Malcolm X (I): Nacido en un mundo blanco

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Foto: Corbis
Malcolm X frente al Capitolio de Connecticut (Foto: Corbis)

El precio de la libertad es la muerte (Malcolm X).

El 21 de febrero de 1965, Malcolm X, uno de los más relevantes líderes sociales de los Estados Unidos de América, se disponía a pronunciar un discurso ante varios cientos de personas. Llevaba meses recibiendo amenazas de muerte, en su mayoría provenientes de miembros y simpatizantes de la Nación del Islam, grupo al que había pertenecido durante dieciséis años y que había abandonado meses antes en mitad de una enorme polémica; sabía bien que sus antiguos compañeros lo consideraban un traidor y admitió en público que no descartaba la posibilidad de terminar sus días asesinado. No le faltaban motivos. Se enteró, por ejemplo, de que habían planeado poner una bomba en su coche, aunque el incidente más grave se había producido una noche en la que, mientras su familia y él dormían, varios desconocidos prendieron fuego a su casa. Malcolm y los suyos escaparon milagrosamente ilesos. Pese a todo esto, se negó a modificar su agenda en función de las amenazas de sus enemigos fanáticos. No quería vivir con miedo, o no quería vivir de manera que los demás percibieran que tenía miedo. Malcolm X jamás se había arrodillado ante nadie y el día de su último discurso no iba a ser una excepción

Estaba ya frente al atril para comenzar a hablar cuando dos hombres iniciaron una trifulca entre el público. Parecía una pelea espontánea, pero en realidad se trataba de una acción planeada para atraer la atención de los guardaespaldas de Malcolm X, que se acercaron para intentar detener el altercado, dejando el escenario sin vigilancia. Mientras tanto, otros tres hombres se acercaron al estrado armados con una escopeta recortada y pistolas automáticas. Apuntaron a Malcolm X. Él vio cómo le apuntaban, pero no tuvo tiempo de reaccionar: recibió un primer disparo de escopeta en el pecho que le hizo caer de espaldas («no se dobló, cayó recto, tal y como había estado de pie», recordaría su mujer, testigo del crimen). Una vez en el suelo, continuaron acribillándolo. Fue alcanzado por un total de once disparos de pistola y diez fragmentos de metralla de escopeta. Todo ante la mirada aterrorizada de sus hijas —de siete, cinco y dos años de edad— que estaban sentadas en primera fila junto a la madre. Malcolm X no sobrevivió al atentado. Tenía treinta y nueve años.

Dos de los tres asesinos fueron detenidos al instante y un tercero estaba siendo linchado por la multitud cuando llegó la policía para salvarlo in extremis. No se sabe con seguridad quién ordenó el asesinato y existen diversas teorías al respecto, pero la Nación del Islam sigue siendo señalada como la principal responsable. De hecho, los tres asesinos fueron identificados como miembros del grupo. En todo caso, la muerte de Malcolm X fue el precio que, decepcionado por la deriva corrupta de la organización, pagó por haber renegado de la facción más extremista de la lucha en pro de los derechos de los negros estadounidenses. Tan solo unos meses atrás, Malcolm X había experimentado un renacer espiritual y su pensamiento había empezado a bascular hacia posiciones más moderadas y flexibles; aquel giro pudo haberlo convertido en un personaje todavía más importante a nivel nacional y mundial. Después de muchos años defendiendo un mensaje cuestionable en el que había dejado de creer, estaba al borde de transformarse en un líder modélico. Pero su destino ya estaba escrito: en cuanto había decidido actuar de acuerdo a los dictados de su conciencia, sus días pasaron a estar contados. Toda su inteligencia, su oratoria y su experiencia fueron desperdiciadas en aquel asesinato. Malcolm X desapareció justo cuando estaba en posición de haberle ofrecido muchas más cosas al mundo.

