Juan José Gómez Cadenas: Los sueños de Einstein

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Y todo eso, naturalmente, le constaba a Antonio Ereditato, el spokesperson (coordinador, guía, jefe espiritual, mánager, líder, ¿profeta?) del experimento OPERA. Como también le consta, no me cabe duda, que sus iniciales, A.E., repiten a las de Albert Einstein o que la ciudad en la que ejerce su cátedra, Berna, es una parte esencial de la historia del gran físico teoríco.

En Einstein’s dreams de Alan Lightman, profesor en el Massachusetts Institute of Technology, MIT, uno de los pocos académicos del mundo con una cátedra conjunta en ciencias y en humanidades. Difícil en países como USA, imposible en España, donde sigue siendo verdad aquello de zapatero a tus zapatos.

En Einstein’s dreams, una obra, como el propio autor, mitad poesía, mitad ciencia, Alan Lightman habla de esa Berna que conoció al gran físico teórico —cuando todavía era un don nadie que necesitaba dar clases particulares para ganarse la vida— y hoy alberga el Centro Alberto Einstein de Física Fundamental cuyo departamento experimental dirige Ereditato.

Cuesta poco imaginar Einstein’s dreams como el libro de cabecera del profesor Ereditato. Imaginarle desvelado en las horas tempranas que preceden al alba, sintiendo esos flujos temporales que lo conectan con el genio de sus mismas iniciales, de la misma manera que un gran río conectaba las almas resucitadas de los protagonistas de aquella novela tan loca y preciosa de mi juventud, A vuestros cuerpos dispersos (To your scattered bodies go) de Philip José Farmer. Cuesta poco imaginar que en ese insomnio se ve a sí mismo enviando un mensaje al pasado —algo que entraría dentro de lo posible en un universo en el que los neutrinos viajaran más rápido que la luz—, presentándose como un igual frente a Albert Einstein.

O quizá más que un igual. Quizá Antonio sueña con ser el hombre que acabó con la tiranía que nos impide viajar más allá de la esquina, que nos impide viajar en el tiempo, que nos ata a un planeta superpoblado y globalmente recalentado.

No conozco a mucha gente que se atreva ni siquiera a soñar con corregirle la plana a don Albert. Pero Antonio es uno de ellos. Le recuerdo bien hace 25 años, cuando yo era un pelagatos recién llegado al CERN y él, unos pocos años mayor que yo, ya una joven promesa decidido a comerse el mundo. Frecuentamos por una temporada la misma pandilla o, para ser más exactos, hubo un tiempo en que cierto españolito solitario se pegaba a uno de los numerosos grupos de italianos que trabajaban en el CERN de mediados de los ochenta. Italia en aquella época nos daba sopas con honda en todo lo que se refiriera a la física, sobre todo a la física de partículas —después de todo estamos hablando del país de Galileo, de Ettore Majorana, de Enrico Fermi—. Los italianos estaban por todas partes, mientras que los españoles acabábamos de llegar al gran laboratorio europeo y se nos podía contar con los dedos de la mano. De hecho fue una española o para ser más exactos, mitad española, mitad italiana, mi amiga Caterina Biscari, quién me coló sin carnet en el club que también frecuentaba Antonio.

En A vuestros cuerpos dispersos de Philip José Farmer. ¿Es el sueño de la resurrección más improbable que el de superar la velocidad de la luz?

Solíamos reunirnos hacia las 7 de la tarde en la cantina del CER para tomar una cerveza o salir a comer una pizza. Los fines de semana se organizaban almuerzos o cenas en los que la pasta era siempre una parte central del menú. Antonio, excelente cocinero, era a menudo el huésped en su magnífico apartamento en Ginebra, no lejos del centro de la ciudad —yo vivía en un hotel de mala muerte en la zona francesa, el único barato en cien kilómetros a la redonda, donde se alojaban temporeros marroquíes o argelinos que trabajaban en las cocinas de los hoteles y restaurantes de lujo suizos y también físicos rusos, polacos, chinos, estudiantes de doctorado del tercer mundo y otros ciudadanos de de tercera clase del CERN.

Antonio se acordaba casi siempre de mí cuando organizaba alguna de sus veladas. Un par de buenos platos de penne a la siciliana bien regados con Chianti y rematados por el tiramisú y la grappa que traía Caterina garantizaban que la sobremesa se extendiera, a veces hasta el alba.

Curioso, mirar cinco lustros atrás y darse cuenta de que cada uno de nosotros llevábamos ya escrito, quizá sin saberlo, el guion de nuestras esperanzas y ambiciones, el borrador de nuestras futuras carreras. André Rubbia tenía que sobrevivir al premio Nobel de su padre y Sanjib Mishra a su familia de príncipes brahmines. Cinzia da Via no iba a parar hasta inventar un nuevo tipo de detector, aunque para ello tuviera que reinventar su propia vida unas cuantas veces. Emilio Radicioni y yo siempre andábamos divididos entre el arte —la música en su caso, la literatura en el mío—. Y Antonio, como Albert Einstein, pero mucho más elegante, simpático y mujeriego, soñaba con la gloria.

(continuará)

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