
Durante unos cuantos años creí que el segundo disco de Johnny Winter, titulado sencillamente Johnny Winter, se llamaba Blue Sky y era el primero, no el segundo. Benditas confusiones de la adolescencia, cuando todavía no existía internet y las fuentes de información sobre no pocos músicos extranjeros eran prácticamente nulas. Salvo, claro está, que uno capturase por puro azar un artículo en alguna de esas revistas musicales que de todos modos casi nunca tenía dinero suficiente para comprar. El motivo de la confusión era simple: yo poseía una rara edición del LP, donde la carpeta anunciaba con grandes letras que era su «primer álbum», y en la pegatina interior ocupaba tanto espacio el logotipo de la discográfica Blue Sky que hubiese llegado a pensar que era el nombre de la banda de no saber que se trataba de un disco de Johnny. Sea como fuere, hay algo que no ha cambiado desde entonces: cuando lo escuché tuve por primera vez la sensación de que me hallaba ante un disco perfecto, del que me gustaba todo por igual de principio a fin y después de muchos años continúa siendo uno de mis discos favoritos. Con él nació mi amor hacia la música de Winter, así que… qué más da cómo se llamaba.
Johnny Winter era todo un descubrimiento que hacer en plena adolescencia. La música de Winter era todo fuego, lo que uno busca escuchar en su juventud. Se dejaba el alma en cada canción, y desde luego en sus discos no daba un tema por bueno si no transmitía un entusiasmo puro y vibrante. En los álbumes de su buena época cuesta encontrar un instante en el que Winter no sonase como un chaval que acaba de descubrir que puede tocar y cantar. Una de las primeras cosas que me sorprendieron fue su capacidad para embarcarse en largos solos que nunca descendían de intensidad. Como si fuese una factoría de blues, o como una de esas gigantescas llamas que permanecen encendidas día y noche en lo alto de las prospecciones de gas. Algo muy tejano, muy de la tierra de las torres de petróleo.
Curiosamente, el genio de la familia era y es su hermano Edgar, dos años menor, mucho más completo: convincente multiinstrumentista que todo lo toca y todo lo toca bien; experimentador y políglota musical, creador de piezas únicas, de ejercicios de fusión labrados sobre sólidos pedazos de rock and roll, como aquella inolvidable «Frankestein», o de himnos a la libertad que podría envidiar la más granada de las bandas sureñas, como «Free ride». Pero cuando los dos germanos grababan juntos, el talento poliédrico de Edgar tendía a ocupar un tímido segundo plano frente a la arrolladora pasión de Johnny. Ambos gozaron de éxito —si bien Edgar fue el que de verdad llegó a conocer el gran, gran éxito— pero siempre fue Johnny quien tuvo más facilidad para conquistar la imaginación y los corazones de los aficionados. Edgar poseía el saber enciclopédico; Johnny poseía la fuerza imparable de quien se cree cada nota que interpreta. Como cuando Edgar escribía arreglos antológicos y tocaba el piano en aquella versión fantástica de «I’ll drown in my tears» que grabaron a finales de los sesenta, pero donde en realidad era la voz de Johnny la que le daba sentido a todo.
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Pingback: In memoriam: Johnny Winter
Ni un sólo comentario para este artículo del gran Johnny Winter … Aish …
Uno de los más grandes. En mi opinión injustamente infravalorado. Sus versiones, absolutamente memorables, pasarán a la historia musical por haber en muchas ocasiones mejorado el original. Su It´s My Own Fault de Lee Hooker en directo, es mi favorita. Allá dónde esté, espero que le vaya bien.
Recuerdo que Salvat había lanzado una serie de álbumes de algunas estrellas de rock, adquirí el de Edgar y Johnny Winter a los cuales no conocía en absoluto, me llamó la atención e fuesen tan blancos, creí que su musica sería igual de extraña.
Acostumbrado a las melodías pegajosas de los Beatles, o a las ruidosas cabalgatas de The Who (mis únicos referentes a los 10 años), la musica de Johnny me echó de cabeza directamente al blues, cosa que le agradezco, aunque él jamás lo supiera.
Así conocí a Muddy Waters y a Hooker, y me interesé por sus predecesores. No me considero una biblioteca del blues, pero me ha entrado el gusto por esa música de la mano del albino.
Así que gracias Johnny.
A la altura de los más grandes. Nada que envidiar a los Hendrix y cía.
Genuino e imparable Winter, que penaaaa…pues allí donde esté, lo va a dar todo, como en cada uno de sus temas.
Es uno de esos músicos que en mi caso, después de diez años sin escuchar sus discos, provoca que paralize mi mundo alrededor, aunque me vaya a pisar un camión, cuando suena o escucho alguno de sus temas sea donde sea…
No sé si Edgar tenía más talento, pero en pasión… había pocos que pudiesen superar al gran Johnny.
Estoy de acuerdo contigo, Emilio: aunque no hubiera hecho nada más, merecía el agradecimiento eterno por sus trabajos con Muddy Waters.
(Ahora, que nos habríamos perdido un montón de enormes momentos)
Me tomaré un tequila barato en su honor
Me ha llamado la atención la referencia a la versión «Invernal» del Stray Cat Blues, aun en estos tiempos en que todo se puede «bajar» de la red, pase mucho tiempo tratando de conseguir el album de JW que contiene este tema.
Saints & Sinners se titula el album y es, tambien para mi, lo que más me ha llegado de JW.
Un saludo desde Morelia Michoacán, México.
Lo vi en mayo, en BCN. Hecho polvo, pero con un montón de blues.
Completamente de acuerdo con el articulo y muy buena la observación de que solo un 10% de la gente que acude a ver a los Stones, debe conocer este tema o Prodigal Son, por ejemplo.
Muy grande Wintra
La intro del Illustrated Man (https://www.youtube.com/watch?v=s4VWl5WX2Tc) me voló la cabeza una mala tarde de IRChat cuando me pasaron el tema por aquella lenta conexion de 56k.
Gracias al bueno de Johnny descrubri y sigo descubriendo a muchos. Lo pude ver 2 veces en directo… Descanse en Paz. Uno de los grandes!
En Blue Sky no solo produjo a Muddy Waters, también grabó, participando personalmente a la guitarra, a Sonny Terry y a Victoria Spivey, ancianos ya.
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