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A ver, la situación es esta: Edward Gibbon decidió escribir sobre la decadencia y caída de la ciudad de Roma y su imperio el 15 de octubre de 1764, “sentado meditabundo en medio de las ruinas del Capitolio, mientras los frailes descalzos estaban cantando vísperas en el templo de Júpiter” (LXXXIV). No publicó el primer volumen de su historia sino hasta 1776, doce años después de haber concebido su plan general y una docena antes de darla por concluida en 1788; por consiguiente, la importancia de la efeméride solo pudo ser comprendida unos veinticuatro años después, cuando Gibbon completó la que es una de las más formidables hazañas intelectuales de un siglo no particularmente exento de ellas como el XVIII inglés. Que mencionara más tarde la efeméride y le otorgase la importancia que tienen los momentos decisivos de la vida es una demostración más de su ambición y de la enormidad de las tareas a las que se creía llamado.
Para entonces Gibbon tenía cincuenta y un años (una edad relativamente provecta en su época) y le quedaban solo seis años de vida. Había nacido en Putney (Surrey) en 1737 y había sido un niño enfermizo (su madre murió cuando tenía diez años) pero inusualmente talentoso para adquirir conocimientos de forma más o menos autodidacta. En 1752 había sido matriculado en Oxford, donde había pasado un período que años después describiría como “los catorce meses más aburridos y desaprovechados de toda mi vida” (LXXVI); había sido expulsado por apostasía (durante ese período se había convertido al catolicismo), su padre lo había enviado a Suiza (donde se había distanciado del monumental error filosófico que aún hoy sostiene a la iglesia de Roma y se había enamorado) y había regresado a Inglaterra en 1758 y sin un plan claro de acción. En 1761 publicaría en francés un Ensayo sobre el estudio de la literatura y en 1770 unas Observaciones críticas sobre el libro VI de La Eneida, ninguno de los cuales anticipaba la ambición y la trascendencia de su obra futura. Gibbon tendía a la obesidad y debe haber parecido a sus contemporáneos alguien un poco ridículo, un historiador de provincias excedido de peso y sin ninguna educación formal; es decir, alguien de quien se puede esperar cualquier cosa (se me ocurren dos en este momento: la misa diaria y el conservadurismo político) pero no algo de la importancia de la Decadencia y caída del Imperio Romano.
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Impresiona mucho comparar el esplendor del Imperio Romano con lo complicada que era la vida mil años después. O ver como en Roma se levantaban coliseos y en la Edad Media virgenes goticas que podría hacer un niño pequeño. Muy interesante el artículo.
Otra curiosa referencia a España es una comparación entre el expolio minero de las Américas por parte de esta y el expolio que hicieron los romanos de las minas ibéricas.
Respecto al cristianismo, Gibbon considera que la contaminación que tuvo de elementos supersticiosos, como el culto de los santos, al final tuvo un efecto positivo al permitir una cierta continuidad de elementos culturales paganos (ya vemos qué es lo que ocurre muchas veces cuando las religiones se vuelven puristas o fundamentalistas). Es un buen antídoto del maniqueísmo (otro ejemplo, el personaje de Augusto, despreciable a todas luces y maquiavélico a la hora de obtener el poder, pero cuyo principado acabó con las guerras civiles y propició una pacífica edad de oro hasta su muerte. Ahora bien, ¿a largo plazo esta transición de república a monarquía resultó positiva o negativa para Roma? He aquí la dificultad de realizar juicios de valor absolutos en la Historia).
Lo malo de echarle la culpa al cristianismo es que la otra mitad del Imperio sobrevivió otros mil años y era más cristiana que la parte occidental.
Parece bastante simple y demasiado caduca la reflexión del autor sobre «la corrupción de su época en una Edad Media de ignorancia y fanatismo religioso». Esa imagen de la Edad Media como una época de barbarie está más que superada. Actualícese un poco, señor Pron.
En cualquier caso, el análisis del libro de Gibbon es muy acertado, enhorabuena.
Muy buen artículo. Lástima que siempre aparezca el cura recalcitrante para quejarse de que «hablen mal» de su querida Edad Media. No se preocupe, Jorge, que los curas ya están empezando a gobernar este país de nuevo, como le gusta a la gente como usted.
El artículo, muy bueno.
Pero lo que me llamó la atención fueron los comentarios. Quique: ¿Vírgenes góticas que podría hacer un niño? No sé si hablará de las vírgenes románicas, de sencillez engañosa. Es una pena que no sea capaz de captar su belleza. O, si realmente habla de arte gótico, puede poner en la balanza las catedrales… ¿también poca cosa comparada con el Coliseo, o incluso con el Panteón?
Alfredo: No sé en qué se basa para llamar cura recacitrante a Jorge, o para adivinar de sus gustos políticos. Comparto su opinión, y estoy muy muy lejos de ser cura, o gustarme nada del momento político actual.
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