Álvaro Corazón Rural: Suicidarse o morir

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La gente habla I

De todos los temas de actualidad que han dado para tertulia este verano en el bar que frecuento, el que me ha parecido más interesante ha sido el del suicidio del director de Top Gun. Lo de Los Yébenes solo ha generado comentarios de brocha gorda y meramente descriptivos y lo de Borja era una tontería importante, tanto que al final me he quedado con las ganas de que Cecilia pintase un retrato de Olvido y lo expusieran en el Louvre a ver si el asunto evolucionaba por caminos más dignos de atención. No obstante, el caso de Tony Scott, que se tiró por un puente porque tenía una enfermedad terminal, es mucho más interesante porque de una forma u otra todos hemos deseado quitarnos la vida alguna vez, hemos visto quitársela a otros o le hemos dado vueltas a ese hecho tan particular y aparentemente contradictorio de matarse uno mismo y mandar así a la mierda a todo el mundo. Más o menos como los niños cuando cierran los ojos y dicen que han desaparecido.

En mi lugar favorito del planeta, Los Balcanes y alrededores, el desprecio a la vida propia forma parte del paisaje lo mismo que las montañas y los ríos. Y no solo en episodios dramáticos, como los bombardeos de la OTAN sobre Serbia, cuando los ancianos se iban a hacer noche en los puentes para protegerlos como escudos humanos con el argumento de que su vida valía menos que el viaducto. Los eslovenos, a los que les ha ido sensiblemente mejor durante todos estos años, ahora mismo son el quinto país del mundo en tasa de suicidios. Hay cierta vocación yugoslava que no entiende de nuevas fronteras. Los croatas son los 15º y los serbios están en el 16º. (Para comparar, Portugal es el 40º y España, el 53º; Zimbabue, el 55º, e Irán, el 94º ¡qué suerte hemos tenido de nacer en Europa!)

Vaya por delante que unos de los tíos que pusieron la región patas arriba en los noventa, Slobodan Milosevic, tenía detrás una historia de suicidios de toma pan y moja. Su padre, Svetozar, era profesor. Por lo visto, un alumno suyo se voló la cabeza por un suspenso y en cuanto se enteró él hizo lo mismo. Justo diez años después, también se suicidó su madre, Stanislava. Era tan comunista, tan comunista, que cuando envejeció, en el momento en el que vio que no era útil, antes de pedir ayuda prefirió ahorcarse con la lámpara del salón de su casa. Esto sin contar que años antes su tío, hermano de su madre, Milisav, quien le inculcó esta particular lectura del credo comunista a Stanislava, se pegó un tiro en la cabeza al no poder soportar la ruptura de Tito con Stalin en los años 50. Por cierto, que la mujer del célebre dictador georgiano, Nadezhda Allilúyeva, también se dice que se pegó un tiro en la cabeza con un revólver. Pero sigamos con Yugoslavia.

Otro de los tristemente protagonistas de la historia reciente del lugar, el general Ratko Mladic, tuvo que ver cómo su hija Ana se metió una bala en la cabeza con su pistola favorita durante la guerra. Lo hizo con el arma que le habían regalado sus compañeros cuando se graduó como mejor cadete de su promoción y él había dicho que solo pensaba dispararla el día que naciese su nieto. Tal vez ella quisiera decirle algo. Esto ocurrió en el 94 y por todos es conocido el humor que se gastó su padre a partir de esa fecha, cuando protagonizó los luctuosos sucesos de Srebrenica y la toma de Gorazde, cuya operación llevaba de nombre el mote de Ana, que era «Estrella».

Pero tener una docenita de suicidios en el árbol familiar no es algo exclusivamente serbio. Abundando en los líderes políticos durante el chocho de los noventa, en Croacia el presidente Franjo Tudjman llevaba en su memoria el grato recuerdo de su padre, quien tras asesinar a su madre se pegó su tirito en la cabeza correspondiente. Y si al serbio de Bosnia, Mladic, se le suicidó la hija, el serbio de Croacia, Babic, se quitó la vida en la cárcel de la Haya años después. Por eso cuando te enteras más tarde de que hasta hubo una canción en Belgrado dedicada a su líder que decía «Spasi Srbiju i ubi se Slobodane» (algo así como: Salva a Serbia, Slobodan, suicídate) pues ya te entra la risa tonta.

