Guillermo Ortiz: El último zarpazo de John «Oso» Pinone

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Nadie ha remontado jamás un 2-0 en play-offs y Estudiantes se enfrenta a la vez a la historia y a su mayor enemigo, el Real Madrid. Estamos en el Palacio de los Deportes, la cancha que comparten ambos equipos, solo que esta vez el local es el club blanco, media la segunda parte, y los chicos de Caja Postal-Argentaria empiezan a subirse a las barbas de los anfitriones anotando triple tras triple: Vecina, Cvjeticanin, Vecina de nuevo y por último Alberto Herreros. Es el último baile de una generación llamada a plantar cara a los grandes pero que sorprendentemente va rumbo de quedarse en casi nada. La euforia de Estambul y la Copa del Rey de Granada.

La media de edad sigue siendo insultantemente baja: ni Azofra, ni Herreros, ni Pablo Martínez, ni Juan Aísa, ni Alfonso Reyes alcanzan los veinticinco años. Junto a ellos, Winslow está en veintiocho, igual que Vecina; Orenga en veintiséis, el carismático «Yeti» en veintinueve… y el único que supera la treintena es el capitán, un hombre fornido tirando a barrilete, el pelo rubio ya casi desaparecido de la coronilla y manos de leñador: John Pinone, quien, a los treinta y dos años, afronta el que puede ser su último partido con el que ha sido su único club en Europa.

Pinone, estrella universitaria en Vilanova, mundialista con la selección de Estados Unidos en Colombia 1982, había sido la representación del jugador de Estudiantes durante los años ochenta, el «espíritu del Magariños»: un tío limitado físicamente, pero lleno de coraje e inteligencia. Un pillo. Un hombre que bajaba la mano cuando tenías el balón agarrado debajo del aro, listo para el mate y te arrancaba de un zarpazo todo lo que pillara por el camino, cara de incredulidad y brazos en alto pidiendo una personal que los árbitros no van a pitar porque es Pinone y punto y mejor no haberte metido ahí con él.

A John ya le llamaban el Oso en Vilanova por su enorme físico y el apodo gustó mucho entre la Demencia, combinándolo en un «Pinoso» que se repetiría en las gradas durante nueve temporadas. El año anterior había sido elegido MVP de la Copa del Rey y levantó la copa de campeón. Fue algo testimonial. Un homenaje. Pinone hacía tiempo que no era el jugador más valioso de la liga ni de su equipo, era simplemente el hombre en el que se anclaba todo el armazón, la base para que los Herreros, Winslow y compañía anotaran sin desmayo.

El problema es que a Pinone el futuro le ha pillado relativamente joven. Un año perdió algo de velocidad lateral y al siguiente apenas podía defender en condiciones ni generarse sus propios tiros. El baloncesto moderno se llenó de pívots más altos y a la vez más ágiles. Pinone se las había visto con grandes moles sin demasiada habilidad y había competido con tipos bajitos y listos, sí, pero siempre menos que él. Lo de ahora es otra cosa. Lo de ahora es una sucesión de Joe Arlauckas tirando de cinco metros como máquinas, corriendo contraataques, machacando el aro y saltando como aleros.

Pinone ha envejecido demasiado rápidamente y en la prensa se habla de su retirada, una retirada que tiene que ver con una directiva que se niega a renovar al alza un contrato ya de por sí muy jugoso. Son los tiempos en los que las Cajas dan y no miran, pero no conviene estirar demasiado la cuerda: Estudiantes ya tiene un pívot inteligente en Rafa Vecina y algo parecido a una estrella defensiva en Juan Orenga. Por detrás, llaman a la puerta Alfonso Reyes, Iñaki de Miguel o Ángel Castilblanque… y Miguel Ángel Martín no ha ocultado en todo el año su deseo de hacerse con uno de esos nuevos ala-pívots tipo Harper Williams que asombran en equipos de mitad de tabla. Al talento había que añadirle físico para ser competitivos, piensan en la calle Serrano… pero se equivocan.

Al Estudiantes siempre le fue bien esa mezcla de talento y picardía y no hay más motivos para cambiar que esa insatisfacción constante del nuevo rico que no sabe dónde colocar el jarrón chino. Eso piensa Pinone en el banquillo, viendo como sus compañeros remontan ante el Madrid, los Ojos del Tigre silenciados ante la artillería colegial, los chicos de la Demencia en el último aro del Palacio, recluidos en una esquina, cortesía de los anfitriones, que quisieron colocarles —y con razón, aquí se están jugando una final— lo más lejos posible del campo, donde no se les pueda oír, donde dejen a sus chicos más solos que nunca en el peor momento.

