David Stern que estás en los cielos

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David Stern. Fotografía: DP.

Si veinte años no es nada treinta serán poco más. Y sin embargo cubren casi media historia de la NBA. Treinta son los años que David Stern ha estado al mando. Treinta y ocho los que ocuparon sus tres cargos precedentes —Maurice Podoloff (1946-63), Walter Kennedy (1963-75), Larry O’Brien (1975-84)—, honorables señores cada uno de los cuales fue fiel producto de su época.

Stern, en cambio, admite la doble condición de coetáneo y precursor, de conservador y visionario, de presente y futuro si es que alguna vez comprendió su tarea de manera diferente.

La fortuna y David Stern fueron siempre de la mano. El brillante abogado neoyorquino graduado en Columbia al que la prestigiosa firma Proskauer Rose echó el lazo tan pronto pudo ejercer, tuvo suerte desde el principio. De la mano del viejo O’Brien, al que los tiempos rebasaban tal vez porque nunca logró superar la muerte de JFK a cuyo ascenso a la presidencia contribuyó como director de campaña, Stern asumió el cargo en el momento en que alguien tocado por la varita divina debía hacerlo. El 1 de febrero de 1984 la NBA tenía exactamente todo lo necesario para hacerla estallar. Pero nadie daba un centavo por aquel tipo pequeño con gafas que remataba su aspecto anodino con un bigote ridículo.

Acaso fuera cuestión de ponerse manos a la obra.

Pocos días antes el joven Stern había visto materializada en el All Star la idea por la que tanto había insistido al viejo jefe desde que lo viera hacer en la ABA. Añadir actuaciones al fin de semana de las estrellas. «¿Has visto lo que hacen esos chicos? A la gente le encanta. ¿Por qué no hacemos un concurso?». Y los mates vinieron así como a bautizar una era.

Con Stern nació el formato moderno de playoffs concediendo por fin la merecida relevancia a la primera ronda. Y como predestinado el resultado no se hizo esperar. En ella cayeron los vigentes campeones Sixers a manos de los Nets, el maltratado equipo del estado donde Stern se había criado. Pero dos semanas después el recién llegado denegaba el recurso de los Nets por lo que estimaban una irregularidad del reloj en la jugada decisiva de su posterior eliminación ante los Bucks.

No era preciso más. En apenas dos gestos Stern delineaba ya la que sería su futura línea de actuación, su creatividad y firmeza en gestión política, de una autoridad muy precisa.

En su estreno disfrutó de las mejores series finales de la historia hasta entonces. El rescate del viejo enfrentamiento entre Lakers y Celtics añadía una nueva dimensión en la presencia de Magic y Bird. Si cinco años antes ambos habían protagonizado el duelo entre canastas más visto en la historia del país ahora ocurría lo mismo en la escena profesional, que contaba para colmo con la mejor generación de jugadores nunca reunida.

Consumado aquel primer acto tuvo la diligencia de escuchar las protestas de Auerbach sobre el exceso de viajes en el último tramo del año. Protestas que una vez consultadas con su comité resolvió admitir modificando el formato de las series finales al 2-3-2 que ha marcado los últimos treinta años de competición. Porque Stern nunca rehusó la consulta si le ganaba la intuición de que algo podía mejorar. Razón por la que de aquel recurso de los Nets guardó en silencio en su despacho la objeción del técnico Stan Albeck: «We really need some sort of horn or a light that’s connected with the one that now indicates the end of the period. It would be a tremendous help to the officials and it would take away some of the judgment. Those things can be costly, especially in the playoffs». Nunca relajó la alerta ni la intuición de lo importante.

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Magic Johnson y Larry Bird. Fotografía: NBA.

Pero su primera obsesión tuvo raíz económica.

Pretendía evitar los males que azotaron la legislatura O’Brien y que cerca estuvieron de abismar la liga en la quiebra. Para garantizar la viabilidad del negocio, el fundamento más sagrado de su política de principio a fin, se estableció un límite salarial que perfiló entonces como el proyecto de un marco financiero que adecuar gradualmente a las necesidades del porvenir. Nadie lo sabía entonces. Pero arrancaba allí una fantástica obra de ingeniería sin fin para preservar los cimientos saneados y el edificio intacto. Edificio que añadiría pisos cada nueva temporada como si no hubiera cielo y sin aparatosas obras a la vista, el vivo ejemplo por el que algunos economistas mojaban la almohada.