Los hombres blancos que mataron a papá

Treinta y cuatro años antes, cuando Malcolm Little —tal era su nombre de nacimiento— tenía solamente seis años, su padre había muerto también en circunstancias violentas. Earl Little, que junto a su mujer Louise llevaba una granja en Michigan, era un hombre dinámico y emprendedor capaz de afrontar a base de trabajo las numerosas dificultades que encontraba para sacar adelante a sus siete hijos. Era, además, muy activo en la defensa de los derechos de los negros y de los trabajadores, lo cual le había causado no pocos problemas. La familia era originaria de Omaha, estado natal del pequeño Malcolm, pero su anterior hogar había sido incendiado por miembros del Ku Klux Klan. Tras mudarse a Michigan, los Little volvieron a recibir amenazas y su nueva casa fue también incendiada, también durante la noche y con toda la familia durmiendo dentro; una vez más, fue un milagro que nadie muriese entre las llamas o asfixiado por el humo. Aun así, Earl Little no estaba dispuesto a acobardarse. Ya se había marchado una vez de su hogar y no podía pasarse la vida huyendo.

No tendría ocasión de huir, de todos modos. Un día, mientras estaba en la ciudad recolectando pagos aplazados de algunos clientes, un tranvía lo arrolló, seccionando sus piernas y destrozando varias otras partes de su cuerpo. Murió al instante. No hubo investigación sobre un posible asesinato, pese a que era bien sabido que sobre él pesaban numerosas amenazas de muerte de la rama local del Ku Klux Klan. Nadie creyó la versión policial que hablaba de «accidente». El mayor de sus hijos recordaría más adelante que Earl había sido «arrojado bajo el tranvía». La viuda de Earl, Louise, se quedó sola en la reclamación de una investigación a fondo. Para colmo, la compañía de seguros alegó un posible suicidio, a pesar de que Earl Little ni siquiera era el primero de la familia en conocer un final trágico: tres de sus hermanos habían sido asesinados a sangre fría por el Ku Klux Klan, y un cuarto había sido ejecutado durante un linchamiento multitudinario. Ahora también él estaba muerto, pero a las autoridades les importaba poco y la policía archivó el asunto sin más pesquisas.

Louise, sola con sus siete hijos, se vio enfrentada a una multitud de obstáculos que empezaron a hacer que se sintiera empequeñecida. Por un lado estaban los problemas económicos; aunque era una mujer cultivada, carecía del espíritu emprendedor y la habilidad para llevar los negocios que había tenido su marido. Incapaz de responder a las crecientes deudas, tuvo que alquilar parte de su propiedad, pero eso no impidió que los Little se viesen condenados a vivir en la pobreza. Por otra parte, su creciente dificultad para disciplinar a sus hijos ella sola hizo vislumbrar otra amenaza en el horizonte: que las autoridades le retirasen la custodia. Débil, asustada y sometida a enormes presiones durante varios años, acabó padeciendo una severa crisis psicológica que la llevaría a ser ingresada en un hospital psiquiátrico. Como había temido, se le retiró la custodia de sus siete hijos, que fueron repartidos por distintas casas de acogida. Malcolm Little tenía por entonces trece años. No volvería a ver a su madre en más de dos décadas.

El hecho de crecer contemplando cómo su familia era destruida no hizo que Malcolm perdiese los ánimos de cara al futuro. Al menos no de inmediato. En su nueva vida como huérfano en un vecindario donde era el único niño negro parecía integrarse bien, aunque de adulto reviviría aquel periodo con amargura: «era el único negro, así que me tenían como mascota». Por entonces, sin embargo, no se sentía discriminado; es más, podía llegar a liderar algunos juegos en el barrio y también se aplicaba en la escuela, obteniendo buenas notas y destacando por su aguda inteligencia. Pronto descubrió su primera vocación y, quizá porque había visto tantos problemas de violencia y conflictos legales en torno a su familia, decidió que de mayor quería convertirse en abogado. Sin embargo, uno de sus profesores —blanco, como el resto de la gente de su nuevo entorno— cortó de cuajo sus esperanzas y le despojó de sus sueños de la manera más brutal, diciéndole: «Desengáñate, Malcolm, y sé realista: nunca podrás ser abogado. Deberías buscar un trabajo más propio para un negro». El profesor, detalle que Malcolm X recordaría siempre, utilizó el término nigger («negrata»), con el que todos se referían a él en la escuela. Un término del que Malcolm había llegado a olvidar el trasfondo despectivo, considerándolo casi un apodo cariñoso. Las palabras de su profesor asestaron un golpe definitivo en su autoestima: Malcolm Little se convenció de que nunca podría cumplir sus objetivos mediante el estudio en aquella sociedad gobernada por blancos y supo que nunca podría llegar a donde sí llegarían sus compañeros de clase, todos de piel clara. Por desgracia para él, había buenos motivos para pensar así, dado que la segregación era endémica en los Estados Unidos y, salvo raras excepciones, los negros tenían las puertas cerradas en determinados ámbitos profesionales; en particular, todos los que implicasen buenas ganancias, respetabilidad y cierta cuota de poder. Al año siguiente, Malcolm hizo caso a su profesor: dejó de interesarse por los estudios y empezó a buscarse trabajos de poca monta. Pasó buena parte de su adolescencia viviendo con su hermanastra en Boston, ejerciendo como cocinero en el restaurante de un tren. Restaurante donde, por descontado, los únicos negros estaban en la cocina o ejerciendo como camareros. Nunca como clientes.

