El personal Katrina de Ryan Anderson

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Foto: TonyTheTiger (CC)
Foto: TonyTheTiger (CC)

Los New Orleans Pelicans están siendo una de las revelaciones del año. Tras una temporada 2013-2014 en la que ya empezaron a dar síntomas de mejora, este año han dado un paso adelante que bien podría permitirles entrar en playoffs por primera vez tras la marcha de Chris Paul. Anthony Davis es la pieza central del equipo y sobre la que se centran todos los focos, pero en la sombra y saliendo desde el banquillo, existe un hombre que, como Nueva Orleans, está resurgiendo de la miseria.

Cuando el huracán Katrina azotó la costa de Louisiana en agosto de 2005 el sistema de diques protectores demostró ser penosamente insuficiente y el 80% de la ciudad fue inundada. En el caos que siguió al colapso del sistema de protección, mil quinientas personas murieron y el coste de los daños se sitúa en ciento cincuenta mil millones de dólares. Aún a fecha de hoy la ciudad no se ha recuperado del impacto sufrido entonces. Del casi medio millón de personas que vivían en la ciudad, más de la mitad la abandonaron tras el paso del Katrina. El fuerte sentimiento de comunidad y el amor por una ciudad única está atrayendo de vuelta a los que huyeron de la catástrofe, y el año pasado la población alcanzaba de nuevo los trescientos setenta y nueve mil habitantes. Aún lejos de su mayor número, pero en efectivo crecimiento.

Quedan sin embargo muchas casas por reconstruir aún nueve años después, y a estas alturas ya nadie espera que el Gobierno de los Estados Unidos les tienda una mano. La reconstrucción de Nueva Orleans reside ahora en las manos de la comunidad y los voluntarios. Una de las ONG que trabajan en la zona es lowernine.org, que con un presupuesto anual de ciento cuarenta mil dólares reconstruye diez casas al completo cada año en el Lower Ninth Ward, el barrio más afectado por las inundaciones. Los voluntarios que trabajan ahí tienen que pagar por compartir dormitorios con literas.

Se estima que la total reconstrucción de la ciudad llevará todavía diez años más. Es un proceso lento y sacrificado, que involucra a muchas personas dando muchos pequeños pasos en la dirección correcta.

La acumulación de un gran número de esos pequeños pasos tuvo como consecuencia un gran paso como fue la celebrada vuelta a la ciudad del equipo de NBA, los New Orleans Hornets, en 2007. La franquicia había tenido que emigrar a Oklahoma al ser el pabellón gravemente dañado por los efectos del huracán, pero volvía a casa y con fuerza. Además del retorno de la franquicia, esa temporada se celebró en la ciudad el All Star, consolidando así un poco más la recuperación del equipo y, por extensión, de la ciudad.

Seis años después, la franquicia es distinta. Ya no se llama Hornets sino Pelicans, un nombre más acorde a la fauna local. Ya no es Chris Paul la estrella del equipo, ni están David West, Peja Stojakovic —cuyo dorsal ha sido, por cierto, recientemente retirado por los Sacramento Kings— o Tyson Chandler como puntales.

En cambio, llegó Anthony Davis como número uno del draft, un pívot de impresionantes aptitudes físicas que tras un par de años iniciales en los que las lesiones emborronaron su rendimiento, está ahora haciendo su mejor temporada y revelándose como el mejor pívot del mundo. Tyreke Evans vino traspasado desde Sacramento y está siendo un sólido jugador; Jrue Holiday es el base del equipo y aporta buenos números. Tienen, respectivamente, veintiuno, veinticinco y veinticuatro años. Dicho de otro modo, son insultantemente jóvenes, tienen hambre y su objetivo es clasificarse para los playoffs.

Fuera de los focos está Ryan Anderson. Saliendo desde el banquillo y a su vez joven, con veintiséis años, toma el relevo de los mencionados encima para hacer daño al rival. Gran tirador, inteligente, y un más que decente reboteador, especialmente teniendo en cuenta que dista mucho de ser un prodigio físicamente, es una pieza vital del equipo. Con más de 15 puntos y 5 rebotes por partido, es el principal candidato al galardón de sexto jugador del año.

Foto: Infrogmation of New Orleans.
Foto: Infrogmation of New Orleans.