Sumó a ello la lotería en el draft para evitar desmanes como el de Houston Rockets, en abierta sospecha luego de hacerse dos años seguidos con dos números uno —Sampson y Olajuwon—, para el segundo de los cuales perdieron catorce de los últimos diecisiete partidos y nueve de los últimos diez con una quíntuple traca final. Nunca el tanking, esa acusación tan repetida hoy, lo fue tan veraz y desvergonzado.

Y aun Stern fue lo bastante hábil para hacer creer que acometía aquella doble operación —tope y sorteo— en nombre de la igualdad, por su exclusiva razón, sabiendo mejor que nadie que la igualdad es un mito en mercados desiguales y encubriendo con ello su verdadera intención, que no era otra que limitar la tendencia natural de los peores propietarios al sobrepago a la estrellas con el consiguiente riesgo de contagio y dispendio, el atajo hacia el derrumbe. Porque la salud de la fortaleza por encima del mosaico de estancias, el control por encima de la igualdad, resumieron su credo diario durante treinta años. Credo que solo confesaba de puertas adentro.

Con Michael Jordan como caído del cielo el cuadro quedaba completo y el juguete más preciado estaba ya en sus manos. Y para lucirlo emprendió aprisa la tarea de instalarlo en todos los televisores del país. Comprobó que el cable era la primera solución para la emisión regular en los mercados locales y acordó con el magnate Ted Turner un contrato inicial de cincuenta millones por dos años, contrato cuyas sucesivas renovaciones reportarían a la NBA hasta 2008 cerca de cuatro mil millones de dólares. Ordenó la grabación, gestión y procesado de todos los partidos de la competición a través de un departamento (NBAE) que actuaba como productora y cuyo último término —Entertainment— resumía a la perfección el espíritu de una época, la suya, la primera Edad de Oro. La universalización del producto quedaría entonces en manos de gigantes tales como CBS, FOX y Warner entre otras. Pero las únicas siglas que brillaban en el primer plano eran otras.

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Michael Jordan. Fotografía: Diegoestefano97 (CC).

En 1989 el producto había dado tal salto que diez años atrás parecían un siglo. Y lejos de presentarse a las televisiones por la puerta de atrás, con sigilo y sudores fríos como habían sufrido los comerciales de la liga a finales de los setenta, Stern contaba con la seguridad de la demanda sin fin. Suplantó la vetusta CBS por algo más acorde a los tiempos conquistando un contrato a la NBC por más de seiscientos millones de dólares, una inyección que garantizaba años de estabilidad. Y no dejaría en adelante ni un solo detalle audiovisual que escapara al control de una NBA que tenía la lógica prioridad de alzarse a la vanguardia de las majors en tecnologías de imagen.

Para entender la magnitud del cambio pocos eventos comparables al draft. Durante décadas consistió en una cita entre ejecutivos que tomaban notas en una cuartilla mientras un coordinador deletreaba las elecciones por teléfono a la oficina central. Poco más que una timba privada de tantas horas como cigarrillos y rondas. Hoy en día el evento se ha universalizado convirtiéndose en una gala que santifica el destete de los nonatos con todos los ingredientes del espectáculo televisado, como unos Grammy que bautizan el acceso al Reino, ocupando la gorra el lugar de las aguas y Stern la mano obispal. Esta imagen, este sobredimensionado ritual es ya indisoluble de las pantallas apenas terminada la temporada. O iniciada la siguiente.

A Stern, no obstante, le tocó desde bien pronto el papel de aguafiestas.

El abogado puso fin a la orgía de droga que desde mitad de los setenta venía infestando las entrañas de la liga entre alcohol y cocaína. No le tembló el pulso para condenar al reincidente Micheal Ray Richardson, todavía una estrella, o a dos miembros del equipo subcampeón, Lewis Lloyd y Mitchell Wiggins, como no le temblaría nunca en una dura operativa a largo plazo cuya posible obstrucción terminó por disolverse con la tragedia de Len Bias en 1986 y el escándalo de los Suns un año después.

