Nietzsche y Wagner: entre el Lago de los Cuatro Cantones y el primer Festival de Bayreuth

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En 1866 el filólogo Friedrich Nietzsche aún no tenía el célebre bigotón gigantesco de años posteriores cuando recibió esta nota de su compañero Ernst Windisch, estudioso sanscritista de la Universidad de Leipzig: “Si quieres conocer a Richard Wagner, ven a las cuatro menos cuarto al Café Théâtre”. El meses atrás, Nietzsche, recién dado de baja en el servicio militar, había escuchado totalmente arrobado los preludios de Los maestros cantores de Núremberg y Tristán e Isolda y tenía verdadera curiosidad. Él y Windisch se encontraron en el café y fueron andando a través de Leipzig hasta la casa donde se hospedaba el polémico operista, que estaba de paso en la que era, por cierto, su ciudad natal. No hubo suerte, Wagner había salido. Dos días después, el escritor de Así habló Zaratustra, con entonces 24 años, encargó un frac en una sastrería de Leipzig para un futuro encuentro que concertó, pero se encontró aquella misma tarde con que no podía pagarlo. Después de una riña con el sastre, atravesó la lluvia y llegó a casa de los Brockhaus, parientes de Wagner. Sin frac estrechó Nietzsche la mano de Richard Wagner, 31 años mayor. Así comenzó una de las relaciones personales artísticas que más bibliografía ha producido en la historia contemporánea. Ruptura, más o menos progresiva, que tuvo detonante en el primer Festival de Bayreuth de 1876, uno de los templos clave de la música clásica del siglo XX.

Según el biógrafo de Wagner, Martin Gregor-Dellin, para el compositor, Nietzsche fue un capítulo en su vida, mientras que para este fue mucho más. No se da entre los grandes nombres del pensamiento un caso de impronta pareja por parte de un músico. Nietzsche lo tomó como mentor, como a Schopenhauer (a quien ambos leyeron y releyeron con fruición), y cuando ya se hubo alejado dolorosamente de su influjo directo y de su proyecto estético, en su etapa de plenitud más allá de Humano, demasiado humano, Wagner y el wagnerianismo aparecen cada tanto.

La sección octava de Más allá del bien y del mal. Preludio para una filosofía del futuro, en el tercer tratado de La genealogía de la moral, en el apartado Por qué soy tan inteligente de su reflexión autobiográfica Ecce Homo. Cómo se llega a ser lo que se es o en sus escritos últimos, de 1888, antes de perder el juicio, El caso Wagner. Un problema para músicos o Nietzsche contra Wagner. Documentos de un psicólogo contienen pasajes elocuentes. Además de ecos más o menos transversales, innúmeros, que los escrupulosos especialistas han ido detectando aquí y allá en todo el corpus. Así, tenemos a el viejo mago, a quien en su libro cuarto, el profeta de las montañas, Zaratustra, golpea con su garrota y grita: “¡detente comediante!, ¡falsario!, ¡mentiroso de raíz! ¡Yo te conozco bien!” Así, el título lleno de retintín El crepúsculo de los ídolos.

El joven profesor llega a Tribschen

De las últimas cartas que envió, entre diciembre del 88 y enero de 1889, que firmó en ocasiones como “El Crucificado”, algunas fueron dirigidas a Cósima, la viuda del “Maestro”, a quien adoraba. Los días sedantes en Tribschen, junto al Lago de los Cuatro Cantones, en Lucerna (Suiza central), siempre fueron muy recordados por él. Por cierto, tampoco en Tribschen le pescó a la primera al autor de la tetralogía de El anillo del Nibelungo cuando fue a verlo por segunda vez. Volvamos a Leipzig. Durante de la referida velada de primer contacto, según escribió Nietzsche a su amigo corresponsal Erwin Rohde (“habla muy de prisa, es muy chistoso y hace sumamente alegres las reuniones de este tipo”), Wagner tocó al piano del salón algunos pasajes de Los maestros cantores… poniendo las voces de los personajes, leyó partes de su autobiografía, Mi Vida. El caso es que le impresionó semejante fuerza estrambótica de la naturaleza. Wagner le dijo que le visitara en su casa de Tribschen, donde se había ido a vivir, en escandaloso concubinato con Cosima von Bülow, (ex) mujer de una de las grandes batutas del momento, Hans von Bülow, (ex) amigo del “mago”.

