
Este artículo está disponible en papel en nuestra tienda online
¿Tenéis miedo a los lápices y los bolígrafos? ¿A los muslos de pollo? ¿A la bañera? Probablemente, no. ¿Tenéis miedo a sufrir un atentado terrorista o a morir en un accidente de tráfico? Probablemente, sí. Sin embargo, nuestros miedos no están bien enfocados.
Los prejuicios no son necesariamente nocivos. Los prejuicios nocivos son los que se fundan en información sesgada o tendenciosa. Sin embargo, un prejuicio que parta de información relativamente fidedigna constituye un atajo que nos permite ahorrar tiempo minimizando riesgos.
Lo mismo ocurre con el miedo.
El problema, no obstante, es que muchos de nuestros prejuicios y miedos emanan de nuestra intuición, y no del análisis racional. Y nuestra intuición, en lo tocante a prejuicios y miedos, resulta tan incompetente como un miope sin gafas. Basta echar un vistazo a estas cifras de lesiones producidas anualmente en Estados Unidos extraídas del compendio estadístico de Estados Unidos, según enumera el siempre chispeante Bill Bryson en su libro Historias de un gran país: «Hay más personas heridas por el manejo de aparatos de alta fidelidad (46 022) que por el disfrute de monopatines (44 068), camas elásticas (43 655) e, incluso, hojas y maquinillas de afeitar (43 365)». Las escaleras, rampas y rellanos ocasionan dos millones de lesiones. Monedas y billetes de banco, más de 30 000. Casi 50 000 lesiones a causa de lápices, bolígrafos y otros artículos de escritorio.
Está claro, pues, que a fin de reconducir a la buena senda nuestra intuición, recalibrando nuestros miedos, el análisis racional implica el uso de la ciencia, en general, y de las matemáticas, en particular, para así contemplar la realidad a través de unas gafas graduadas por el sentido común.
Pero ¿qué le sucede a nuestro cerebro? ¿Por qué gestiona tan torpemente sus miedos y prejuicios? ¿Por qué requiere de la asistencia de las matemáticas para obrar con cierto juicio? ¿Por qué maneja tan mal el cálculo de probabilidades?
CINAC, anumerismo y otros salvavidas
El cerebro humano se fraguó en un contexto muy distinto al actual: toda la humanidad procede de una población de cazadores-recolectores que se originó en el sur de África hace 200 000 años. Y los cerebros que se reproducían (o más exactamente los cuerpos que transportaban dichos cerebros) eran los mejor adaptados para sobrevivir a tal contexto, donde no era fundamental el cálculo extremadamente fino de probabilidades.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





