Concursos: el hombre que derrotó a la CBS

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“Algo iba realmente mal. Ahí estaba ese tipo salido de la nada acertando el recuadro del premio una y otra vez. Era una locura, créeme. Y no podíamos detenerlo. Siguió acertando ronda tras ronda” (Michael Brockman, directivo de CBS)

Un concursante está rompiendo la banca de Press your luck, uno de los concursos estelares de la CBS. Está provocando el pánico tras las cámaras, en los pasillos, en la sala de control. Nadie puede explicarse lo que está sucediendo. Lleva acumulados más de 100.000 dólares de premio, en un solo programa. Es el equivalente de un cuarto de millón de euros actuales. Nunca había ocurrido algo parecido en toda la historia de la televisión norteamericana. Un botín de esa magnitud había parecido inalcanzable. Los productores del programa lo habían considerado imposible, o no hubiesen puesto en marcha el concurso. Y ahí está ese hombre, haciendo saltar todas las alarmas.

El público del plató tan pronto aplaude con entusiasmo como contiene la respiración guardando un completo silencio. El concursante en cuestión, un individuo de aspecto algo estrafalario y ademanes inusuales, que no es demasiado carismático —ni siquiera especialmente agradable—, ríe y gesticula, escenificando su victoria con expresión de euforia. El presentador Peter Tomarken consigue mantener el tipo, pese a que se enfrenta a una situación anómala y en el fondo, como sabríamos después, se encuentra tan preso del asombro y la confusión como el resto del personal del programa. Pero no lo deja entrever; incluso bromea con el concursante con frases como “¿qué se siente ahora, siendo propietario de media CBS?”. Entre bastidores está a punto de desatarse el caos. La situación no tiene sentido. En la cadena están muy nerviosos: el que alguien pueda llevarse un premio tan cuantioso sin que ellos comprendan cómo supone un delicado problema. La cadena tenía una cláusula por la que si algún concursante ganaba más de 25.000 dólares —en alguna improbable ocasión— no podría volver a participar en ningún otro programa de la emisora. La empresa se protegía así de los “jugadores de ventaja”. Pero de repente tenían a un concursante que estaba cuadruplicando esa cantidad, considerada «máxima», sin apenas inmutarse, en un sola emisión.

Hablamos de un concurso donde no resulta nada fácil obtener grandes premios. En Press your luck cada concursante está condenado a perder la mayor parte de sus ganancias, o todas ellas, cada pocas rondas de juego. Desde que empezó a emitirse el programa siempre ha sido así y los concursantes lo saben: llevarse algún premio cuantioso es cuestión no tanto de reflejos sino de pura suerte. Se asume que ningún ser humano puede acertar demasiadas rondas seguidas y el truco para no perderlo todo reside en saber retirarse a tiempo; esto es, tras cinco o seis rondas exitosas, como mucho. Pero hoy la cosa ha cambiado: el insignificante Michael Larson lleva ¡más de cuarenta rondas consecutivas acertando premios! ¿Está haciendo trampas? ¿Es un alienígena? No debe de estar haciendo trampas. La cuestión es: ¿cómo demostrarlo?

Finalmente, tras la mayor racha ganadora que se haya visto nunca en el show, Larson decide plantarse con un botín acumulado de 110.237 dólares. Era el mayor premio que un concursante se había llevado en un único día desde que existía la televisión. Mientras el presentador Peter Tomarken despide el inusual programa, una actividad febril se desencadena en la sala de control. Se produce una acalorada discusión para intentar deducir qué clase de trampa puede haber utilizado Larson, porque todos están completamente seguros de que ha hecho trampas. Aunque no se les ocurre cuáles, ni cómo. Durante los días siguientes se producirán tensas reuniones de directivos y productores: no pueden permitir que ese individuo se vaya con todo el dinero. Es sin duda un tahúr, un sinvergüenza. Quizá está compinchado con alguien del personal. Pero ni siquiera en caso de conspiración con un infiltrado son capaces de imaginar cómo puede haberlo conseguido. Se devanan los sesos durante mucho tiempo intentando encontrar una respuesta. Algo, el más mínimo detalle que se pueda presentar como indicio de que se ha producido una estafa. Algo que les evite tener que darle su premio a Larson. Pero lo van a tener difícil. Larson, por increíble que parezca, no ha hecho trampas.

Un conductor de camión de helados en paro

Michael Larson tiene treinta y cinco años de edad —aunque por causa de sus canas aparenta bastantes más—, es natural de Ohio y vive en Florida. Antiguo mecánico de equipos de aire acondicionado, vendedor de helados ocasional, ahora está sin trabajo. Casado en terceras nupcias con Teresa Dinwitty, padre de un par de hijos de relaciones anteriores, de los que no se ocupa demasiado. La gente de su entorno lo considera un tipo extraño, con una personalidad peculiar. Quienes lo conocen bien afirman que es un tipo muy inteligente, de carácter plácido y llevadero, pero también podía frío y egoísta. Desde que está desempleado parece movido por una única idea: la de conseguir un método para ganar dinero rápidamente.

Michael Larson sembró el más absoluto desconcierto cuando hizo saltar la banca en el concurso «Press your luck»

Larson está en el salón de su casa, dedicado a su actividad preferida de los últimos meses: pasar horas y horas viendo un concurso de televisión detrás de otro. Siempre ha tenido la tendencia a interesarse por algún tema concreto, llegando con frecuencia al punto de desarrollar una verdadera obsesión. Esta vez, el tema que centra sus obsesiones son los concursos. Quiere encontrar una fórmula infalible para ganar en alguno de ellos. Los ve cuando se emiten en directo, pero también los graba en vídeo con el fin de repasarlos una y otra vez. Su mujer le pregunta qué pretende con todo aquello, pero la respuesta de Larson resulta más bien vaga: ni siquiera él sabe exactamente qué es lo que está buscando. Algún patrón que emerja entre tantas horas de emisiones, pero ¿cuál? ¿En qué concurso concreto? La pila de cintas de vídeo va creciendo. La obsesión de Larson también.

Press your luck es uno de los concursos más en boga y uno de los que ofrece mayores premios. Tres participantes se enfrentan en unas rondas de preguntas y después juegan con un panel electrónico que hoy nos parece rudimentario, pero que en 1984 era la última maravilla tecnológica de la televisión norteamericana. Se parecía a una ruleta electrónica. El panel estaba compuesto por una serie de recuadros donde iban apareciendo, en rápida sucesión, distintos premios (desde cantidades de dinero en metálico hasta viajes, pasando por la posibilidad de volver a jugar otra ronda adicional). También hay recuadros negativos: los “Whammys”, en los que aparece la mascota del programa, cuyo efecto es el de quitarle al concursante el dinero acumulado que había ganado hasta el momento. Los recuadros del panel se van iluminando con bastante rapidez y aparentemente al azar. El concursante ha de pulsar un botón y decir “stop!”, momento en que la luz se detiene sobre uno de los recuadros: lo que hay en el recuadro iluminado es lo que el concursante ha ganado (o perdido) en esa ronda. Al diseñar el programa, sus creadores habían puesto a prueba el sistema de juego y habían comprobado que un concursante podía aspirar a jugar, como regla general, unas seis rondas seguidas antes de caer en un Whammy y perder los premios acumulados. ¿Por qué? Porque el recuadro iluminado cambiaba de manera demasiado rápida e imprevisible como para que ningún ser humano tuviera reflejos suficientes para ejercer algún control sobre el premio que iba a recibir. Acertar una ronda era cuestión de pura suerte  y el Whammy siempre terminaba iluminándose por efecto de la pura probabilidad. Nadie sería nunca capaz de esquivarlo permanentemente. Así, como decíamos, el truco para llevarse un buen premio consistía en no dejarse llevar por la avaricia y saber retirarse a tiempo si ya se habían ganado cuatro, cinco o seis rondas. Sobre el papel, Press your luck era un concurso inexpugnable. Cuestión de suerte. Y la suerte suele favorecer a la banca.

Larson no abandonaba sus visionados de este concurso, a pesar de ser considerado uno de los más difíciles. Un buen día, tras haber repasado hasta la extenuación episodios de Press your luck, notó algo. Había contemplado una infinidad de rondas en las que los recuadros se iluminaban en una sucesión rápida y y se suponía que caótica, hasta que creyó observar que existían ciertos recuadros en los que no parecía iluminarse nunca un Whammy. Prestando más atención, rebobinando las cintas de vídeo una y otra vez, Michael Larson tuvo una revelación. Intuyó que recuadros, por muy rápidos que fuesen los cambios, no se iluminaban al azar como parecía a primera vista. Tenía que existir un patrón que explicase su observación de que había recuadros donde nunca se perdía. Sobreexcitado, repasó las cintas incluso con mayor ahínco. Analizó cada ronda, hasta que por fin lo descubrió. El patrón estaba allí.

Los recuadros del panel se iluminaban siguiendo cinco secuencias, que eran siempre las mismas. El proceso ocurría con tanta rapidez que los concursantes, estando además envuelto por el ambiente trepidante y ruidoso del plató, nunca lo habían observado. Ni siquiera los espectadores que estaban en casa parecían haberse dado cuenta. Era un ciclo de secuencias casi más rápido que el ojo humano… y sin embargo, una vez detectado, resultaba evidente. Michael Larson había descubierto el secreto de Press your luck. El panel, en efecto, era controlado por un rudimentario programa informático que utilizaba cinco secuencias distintas de iluminación. Por entonces, la programación computerizada de auténticas secuencias aleatorias no se consideraba necesaria, y parecía de sentido común que combinando cinco ciclos tan veloces como los de aquel panel se impediría que alguien los hubiese detectado a simple vista.

Pero Larson los había detectado, si bien no «a simple vista», mas después de muchas horas de observación. Y era un descubrimiento increíble: podía vencer al concurso. Empezó a practicar en casa. Se requería mucha concentración porque las luces del panel cambiaban a toda velocidad, pero cuando hubo memorizado las cinco secuencias completas pudo empezar a acertar los recuadros que contenían premio, ronda tras ronda. Una vez perfeccionada la técnica, era hora de viajar a California y participar en el concurso.

“Press your luck era el Titanic, Michael Larson era el iceberg”

El supervisor del casting de concursantes de Press your luck creyó notar algo inquietante durante la entrevista a aquel candidato; como si no fuese del todo sincero al hablar de su propia vida; como si guardase algún secreto o se hubiera presentado al programa con algún plan en mente. Quizá Michael Larson quería parecer demasiado natural, preocupado por ocultar que quería participar en el concurso solamente porque había revelado el secreto de su mecánica. Fingía, y no resulta sorprendente que se notara. Cuando alguien se dedica a entrevistar a centenares de personas para un puesto, acaba percibiendo aquellos casos en que alguien se comporta de manera un tanto diferente, por el  motivo que sea. También es posible que el supervisor recordase esto a posteriori, cuando ya había sucedido todo. En cualquier caso, el hecho no revestía mayor importancia. El aspirante, por peculiar que fuese el aura que desprendía, respondió bien a las preguntas de prueba y parecía tener buenas capacidades, así que terminó siendo escogido para aparecer en el siguiente programa.

La grabación empezó con normalidad. Los tres concursantes fueron presentados ante la audiencia. Los otros dos recordarían después que infravaloraron a Larson a causa de su aspecto insignificante, su falta de carisma y su sonrisa atontada. La audiencia tampoco debió de sentirse muy impresionada por su presencia. Esto, tal vez, jugaba en su favor.

Se inició el concurso y Larson tuvo oportunidad de enfrentarse al panel por primera vez, pero no empezó con buen pie. Acertar en el plató, ante las cámaras, con la presión de la competición, el ruido, las luces y el público, no era lo mismo que estar sentado en el sillón de casa. La primera vez que pulsó el botón y dijo «stop!» para detener el panel, cayó en el recuadro de un Whammy. Primera ronda, primer fallo. No se desanimó. Conocía el secreto y lo que necesitaba era conseguir concentrarse. Se sabía de memoria las cinco secuencias que podían aparecer en el panel: tenía que observar, reconocer la secuencia concreta y actuar con la requerida rapidez. No era fácil, desde luego, pero pero lo había practicado en casa innumerables veces y sabía que podía hacerse. Recuperó la compostura y se centró en lo que había que hacer. Si lo hacía bien, no podía perder. En la siguiente ronda empezó a acertar. Una ronda, y después otra. Y otra, y otra, y otra.

El presentador estaba atónito, como confesaría más adelante, pero conseguía disimularlo con mucha profesionalidad. Los otros dos concursantes —que como es lógico también conocían muy bien el programa— asistían boquiabiertos a lo que siempre habían tenido por imposible. Larson se mostraba alegre entre ronda y ronda, celebrando los aciertos como cualquier otro concursante, pero a medida que iba acertando más rondas y acumulando más dinero (el cual que podría perder al primer fallo) su semblante se tornó mucho más serio y concentrado. El público del plató guardaba un silencio sepulcral durante cada nueva ronda, antes de que Larson apretase el botón: no entendían muy bien lo que estaba sucediendo, pero explotaban de júbilo con cada nuevo acierto inexplicable de aquel desempleado de Florida. La tensión y la locura, de manera alternativa y convulsa, reinaban en el plató de Press your luck.

Después de treinta rondas, Larson empezaba a parecer cansado. Ganar rondas requería un esfuerzo muy superior al que nadie pudiera suponer, ya que no estaba jugando al azar como todo el mundo creía, sino focalizando toda su energía mental en cada ronda. Nadie en todo el país conocía su secreto; él era el único que veía las cinco secuencias. Era como el único niño de la clase que sabe leer, o como el tuerto en el país de los ciegos, y por eso mismo nadie podía intuir la tensión continua a la que estaba sometido para no cometer un descuido, para no ser demasiado rápido o demasiado lento y fallar. Después de un total de cuarenta rondas acertadas, con cien mil dólares en el bolsillo y agotado, decidió plantarse y terminar (¡finalmente!) su turno, ante la incredulidad de todos los presentes y millones de televidentes.

El destino todavía le iba a gastar una broma y, pese a todo, necesitó de la suerte para poder llevarse su premio. Cuando el programa estaba cerca de terminar, otro de los concursantes renunció a su turno para no perder sus propias ganancias (o, quién sabe, porque alguien del programa se lo había pedido), con lo que Larson, de manera inesperada, tuvo que volver a enfrentarse al panel. Aquello lo tomó por sorpresa. Estaba mentalmente exhausto, pero el reglamento le obligaba a jugar un número mínimo de rondas obligatorias. De nuevo acertó en las primeras. En la última tirada obligatoria —que jugó tras resoplar, visiblemente abrumado— le surgió un serio problema, del que solamente él fue consciente. No consiguió mentalizarse lo suficiente como para descifrar la secuencia de luces. Por primera vez desde el inicio del programa se disipó su concentración. Se extravió. Agotado, perdido y a la desesperada, detuvo el panel prácticamente al azar,arriesgándose a perderlo todo de una sola vez. Era un momento extraordinariamente crítico, y nadie excepto él mismo podría sospechar hasta qué punto. Sin embargo, la fortuna estuvo de su lado: no se iluminó un recuadro de Whammy, sino uno que contenía otro premio (un viaje a las Bahamas). Después de aquella última tirada obligatoria en la que había conseguido mantener su recién adquirida fortuna por muy poco, Larson señaló con visible alivio a la concursante de su izquierda, indicando que renunciaba a lo que quedaba de su turno. Se había salvado. Se plantó con un total acumulado de 110.237 dólares, cantidad que marcaba un récord absoluto en la historia de los concursos televisivos: se tardaría la friolera de veintidós años en batir aquella marca, concretamente en un episodio de The price is right. Larson, que al principio del programa había descrito cómo por su condición de desempleado se había visto incapaz de regalarle nada a una de sus hijas en su reciente cumpleaños, dijo “ahora tendrá algún regalo” y bromeó recordando que ya no necesitaría conducir más camiones de helado durante el verano.

Entre bastidores, claro, todo que los productores de Press your luck querían saber era qué trampa había hecho Larson para ganar. Porque estaban dispuestos a negarle el premio a toda costa.

“Es un tramposo. No vamos a pagarle”

Las evidentemente fingidas celebraciones de Larson despertaron dospechas en la CBS.