En cualquier caso, a los rusos no hay quien les gane. Actualmente, son líderes mundiales con 34 suicidios al año por cada 100.000 habitantes. Para muestra un botón. Días antes de caer la URSS, como todo el mundo recuerda, hubo un golpe de Estado a manos de una serie de jerifaltes que se resistían a abandonar la Historia por la puerta de atrás, la del callejón oscuro con un neón roto que chisporrotea. De la junta golpista, Boris Pugo se suicidó al ver que fracasó el golpe y, aprovechando que el Dniéper pasa por Minsk, le metió unas balas en el cuerpo a su esposa. También el consejero militar de Gorbachov, Sergei Ajroméiev, se ahorcó. Su nota suicida tenía miga: «Nada me resultó bien en la vida. Ni siquiera pude ahorcarme al primer intento». Hay que decir que después profanaron su tumba para robarle el uniforme. Y Nikolái Kruchina, ministro de Economía, se suicidó al no poder reconducir el rumbo de la URSS por lo criminal después de haberlo intentado por lo civil. Fíjense qué medida más de actualidad puso en marcha para que el PCUS volviera a caerle simpático a los ciudadanos: redujo el número de coches oficiales.

¿Soga o cianuro? Parece pensar el tanquista que está sentado mientras escucha al tío que tiene delante anunciar el advenimiento de la democracia y la libertad

Hasta el que fuera mano derecha del jefe del servicio secreto durante el golpe, Leonid Shebarshín, se metió un tiro aunque fuera doce años después. Eso sí, parece que se debió a la pérdida de visión en un ojo. O al menos por ahí dejó abierto su diario, por esa página, por cuando le dieron el diagnóstico. Algo así como meter la cabeza en el horno porque tienes agujetas.

Claro que todo esto palidece si lo pones al lado de las escenas del bunker de Hitler testimoniadas en la película El Hundimiento. Unas horas con toda clase de suicidios: suicidio Express o improvisado sobre el terreno, suicidio en pareja, en familia, el tú me matas a mí yo te mato a ti, etcétera… Maneras de poner fin que nos dejan a la altura del betún en sentido del honor. En España, donde cuesta que un político dimita, pedirle que se quite la vida por vergüenza es como pedirle sinceridad a una felicitación de cumpleaños por Facebook.

De todas formas, nuestro país es muy suicida, aunque no tendamos a quitarnos la vida de forma tan solemne. No hay más que sintonizar un informativo de televisión en verano en el que aparezca el toro Ratón. Yo he visto y oído con estos ojos y pabellones auditivos anunciar a este animal en un telediario, y antes de que el ente fuera tomado por otros entes, como si fuera un concierto de Rihanna: “Y el toro Ratón estará hoy en no sé dónde, el toro Ratón que el verano pasado ¡mató a tres personas! No puede haber más expectación en tal sitio”. La verdad, el bunker de Hitler, con los altos cargos militares volándose la tapa de los sesos a ritmo de batukada, con los oficiales de las SS follando borrachos con las enfermeras botella de coñac en mano, no se diferencia mucho del plano general de unas fiestas levantinas, con dedos humanos volando por los aires por los petardos, el toro Ratón destripando viejas y de fondo algunos lugareños por las esquinas violando inglesas en coma etílico. Son tan solo dos formas distintas de practicar el mismo culto.

Amamos la muerte, aunque sea subconscientemente. Hay un suceso muy ilustrativo sobre esta materia que recuerdo yo de hace muchos años, no sé si en Asturias. En una boda, un joven decidió cortarle la corbata al novio por un método novedoso que luego pudiera enviarse a Vídeos de Primera: con una motosierra. La tela de la corbata se enganchó en la cadena, la sierra tiró del cuello y la cabeza se cortó. El joven había decapitado al marido delante de toda su familia echando a perder el pastel, imagino. A la mañana siguiente, sin más demora, el de la sierra, por supuesto, se colgó de un árbol ¡Fiesta!

Hace poco dieron en un reportaje de televisión que había unas píldoras maravillosas para quitarse la vida. Que millonarios de todo el mundo, ya enfermos terminales o alguna que otra desgracia, iban a México, creo que era, a comprarlas para morir cómodamente, con la cara de gustera de los que prueban una Therapy Pillow en los spot de Teletienda. Mi madre en cuanto vio el documental llamó corriendo a su hermano. “Sí, sí, yo también lo he visto, tengo apuntado el nombre”, contestó riéndose a carcajadas. A los míos les obsesiona más elegir el momento de su muerte que el destino de las próximas vacaciones. En este ambientazo me he criado.

Por cierto, que el suicidio es algo también completamente machista. En una noticia de El País de hace unos años comentaban que, en España, los hombres se suicidan tres veces más que las mujeres, mientras que ellas lo intentaban tres veces más que los hombres. Ría aquí, señor con camisa de cuadros de franela: no saben ni cambiar un puto enchufe ni quitarse la vida las desgraciadas. «Que no se diga que ellas mueren menos porque solo quieren llamar la atención. No es verdad. Se quieren suicidar, pero no lo logran», explicó el psicólogo Javier Jiménez al periódico.