En 1869 Nietzsche se trasladó a la Universidad de Basilea, y quiso visitar a los Wagner un sábado de mayo, yendo a pie a su casa a las afueras de Lucerna. El criado que le abrió, le comunicó que el compositor estaba ocupado y que volviera en dos días. El lunes atravesó el lago en un vapor y sí fue recibido. Volvería ahí durante tres años de verdadera intimidad. Allí estaban las hijas del matrimonio von Bülow Isolda, Eva, Blandine, Daniela, y dos perros y dos pavos reales. Allí los Wagner tuvieron su único hijo, Siegfried. A pesar de la sombra de la guerra franco-prusiana, que Nietzsche conoció como enfermero (en especial, la horrorosa batalla de Wörth) el año 70 tuvo un fin de gran dicha: aquella navidad la pasó en Tribschen, y allí reunió Wagner un pequeño conjunto de cuerda y viento para interpretar su composición El idilio de Sigfrido, una reelaboración orquestal a partir de temas de la ópera de su héroe mitológico. Fue el regalo de cumpleaños para Cosima, que cumplía años el día 25 de diciembre. Una pieza que ni en sus años más antiwagnerianos, cuando reivindicaba a Bizet o a Chueca y echaba pestes biliosas de Bayreuth, llegó a rechazar.

Dos caracteres y la música

Desde el inicio, aquellos dos decisivos personajes se habían llevado bien. Friedrich era una promesa académica entonces, y Wagner luchaba por más reconocimiento (aunque al final tendría más honores que ningún otro músico de su siglo). A Nietzsche le sorprendía muchas veces su modo de ser (más adelante hablaría de él como de un bufón y un charlatán): Wagner le echó buenas broncas cuando le dijo que era vegetariano o cuando alabó el Triumphlied de Brahms, antípoda de Wagner. “El Maestro” (así se referían a él sus allegados y admiradores), por su parte, sintió un afecto casi paternal hacia él, y le ofreció en repetidas ocasiones su casa, durante los solitarios bajones de salud de Nietzsche. Los dolores de cabeza y los problemas oculares del filósofo irían empeorando rápidamente. Ambos, amantes de Goethe y Beethoven, padecerían toda su vida las migrañas, las crisis nerviosas, y el insomnio. Su unión fue sin duda la música.

Cosima, incansable dietarista, apuntó la pesadez que le producían las obras diletantistas musicales de Nietzsche, quien en la Navidad de 1871, tocó al piano en honor de la cumpleañera su propia obra Ecos de una noche de San Silvestre con canción procesional, danza campesina y repicar de campanas. Wagner, comentó maliciosamente: “y ahora aparece llevando en el bolsillo la partitura con premeditación y alevosía”. En respuesta al panfleto Nietzsche contra Wagner de 1888, el “grupi” bayreuthiano Richard Pohl aludió a la frustración musical del literato como motivo profundo de tanta invectiva exclamatoria.

La conferencia del profesor de Basilea El drama musical griego (1870) y el artículo Música y tragedia (1871) fueron el germen de El nacimiento de la tragedia griega, con prólogo a Wagner. Este era libro polémico, alejado de la filología científica, donde se manejaba un discurso flamígero, lleno de evocaciones visionarias: hablaba del origen musical de la tragedia (la música como el origen irrepresentable, como la expresión plena de la voluntad del mundo), asociaba a Wagner con Esquilo, previo a la decadencia de Eurípides, contagiado por el socratismo, el moralismo y el psicologismo. El coro sería el pathos diritámbico que sobrevuela las individualidades del drama, del mismo modo que la “melodía infinita” de Wagner, que constituía un verdadero acontecimiento de renacimiento cultural alemán. Esta obra, rechazada por casi todo el mundo filológico clásico académico, causó una gran admiración y felicidad del ególatra Wagner, quien lo fichó definitivamente como publicista e ideólogo del “círculo de Bayreuth”, que quería constituir en torno a su obra. En este sentido, la pieza más señalada vendría cuatro años después, con la cuarta de las Consideraciones intempestivas titulada Richard Wagner en Bayreuth.

En aquel día de mayo del año 1872, cuando bajo una lluvia torrencial y un cielo encapotado se colocó la piedra fundacional en la colina de Bayreuth, Wagner regresó en coche a la ciudad con algunos de nosotros, en el trayecto guardaba silencio y dirigía sus ojos hacia sí mismo con una prolongada mirada que no habría palabras para describirla. Cumplía ese día los 60 años de edad: todo lo precedente era una preparación para ese momento”, escribe. Y a continuación compara al artista con Alejandro Magno. Era una auténtica loa de la  obra de arte total (Gesamtkunstwerk), de su excelso cocinero, y de su mausoleo, diseñado personalmente por el propio músico. Se Richard Wagner en Bayreuth se publicó en julio del 76, meses antes del estreno mundial de la tetralogía completa (la obra que le llevó a Wagner media vida terminar) y el inicio de la primera edición del festival.

El estreno en La Colina Verde de Baviera

El Bayreuther Festspielhaus, el teatro sobre La Colina Verde (al norte de Baviera), sigue intacto desde el día de su fundación. Por dentro, sobre todo, un edificio más bien austero para lo que suelen ser las óperas. El auditorio procura un tipo de acústica especial, con una planta íntegramente de madera y apenas hay ornamentos, columnas o distracciones de la escena. El foso de la orquesta está totalmente enterrado. Por allí anduvo Wagner con mil tareas de preparativos, mil efectos especiales (un dragón, por ejemplo) y trucajes tramoyistas que causarían cierta mofa en el esperado estreno. “Si la máquina de bruma comenzaba a dejar que el vapor se filtrase en el foso de la orquesta, Wagner se encargaba de tapar el boquete”, cuenta Jonathan Carr sobre el rocambolesco estreno en El clan Wagner (que hace un divertido recorrido histórico/familiar del festival hasta hoy).

Aunque Luis II de Baviera (adicto a la causa de la nueva ópera desde su primer impacto escénico con Lohengrin, que asistió a los ensayos pero no al estreno) sufragó los gastos, lo cierto es que el problema de bancarrota se sumaba a todos los demás. Wagner y Cosima habían recorrido Wurtzbur, Fráncfort, Darmstadt, Mannheim, Stuttgart, Estrasburgo, Colonia, Düsseldorf y Hannover recaudando fondos en asociaciones wagnerianas y dando conciertos. O buscando a los músicos idóneos (la nueva ópera requería unas cualidades especiales, de densidad, potencia y resistencia, para aquella remodelación de exigencias en los registros vocales clásicos).

No fue, como en un principio planeó Wagner en un principio, un espectáculo de importante cupo de entrada libre para estetas y demás pueblo germano. Acudió la crème de la crème de la vieja Europa. Aparecieron en el estreno Guillermo I de Alemania y Dom Pedro II de Brasil y toda una marabunta de cortesanos, periodistas y aristócratas. En su caserón de Wahnfried (en cuyo jardín yace enterrado junto a Cosima), Wagner dio auténticas “audiencias papales”, como dejó dicho el cáustico Nietzsche. Éste, por cierto, no terminó muy contento. Tampoco se le hizo mucho caso. Asistió a algún ensayo y a El oro del Rhin y después regaló las entradas que le sobraban. Su camino se separaba irremisiblemente. Nietzsche pasaba a la madurez (con más agudos dolores de cabeza), y las críticas wagnerianas en Humano, demasiado humano, su siguiente libro importante, fueron recibidas en Wahnfried con disgusto.

Más allá de Bayreuth: crítica a Parsifal

La ampulosa sociedad guillermina, muy orgullosa tras su victoria contra Francia y el cortesanismo bayreuthiano repugnaron al filósofo aforista. En realidad, ya llevaba un tiempo dando vueltas a lo que sería un romanticismo decadente, nihilista, contrario a la afirmación de la vida antitrágica del superhombre que él y Zaratustra pregonarían desde el refugio de Sils-Maria. La posterior ópera (la última del ídolo musical), Parsifal (a la que se dedicaría de modo monográfico el segundo Festival de Bayreuth, de 1882) sería el objeto de todas las pullas nietzscheanas. Veía a Wagner arrodillándose ante la cruz con la historia medieval de Perzeval, el caballero artúrico, héroe castísimo del Santo Grial (aunque, por otro lado, por ejemplo, Tanhäuser había usado mucha imaginería católica; aunque, Nietzsche conociera partes del libreto de mucho antes y lo juzgara espléndido). A esto, los historiadores añaden la “ofensa mortal” de descubrir que Wagner andaba diciendo a sus médicos que opinaba que su problemática ceguera de podría deberse a un onanismo despendolado.

Nieztsche hablará de Wagner como “Cagliostro”, escribirá: “como escritor es un músico, como músico, un pintor, como artista, un comediante”. Entre Tribschen, junto al lago, y la Colina Verde bávara (en ambos lugares hay colocadas dos cabezas esculpidas de metal del “Maestro”), tenemos el itinerario personal de diez años de formación de Nietzsche, siempre a la vera de la música romántica y maltratado por las enfermedades y la soledad. Hacia mediados de los 70 su mostacho había crecido fabulosamente.

Terminamos con un pasaje de Cómo conseguí librarme de Wagner, referido al verano de 1876: “el inesperado acontecimiento me dio, como si fuera un rayo, claridad sobre el lugar que había abandonado (y también me proporcionó ese estremecimiento posterior que siente todo aquel que ha corrido inconscientemente un peligro enorme. Cuando continué caminando en solitario, temblaba; no mucho después de todo aquello, estuve enfermo, más que enfermo, a saber, estuve cansado —cansado de la irresistible desilusión por todo lo que nos quedaba a nosotros, los seres humanos modernos, de entusiasmo, por la fuerza, el trabajo, la esperanza, la juventud y el amor dilapidados por todas partes, cansado de asco por toda mentira y todo el debilitamiento de conciencia idealistas, que aquí habían triunfado una vez más sobre uno de los más valientes…”

 

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