El programa se emitió en dos partes, a causa de lo larga que había sido la intervención de Larson. Como es lógico, la edición despertó un considerable revuelo y los índices de audiencia fueron excepcionales. Pero eso no significaba que Michael Larson iba a recibir su premio al instante. En la CBS estaban convencidos de que había manipulado el concurso de alguna manera. Cuando empezaron a repasar la grabación del programa en busca d epistas, aquel convencimiento quedó reforzado. Estudiaron cada gesto, cada movimiento, cada expresión inusual en el rostro del concursante. Descubrieron que, tras acertar cada recuadro, celebraba su victoria al instante. Los demás concursantes siempre hacían una pausa antes de celebrar, siempre transcurrían unas décimas de segundo, que era lo que tardaba cualquier ser humano en comprobar que se habían llevado un premio y de qué cuantía. Pero Larson no hacía aquella casi imperceptible pausa, lo cual solamente podía significar una cosa: ya sabía que iba a ganar y estaba fingiendo la celebración. La hipótesis quedó confirmada cuando en una de las rondas Larson ganó un viaje en lugar de un premio en metálico, y los productores pudieron percibir un asomo de decepción en su rostro, en vez de la alegría que se hubiera esperado por, como mínimo, haber evitado perder su dinero acumulado. No dudaban de que había hecho trampas. Pero no conseguían imaginar cuáles.

No fueron capaces de averiguarlo. Con las reglas del programa en la mano y por mucho que observaran las grabaciones o investigasen las ciurcunstancias, no había nada que Michael Larson hubiera hecho que pudiera considerarse «ilegal». No existía ni rastro de conspiración con algún miembro del equipo del programa, aunque eso tampoco hubiera servido de gran cosa, ya que nadie en el equipo conocía las secuencias del panel excepto los programadores que lo habían diseñado y resultaba muy fácil interrogar a los programadores sobre cualquier filtración. Además, mientras concursaba, Larson no había mirado a nada ni a nadie excepto al panel —de hecho había estado más concentrado que cualquier otro participante— así que nadie le podía haber dado indicaciones, ni tampoco se percibían signos de que un cómplice estuviese presente y Larson le hubiese dirigido una involuntaria mirada furtiva. Miembros del equipo y directivos de la CBS se quebraron las sienes, discutieron, indagaron. Al final llegaron a una conclusión, la única que les parecía posible: Larson conocía los patrones del panel de antemano y si nadie se los había proporcionado, es que los había observado viendo el programa desde su casa. ¿Impensable? Tal vez, pero había que poner la tesis a prueba y ellos mismos comprobaron que, conociendo las secuencias, era posible (aunque difícil) acertar una y otra vez. Y eso no era ilegal, no era ninguna trampa porque no violaba el reglamento del concurso. Michael Larson había sido más listo que ellos, eso era todo. Les gustase o no, tenían que darle su dinero. Haciendo de tripas corazón, la CBS firmó el cheque de más de cien mil dólares.

Como es lógico después de pasar por semejante experiencia, los productores del programa modificaron el panel. La tecnología de la época no permitía grandes cosas en cuanto a la creación de un panel aleatorio, pero sí introdujeron nuevos patrones en el programa informático, tantos que repetir el truco de la memorización resultaba, ahora sí, imposible. A alguien tan inteligente como Larson le había costado un considerable esfuerzo de concentración vencer al panel con solamente cinco secuencias que memorizar. Tras la modificación, con más de treinta secuencias diferentes, ya no podía hacerse. Ni que decir tiene que el paso de Michael Larson por Press your luck marcó un antes y un después en esta clase de programas. Ahora los creadores de concursos tendrían que preocuparse por establecer mecanismos lo bastante complejos o azarosos como para que nadie pudiera descifrarlos desde casa. Larson, sentado en su sillón en Florida, había cambiado la historia de los concursos televisivos.

Dinero fácil

Aquella pequeña fortuna pudo haber cambiado la vida de Michael Larson para mejor, pero no fue así. Convencido ahora de que estaba predestinado a ganar dinero rápido, las cosas empezaron a irle mal. Primero perdió una parte de sus ganancias en una mala inversión inmobiliaria, algo que sucede no pocas veces en estos casos. Después, con los 40.000 dólares que aún le quedaban, tomó la que probablemente fue la decisión más estúpida de su vida.