La breve aventura delictiva de Detroit Red

Haber sido un criminal no es una vergüenza. Continuar siendo un criminal, eso sería la vergüenza. Yo fui un criminal. Estuve en prisión. Pero no me avergüenzo por ello. No pueden usar eso contra mí. Están usando el palo equivocado para intentar pegarme. Ni siquiera noto los golpes.

Malcolm Little en sus años como delincuente juvenil.
Malcolm Little en sus años como delincuente juvenil (foto: DP).

Después de varios años de fregar platos y servir desayunos, Malcolm Little se cansó de estar al servicio de los blancos a cambio de un mísero sueldo. Terminó de convencerse de que aquello no prometía ningún futuro cuando entró en contacto con gente de los bajos fondos y descubrió que, ejerciendo diversas actividades delictivas, podía ganar dinero mucho con mucha mayor rapidez. Se mudó a Nueva York, estableciéndose en el barrio de Harlem, y formó una pequeña pandilla con un amigo negro y las novias de ambos, que eran dos chicas de raza blanca. Liderados por Malcolm, se dedicaban a la estafa y el robo. Empezó a consumir cocaína, droga por la que desarrolló una fuerte adicción. Por entonces, sus conocidos lo llamaban «Red» por su pelo de tono rojizo, herencia de un abuelo biológico escocés, aunque era una herencia de la que no se sentía demasiado orgulloso: «Mi cabello rojo era el recordatorio de que mi abuela había sido violada por un blanco». Red era un adolescente despreocupado, irresponsable y mujeriego, que vestía de forma estrafalaria, con los trajes coloridos y sombreros de ala muy ancha que gustaban a los jovenzuelos de la calle, los que se hacían llamar hustlers.

Se acostumbró pronto a su nueva y cómoda vida, contento por no tener que trabajar. Hasta que un día todo amenazó con venirse abajo: los Estados Unidos entraron en la II Guerra Mundial y a Malcolm Little le llegó una carta de la oficina de reclutamiento (por descontado, los negros sí eran ciudadanos de pleno derecho cuando se trataba de ser enviados al frente). Decidido a no ser alistado, hizo gala de toda su astucia durante el examen psicológico previo al reclutamiento. Aunque muchos jóvenes intentaban fingir locura sin mucho éxito para librarse de la guerra, él sí consiguió ser declarado «no apto». Durante la entrevista dijo que su mayor ambición en la vida era reunir un ejército de negros para matar a todos los blancos que se cruzasen en su camino. Los doctores que hacían la revisión no quisieron hacerse responsables de enviar a semejante individuo al frente, donde estaría con un fusil en las manos, mucha munición a su disposición, rodeado de blancos y con numerosas posibilidades de ejecutar sus planes de venganza racial haciendo creer que sus compañeros habían muerto a manos de los alemanes. Sonriente, Malcolm Little salió del despacho de los doctores con su exención sellada por el Gobierno.

Aunque había evitado la leva, su carrera delictiva no iba a durar mucho más. Al poco de cumplir los veinte años, tras una serie de robos en domicilios y estafas de diverso calado, fue detenido junto al resto de su pandilla. Una vez más, el ser un negro demostró convertirse en una desventaja de salida. Ninguno de los cuatro tenía antecedentes penales. A los cuatro se los había detenido y acusado a raíz de los mismos delitos. Pero, mientras las dos chicas blancas salían del tribunal con una condena menor, los dos chicos negros fueron condenados a diez años de prisión. La policía había presionado a las chicas para que declarasen que los dos negros las habían inducido a convertirse en criminales. Ellas así lo afirmaron, haciendo que Malcolm se sintiera traicionado, aunque podía haber sido peor: los agentes también intentaron que las chicas acusaran a sus dos compañeros de violación. Ellas se negaron a llegar tan lejos. Malcolm Little fue enviado a la cárcel con la perspectiva de vivir en una celda durante diez años, hasta que cumpliese los treinta.

El Malcolm Little que entró en prisión era, según su propio recuerdo, «ineducado e ignorante». Resentido, malcarado y descreído de todo, sus bruscas maneras le conferían una mala imagen incluso entre los demás presos, que se referían a él como «Satán» por su costumbre de blasfemar todo el tiempo y por lo que uno de sus hermanos definió como «una profunda aversión a la religión». En realidad, el joven Malcolm estaba sufriendo una severa crisis de identidad. Proveniente de una familia destrozada por el racismo, desanimado de proseguir los estudios por sus propios profesores, condenado a una existencia servil —o a la única alternativa que estaba a su alcance, la delincuencia—, traicionado por su novia blanca y condenado a pasar diez años en una celda sin perspectiva alguna de futuro, sin drogas que lo ayudasen a pasar el mal trago, Malcolm Little acumuló considerables motivos para deprimirse. Sin embargo, en la prisión terminó encontrando un inesperado camino hacia la reforma cuando un preso de más edad se fijó en sus obvias aptitudes intelectuales y le aconsejó que, en lugar de vegetar en su celda y lamentarse durante todo el día, utilizase aquellos años en prisión para intentar mejorar como persona. Le animó a leer, a educarse. Malcolm reavivó su perdida pasión por el estudio y empezó a leer cuanto caía en sus manos: política, filosofía, literatura clásica, Historia. Estudió en profundidad la Biblia y el Corán, así como otros textos religiosos y teológicos. Incluso se sumergió en el diccionario, que repasó con atención de principio a fin, anotando todo aquello que le llamaba la atención y adquiriendo de paso un amplísimo vocabulario por el que sería célebre más tarde. Leyó y se aplicó día tras día, hasta que, al cabo de unos pocos años de encierro, Malcolm Little ya no se parecía en nada al joven delincuente «ineducado e ignorante» que había sido al entrar. Se transformó en un hombre culto y elocuente. Desarrolló un nivel tan alto de articulación en su discurso que se convirtió en la gran estrella del equipo penitenciario de debates, llegando a impresionar a los prestigiosos equipos de Harvard y Princeton, que de vez en cuando visitaban la cárcel. «Hasta entonces, muy pocos presos se habían interesado por los debates» —recordaría más adelante un funcionario de aquella prisión—, «pero cuando Malcolm participaba, todos los que podían acudían para ver el espectáculo».

Un hombre llamado Malcolm X

El preso que tanto le había animado a leer y estudiar tenía otros intereses hacia él, aparte del de compartir conocimientos. Pertenecía a una organización llamada la Nación del Islam, muy poco conocida, que contaba con apenas unos cientos de seguidores. Los ánimos de aquel hombre para que Malcolm se educase formaban parte de un ejercicio proselitista: pretendía captarlo para su organización, y lo consiguió. En ciertos aspectos, la ideología de la Nación recordaba al nacionalismo negro de Marcus Garvey, el primer líder negro que había organziado un verdadero movimiento político masivo en defensa de su raza; los padres de Malcolm habían sido fervientes simpatizantes y defensores de Garvey. En la Nación del Islam pensaban que los negros no tendrían nunca un lugar en los Estados Unidos, pero, mientras Garvey había propuesto que la solución consistía en regresar a África, la Nación del Islam abogaba por que Washington cediese a los afromaericanos una parte del territorio estadounidense para fundar una nueva nación en la que pudiesen vivir según sus propias leyes, sin la intervención de los mismos blancos que algunas generaciones atrás los habían mantenido como esclavos, los mismos blancos que ahora seguían viéndolos como siervos.

