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Babel y las varas del saber

En los escasos segundos que tarda el péndulo de Foucault en trazar su trayectoria firme y llana de un extremo al otro del plano de posición, en donde se encuentran las varas que caerán inevitablemente a un ritmo pausado —pero continuo, se hallan las respuestas a todo el conocimiento humano. El tiempo, el espacio, la ciencia, la estética, la espiritualidad, la desazón, el patrón, la tendencia, la teoría, la ley natural, el cosmos y el caos, la abstracción y el empirismo, la razón y la esperanza, la percepción y la ignorancia, la poesía y la nada.

En el instante, el preciso y simple instante en que la bola toca a la vara y la derriba sin más elección, ha ocurrido un hecho singularmente importante delante de nuestros ojos: deja constancia de que el suelo que pisamos forma parte de un planeta que está en rotación permanente ¡en movimiento!, en medio del espacio, sujeto al tiempo por fuerzas que vienen del origen mismo del sistema solar en la elíptica alrededor del sol dentro de nuestra galaxia, a la deriva, en el universo.

Péndulo de Foucault en el Musée des arts et métiers de Paris. Foto: Wikicommons.
Péndulo de Foucault en el Musée des arts et métiers de Paris. Foto: Wikicommons.

Si eso no les produce vértigo y una ajustada sensación de asombro, prueben con lo siguiente.

En la biblioteca de Babel imaginada por Borges están escritos todos los libros posibles, los reales, los irreales, los imaginados y los absurdos, los políticamente incorrectos y los que dejan un picor en el alma. La biblioteca, como bien describe Borges, está formada por habitaciones hexagonales, apiladas como en una colmena, dando paso unas a otras y asomadas a agujeros interiores para la ventilación (si es que interior y exterior tiene algún sentido en esta estructura fabulosa) que no parecen tener fin. En la narración de Borges ocurren sucesos que, aunque parezcan extraños, parecen derivar naturalmente de la lógica de la propia biblioteca; no nos ocuparemos de ellos, valga señalar que se ha visto en ocasiones a más de un bibliotecario tirarse por los precipicios que rodean cada hexágono. Se sabe que aún hoy siguen cayendo para encontrar el infinito.

Si se tiene la suerte de acabar en la sección de poesía encontraremos todos los sonetos, todas las liras, todos los versos endecasílabos y todos los poemas de verso libre; y, si bien no lo menciona Borges, nada impide que en alguno nos encontremos con Ulises viviendo sus últimos días, totalmente borracho, junto a las sirenas; mientras que, en otro, quizás más paginado, el mismo héroe, jugará «la Inmortal» contra Kieseritzky después de entrar en un improbable, pero aún posible (porque todo es posible en la biblioteca de Babel), bucle temporal. Quizás en otro no menos voluminoso, Ulises se convertirá en un inmortal, sabio y ojeroso, que lo ha probado todo. Asqueado de tanto conocimiento, no querrá siquiera mover los trebejos y, menos aún, ir en busca de Penélope. Ítaca se le antojará un destino pobre y algo descascarado. Ulises, el inmortal, solo querrá la sutil brisa del levante.

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3 comentarios

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  2. Pedrinho Grana

    Dos cosas: a este tio le gusta mucho el ajedrez, y creo que a él le gusta también fumar unos porritos.

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