Blanca en el mundo del cómic ha hecho acto de presencia haciendo ruido.

Este artículo es un adelanto de nuestro anuario de Cómics Esenciales 2017, disponible en nuestra tienda.

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