En la Nación también promulgaban la necesidad de que los negros cultivasen su intelecto para proyectar una imagen de dignidad y seguridad en sí mismos que desafiase los prejuicios de los blancos. Se sometían a estrictas normas de comportamiento, algunas tomadas del credo musulmán, como la prohibición de beber alcohol o comer cerdo, y otras de cosecha propia, como la renuncia a mantener contacto sexual con mujeres blancas. Estos conceptos atrajeron a Malcolm Little, quien por fin encontraba un ideario que parecía responder a muchas de sus dudas y preguntas, algo que daba sentido a su vida. El daño que los blancos le habían hecho a su familia y a él mismo, adquiría un significado, porque la Nación del Islam lo explicaba en un contexto histórico: el único propósito de los blancos había sido, durante cuatro siglos, el de esclavizar y humillar a los negros; nunca habían mostrado otra intención y todo el sistema social blanco estaba diseñado para seguir cumpliendo ese propósito maligno. Era hora de rebelarse. En la Nación también criticaban que los negros estadounidenses se hubiesen convertido al cristianismo —aunque, como el resto de musulmanes, aceptaban la Biblia como texto revelado por Dios, si bien distorsionado en partes, y a Jesús como penúltimo profeta— y proclamaban que el Islam era la religión natural de su raza. También afirmaban que la raza negra era la original y superior a la raza blanca. El hombre blanco era un «diablo» cuyo reinado estaba a punto de terminar. También afirmaban, por descontado, que Dios era negro.

A Malcolm Little le costó superar la reluctancia inicial ante algunas de estas creencias, sobre todo la creencia de que los blancos fuesen «diablos». Sin embargo, terminó adoptándolas como propias porque en el mismo ideario había otros conceptos que resultaban más fáciles de asimilar y en los que veía una incontestable lógica histórica. Por ejemplo, el que Jesús fuese representado por el cristianismo como un hombre blanco, cuando en realidad debió ser similar a cualquier otro hebreo palestino de la época: piel cobriza, cabello ensortijado, rasgos semitas. A Malcolm le resultaba fácil identificar estas manipulaciones como parte de la tendencia de la raza blanca a considerarse superior. Así pues, las ideas políticas; de la Nación fueron lo que primero atrajeron su interés y, más tarde, a despecho de haber sido ateo durante su primera juventud, terminó sintiéndose atraído también por el credo religioso, hasta que se convirtió en miembro de pleno derecho. Esto iba a suponer un cambio aún más importante en su visión del mundo. La Nación del Islam era, en realidad, más parecida a una secta religiosa que a una organización política como la de Marcus Garvey. La Nación se basaba en el culto a la personalidad de su líder, Elijah Muhammad, un iluminado al que sus fieles consideraban mensajero directo de Alá. En prisión, Malcolm Little adoptó todas las normas vitales de aquella particular forma de Islam, convencido por fin de que Elijah Muhammad era, en efecto, el mensajero directo de un Dios negro. Su conversión no resulta inexplicable; en la práctica, Malcolm había comprobado que el contacto con miembros de la Nación del Islam era el único estímulo que podía hacer de él una persona de provecho.

Siguiendo una costumbre de la Nación, abandonó el uso de su apellido anglosajón, Little, considerándolo un «apellido de esclavos». Dado que los africanos esclavizados habían sido desprovistos de su apellido original y rebautizados con el de sus nuevos dueños en América, y dado que los negros estadounidenses no conocían el verdadero apellido africano de sus antepasados, Malcolm sustituyó su apellido por el signo matemático de la incógnita: la X.