Ante todo, seguro que piensa Pinone, ese equipo aún necesita un líder. Todo el mundo está convencido de que a su retirada como jugador, llegue cuando llegue, le seguirá una carrera fructífera como técnico. Todo el mundo, de nuevo, se equivoca. Pinone sueña con seguir un año más y, si no, volver a su país, perderse en alguna ciudad pequeña con su familia, montar su propio negocio y como mucho entrenar en el colegio o el instituto de su hijo, como hacen en las películas.

En cualquier caso, tiene razón: el Estudiantes necesita un líder porque no lo tiene, porque Azofra está a punto de marcharse al Caja San Fernando, porque Winslow ha dimitido, celoso, tras darse cuenta de que Cvjeticanin es el alero preferido por el entrenador y porque ni Herreros ni Orenga ni Vecina tienen el carácter necesario para echarse a un equipo a las espaldas. No es su punto fuerte. Excelentes soldados sin intención alguna de convertirse en caudillos. Chicos demasiado jóvenes o recién llegados que no pueden hacerse con el mando de una plantilla con un entrenador dando sus últimas boqueadas y unas expectativas dentro y fuera del club desmedidas, agobiantes.

El baloncesto, da la sensación en ocasiones, ha dejado de ser divertido, y eso es lo único que el Estudiantes no se puede permitir…

… Lo que no quiere decir que no haya momentos excelsos, de euforia. El momento, por ejemplo, en el que Alberto Herreros anota desde una esquina, golpea en la mesa de anotadores con rabia porque no está teniendo su mañana, y vuelve a defender encorajinado porque quedan siete minutos y el Estudiantes va ganando por cinco puntos de ventaja, una diferencia casi testimonial pero que invita a soñar con lo que hemos dicho que es un milagro: remontar un 2-0 en play-offs y eliminar al primer clasificado de la liga regular en su propio campo. El Real Madrid de Sabonis, Rickie Brown, Mark Simpson, Chechu Biriukov, Antonio Martín y el muy odiado José Miguel Antúnez.

Hartos de ver cómo el partido se escapa por el juego exterior, Clifford Luyk pide tiempo muerto y reorganiza el ataque recurriendo a lo básico: tienes a Sabonis, ¿no? Pues dale la bola a Sabonis y si Antúnez se ve incapaz de hacerlo, pues que lo haga José Lasa. La carga del Madrid va de afuera adentro y funciona pese a que Orenga tiene maña para defender al gigante lituano, probablemente sea el que más se acerca a un anti-Sabonis de toda la liga, especialmente por su capacidad para anticiparse a la recepción, defender por delante sabiendo que por detrás hay muy poco que hacer. Esta vez la defensa también es buena, pero Sabonis se va a diecinueve puntos y diez rebotes. Esa desidia suya con la que alcanza la excelencia. Un caso irrepetible.

Si Vecina mantiene al equipo con el tiro exterior, sacando a Brown o a Martín de posición, y Orenga tiene que cebarse con Sabonis, ¿qué sitio hay para Pinone en el campo? Ninguno. Es un momento triste porque en el fragor de la batalla nadie se da cuenta de que el héroe no está y en ese momento, obviamente, el héroe ha dejado de ser héroe y tiene que ceder la capa, el antifaz y hasta los calzoncillos. Pinone arenga toalla en mano desde el banquillo, juega unos pocos minutos y vuelve inmediatamente porque el Madrid se escapa y él no es capaz de generar juego alguno: cuatro puntos en poco más de veinte minutos, mucho menos de lo que jugarán sus dos compañeros de rotación. Una canasta en cuatro intentos. ¡Una canasta, qué broma es esta!

Pinone empezó su carrera en el Estudiantes allá por 1984 debutando contra el Real Madrid en el Pabellón de la Ciudad Deportiva y en el banquillo ve cómo terminan sus años europeos también contra el Real Madrid, también en tierra extraña. ¿La diferencia? Aquel Estudiantes venía de luchar por evitar el descenso en el último partido y este es el cuarto mejor equipo de España, semifinalista por cuarto año consecutivo. Cuando el último arreón no llega y la lógica se impone 81-77, el Madrid de Sabonis a un paso del doblete liga-copa que conseguirá tras batir en cinco partidos al Joventut de Badalona, la afición madridista aplaude satisfecha y por los altavoces suena, como al principio del partido, el «Eye of the tiger» de la película Rocky traducido a capón, a la española, como «El ojo del tigre» en vez de «La mirada del tigre».