Había por entonces un programa de radio que organizaba un concurso bastante curioso y muy difícil de ganar. El locutor leía un número al azar: si algún oyente por casualidad poseía un billete de un dólar cuyo número de serie coincidiese con el número mencionado, ganaría un bote de 30.000 dólares. Como parece evidente las probabilidades de acertar eran prácticamente nulas, porque los oyentes, como cualquier otra persona, solían llevar un pequeño puñado de billetes en el bolsillo, y el que uno de esos billetes contuviese el número de serie resultaba casi imposible. Pero Michael Larson, todavía obsesionado por encontrar puntos débiles en los concursos, como si aquello fuese la llave mágica hacia la fortuna, lo vio de otra manera. Si cambiaba todo el dinero que le quedaba por billetes de un dólar, sus probabilidades de acertar el número de la radio se multiplicaban por cuarenta mil. Así que sacó todo el dinero del banco, lo convirtió en fajos de billetes nuevos de un dólar y se dedicó a repasar aquellos fajos todos los días para ver si encontraba el número que leían en la radio. Aquello se convirtió en su nueva obsesión. Como es natural, llevaba el asunto en secreto. Pero al igual que sobreestimaba su propia inteligencia, subestimó la agudeza de sus vecinos: por el barrio no tardó en correr la voz sobre sus nuevas actividades.

El concursante que había asombrado a la nación con su astucia y que había ganado el premio más cuantioso en la historia de la televisión, terminó demostrando no ser tan astuto cuando salió una noche con su mujer y dejó ocultos en la casa aquellos cuarenta mil dólares en billetes de a uno. Se mire por donde se mire, una mala idea. Cuando la pareja regresó al hogar, había sucedido lo que era de esperar: el dinero ya no estaba allí. Michael Larson entró en cólera. Pensaba que nadie podía haber conocido sus actividades sin mediación de su mujer y la acusó de haber conspirado con algún tercero para simular el robo. Ella, indignada, respondió haciendo las maletas y marchándose para no volver. El concursante que había maravillado a los televidentes y había puesto en un brete a la CBS estaba otra vez en la más completa ruina.

La pérdida de todo su célebre premio no ayudó a mitigar sus ansias por volver a intentarlo. Contactó con los productores de Press your luck para proponerles una idea: reunir a los mejores concursantes que hubiesen pasado por el programa en un episodio especial donde competirían entre sí. De esa manera, el público podría asistir a un nuevo desafío entre Larson y el ahora reformado y más indescifrable panel. En la CBS, donde no querían volver a oír hablar de aquel tipo nunca más, le cerraron la puerta en las narices. Durante los años siguientes Larson volvió al más completo anonimato y tuvo numerosas ocasiones para lamentar de la fortuna perdida.

A principios de los noventa se le diagnosticó un cáncer de garganta, con el estuvo combatiendo durante toda la década. Su nombre sólo volvió al primer plano, aunque de manera breve, cuando Robert Redford estrenó la película Quiz show, en la que se narraba la manipulación del programa Twenty-one durante los años cincuenta, un tongo que había provocado un considerable escándalo mediático y había obligado a establecer nuevos estándares de transparencia en los concursos. Diversos programas comentaron la película invitando a individuos que hubiesen tenido un paso célebre por algún concurso, y Larson pudo volver a aparecer en televisión, esta vez concediendo alguna entrevista. Aquello le hizo sucumbir nuevamente a la tentación del dinero fácil, pero los concursos habían cambiado —por su causa, claro— y se habían vuelto más seguros. Ya no quedaban muchas más opciones de enriquecerse mediante el juego que las delictivas. Larson se vio envuelto en un negocio ilegal de venta de loterías que fue desarticulado por la policía. Cuando el FBI inició la investigación y parecía evidente que una acusación en firme iba a caer sobre su persona, el ex-concursante decidió huir. Se esfumó del mapa sin que nadie conociera su paradero.

Finalmente, en 1999, un desaparecido Michael Larson perdió la batalla contra el cáncer y falleció: sólo entonces se hizo público que había permanecido oculto en la propia Florida, pasando la etapa final de su vida convertido en un prófugo de la justicia, un hombre arruinado que agonizaba mientras las autoridades intentaban dar con él.

