Arte y Letras Cómics

Don Quijote en el Salón del Cómic o ¿fue Sansón Carrasco el primer fan?

Imagen: Salón Internacional del Cómic de Barcelona
Imagen: Salón Internacional del Cómic de Barcelona

¿Y si el mejor homenaje que pudiera hacerle Barcelona al IV centenario de la publicación de la segunda parte del Quijote fuera inconsciente? ¿Y si el Salón del Cómic de este fin de semana, su edición número 33, fuera un monumento inmaterial y fugaz dedicado a aquellos capítulos en que el personaje de Cervantes (y de todos nosotros) conoce el mar, una imprenta, un puerto bullicioso, una cabeza parlante, la derrota más amarga?

Es sabido que, por suerte para los barceloneses, Don Quijote oye como leen en voz alta en una taberna algunos pasajes del Quijote de Avellaneda, ese libro pirata, esa segunda parte ilegal de las aventura del caballero y Sancho Panza, esa probable fan fiction, y como los personajes falsos van a Zaragoza, nuestro héroe decide que ellos, que son los personajes verdaderos, cambien su rumbo y se dirijan hacia el Mediterráneo. Es por eso que conocen a Roque Guinard, álter ego del bandolero histórico Perot Rocaguinarda, con quien no solo entra en la novela el catalán, sino también la realidad. Más tarde, entre las aventuras barcelonesas, destacará ese momento en que se encuentran en el puerto y, de pronto, ante una amenaza real, todo el mundo deja de hacerle caso al loco, de seguirle la corriente, porque cuando hay un posible ataque, un conflicto que puede provocar heridos o muertos, dejan de hacer gracia las locuras de Don Quijote. Al entrar en librerías e imprentas, de hecho, Cervantes pone a su personaje de ficción ante sus encarnaciones reales, no como cuerpo (imaginado), sino como libro (material). Esa es su realidad: menos la cara reflejada en el espejo de la ficción que la página impresa y encuadernada y material y abierta ante los ojos del lector.

Barcelona jugó un papel importante, de hecho, en la difusión del Quijote, pues fue el librero catalán Rafael Vives quien constató por primera vez (corría el año 1617) la unidad de las dos partes de la novela y decidió comercializar un volumen con la obra completa. También fueron barcelonesas la primera edición facsímil y la primera edición crítica. Lo que nadie había advertido hasta ahora es que también fue en esta ciudad, hace ahora treinta y tres años, donde se comenzó a rendir un homenaje constante a la locura razonadora, a la ilustración de los textos, a la lectura fanática, a la encarnación —a través del disfraz— de los personajes que te quitan el sueño: el Salón del Cómic.

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