Cumplió algo más de seis años de su condena de diez. Cuando salió a la calle, no solo era un miembro de la Nación del Islam sino que, a todos los efectos, era también un hombre nuevo. Ahora era Malcolm X: serio, disciplinado, culto, honesto hasta la rigidez. En la Nación no tardaron en descubrir que acababan de reclutar a un portavoz nato, a un hombre que tenía las cualidades necesarias para ejercer un liderazgo natural ante las multitudes y también para destacar en plena era de la televisión, la nueva gran herramienta propagandística. Llegaría a rivalizar en atención mediática con el otro gran líder negro de la época, Martin Luther King. Solo que el mensaje de Malcolm X no iba a ser un mensaje de amor, ni de perdón, ni de poner la otra mejilla, ni de ofrecer resistencia pasiva como predicaba King. Porque Malcolm X estaba preparado para impresionar al mundo con su carisma, pero también para sacudirlo con un mensaje más duro e inclemente, un mensaje que iba a causar preocupación entre los periodistas y políticos blancos.

Hubo un momento en que los blancos estadounidenses acusaban a Martin Luther King de ser un racista, un extremista y un comunista. Entonces llegamos los Musulmanes Negros… y los blancos empezaron a dar gracias a Dios por tener a Martin Luther King.

(Continuará)

Foto: Corbis
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14 comentarios

  1. Frazier

    Gran artículo. Enhorabuena. Estoy esperando ansioso la segunda parte.

  2. Rodriguez, una duda: terminó con la historia de Fisher?

    • E.J. Rodríguez

      Hola, Pablo:

      La serie de Fischer, en principio, estaba pensada para llegar hasta el momento en que gana el campeonato. Es posible que en un futuro añada más episodios, pero a corto plazo no está previsto. De todos modos, ¡gracias por tu interés!

      Un cordial saludo.

  3. El desencuentro de Malcolm X y la Nación del Islam es ciertamente un tema complejo del que nunca sabremos las verdaderas causas, que bien pudieran ser en parte personales y en parte políticas. La visión de éste tema que se da al principio del artículo me parece sesgada y no verificable, casi ha faltado decir que frente al fanatismo religioso de la Nación del Islam, Malcolm X iba camino de convertirse en Gandhi y aquello se truncó. Aunque Malcolm X se apartó de esa gente, nunca iba a ser un Martin Luther King porque su planteamiento sobre la respuesta a la violencia estructural del racismo blanco era totalmente distinto y nunca varió hasta el punto que parece darse a entender. De todos modos, espero la segunda parte con ganas.

    • E.J. Rodríguez

      Hola, Pedro:

      Hay que ser cuidadoso a la hora de aproximarse a un personaje semejante. Piensa que el giro filosófico que dio Malcolm X al final de su vida se produjo en sólo unos meses… justo antes de morir. De haber vivido más tiempo hay motivos para pensar que ese giro hubiese sido todavía más pronunciado. Recuerda que Malcolm X no llegó a cumplir los cuarenta años y aunque nunca pretendería compararle con Gandhi, porque sencillamente son personajes muy distintos, sí te diré que si Gandhi hubiese muerto antes de los cuarenta tampoco lo recordaríamos exactamente como lo hacemos hoy. Evidentemente, un hombre tan inteligente y comprometido como Malcolm X empezó a evolucionar muy rápidamente una vez consiguió empezar a deshacerse de sus ideas más fanáticas. Hablamos, insisto, de un periodo de meses. Y sí, creo que probablemente iba a camino de convertirse en un líder admirable. Recuerda que murió por exponer públicamente los trapos sucios de la Nación del Islam, incluso sabiendo que había muchas posibilidades de terminar sus días asesinado. Porque lo sabía; es más, lo dijo muchas veces, incluso en prensa y televisión.

      Un cordial saludo.

  4. Al Swearengen

    Para estudiosos de las micro-expresiones faciales, la cara, mezcla de asco, odio y desprecio del reportero con bloc y boli…

  5. Joseph

    Paranoico que es uno.

    No solamente pudieron tener motivos los hermanos islamistas, pudo ser la mafia italiana (Gracias Íñigo Domínguez), el gobierno de EEUU, en fin, muchos sectores de la política y economía de ese país.

    Cuando vi la película «American Gangster» lo primero que pensé es que al malo lo encarcelaron primeramente por ser negro, no tanto porque a las buenas conciencias les preocupara su influencia maligna.

    Alí por ejemplo, se lo ha pasado genial con los hermanos islamistas.