Pero como expulsar equivalía también a marginar y la condición de drogadicto equivalía a la de enfermo Stern supo también aflojar. No ya a través de algunos indultos. Sino con la destreza de la política amable estableciendo programas de prevención y ayuda que la NBA habría de abanderar. Desde entonces el número y cobertura de los servicios no dejaron de aumentar dentro de un marco de compromisos sociales que culminaría en 2005 con la creación del NBA Cares, un departamento con un presupuesto inicial en torno a cien millones de dólares que implicaba a jugadores y organización en programas de prevención y servicios benéficos, campañas de trabajo para la comunidad, programas educativos infantiles, recogida de alimentos, vida saludable, conciencia ecológica y prevención de enfermedades.

Precisamente una de ellas hizo sonar la bocina de que la fiesta, la genuina y programada, tocaba a su fin con el fatídico adiós de Magic Johnson como portador del virus del sida. Stern supo entonces situarse donde debía, facilitar las condiciones para que su estrella liderase una causa mundial y organizar una despedida de honor. Porque su aparición en el All Star Game de Orlando fue, como guionizada por Disney, una de las veladas más hermosas que el deporte haya ofrecido jamás.

Ese mismo año la presencia de la NBA en los Juegos Olímpicos era el premio que el baloncesto se permitía en la cumbre de un siglo de existencia con el mejor de sus productos. Stern no se arrogó la caída de la barrera más infame que había separado ambos baloncestos. No ahorró en elogios hacia Boris Stankovic como el promotor de la idea evitando la tentación de denunciar la mayor estafa administrativa que mantenía la FIBA hasta la votación de Múnich de 1989, que derogaba la cláusula por la que el baloncesto NBA era profesional y todo aquel bajo el marco FIBA amateur. Stern se opuso entonces a la decisión casi unánime del comité de propietarios, contrarios a la participación, convenciéndolos de que debían aceptar la invitación, de que eran otros tiempos, de que era bueno para todos, de que había llegado la hora de romper las fronteras y mostrar al mundo su tesoro en el mejor escenario posible. No era otra su ambición.

Aquella fue la cima, el fin de fiesta, y en términos personales, la cumbre más alta jamás conquistada en el mundo del deporte por un miembro de la comunidad judía, una minoría de tormentosa trayectoria que había resultado crucial en el desarrollo del baloncesto en la cuna del Noreste desde los albores de siglo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, duros tiempos en los que buena parte de la sociedad americana despachaba a los judíos como ratas suburbanas. Stern encarnaba así el umbral de los suyos.

Aquel año fue de paso el detonante de la mayor transformación demográfica en la historia de la NBA desde la integración racial en los años cincuenta.

No deja de ser curioso que su política expansiva tuviera un inesperado recorrido que en el fondo arrastraba décadas de retraso. Porque la fundación de una División Europea como precursora de un expansionismo auspiciado por la propia NBA es idea, acaso la más peregrina de su discurso, mencionada ya al poco de llegar al cargo en 1984. «Dentro de su inmensa política operativa estrechar lazos con Europa y las competiciones más importantes del espectro FIBA se convertiría en una prioridad estratégica que el paso del tiempo acabó confirmando como uno de sus principales legados. Ya entonces Stern insinuaba en Italia, a donde acudió en septiembre presidiendo la gira de Suns y Nets, que algún día la NBA podía extender sus dominios a Europa, una de las ideas más recurrentes de su personal figura en las siguientes tres décadas. Sin embargo el proceso de internacionalización emprendido entonces no brindaría los resultados previstos en los términos que Stern adivinaba. Irónicamente aquella política expansiva de la NBA por todo el globo acabaría traduciéndose en el masivo ingreso de jugadores internacionales en la competición, un paradójico proceso de colonización inversa por el cual la NBA no emigró hacia el exterior tanto como el exterior lo hizo hacia ella, configurando un panorama de integración diametralmente opuesto al que había conocido hasta entonces»Invasión o Victoria», p. 314). Hasta la fecha la realidad ha demostrado esta expansión como la válida y verdadera, como la única real. La otra no es sino mercado de consumo.

Y aquí el mayor éxito pudo concentrarse abriendo el nuevo siglo.

China era el mayor mercado del mundo que Stern pretendía abrir a través de Yao Ming, para lo cual hubo de negociar directamente con las autoridades orientales, que si bien relajaron sus defensas con el emblemático gigante no lo hicieron con el caso menor de Wang Zhizhi. De toda aquella operación hacia China, maniobra que ahora figura algo apagada, queda, y no residualmente, el interés de una audiencia que incluso menguante sigue siendo masiva.

Nadie escapa a la crítica, menos un alto cargo, y Stern no fue una excepción. Si bien su caso admite mejor hablar de críticas. Porque supo preservar el suficiente equilibrio para impedir la existencia de un sector unánime y regular en su contra. Así fue hasta el ocaso de su mandato, cuando sucesivos temporales hicieron zozobrar la embarcación por distintos frentes.

Cuanto mayor alcance sus decisiones, cuanta mayor firmeza y autoridad, más intensas fueron las críticas. Decisiones drásticas a sucesos drásticos, como la batalla del Palace (2004), cuyas sanciones el tiempo no demostró descabelladas para lo que pretendía imponer. Curiosamente aquel incidente, el más grave sufrido nunca en escena, tuvo lugar diez años después de presenciar en directo otro altercado, el célebre entre Knicks y Bulls en el tercer partido de las semifinales del Este. A unos pocos metros de la trifulca Stern gestaría una nueva restricción: la salida de los banquillos durante una pelea, medida que al cabo provocaría consecuencias deportivamente sangrantes, las dos más célebres de las cuales padecieron en plena batalla por el título los Knicks en 1997 y los Suns en 2007.

Para erradicar la violencia no escatimó métodos expeditivos.

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Fuente: WIzznutzz.com

En el fondo todo respondía a la visión panorámica de la que su particular óptica nunca se vio libre, como el jugador de ajedrez que antepone el tablero a las piezas. «La historia de la NBA es también la historia de una sucesiva y metódica represión de la violencia. No tanto de las pulsiones violentas como de su liberación. (…) En relación con tiempos pasados la NBA actual es una bucólica pradera de juego. (…) Peligros también autorizados para todos los públicos»El ocaso de la violencia», 2010). Por eso lo ocurrido en el Palace no fue una simple pelea por muy cruenta que resultara. Los sucesos consumaban un seísmo que agotó la paciencia del dirigente, obligándole a la difícil tesitura de cortar por lo sano aun a riesgo de enfrentarse, más que a la masiva, exhibicionista y desafiante cultura negra del hip hop, a su versión más vulgar y agresiva en el frente gangsta.

Para detener lo que entendía como peligrosa infantilización de la NBA del tono menos edificante acordó con la NCAA la implantación del límite de edad en diecinueve años —que su sucesor desea elevar a veinte— o una temporada de margen entre la graduación del instituto y el debut en la liga. Con ello conseguía encubrir una vez más otro de sus firmes propósitos: poner freno a la depredadora prospección de cachorros, con sus tiburones y marcas detrás, en los institutos y competiciones AAU del país. De otro modo: reprimir la creciente corrupción del sistema en su antesala.

Introdujo además una medida impopular, una nota menos cosmética que social y por la que hubo de hacer frente a sus primeros agravios de tipo racial. El código de vestimenta para los jugadores parecía no más que un paternalista lavado de chapa y pintura pero en el fondo encerraba un propósito muy superior al aparente: una imagen, siempre la imagen, que ofrecer al exterior. Se diría que en una escala de arquetipos David Stern y Allen Iverson así como la cosmología que ambos representaban ocupaban a enorme distancia la proa y la popa de la embarcación. Y el capitán impuso su autoridad una vez más.

Con el paso del tiempo aquella medida ha devenido en un inesperado mercado de firmas que visten y lucen a algunas de las estrellas de la liga, ejerciendo de paso su influjo y vanguardia en el frenesí de la moda, en el siempre vivo escaparate off the court. Y también aquí calmaron las aguas.

Porque como por arte de magia terminaba por extraer de cada conflicto un rédito comercial.

Stern hubo de hacer frente a tres cierres patronales en 1995, 1998 y 2011. Compartieron los tres el dinero como denominador común pero un diferente sector sublevado.

En el primero Stern consiguió establecer la rookie scale ante el recelo que despertó entre los veteranos el caso Glenn Robinson y su demanda contractual de cien millones de dólares. Fue el primer frenazo a la escalada que culminaría con otro cierre tres años después. Porque si en el anterior fueron los novatos quienes vulneraban la jerarquía ahora eran las estrellas quienes reclamaban la suya con el riesgo de absorber tres cuartas partes del pastel. Para evitarlo Stern atrajo hacia sí el apoyo de la clase media, contraria a resignarse a las migajas.

Su última gran batalla, la que más daño pudo causar a su biografía, fue el cierre de 2011. Siguiendo la línea de desgaste público iniciada a mitad de la década anterior Stern sufrió esta vez la desaprobación general de público y jugadores ante las demandas de los propietarios de mejores repartos. El dirigente apareció entonces como el ogro abanderado de la insaciable codicia de los dueños del circo, debidamente guarecidos tras el rostro del jefe luego de exigirle una total inflexibilidad en las negociaciones. Y la victoria fue para ellos, conquistando el anhelado reparto a medias entre empleados y empleadores. Pero Stern no saldría ileso. Fue diana de los peores y más intensos reproches que culminaron con la metáfora esclavista denunciada por Jeffrey Kessler, abogado del sindicato de jugadores: «David Stern trata a los jugadores como a los trabajadores de una plantación».

Para Stern nunca fue momento de sacar pecho por presidir la organización más avanzada en términos de integración racial de todo el país —y posiblemente del mundo—. Fue esta otra de sus obsesiones silenciosas. Que la masa social que ocupaba base y despachos estuviera integrada por una representación lo más amplia posible. No en vano la NBA terminaba año tras año obteniendo las mayores puntuaciones en la Racial & Gender Report Card, un informe anual que vela por la equitativa distribución racial y el respeto a las minorías.

Fue además durante su mandato, y no antes, cuando tuvo lugar un hermoso hito con décadas de retraso. El momento en que el calvario sufrido por la comunidad afroamericana en el deporte de la canasta durante la primera mitad de siglo tendría por fin su merecido reconocimiento nacional. En su sesión primera del 6 de octubre de 2005 el Senado de los Estados Unidos emitía una resolución compuesta por diecisiete puntos a través de los cuales la nación americana expresaba su histórico reconocimiento a la lucha de los afroamericanos por la igualdad y la integración en el mundo del baloncesto, el deporte a cuyo mando se encontraba el mismo hombre que resolvió absorber el Black History Month, el Martin Luther King Day, la Noche Latina o el Basketball without Borders. Programas, eventos y campañas que incorporar para siempre en el calendario NBA.

Si alguna vez la táctica pudo encubrir un trasfondo comercial nunca lo hizo de manera más diplomática y de más admirable destreza.

No deja de ser llamativo que las sucesivas oleadas críticas de los jugadores tuvieran siempre como fondo sus particulares intereses. No solo ocurrió en los tres conflictos laborales, de los cuales dos quebraron el fingido acuerdo entre ellos. También cada vez que tocó a Stern maniobrar contra la posible existencia de las sustancias trampa. A escasas fechas de negociar el convenio de 2005 el dirigente fue igualmente claro ante el comité de congresistas reunidos en el Capitolio. Sometido a la Drug-Free Sports Act de 2005, de mayor cobertura que la Anabolic Steroids Control Act del año anterior, aclaró: «Nuestro programa será mucho más firme, pero si el Congreso estima oportuna una nueva legislación nos reuniremos [con los jugadores] para rebasar incluso el cumplimiento de cualquier normativa que ustedes dispongan». Nunca dio Stern un paso en este sentido que no despertara las inmediatas reservas del Sindicato de Jugadores y los peores nervios de su representante Billy Hunter, de agresivo recelo a los controles y sanciones.

No fueron pocos los conflictos en la última de sus tres décadas.

