Y todo eso, naturalmente, le constaba a Antonio Ereditato, el spokesperson (coordinador, guía, jefe espiritual, mánager, líder, ¿profeta?) del experimento OPERA. Como también le consta, no me cabe duda, que sus iniciales, A.E., repiten a las de Albert Einstein o que la ciudad en la que ejerce su cátedra, Berna, es una parte esencial de la historia del gran físico teoríco.

En Einstein’s dreams, una obra, como el propio autor, mitad poesía, mitad ciencia, Alan Lightman habla de esa Berna que conoció al gran físico teórico —cuando todavía era un don nadie que necesitaba dar clases particulares para ganarse la vida— y hoy alberga el Centro Alberto Einstein de Física Fundamental cuyo departamento experimental dirige Ereditato.
Cuesta poco imaginar Einstein’s dreams como el libro de cabecera del profesor Ereditato. Imaginarle desvelado en las horas tempranas que preceden al alba, sintiendo esos flujos temporales que lo conectan con el genio de sus mismas iniciales, de la misma manera que un gran río conectaba las almas resucitadas de los protagonistas de aquella novela tan loca y preciosa de mi juventud, A vuestros cuerpos dispersos (To your scattered bodies go) de Philip José Farmer. Cuesta poco imaginar que en ese insomnio se ve a sí mismo enviando un mensaje al pasado —algo que entraría dentro de lo posible en un universo en el que los neutrinos viajaran más rápido que la luz—, presentándose como un igual frente a Albert Einstein.
O quizá más que un igual. Quizá Antonio sueña con ser el hombre que acabó con la tiranía que nos impide viajar más allá de la esquina, que nos impide viajar en el tiempo, que nos ata a un planeta superpoblado y globalmente recalentado.
No conozco a mucha gente que se atreva ni siquiera a soñar con corregirle la plana a don Albert. Pero Antonio es uno de ellos. Le recuerdo bien hace 25 años, cuando yo era un pelagatos recién llegado al CERN y él, unos pocos años mayor que yo, ya una joven promesa decidido a comerse el mundo. Frecuentamos por una temporada la misma pandilla o, para ser más exactos, hubo un tiempo en que cierto españolito solitario se pegaba a uno de los numerosos grupos de italianos que trabajaban en el CERN de mediados de los ochenta. Italia en aquella época nos daba sopas con honda en todo lo que se refiriera a la física, sobre todo a la física de partículas —después de todo estamos hablando del país de Galileo, de Ettore Majorana, de Enrico Fermi—. Los italianos estaban por todas partes, mientras que los españoles acabábamos de llegar al gran laboratorio europeo y se nos podía contar con los dedos de la mano. De hecho fue una española o para ser más exactos, mitad española, mitad italiana, mi amiga Caterina Biscari, quién me coló sin carnet en el club que también frecuentaba Antonio.
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