
¿En qué medida determina nuestra ocupación la manera en la que morimos? Accidentes laborales aparte, ¿tiene un vendedor de enciclopedias mayores posibilidades de ahogarse con una gamba de las que tiene un mamporrero? Bien es sabido que hay multitud de factores condicionados por el trabajo —la exposición a sustancias tóxicas, el estrés, el desgaste físico, el sedentarismo, las costumbres alimenticias, etc.— que terminan por influir más o menos directamente, para bien o para mal, en la manera en la que terminaremos nuestros días.
Se podría pensar que las ocupaciones intelectuales, por no entrañar a simple vista un riesgo físico significativo, influyen más bien poco en los finales de aquellos que las desempeñan. Quizá no haga falta la corroboración de una estadística de la que no dispongo para confirmar que el trabajo intelectual es sin embargo una actividad de alto riesgo. Las dificultades y resistencias a las que se enfrenta cualquiera que se empeñe en llenar de letras páginas y páginas —ya sea el resultado una gran obra o la traducción de un prospecto médico— propician en no pocas ocasiones la adicción al alcohol y otros narcóticos, y en los más de los casos un tabaquismo compulsivo. Harían falta los dedos de muchas manos para contabilizar las muertes de intelectuales causadas directamente por estas adicciones. Malcolm Lowry, Jack Kerouac, Jean Paul Sartre y Antonio Machado son solo algunos de ellos.
Otro peligro que acecha con especial intensidad a filósofos y escritores de toda índole es la melancolía. Pensar demasiado no es quizá la manera más acertada de conectarnos con nuestro yo más vitalista y despreocupado. La vida en el plano intelectual no tiene sentido, y tantos y tantos han pagado cara su dedicación a ahondar en el sinsentido del racionalismo humano. Por nombrar solo unos pocos: Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Gilles Deleuze, Paul Celan, Stefan Zweig, David Foster Wallace…
Pero no son estas muertes, que aunque prematuras y trágicas se podían ver venir de lejos, a las que me refiero aquí. Hay azares, absurdos y fatídicos, que enlazan los finales de sus protagonistas de un modo inusitadamente irónico y certero con la obra a la que consagraron sus vidas.

Albert Camus regresaba de la Provenza, donde había festejado en familia la entrada en el año nuevo de 1960. Los Gallimard, Michel, Janine y su hija Anne, habían acudido también a la celebración. Camus había comprado recientemente una vieja casona en Lourmarin, con la promesa hecha al antiguo propietario de cuidar los árboles del jardín. En una ocasión dijo que por fin había encontrado el lugar donde ser enterrado. