Tres conjeturas y media para un homenaje literario

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José Raúl Capablanca c. 1910 (DP).

 —Don Aureliano, ¿juega usted al ajedrez?

—Claro, una partida de vez en cuando no hace daño.

Me senté frente al coronel como quien se sienta frente a un pelotón de fusilamiento. Sabía lo que pasaría, «una partida de vez en cuando…», claro, eso dicen los que van de tapados. Había tanta humedad que la tela de las camisas se unía sobre la piel formando un caparazón alrededor del cuerpo. «Debe detener la podredumbre», pensé. El polvo de la calle apenas podía levantarse, aplastado por la presión del aire inundado en vapor.

El coronel gesticulaba con ademanes lentos y calculados, sus manos, acostumbradas a manipular armas y municiones, no tenían apenas problemas para repartir las piezas en sus casillas iniciales. «Esta destreza es propia de quien sabe jugar», pensé rápidamente. Mis miedos tenían fundamento, estaba claro. La noticia de que el coronel se estaba aprestando a jugar al ajedrez con el desconocido que acababa de llegar corrió rápidamente por el pueblo y poco a poco, la calle se llenó de corazas de piel y telas empapadas alrededor de la mesa.

Todo el pueblo estaba ahí: el alcalde y los oficiales del consistorio, la maestra y sus alumnos, el tendero y hasta el cura. Los niños se habían infiltrado en primera fila y curioseaban parapetados entre las piernas de los mayores. Estos, sabedores del buen hacer del coronel, compartían sonrisas y hacían comentarios precisos:

—Va a ser una sangría —propuso el alcalde con un tono de voz que me inquietó verdaderamente.

—La última vez que lo vimos jugar salió de peón de rey —continuó.

—Sí claro, la mejor jugada sin duda —respondió el cura.

Para entonces mi nerviosismo era difícil de ocultar. Intentaba disimularlo mesándome los rizos del pelo una y otra vez pero el ritmo rápido, casi frenético, de mis dedos sin duda me delataba. Resultaba un tanto patético ver cómo me iba reduciendo frente a la estampa sólida del coronel; este, ajeno a todo, lentamente iba llenando su pipa de tabaco y ya se aprestaba a encenderla. Los habitantes del pueblo no cedían:

—A ver qué hace el otro, ¡tiene cara de ser un pichón! —exclamó la maestra. Los demás le rieron la gracia.

—Cuando Aureliano quiere —añadió la tendera—, sacrifica todas las piezas sin dudarlo.

—Recuerdo cuando entregó la dama y los dos alfiles para hacer mate con la torre y el caballo en la columna «h» —dijo con entusiasmo el peluquero.

—¡No! —respondió la tendera poniendo cara de reproche por la exageración que acaba de cometer el peluquero—, ¡los dos alfiles no, solo el de dama!

El peluquero asintió, reconociendo su error. Yo temblaba. «¡Pero qué está pasando aquí!», pensé alarmado. «¡Todo el mundo juega al ajedrez! ¿De dónde ha salido esta gente?». Era el colmo, todos tenían algo que decir y resultaba claro que sabían lo que decían. El coronel, mientras tanto, ya había encendido su pipa de caña y lanzaba con despreocupación nubes de humo que luchaba por difundir a través del aire saturado de agua. Podía oír perfectamente lo que decían sus vecinos, pero parecía no importarle (o al menos no lo mostraba); su mirada estaba concentrada en el tablero, sin prestar atención a la gente, a mí, su oponente, y menos que menos a las afirmaciones gratuitas de los mirones. Hasta donde él sabía, yo podía ser un rival duro. El coronel tenía la suficiente experiencia como para saber que no hay rivales pequeños en ajedrez. Cualquier error fruto de la suficiencia, podría resultar en derrota. Yo seguía alarmado ante la expectación que se había formado y empecé a pensar en distintas explicaciones para justificar este conocimiento generalizado del ajedrez que todos los habitantes del pueblo parecían mostrar. Lancé, para mis adentros, unas cuantas conjeturas:

El pueblo habría sido visitado por el Gran Maestro cubano José Raúl Capablanca en una gira latinoamericana a principios de siglo XX. Esto sería muy posible, ya que se jugó el campeonato del mundo en Buenos Aires, donde Capablanca perdió contra el ruso Alexander Alekhine, en 1928. Capablanca habría aprovechado su popularidad para visitar varios pueblos del país impartiendo clases y jugando simultáneas contra sus habitantes. Esta hipótesis implica que se debió organizar un viaje en barco por el Caribe desde Cuba con varias escalas hasta que finalmente se puso rumbo al sur (no sería difícil buscarlo en los registros portuarios). Además, si fuese cierto, a partir de aquella visita se habría organizado un club de ajedrez (cuyo nombre, por supuesto debía llevar su apellido, algo que también sería sencillo averiguar). Desde entonces, el pueblo realizaba torneos y el juego se tomaba con una seriedad propia de las creencias religiosas y, en cierta medida, desplazando a estas a un segundo plano. Pensé entonces que debía hablar con el cura; sus conocimientos acerca de la teoría de ajedrez me hacían presagiar que estaba en lo cierto.

Cuando agoté las posibilidades de la primera conjetura, comencé a dar vuelta a una segunda que me pareció más interesante aún:

Carlos Torre Repetto y Géza Maróczy en Chicago en 1926 (DP).

En el pueblo vivía Carlos Torre Repetto, el Gran Maestro mexicano que se retiró del mundo de las competiciones en su juventud, a raíz de una crisis nerviosa. Esta posibilidad excitó pronto mi imaginación. Comencé a escrutar con mayor atención los rostros de los lugareños, con la esperanza de encontrar, entre ellos, al maestro Torre. Recordé algunas de sus célebres partidas y repasé mentalmente la secuencia de jugadas del «ataque Torre», que sucede en la apertura del peón de dama. La imagen, que yo conocía bien, del alfil incisivo en la casilla «g5» clavando el caballo de rey de las negras me llenó de alegría y, entonces, creí ver la cara del maestro en cada rostro. Habían pasado muchos años desde que sufrió la crisis de nerviosa que le apartó de la gloria tan tempranamente. Antes que eso fue capaz de ganar nada menos que a Emanuel Lasker y empatar contra Alekhine y Capablanca. Sus anteojos característicos lo debían delatar, pero pronto me di cuenta de que la mayoría de los habitantes del pueblo usaban anteojos similares. Además, había pasado mucho tiempo desde su retiro y no resultaba sencillo extrapolar cómo había cambiado su fisionomía. Creo que esta conjetura es más que probable, pensé con decisión, esconderse del mundo en un pueblo como este ayudaría al maestro a relajarse y a empezar de cero. Seguro que ha estado enseñando los entresijos del juego a los niños, a todos y cada uno de ellos, al salir del colegio antes de que fueran a nadar al río.

Mientras seguía pensando en mis conjeturas, la gente comenzaba a impacientarse. Aunque parecía difícil que eso sucediera en un pueblo tan tranquilo como este. Las casas parecían haber sobrevivido largos años de lluvias tropicales y carretas transportando los granos de café y los mangos, maracuyás y tamarindos. Pero la impaciencia se notaba, sobre todo en los niños (y eso hacía que la segunda conjetura tomase más fuerza) que querían ver al coronel jugando nuevamente al ajedrez. Yo tenía las piezas negras así que no podía hacer nada por acelerar el comienzo de la partida; frente a mí, el coronel seguía tomándose su tiempo: no parecía impresionado por el bullicio de la gente. Así que tuve tiempo de formular una última conjetura:

El pueblo había dado residencia a León Trotsky en los años treinta, antes de recalar en México en casa de Frida Khalo y Diego Rivera. Sus partidas de ajedrez en el Café Central de Viena son leyenda igual que la célebre partida contra Alekhine, en Odessa, que salvo su vida durante la Revolución de Octubre; así que, en su desenfrenado exilio, cuando Trotsky cayó víctima del estalinismo, al saltar de puerto en puerto intentando evitar los intentos de asesinato (que finalmente acabarían con él en México), bien pudo haberse escondido en este recóndito paraíso. Durante su estancia, para pasar el tiempo, se habría dedicado por completo a su pasión por el ajedrez, enseñando al pueblo entero las cualidades pedagógicas del juego-ciencia como acto revolucionario. La conjetura, aunque posible, me pareció un tanto temeraria. Pero la idea de la revolución me cautivó tanto que un pequeño gesto en el rostro del coronel me hizo cambiar ligeramente los personajes y la lógica de lo que habría sucedido, manteniendo el nudo revolucionario. Entonces, sin dejar de observar a mi oponente, rehíce el escenario:

Rogelio Ortega y Ernesto Che Guevara c. 1960 (DP).

El pueblo había sido visitado por el Gran Maestro Miguel Najdorf, antes de su visita a Cuba, donde jugó con Ernesto Che Guevara. Ahora sí se me iluminó el rostro; creo que todo encajaba con esta conjetura. Najdorf, el maestro polaco-argentino que huyó del nazismo fue un especialista en jugar simultáneas a ciegas. Habría venido junto con el Che a visitar al coronel antes de su intento de expandir la revolución en América Latina. Najdorf jugaría partidas simultáneas con la población una y otra vez, mientras todos aprendían en sus casas, en las tertulias, en las asambleas revolucionarias, a la hora del café, para derrotar al formidable maestro argentino. Me di cuenta enseguida que esto implicaba directamente al coronel en la trama de aprendizaje del ajedrez en el pueblo. Entonces comencé a reparar con más interés en su rostro, su barba, su pelo ondulado y firme y traté de imaginar que la pipa que sostenía en su mano era en realidad un habano. Cuanto más lo pensaba, más crecía dentro de mí la certeza de lo que estaba observando. Esa era, sin duda, la posibilidad más interesante: el coronel y el comandante, el comandante y el coronel. La misma persona escondida al abrigo del tiempo; si era así, había razones para temer su juego de experto.

—Le toca a usted, comandante —dije con intención de provocar su mirada.

El coronel Aureliano Buendía efectuó su primera jugada, peón e4 (la mejor, sin duda), levantó los ojos del tablero y sin soltar la pipa ni por un instante me dijo:

—Gracias señor García, con esta partida se acaban los cien años de soledad.

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7 comentarios

  1. Jorge

    ¡¿Pero qué maravilla es esta?!

    • Hola Jorge, es un pequeño divertimento para homenajear a uno de los grandes que se ha ido. Me alegro que te guste… gracias por tu comentario!

  2. Excelente Diego, muy bonito y casi enternecedor. Un abrazo.

    • Gracias Miguel! Y gracias por compartir tu anécdota con Cien años de soledad en Wijk aan Zee. Hay libros que dejan una huella tan fuerte que hasta son capaces de hacerte olvidar el dolor de muelas (esa sería la contra explicación). Un abrazo para tí!
      Diego

  3. Hola Diego, me ha encantado, ¡gracias!
    Permitidme que comparta con vosotros una anécdota: no sé si os conté que debo a García Márquez uno de mis mejores torneos. En Wijk aan Zee, Holanda, en 1993, se me estropeó el ordenador. Era uno de esos portátiles antediluvianos, un ladrillo de casi 5 kilos de peso… Sin ordenador para preparar y sin nada que hacer en ese pequeño pueblo donde el viento del norte te envía enseguida de vuelta para la habitación, me pasé las mañanas leyendo un libro: “Cien años de soledad”. Por las tardes mi juego era creativo, alegre, libre, desbocado me atrevería a decir. Quedé segundo tras caer en la final a 4 partidas frente al legendario Anatoli Kárpov. Casi le gano. Pero eliminé a Gelfand, Tukmakov, Oll y otros de la élite. Hay otra explicación, sin embargo, para mi buen juego. Tuve problemas con una muela. En serio: comparado con estar en la silla del dentista, sentarme frente al tablero por las tardes era un auténtico placer….

    ¡Abrazos para todos!

    Miguel

  4. Justo cuando me hastiaba de los artículos sobre García Márquez, este nos renueva, gracias.

  5. Pingback: Babel y las varas del saber - Jot Down Cultural Magazine

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