Luego no hay que confundir suicidio con matarse ni con muerte ridícula. Caso de otra noticia que escuché también hace bastante tiempo. Creo que por Valencia, una joven estaba fumando un chino de heroína en el baño de una pensión. Como tendría la tripa de aquella manera —la heroína estriñe que es un primor— la chica no cesaba de expeler ventosidades. Se conoce que la taza hizo de depósito de los gases y, en un momento que abrió las piernas y encendió el mechero para darle otra calada al caballo, saltó por los aires muriendo desmembrada de mala manera, y calcinada, que luego se quemó el edificio. No quiero imaginar la cara del forense cuando se lo explicó a sus padres.

Y cito el tema de las drogas porque me pone especialmente nervioso que se confundan las sobredosis con suicidios, o formas lentas, más cobardes, de quitarse la vida, aunque lo sean. Ahí aplaudo que Kurt Cobain abreviara con la escopeta para no dejar lugar a dudas. Porque eso de la gran estrella rockera situada que se mete una sobredosis y los fans lloran porque se ha suicidado ya que con su exquisita sensibilidad no podía ni respirar en este mundo cruel en el que manda el dinero, pues oye, mira: no.

Leí una vez en La Vanguardia sobre el niño prodigio del Doo-Wop, Frankie Lymon. A los 25 años se había casado tres veces. Vivía, pues eso, como le gusta al Papa de Roma. Con esa edad ya se había enganchado y desenganchado a la heroína, producto que empezó a consumir con 15, y había pasado por el ejército. En 1968, fechas en las que los antiguos teen idols grabaron discos de madurez de impresión, véase Del Shannon o Ricky Nelson —entonces solo Rick— el bueno de Frankie también consiguió por suerte un contrato discográfico. Dice la historia que para celebrarlo se metió un pico de los de sobresaliente y murió. En el reportaje de La Vanguardia ponía: “¿Suicidio por depresión o sobredosis accidental? Jamás se sabrá la verdadera respuesta”. Hombre, pues qué quieres que te diga.

Si bien la historia del pop palidece con casos como el del simpático y folclórico grupo noruego Mayhem. El primer cantante, Maniac, fue expulsado por “sus reiterados intentos de suicidio”. El segundo, Dead, se cortó las venas y se voló la cabeza con una escopeta por si acaso en la casa que compartía con el guitarrista. Cuando este llegó, se encontró la bonita composición para postal navideña y no tuvo mejor idea que sacar una foto que fue a parar luego a la portada del disco en directo del grupo. Después a este guitarrista le cosió a puñaladas el bajista. En fin, cosas de la vida.

Aunque la duda que tengo yo es si estas famosas anécdotas tienen algo que envidiar a un suceso acaecido en el aludido local, mi bar de cabecera. El tema salió a colación del suicidio de Tony Scott y supera en desprecio por la vida a todos los casos anteriormente citados. Vamos, que hace que enfrentarse al toro Ratón de rodillas con una venda en los ojos sea una actividad propia de ilustrados franceses. Según me contó el barman y propietario del negocio, que no es nada boyante por cierto, estaban un día él y un cliente hablando sobre atentados terroristas. Sostenía mi compadre que hasta hace muy poco en España no había que darle demasiadas vueltas si querías cometer un atentado indiscriminado tipo Al Qaeda. Antes, decía, había surtidores de gasolina por toda la ciudad y solo había que echarle monedas. Podías meter la intemerata de calderilla, dejar la manguera en el suelo, esperar unos minutos, tirar una cerilla y liar la de Dios es Cristo. No en vano, insistía mi amigo, en una novela de Pérez Reverte ocurría algo similar. Y fue en ese momento, cuando citaron al padre de Alatriste, cuando un tío que estaba al otro lado de la barra escuchando la conversación saltó y les preguntó a gritos: ¿queréis saber lo que es quemarse, queréis saber lo que es quemarse? Y sin esperar respuesta, se prendió fuego a la camiseta. El propietario de local todavía no sabe si el chico era consciente del material con el que estaba fabricada o no, pero la cosa ardió en pompa de lo lindo en pocos segundos. De modo que habían pronunciado Reverte y de repente había dentro del bar un tío quemándose a lo bonzo. Los detalles que recuerda son escalofriantes. Se puso verde, la piel cayéndosele a tiras y un apunte muy interesante, el cable de los cascos del discman que llevaba puesto estaba al rojo vivo. Hubo un instante en el que lo que tenían delante era un tentetieso humano al que solo se le veía la silueta y el cable de los auriculares. De anécdotas como esta deben surgir las ideas para los videoclips más rompedores. Encima al chico le apagaron dándole hostias con lo primero que tenían a mano. Y no te creas que tras esta aberración le recuerdan con un mínimo de compasión. Mi amigo zanja el relato —es que ya me lo ha contado dos veces— sentenciando: lo que querría es cobrar alguna indemnización por algún accidente, el hijoputa. Quizá salió un poco caro dar después unas manos de pintura en el techo del bar y se le guarda cierto rencor al muchacho.