Las relocalizaciones siguen siendo una herida abierta desde que en 2002 los Hornets salieran de Charlotte camino de New Orleans previo paso por Oklahoma City a causa del Katrina. Y la ciudad aprovechó la ocasión para adjudicarse un equipo a costa de los Sonics, una de las franquicias más atractivas de la NBA que seguirá clamando contra su despido. Stern detuvo los intentos del entonces dueño de los Hornets, George Shinn, que empeoraba todo un poco más tras ser acusado de agresión sexual, de rematar New Orleans camino de Oklahoma. Pero Stern se mantuvo firme. El cruel paso del Katrina por la ciudad del jazz le inhibió de sacar de allí al equipo, aunque para ello tuviera que hacerse cargo de la franquicia entera, como así ocurrió. Es lo que no ha podido lograr aún la Seattle que perdió el suyo. Stern se marcha con pocas fisuras. Pero tal vez ninguna más desagradable que esta.

El escándalo Donaghy fue sin duda uno de los momentos más delicados de su gobierno. Porque lo ocurrido podía trascender incluso su cargo, ir mucho más allá.

El verano de 2007 el New York Post informaba que un árbitro —Tim Donaghy— estaba siendo investigado por el FBI por presunto fraude en el ejercicio de su profesión debido a las apuestas. La acusación fue probada. Y el caso había influido en las finales del Oeste de 2002 entre Lakers y Kings. Material suficiente para derrocar a un presidente. Pero las investigaciones posteriores, la comisión independiente encargada por la propia NBA y la colaboración del cuerpo arbitral lograron aislar a Donaghy como oveja negra en solitario antes de su ingreso en prisión. «I can tell you that this is the most serious situation and worst situation that I have ever experienced either as a fan of the NBA, a lawyer for the NBA or a commissioner of the NBA». En suma, que el cuerpo, como algunos sectores se habían arrojado ya a denunciar, lejos estaba de andar podrido. No obstante Stern implementó entonces un programa externo de gestión y control de su departamento arbitral. Y el silencio lo cubriría todo después.

Una de las aportaciones más valiosas y menos enunciadas de la era Stern pasa por su dirección en la ingeniería del juego. El Comité Colangelo nació para solventar el atrincheramiento de la pintura y la depresión del juego ofensivo fruto de los cuales el baloncesto NBA sufrió un infarto durante el oscuro periodo 1999-2004. Todo arrancó en la simple restricción del hand checking. Pero el marco de actuación propuesto era mucho mayor, de una gradual intervención quirúrgica prolongada en años que terminó liberando al cabo todas las potencias ofensivas reprimidas durante aquel lustro.

A lo que habría de acompañar, como de costumbre, un guiño divino. Porque igual que Magic y Bird echaron un primer cable a David Stern, así abanderó el cambio entonces el radiante experimento de Phoenix proyectado por Steve Nash, «el principal culpable de cuestionar muy seriamente el sustrato ideológico que había promovido la NBA durante más de una década hacia una colisión generalizada de las potencias defensivas y su paralela devaluación anotadora» (Una mente maravillosa, 2008). Era el alumbramiento definitivo de una nueva era.

El resultado de una operación semejante puede observarse hoy día en todo su esplendor. Y así el ritmo de juego —a medir en posesiones por partido— no ha hecho más que repuntar desde entonces, siendo el actual el más alto desde la primera retirada de Jordan, hace ahora dos décadas. Lo que en el cuadro de otra fabulosa generación de jugadores permite insinuar una segunda Edad de Oro.

Aun expirando su mandato, aun calientes los ánimos tras liquidar el cierre de 2011 a su favor, aun en sus índices más bajos de popularidad, tuvo arrestos de vetar el traspaso que daba con Chris Paul en los Los Angeles Lakers. Ocurrió que inmediatamente después de hacerse público los propietarios se le echaron encima en masa con el fin de impedirlo y Stern no hizo sino ejecutar el voto de la mayoría absoluta. Empleó para ello la coartada de que el traspaso múltiple dejaría a New Orleans, uno de los tres equipos implicados y propiedad de la NBA, como un solar, en la peor coyuntura posible para su venta.

Luego de presentar a su sucesor en el cargo aún tuvo tiempo de una última miel en términos de imagen cuando Jason Collins anunció su condición homosexual. Stern tomó el mando una vez más sin demora. «We are proud he has assumed the leadership mantle on this very important issue», cerraba el comunicado replicando igual orgullo al mensaje del hombre que lo había motivado.