Ocho años después del golpe del Katrina, la ciudad levanta la cabeza lentamente, tal y como lo hace su equipo de baloncesto. Ryan Anderson no solo forma parte del resurgimiento del equipo y de la ciudad, si no que está resurgiendo a nivel personal. Hace algo más de un año, sufrió su personal Katrina.

Su relación con Gia Allemand, actriz y modelo neoyorquina, tenía la fachada de una relación exitosa entre dos personas exitosas. Sin embargo, tras esa apariencia exterior había una relación de altibajos pasando por uno de sus momentos más turbios. Una noche fueron vistos discutiendo en público en un restaurante, en el que ambos alzaron la voz más de lo debido. Se separaron y Ryan se fue a su casa. Al rato recibió una llamada de la madre de Gia, la misma que había declarado poco antes que jamás había visto a su hija tan feliz en una relación. No corrían tiempos tan radiantes y la madre estaba preocupada: Gia no contestaba al teléfono. A esa llamada siguió un mensaje alarmante pidiéndole que fuera a ver a su hija cuanto antes porque algo iba mal.

Tenían todos motivos para estar preocupados, puesto que solo unos meses atrás Ryan la había encontrado inconsciente tras haber mezclado medicamentos con alcohol. Con esos fantasmas apoderándose de él, salió corriendo de su casa y condujo desesperadamente por las calles de Nueva Orleans. Aparcó frente al bloque de Gia y salió disparado de su coche, sin siquiera apagar el motor ni cerrar la puerta del mismo. Así encontraría el vehículo más tarde la policía.

Nada más entrar en el apartamento la vio colgando de la escalera de caracol que presidía la residencia, con el cable del aspirador alrededor del cuello. Intentó liberarla del lazo mortal entre gritos de pánico, con el perro de Gia correteando alrededor, consciente de la tragedia, impotente. El ruido atrajo a un vecino, que llamó de inmediato a urgencias. Ryan trató por todos los medios de revivir a Gia. Era demasiado tarde.

Cuando Monty Williams, el entrenador de los Pelicans, fue alertado de lo sucedido, no dudó un segundo en ir hasta el apartamento de Gia, donde se encontró a Ryan rodeado de policías, tirado en el suelo, llorando al borde de la histeria. Corrió hacia él y ambos se fundieron en un abrazo. Junto a un miembro de seguridad, lo sacaron de ese infierno y se lo llevaron hasta casa de Monty. Ahí, rezaron junto a Ingrid, su mujer, cuyo hermano también se había suicidado recientemente, y su apoyo y consejo fueron sin duda un importante punto de soporte en esos brutales primeros momentos. Esa noche la pasó Ryan en el sofá de la casa de su entrenador. Este la pasó en un colchón tirado en el suelo a su lado. Ninguno de ellos durmió un solo minuto y la noche pasó entre los sollozos de uno y la voz pausada del otro.

Monty tuvo que volver a la rutina del equipo, a los partidos y los entrenamientos. Ryan no pudo, ni podría hacerlo en los siguientes meses. Apenas reunió fuerzas para ir a vivir con sus padres, y aun así lo hizo forzado por su madre, que veía cómo su hijo se hundía en un abismo interior. En esa casa se unió toda la familia Anderson, desde los padres hasta la hermana de Ryan y su marido, que se turnaban para dormir con él y rellenar así de conversación las interminables noches de lamento. Esa casa era en cierto modo su refugio. Fuera, no lo era nada.

Una legión de periodistas ávidos de sensacionalismo estaban al acecho, tratando de averiguar los pormenores del suicidio, de la discusión que lo precedió, de cualquier nimio detalle con el que poder satisfacer las ansias de morbo del público al que, al fin y al cabo, se deben. Nada quería más evitar Ryan que ser preguntado por ello por un desconocido alzando una grabadora. Su estatus de estrella de la NBA era radicalmente opuesto a la intimidad que exigía. Sentado en el patio trasero de la casa de sus padres, con la Biblia en las manos, Ryan sopesó retirarse, con apenas veinticinco años.

