Señorita Google: el tardoadolescente da un braguetazo

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seño go

Escribir, ya sea un tuit, un artículo o un libro es como lanzar una moneda a un pozo cuyo fondo no ves. No tienes delante el rostro de tu interlocutor en el que escrutar una mueca de risa, hastío o estupefacción en respuesta a lo que cuentas, así que entonces haces trompetilla con la mano asomándote a ese abismo intentando oír una reacción: ese débil tintineo o chapoteo que te dé cierta idea de lo que hay al fondo… Y entonces, muy ocasionalmente, lo que suena es una estruendosa bocina de barco que te deja sordo, taquicárdico y con el peluquín colgando de una oreja. Algo así le pasó a Gonzalo Vázquez cuando escribió este artículo. A lo largo de doscientos setenta y seis comentarios le dieron la razón con auténtico fervor, suscribieron sus palabras aportando testimonios en algunos casos estremecedores y otros, también, le llamaron cosas que no repetiremos para no menoscabar su honor. Quizá era simplemente la franqueza con la que estaba todo expuesto lo que lo hizo incómodo para algunos lectores. Estábamos ante el perfil de un joven atrapado en la precariedad sexual, laboral y, en definitiva, vital. Ante un adolescente perpetuo al que la desastrosa tasa de paro o los sueldos irrisorios en caso de trabajar, el inalcanzable precio de los pisos y la imposibilidad de encontrar una pareja estable le impedían entrar en la edad adulta pese a que seguía cumpliendo años con implacable regularidad. Un drama tan común como invisible, porque reconocerlo conlleva cierta vergüenza. No se han cumplido las expectativas de la generación previa, tal como señalaba este otro artículo con ciertos puntos en común.

Pues bien, ¿Qué ocurre cuando ese tardoadolescente cumple cuarenta años? ¿Está más quemado que el bueno de Salvatore o todavía conserva algo de esperanza? Esto es lo que nos cuenta Juan Vilá en la novela Señorita Google. El humor vitriólico con el que describe los pensamientos del protagonista, tan amargos como lúcidos, siempre manteniendo la narración en primera persona, es un detalle que nos remite inevitablemente a Houellebecq. Pero no estamos en París, sino en Madrid. La acción comienza en un conocido local frecuentado por cierto personaje televisivo con querencia por el alcohol, valga la redundancia. Allí está ella, Marilyn, así la llama por su pelo rubio y corto, por su vestido rojo y por sus curvas, aunque más adelante pasará a denominarla Señorita Google, por su puesto de alto nivel en una multinacional tecnológica . El caso es que allí estaba borracha perdida, aunque aún lo suficientemente consciente para fijarse en él… o tal vez ya no y por eso precisamente se fijó en él. Ese momento que dura una eternidad en el que «ella me miró, y yo la miré a ella. ¿Se paró entonces el mundo, la música y todo cuanto había a nuestro alrededor dejó de existir? Haría mal en decir que sí y haría mal en decir que no. La verdad es que no me acuerdo demasiado bien». Poco después se encuentran enrollándose camino de su casa en un taxi, dando comienzo a una historia que quizá redima al protagonista o que tal vez este se empeñe en arruinar porque si hasta entonces todo en la vida le ha ido mal ya no es el momento para cambiar de hábito y dejar paso a la felicidad.

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2 comentarios

  1. Habéis cambiado querencia a la cocaína por querencia al alcohol??
    No os autocensuréis :(

  2. Larry Bird

    El artículo de Gonzalo Vázquez sigue siendo lo más rompedor que se ha publicado en Jot Down. Me impactó profundamente, asi como a todos mis conocidos que lo leyeron.

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