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Jim Braddock: el campeón que venció a la crisis (y II)

Viene de la primera parte

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Jim Braddock y Tommy Farr en 1938. Fotografía: Corbis.

1935. El vigente campeón mundial de los pesos pesados, Max Baer, era un tipo simpático y campechano que se había ganado el afecto del gran público con su cercanía y dotes comunicativas, incluyendo la participación en películas. Extrovertido, con buen humor y sin pelos en la lengua, Max Baer no andaba falto de carisma. Pero Baer era simpático únicamente fuera de los cuadriláteros, porque dentro de ellos era un hombre extremadamente peligroso. Muy buen pegador: sus golpes eran temibles y de sus cuarenta victorias casi todas lo habían sido por KO. Pero además, y con cierta frecuencia, su comportamiento durante los combates era marrullero y antideportivo. Más de una vez había sido descalificado por usar tácticas sucias, incluyendo la de golpear al rival cuando el árbitro ya estaba contando. En cualquier caso era un púgil al que tenerle miedo y no se podía exagerar el poder de sus puños; el más ilustrativo y trágico ejemplo se había producido en 1930, cuando Baer se enfrentó a otro gran boxeador, Frankie Campbell. Durante cuatro asaltos estuvo castigando a Campbell de manera inmisericorde y a pesar de que el árbitro detuvo el combate en la quinta ronda para evitar males mayores, Campbell había sufrido traumatismos tan graves que falleció al día siguiente como consecuencia de la lluvia de puñetazos.

Jim Braddock tenía ahora la oportunidad de enfrentarse a Max Baer buscando el cinturón de campeón como posible recompensa, pero el sentido común dictaba que no estaba en condiciones de enfrentarse a una bestia semejante. Entre otras cosas porque su mano derecha continuaba en malas condiciones y el riesgo de volver a rompérsela durante la pelea era muy elevado. De las innumerables razones que existen para que un boxeador se encuentre siempre en plena forma, está la de que el organismo esté lo bastante tenso y preparado para recibir los golpes durante los largos y agotadores asaltos. De lo contrario, un mal puñetazo puede causar graves secuelas, incluyendo la muerte, como ya hemos visto. Pese a que Braddock hubiese ganado ya tres peleas contra pronóstico desde su inesperado regreso, nadie daba un céntimo por él y además parecía que se jugaba la salud. Sin embargo, la posibilidad de disputar el título por segunda vez en su vida, por no hablar de la suculenta compensación económica, hicieron que la oferta le resultase imposible de rechazar… aun con las amargas protestas de los suyos, que le imploraban se buscase alguna pelea menos arriesgada para su integridad. Muy particularmente preocupada estaba su mujer, Mae, que nunca estaba segura de si su marido regresaría a casa de una pieza y que ahora tenía buenos motivos para sentir verdadera aprensión. Pero Jim Braddock no tenía miedo o, si lo tenía, lo disimulaba bien. Se dejó llevar por la lógica de la competición, más que por la lógica de la vida, y aceptó pelear por el título aunque eso significase jugársela. Eso sí, era con diferencia el aspirante más experimentado; llevaba a sus espaldas más de ochenta combates profesionales —casi el doble de los disputados por el campeón y eso que a Baer también se le podía considerar un púgil curtido— y lo había visto todo y lo había vivido todo sobre un cuadrilátero; lo bueno y lo malo, noches de triunfo y noches de vergüenza. Había protagonizado momentos gloriosos y momentos patéticos. Ahora, si quería tener alguna oportunidad, necesitaba recopilar todas aquellas experiencias y convertirlas en sabiduría pugilística.

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6 comentarios

  1. Pingback: Jim Braddock: el campeón que venció a la crisis (I)

  2. Bernardo de Gálvez

    Épica narración que engancha hasta el final.

    Maese Rodríguez, mucho habla de boxeo pero ¿lo ha practicado alguna vez?

  3. Me han encantado los dos artículos, épicos y entrañables. Ha sido un placer leer esta historia.

  4. Grandisima y emocionante historia, gran artículo, mis felicitaciones.

  5. maravilloso artículo, como tantos aquí. Gracias

  6. menta verde

    Muy bien escrito, da gusto leerlo. Y eso que no soy aficionado al boxeo en absoluto. Gracias E.J.

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