Hizo saltar la banca y fue más astuto que la todopoderosa CBS. Pero creyó que podría repetir la suerte una y otra vez, como si la vida fuese uno de aquellos paneles luminosos, y se equivocó. Hoy es una de esas extrañas figuras tragicómicas de la historia de los concursos, como el Herbert Stempel que interpretó John Turturro en la mencionada Quiz Show. Pero nos enseña una valiosa lección: hay que saber conservar el premio cuando este llega, porque por muy listo que uno sea, no se puede ganar siempre.

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33 Comentarios

  1. Muy bueno. Espero que algún día nos cuentes el proceso de elaboración de tus artículos en perspectiva, es decir, no sólo cuando estás escribiendo sino cómo has llegado a conocer tanto sobre temas tan diversos. Sinceramente, la impresión que se me queda leyéndote es que eres un auténtico devorador de información.

  2. Emilio te estás convirtiendo, salvando las distancias, claro está, en el Stefan Zweig, del siglo XXI. Tienes parte de su magia para relatar anécdotas y convertirlas en magníficas historias, felicidades.

  3. ¿No hay ninguna película de esta historia? Porque la merece sin duda alguna. Lo único que nos queda es ver el concurso gracias a youtube.

    • Sí que la hay. Bueno, hay un documental del año 2003 que se llama Big Bucks: The Press Your Luck Scandal. Puedes encontrarla en versión original en YouTube. No sé si la encontrarás en castellano.

  4. E.J. Rodríguez, su artículo, por narrativa y recursos, se me parece mucho a los relatos de Isaac Asimov. Enhoraubena, usted también se ha ganado el gran premio de la unanimidad en este foro. Y eso es también bastante difícil…

  5. me recuerda a esa historia del tipo que compro miles de flanes para poder viajar gratis durante el resto de su vida, esa tenia final feliz.

  6. Felicidades por el artículo! No suelo pasarme mucho por aquí pero me ha encantado, me lo he leído de cabo a rabo y la verdad es que desconocía por completo esta historia, bravo!

  7. Por cómo se le describe parece alguien con síndrome de Asperger (igual que yo), por lo que las conductas descritas como obsesivas son normales, temporales, no enfermizas y no deberían sorprender, así como otras características encajan bastante bien (sobre todo las pocas habilidades sociales y el descubrir algo que nadie había visto antes: era una persona diferente y más rápida a nivel neuronal).

  8. Quería felicitarte por el artículo, pero mejor que eso, te daré las gracias por contar la historia y contarla de esa manera, no he podido dejar de leer hasta el final.

  9. Ya con el visionado del video enlazado en la última frase se ha desbordado el interés que me ha provocado tu excepcional relato. Te felicito y agradezco.

  10. increíble, está claro que tenía estudiada la rotación del panel, menos la del crucero, siempre las para en sólo dos paneles, y siempre el de arriba le da 4000/5000 dólares y el lateral 750/500. Alucinante, de trampa ninguna, sencillamente un tío listo para esa época de la televisión

  11. Un articulo muy interesante y estupendamente redactado, no pude dejar de leerlo nada más empezar…
    No conocía la historia, me ha gustado mucho. Gracias por el video, runtledge, ha redondeado el articulo!

  12. Mi más sentida enhorabuena por la historia , E. J. Rodriguez . Sí , Roberto , Michael Larson podría haber padecido Sindrome de Asperger o un tipo de trastorno parecido ; cualidades para detectar secuencias , carácter obsesivo y pocas dotes sociales .

  13. Muy buen articulo. Interesantisimo. Enhorabuena

    Considerandolo en perspectiva, al ver el video se nota que sus reacciones son falsas y que reacciona bastante antes de lo que seria normal si no supiese que iba a ganar seguro.

    Pero una fiera el tio

    Gracias!

  14. muy buena historia. no la conocía. muy bien escrito. el tipo es inquietante y deprimente a la vez. estoy de acuerdo en q la historia merece una película, evidentemente tragicómica.

  15. Muy ameno a pesar de lo extenso, leerlo ha sido un rato muy agradable. Una historia de lo más interesante además.

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