Claro que eso no es un suicidio propiamente dicho. Ese chico estaría como una maraca. Para matarse voluntariamente yo creo que hay que estar muy cuerdo y eso es lo que impacta tanto a los que sufren el suicidio de alguien cercano. Yo viví una situación así. Un amigo se tiró por una ventana. Al menos así recibí la noticia, porque ya no vivíamos en la misma ciudad. Luego me contaron por teléfono que había cogido una habitación de hotel, se dispuso a pasar la noche pero, de madrugada, saltó por la ventana. El que me contó toda la historia hacía hincapié en un detalle: qué pasaría por su cabeza, qué triste y solo se tuvo que sentir en ese momento como para querer tirarse al vacío y acabar con todo. La familia del chico nunca habló del suceso, así que con esa información nos quedamos. Y yo, concretamente, con que a una persona alegre, normal, juerguista como pocas, de repente se le pueden cruzar los cables y suicidarse sin dar siquiera el más mínimo aviso o toque de atención. Sin embargo, a los casi quince años de aquello, la familia, más relajada, empezó a largar y me enteré de la verdadera causa de la muerte. Mi amigo estaba emborrachándose con más gente en la habitación de su hotel. Para gastarle una broma, se marcharon cerrando por fuera y llevándose las llaves. Como iba ciego como una mona, mi amigo reunió el valor para decidir bajar a la calle por la ventana por sus santos cojones. Tuvo un desliz, pues iba mamao, se cayó y se mató en el acto. Había pasado ya mucho tiempo cuando me enteré de de la versión real y ni siquiera me sorprendió. De hecho, fue hasta un alivio. Saber que no se había suicidado fue la única forma de por fin darle realmente por muerto.

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9 comentarios

  1. Daniel

    La familia de Tony Scott negó que tuviese ninguna enfermedad terminal…

  2. Maquea

    Muy buen artículo, aunque lo del novio y la motosierra es una leyenda urbana.

  3. Áuryn

    El barman andaba confundido, la novela en la que se incendia un surtidor de gasolina como acto terrorista no es de Pérez Reverte, ése es el principio de Sultana Roja, de Alberto Vázquez Figueroa.

  4. Reverte Enfurecido

    A tomar por el culo los tres si eso es todo lo que teneis que comentar.

  5. @bateman1965

    Lo de los simpáticos noruegos de Mayhem es de traca. Aparte del gran «cariño» entre sus miembros -cualquiera que haya formado parte de un grupo musical sabe de lo que hablo- Tenían la original idea de colgar cabezas de cerdo empaladas en el escenario, sólo para decorar, obviamente. También les daba por tirar cabezas de oveja al público hasta que una de ellas le partió la cabeza a un fan de las primeras filas. Al menos La Polla Récords sólo se dedicaba a orinarles…

    Otro de sus miembros se dedicaba a incendiar iglesias. No sé si también a bailar en ellas como las Pussy Riot.

    Dead -el suicida- se cortaba con cristales en pleno show pero supongo que esto lo copió de Iggy Pop que retorcía botellas rotas en su vientre. Nada original.

    Bueno, también les acusaron de antisemitas por decorar con Totenkopf los escenarios pero a estas alturas acusarles de algo así es como llamarles fachas.

    Para los que sintáis curiosidad morbosa sobre la forma de los sesos desparramados después de un tiro a bocajarro ahí va la foto. Buen encuadre…

    http://www.covershut.com/covers/Mayhem—Dawn-Of-The-Blackhearts-1995-Front-Cover-842.jpg

    Nada, vamos a bajarnos los torrent.

  6. Gracias por los comentarios.

    Daniel. Pues me habrá ocurrido como con tantos otros temas escuchados en la tele. Los primeros días viene la bomba informativa y luego los detalles veraces se dan diluidos y silenciosos días más tarde.

    Maquea. Caerán muchas leyendas urbanas en este espacio.

    Bateman. En una de esas iglesias quemadas estuve yo. Del siglo X era. Todo bien hasta que dejaron de matarse entre ellos y se cargaron a terceros por el hecho de ser homosexuales y demás. Pero como marketing, en su conjunto, insuperable.

  7. Adsodmelk

    El artículo está muy bien, pero podrías seguir y seguir. De hecho, esperaba alguna mención a Michael Hutchence y/o a David Carradine, o ese dato que comenta Chuck Palahniuk en su relato «Tripas» de que una gran cantidad de suicidios jóvenes son en realidad ahorcamientos onanistas que se han salido de madre. Lo que pasa es que los padres terminan limpiando la leche y destacando el carácter «introvertido y antisocial» del muchacho para justificar un suicidio que no es tal. ¿Es más digno suicidarse que morir por dicha práctica del orgasmo por asfixia? Para los padres parece que sí.

  8. knklase

    Muuuuy divertido.

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