Manuel de Lorenzo: ¿Prefieres el libro o la película?

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El hombre es un ser social. Consustancial a su propia existencia, la necesidad de organización de las poblaciones humanas ha llevado forzosamente a la interactuación de los individuos que las integran, a la inevitable relación entre sus miembros y, en consecuencia, a la satisfacción de la exigencia de los seres humanos de poder comunicarse entre sí. Dicha comunicación, eminentemente oral y gestual en las sociedades más primitivas, evolucionó notablemente —tanto en su aspecto semántico como sintáctico— con la aparición de la escritura que, a su vez, implicó el desarrollo de los propios mecanismos sociales, que requerían un medio más estable y eficaz para el intercambio y almacenamiento de información. Con la escritura ideográfica y, fundamentalmente, con la cuneiforme, nuestra capacidad cognitiva aumentó de forma ostensible, dotando a nuestro pensamiento de estructuras y procedimientos que superaban las limitaciones inherentes a la naturaleza efímera de la comunicación oral. Avanzando en el tiempo, la escritura alfabética ha hecho posible el perfeccionamiento del pensamiento occidental, la especialización tecnológica y, en definitiva, el cumplimiento preciso de la función primordial de la comunicación, que no es otra que la transmisión de ideas. El impulso y progreso de la sociedad se han producido de forma paralela a la continua evolución de los sistemas de comunicación, hasta el punto de que la civilización actual sería inviable en un estadio previo de ese proceso. Siendo así, ¿tendría sentido que el ser humano acudiese voluntariamente a un modelo menos depurado de sus recursos comunicativos? Obviamente, y salvo en el caso de algunos programas de televisión, la respuesta es no.

Directamente relacionada con la comunicación del hombre se encuentra la exteriorización de lo hallado, creado o desarrollado a través de su intelecto —como la ciencia, el lenguaje o la religión—, siendo la expresión artística una de las formas esenciales de esta manifestación cultural. Siguiendo un razonamiento análogo al del párrafo anterior, ¿sería comprensible que el hombre perpetuase vías arcaicas de expresión artística y rechazase así todo el potencial que la técnica actual pone a su disposición? En coherencia con lo ya expuesto, sería una auténtica estupidez… Y sin embargo, lo hacemos. Los seres humanos seguimos acudiendo a la anciana y obsoleta literatura cada vez que creemos tener alguna historia que contar. Del mismo modo que sucede en lo estático con la pintura y la fotografía, es inútil que los siglos nos hayan brindado por fin un instrumento que permite el reflejo fiel y dinámico del universo, ya que todavía hay quien prefiere acudir a la narrativa, a la poesía o al ensayo y despreciar así al más completo vehículo de expresión artística que jamás haya existido: el cine.

Seamos honestos. Desde el punto de vista del autor, escribir es de burros. ¿Por qué invertir un elevadísimo número de horas en escribir una novela pudiendo rodar una película en el mismo espacio de tiempo? La literatura únicamente requiere papel y tinta. El cine es guión, dirección, música, interpretación, fotografía… No sólo es una manifestación cuantitativamente superior de talento, sino que además es ejemplo de armonía, responde más eficazmente a los objetivos del escritor y fomenta el trabajo en equipo. Rechazar las posibilidades que el “state of the art” ofrece y conformarse con la pluma es propio de bárbaros e insensatos. Y la situación no es muy distinta desde la perspectiva inversa: leer —sobre todo, leer— es de burros. Haciendo un cálculo estimado, en el tiempo que una persona malgasta leyendo un libro podría ver hasta 6,8 películas normales y 5,3 películas alemanas (NOTA: las cifras pueden variar enormemente dependiendo de un sinfín de variables). ¿Por qué leer Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos pudiendo ocupar ese tiempo en ver Tiempo de silencio de Vicente Aranda, Mira quién habla y Mira quién habla también de Amy Heckerling, ¡Mira quién habla ahora! de Tom Ropelewski, Plan 9 from outer space de Ed Wood y La cinta blanca de Michael Haneke? Por otro lado, las novelas suelen abundar en datos innecesarios que en absoluto aprovechan a la trama, causando un comprensible desconcierto en el lector menos despierto. Desde algunos púlpitos se viene señalando esta circunstancia como una de las virtudes de la literatura, identificando en tan decrépito arte una cierta función educativa. Amigos de la palabra escrita, ¿DE QUÉ ME SIRVE A MI SABER QUE LA CAPITAL DE GEORGIA ES TBILISI? De nuevo, nos encontramos ante una de las innumerables pruebas de lo sumamente defectuoso que resulta nuestro sistema educativo, que pretende delegar tan vacua tarea en literatos de tres al cuarto. En una película tan sólo se nos cuenta lo que debemos saber —o incluso menos, si es de Christopher Nolan, constituyendo así una forma de educar mucho más práctica que, sin ir más lejos, hace tiempo que se usa en Estados Unidos. La evidencia, como pueden ustedes comprobar, es innegable. En términos económicos, es una cuestión —si me apuran— de coste de oportunidad: si la película resulta ser una chapuza que no firmaría ni Uwe Boll, tampoco habremos perdido tanto, pero como el libro sea un esperpento, el tiempo invertido será irrecuperable. Se lo advierto.

Amigos de la palabra escrita, no sean obtusos. En Fahrenheit 451, François Truffaut nos invita a quemar los libros, pero en ningún momento nos dice que no veamos su película. Al fin y al cabo, eso sería de locos… El tiempo de la literatura, me temo, se ha agotado. Plaudite, amici, comedia finita est.

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6 Comentarios

  1. Me gusta leer y ver adaptaciones cinematográficas de mis libros favoritos. A veces me sucede al contrario, ver una película y salir precipitadamente a comprar el libro. Son dos mundos diferentes; la literatura y el cine que pueden coexistir y de hecho funcionan.

  2. El cine hace uso del lenguaje oral, el más prehistórico de todos, y ha generado gran cantidad de obras musicales, que son más del diez por ciento de las obras maestras de la historia, según ningún compositor. El avenzo que sopuso el lenguaje escrito no hizo peor el lenguage oral, que sigue teniendo el poder expresivo de la voz. De la misma forma, el arte cinematográfico no hace peor la literatura, que cuenta con mucha más libertad, ni la música, que requiere a menudo una atención única y prolongada. Recomendaría leer el libro si es mejor, ver la película si es mejor, o las dos cosas. Si la gente no tiene tiempo para el arte «arcaico», porque se ha propuesto ver 7400 películas y no le salen los cálculos, mejor que no lea nunca. Tampoco tendría que escuchar nunca una sinfonía (el inútil término no debería enseñarse en los colegios) si tiene canciones de tres minutos en el móvil.

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