Alguien que parece el gemelo univitelino de Chuck Palahniuk regenta un local subterráneo en algún lugar de Barcelona de cuyo nombre no quiero acordarme. Solo los miembros pueden acceder a él y la primera regla coincide con la del Club de la Lucha: nadie habla sobre el Club de la Lucha. O, al menos, nadie habla desvelando su nombre. Tampoco su dirección. Si algún lector sintiera la imperiosa necesidad de acudir, sabría cómo encontrarlo. Pero les advierto: los mirones no son bienvenidos. Al final de la escalera, donde los rayos del sol no alcanzan, algunas bombillas azules iluminan un parque recreativo para adultos. Los toboganes y los columpios han sido sustituidos por jaulas y catres. A disposición de los asistentes: látigos, fustas, arneses y máscaras de cuero para materializar sus fantasías. Una barra si necesitan saciar la sed en sillas alrededor de mesas con historia. Un zulo. Material médico de primeros auxilios por si el dolor superase con creces el placer. Y en el techo, puntos de suspensión. No para uso de acróbatas, sino de amantes de la primera de las siglas de BDSM —bondage, disciplina (BD), dominación y sumisión (DS), sadismo y masoquismo (SM)— que denominan el conjunto de prácticas que aquí tienen vía libre.
Remplacen la B por la S de shibari y tendrán la versión nipona del arte de atar. Shibari (縛り) significa «atadura”» en japonés. La palabra kinbaku (緊縛), que se traduce como «atadura tensa», se emplea como sinónimo; las diferencias entre ambas son mínimas. También en Japón el arte de atar es underground. No siempre de forma tan literal como en este sótano, pero pueden contarse las veces que se exhibe sobre un escenario multitudinario. Con su actuación en el estudio de ballet Ars Nova de Tokio en 1964, Osada Eikichi, reputado nawashi —nombre que se otorga a los profesionales de la cuerda— ya fallecido, empezó a llenar locales impulsando junto a otros maestros la salida del armario del shibari. De Eikichi se dice que para preparar a las modelos la noche de la actuación las dejaba atadas todo el día en su estudio del salón Lotus. Lejos del pudor de la sociedad japonesa, los tugurios tokiotas donde suelen tener lugar estas actuaciones reciben esporádicas visitas de la policía.
Debajo de uno de los puntos de suspensión, una mujer y un hombre se colocan de pie, ella delante y él detrás. Podría estar ella detrás y él, delante. O podrían ser él y él o ella y ella. O solo uno de ellos. Las combinaciones invalidan las críticas recibidas por feminismos tergiversados. Aunque es posible llevarlo a cabo individualmente, la praxis del shibari en pareja permite el juego de roles de dominación y sumisión. Atar o ser atado, he aquí la cuestión. Antaño fueron un policía y un prisionero, pues el shibari desciende del hojojutsu, un arte marcial usado por samuráis y policías para el arresto, el traslado o la punición de reclusos ampliamente utilizado durante el periodo Edo. También dio sus frutos como método de tortura para lograr confesiones. En el ocaso del periodo Edo —finales del siglo XIX— estas técnicas adquieren un cariz erótico. Al pintor y nawashi Itoh Seiyu se le considera el padre del kinbaku y sus obras que ilustran la transmutación del dolor en placer tuvieron problemas con la censura.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.









¡Muy buen artículo! Leído con Nick Cave como banda sonora llega a emocionar, ¡felicidades!
+1 a Bárbara. Muy bueno.
….. Leerlo me hace sentir diferente, cada detalle, cada momento , parece que lo este viviendo. Felicidades por ese articulo.
Verdaderamente, es un ritual que encandila al verlo, incluso en las versiones más «neófitas». Gracias por acercarnos este mundo un poquito más a través de tu artículo.
Saludos,
A.
Pingback: Sibaritas del erotismo | Muriel Campistol Torres