    • Jimbojones

      Hay que ser un paranoico, para que no te cuenten su verdad, aquellos que venden normalidad, hay que tener cuidado con caer en la paranoia, porque aquellos que te venden la paranoia la convertirán en la realidad.
      En American Gangster explican porque se va a por Frank Lucas, se va a por el, porque era un capo de la droga sin contactos políticos y que tenía muy cabreado al sindicato del crimen de USA (que por ello no pensaba protegerle)
      Decir que se va a por el porque es negro es una tontería, si Lucas hubiese hecho contactos en la política probablemente no habrían podido derribarlo, si hubiese cooperado con los criminales (algo que a fin de cuentas el también era) no habría ido a la cárcel.
      Un ejemplo es su jefe, Bumpy Johnson, el dueño de Harlem durante el segundo tercio del siglo XX y cuya historia (mas o menos) se narra en la fallida «Hampones» en ella se ve como Bumpy, coopera en un momento dado con las autoridades, entra en el sistema para no ser aplastado por el.
      Muchos miembros de la mafia-italoamericana han acabado en la cárcel, y no por ser italoamericanos.
      Por otro lado, es cierto que a Lucas pudieron matarlo la Cia, la tía, la mafia italiana (Que cojones le importaba a los spaghettis …) o el general Lee.
      Pero la realidad es que la nación islámica tenia a mucha gente lanzándole amenazas.
      Si durante meses vienes a mi casa armado con una pistola gritando «voy a matarte» si le prendes fuego y luego muero de un tiro, entiende que el principal sospechoso seas tu, paranoias al margen.

      • Joseph

        Precisamente porque cuando alguien es blanco de amenazas, de agresiones físicas, de atentados, es cuando el tiempo le es más propicio a alguien, o a algunos, para intentar deshacerse del objetivo. A río revuelto…

        Le sucedió a Keneddy, a Hoffa.

        De lo del color de piel, EEUU se pinta solo para matizar las cosas, de modo que siempre terminan siendo «el país de la libertad»…
        Nada malo para una nación que apenas unos cuantos años todavía en Mississippi mantenía serias leyes discriminatorias contra los negros.

  6. Jackass

    Uhhhmm… No sé qué cosa motiva este artículo para decir lo que dice, me parece vago y carente de voz propia. Lo dicho y recuento, de acuerdo a los anales de la historia sobre Malcon X está todo bajo el puente. Pero si os interesa, Malcon X fue acribillado no tan solo por razones ideológicas islámicas y vendetta de pandilleros, sino que también por su oculto bisexualismo -con hombres blancos a los que tanto odiaba y que se sabía que los frecuentaba a menudo. De acuerdo a su época, no tan solo ser negro, islámico era mal visto pero peor todavía dentro de la misma subcultura a la que Malcon pertenecía si se era bisexual se pagaba con la muerte. Que la lectura y “refinamiento” de cárcel lo exima de mea culpa es un ladrillazo verde; Malcon X fue hombre de mal y ese mismo camino lo llevó a merced del cañón de sus hermanos de color, negros y todos criminales. No podía merecer mejor resultado.

    http://www.dailymail.co.uk/news/article-1373652/Malcolm-X-bisexual-killer-escaped-justice-claims-new-book.html
    http://nypost.com/2010/04/28/malcolm-x-killer-out/
    http://www.constantinereport.com/accused-malcolm-x-killer-implicated-in-new-book-as-man-who-fired-first-deadliest-shot/

    • ¿Hombre de mal porque según tu ? Porque decía la verdad, porque hablaba sin adornos. Acaso no fueron los europeos de piel blanca los que erradicaron pueblos indígenas y arrancaron a los negros de África para tratarlos como animales como te sentirías tu si te hubiese tocado vivir las misma vejaciones, y mas en el momento históricos en la que el las vivió donde no podías ni salir sin que trataran como zapato por ser negro, por favor su condicon sexual no importa, sino su legado, ademas afirmas con tanta seguriad lo de su bisexuaidad que pareciera que estuviste en su colchon, si lo era no es relevante para mi su legado, y lo que. hizo es honorable, fue un hombre que había vivido en carne propia lo difícil que era ser negro, quería que su gente aprendiera a tener sentido de pertenencia por eso lo erradicaron porque no conviene que el oprimido tenga sentido de pertenencia porque así lo pueden seguir pisando.

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