Ahí apareció de nuevo su entrenador. Monty conoce los tiempos que siguen a una catástrofe de esa magnitud; los aprendió de su propia mujer. Sabe que hay que apretar las clavijas, que no hay que dar un ápice de espacio a la desolación. Por eso apenas un mes después del suicidio de Gia llamó a Ryan para que se reincorporara al equipo. Ryan no lo entendió así; consideró que su luto merecía más tiempo. Entre sus padres y Monty le fueron insistiendo hasta que el 6 de septiembre se reunió con el equipo. No le fue fácil reconectar con el baloncesto tras la debacle emocional que había sufrido, pero el calor del grupo le dio alas. Sus compañeros lo trataron con total normalidad desde el primer momento, sin miradas de lástima ni abrazos sentimentaloides. Le hablaban como si no hubiera pasado nada, con el mismo tono desenfadado y de colegueo de siempre. Era justo lo que necesitaba.

Foto: Keith Allison (CC)
Foto: Keith Allison (CC)

Poco a poco fue retomando sensaciones. Al principio se veía incapaz de comparecer de nuevo en público en un pabellón y soportar las miradas de miles de personas, juzgándolo en silencio. O, peor, juzgándolo a grito pelado. Para empeorarlo, una lesión a finales de octubre lo apartó de los partidos. Otro contragolpe. Pero era un hombre con una determinación; volvió, jugando y por todo lo alto. Su primer partido de la temporada, el 16 de noviembre frente a Philadelphia, jugó veintiséis minutos en los que metió ni más ni menos que 26 puntos, con un magnífico acierto del 62,5%

El baloncesto se convirtió, de acuerdo con sus declaraciones, en su santuario. Ahí podía evadirse de todo el sufrimiento, que quedaba cada vez más atrás. Su inicio de temporada fue fulgurante, promediando casi 20 puntos y 6,5 rebotes por partido. Se sentía cada vez más cómodo e importante dentro del equipo, y los aficionados se habían volcado a su favor.

Pero entonces de nuevo sucedió la tragedia. En un partido ante Boston, buscando recibir el pase de fondo de Anthony Davis, colisionó con Gerald Wallace y ambos jugadores cayeron al suelo. Wallace se levantó, pero no lo hizo Anderson. Boca arriba, resoplaba y miraba al techo con incredulidad. La repetición no aclaraba qué podría haber pasado. Parecía una colisión sin mayor incidencia, una de tantas como hay en un partido de baloncesto. Entonces no lo sabíamos, pero ahí había terminado la temporada de Ryan Anderson. No sabíamos que una doble hernia de disco lo iba a apartar en camilla de su santuario.

Ahí estaba de nuevo, Ryan, con el que venía siendo su compañero más inseparable de los últimos tiempos: el sufrimiento. El dolor físico se unía al psicológico esta vez. Pero como la persona que es, como Nueva Orleans, ha sabido resurgir.

El 28 de octubre debutó esta temporada frente a su público, entregadísimo al sufrido chaval originario de California. Ese partido llegó a sus últimos compases con los Magic de Orlando acechando a los Pelicans, a solo 5 puntos. Anderson tomó las riendas del equipo para meter 9 puntos en solo cuarenta y cinco segundos, incendiando el pabellón y demostrando de lo que es capaz. Mató al rival. Al final del partido, tras veintidós minutos, acumulaba 22 puntos y 9 rebotes, de los cuales 7 fueron ofensivos. Monty Williams, el hombre que ha estado a su lado en los peores momentos de su vida, lo elogió esa noche frente a la prensa: «Hace muchísimo por nuestro equipo. Ha cogido siete rebotes ofensivos, ¿cuántos tíos pueden hacer eso y al mismo tiempo meter triples?».

El resurgir de Ryan tiene especial significado en una ciudad que tanto sabe de la importancia del saber resurgir. Así lo plasmó Williams:

Verlo andar a través del túnel esta noche, cuando han anunciado su nombre, ha sido muy especial, por todo lo que ha tenido que pasar tanto fuera como dentro de la cancha, las lesiones… Sé que existen ciertas dudas y estoy seguro de que ha pasado unas cuantas noches sin pegar ojo dándole vueltas a lo que le ha sucedido en la vida. Pero su fe y su familia son sin duda unos grandes cimientos de los que partir. Sencillamente, es bueno tenerlo de vuelta en la pista.

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3 comentarios

  1. carlos ibañez

    Para mi uno de los mejores triplistas de la liga de la NBA.

  2. Pingback: El personal Katrina de Ryan Anderson | EVS NOTÍCIAS.

  3. Pingback: Reporte NBA: qué ha pasado este verano y cómo afectará a la temporada que viene (I) - Jot Down Cultural Magazine

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