Cumplido asegura quedarse también con el legado de otras dos competiciones de diferente signo: la NBA Development League y la WNBA, de cuya estabilidad, aun por encima de su fundación, dice sentir un orgullo especial mientras la NBDL va ganando anualmente en operatividad y son ya catorce de los diecisiete equipos que la componen los que ejercen como filiales de franquicias.

Obviamente el paso del tiempo suele ser favorable a los grandes productos, como si no fuera necesaria mayor intervención. Pero si algún legado magistral deja este hombre, si alguna destreza superior a cualesquiera homólogos en la historia del deporte, si algo mejora el regalo que cada competición pudo ofrecer a sus espectadores, es sin duda el envoltorio. Y el envoltorio de la Stern Era (1984-2014) es sin duda el más deslumbrante nunca visto. Como alquimista de la mercadotecnia nunca el espectáculo en el orbe deportivo dio mejores resultados.

Por nadie.

NBA owners talk a lot, but ultimately they deferred to Stern every single time they had a tough decision to make. For better or worse, he ran the league unilaterally (Tom Ziller).

No hay biografía intachable. Hay obras que juzgar o no las hay. Y aquí en pleno siglo XXI prosigue el cuerpo vivo y coleando, igual de joven y fresco, la belleza de esas siglas intacta y el valor por las nubes, de donde rara vez descendió. No mientras el piloto, que parecía serlo para siempre, continuara a los mandos.

Mandos que ahora asume Adam Silver adentrando la nave en la era digital y el futuro.

David Stern. Fotografía: MCT /Landov / Cordon Press.

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7 comentarios

  1. Batistuta

    Muy buen resumen del papel de David Stern.

    Aún hoy en día cada vez que hace una aparición pública es sometido a silbidos del público. Recuerdo el último draft de novatos, cuando apenas le dejaron hablar. Pero no hay duda: conforme pase el tiempo todos se darán cuenta de lo que ha hecho este hombre por NUESTRO deporte.

    Grande Gonzalo y grande David Stern.

  2. Pingback: David Stern se despide de la NBA tras 30 años de comisionado | NBAesp

  3. Tuve la oportunidad de asistir a la ultima conferencia de prensa de Stern en el Media Day de la gira de Londres. Fue conjunta con Silver. Stern, curtido en mil batallas, no se dejo intimidar ni un poco. Adam Silver me parecio que tenia un aire naive por su falta de exposicion ante las camaras. No se desvio un milimetro de David Stern salvo en la posibilidad de quitar las divisiones y dejar que el Este y el Oeste sean mas justos. Tuve la ocasion de hablar unos minutos a solas con Silver y me parecio agradable, cercano u correcto. A ver cuanto le dura en la jungla. Ah! y Stern se llevo mas animos y firmo mas autogrados que cualquiera de los jugadores.

    Os dejo unas fotos y el Media Day visto desde dentro por si os interesa

    http://dokodemodoorblog.com/2014/01/20/viviendo-la-gira-nba-londres-2014-desde-dentro/

  4. Estos son algunos puntos negros sobre la gestión de David Stern en la liga: 1) los años de esplendor absoluto fueron los 80, y ya han pasado unos cuantos años de eso. 2) La calidad del baloncesto ha empeorado notablemente: si antes la «clase media» era lo que distinguía el excelso baloncesto NBA, hoy día sigue habiendo superestrellas pero el bajón de la clase media es harto evidente, lo cual ha favorecido la llegada de jugadores europeos, con muchos más fundamentos y técnica que los americanos. 3) Tiene que ver con lo anterior la voracidad de la Liga, que ya no respeta los períodos de formación universitarios. Con Stern hemos visto a muchachos de 18 años debutar en la NBA, con éxito en algunos casos (Kobe) y desastres en la mayoría dada la escasa preparación psicológica y técnica. 4) Se ha favorecido el gigantismo de la liga, con muchas franquicias inoperantes, deficitarias y sin tradición, todo por el negocio. No todo el panorama es luminoso. A mí el personaje no me produce ninguna simpatía, y como en muchos pabellones yo también lo silbaría. Por algo será que lo hacen quienes lo padecen allí

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