En su reducto, arriba del todo en una esquina, la Demencia sigue pidiendo que los toreros salgan… y los toreros, lógicamente, salen. Derrumbados, agotados, anticipando que la siguiente temporada será una cuesta arriba constante, pero salen. Cuando ya han vuelto a los vestuarios, el Palacio vacío, la policía esperando para llevarse a los chicos a los autobuses y evitar los habituales incidentes de principios de los noventa con Orgullos Vikingos o semejantes, el cántico se transforma en un «Que salga Pinoso» y posteriormente, medio en broma, como si no se nos hubiera acabado de romper el corazón, un «Si no sale Pinoso, no nos moverán» a un ritmo que recuerda más a Pancho y Julia en Verano Azul que a Joan Baez.

Y Pinoso se hace de rogar, como si estuviera aún negociando su renovación antes de salir de la ducha, una renovación que no llegará, que todos sabemos que no llegará y él también, así que para qué hacer esperar a los chavales. Pinoso sale, aguanta las lágrimas, aplaude, y por un momento todo el campo es suyo; por un momento vuelve a ser el héroe. Ni Sabonis ni Biriukovs ni Lasas. Él. El hombre de la única canasta es el más querido de esa mañana de domingo. El más querido de los últimos nueve años. Un día, en un partido de esa última temporada, alguien me dijo: «Si la afición vuelve a silbar a Pinone, a mí no me ven más por aquí».

Pinone, el hombre insilbable. El hombre antifutboleros. El paso atrás desde cinco metros y el gancho de un oso enorme, de bosque de Connecticut, procurando que el cazador sienta el miedo y a la vez la atracción de abatir algo que se muestra y se esconde.

Lo que viene a ser, en resumidas cuentas, una leyenda.

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10 comentarios

  1. manolo

    De verdad que no entiendo la manía de este señor, muy extendida en esta página web, de hablar del pasado y recordar la nostalgia y lo bonito que era todo antes.

    Ya cansa el tema.

    • granjefeindio

      Se trata de escribir historias sobre jugadores y personajes del deporte. No veo esa nostalgia por el pasado que tanto te aburre.

    • Erich Kästner

      te cansará a ti, manolo. Con la de webs que hay en el cibermundo y te das a leer algo que te cansa… ergo, el problema es tuyo.

      Muy buen artículo y grande Pinone. Gracias a él, soy de Estu.

    • Kreuzberg

      Es lo que tienen las leyendas …que son cosas del pasado.

  2. Chinato

    Que maravilla de artículo, con alguno más suelto por ahí, Pinoso merece un libro (Te atreves Guillermo?). Así fue la historia y así quiero recordarla. El jugador que me arrimó al baloncesto para toda la vida. Gracias una vez más Guille.

  3. Los pelos como escarpias. Que grande fue Pinone. Desde que se fue, y mira que han pasado veinte años, el Estu sigue encomendándose a su recuerdo para comparar a los pívots. Por Serrano se oye como un mantra aquella copla de Jorge Manrique «cuán presto se va el plazer,
    cómo, después de acordado,
    da dolor;
    cómo, a nuestro parescer,
    cualquiere tiempo passado
    fue mejor. »

    Muy fan de estos artículos de Guillermo Ortiz

  4. Oye, que no me acordaba yo así de Ricky Winslow… en ese vídeo contra el CSF me ha parecido Jordan, en serio.

  5. arcimboldo

    Ay Pinone, cuánto te debemos toda una generación de españolitos que crecimos viéndote jugar. Un gran jugador. Una persona entrañable.

  6. ToniBeibs

    Estuve en ese partido, con 20 añitos, una novia demente, abono de ex-ramiro (sin serlo, como muchos otros, el club contrataba dementes sin muchas preguntas) para toda la temporada por 2.000 calas y partidetes 3×3 al lado de la nevera. Ese año yo quise ser Cvejticanin, con esos triples a la virulé… Madre mía, qué viejos somos…

  7. Un partido histórico que recordarán los aficionados al baloncesto en general y al Estudiantes en particular, contra el Maccabi en 1992. También estaba Pinone, sin olvidarse de Azofra, Winslow, Herreros, Orenga… Os dejo el link del artículo por si os interesa:

    http://www.elpisapapeles.com/deportes/estudiantes-maccabi-europa-orenga-pepu.php

    Saludos

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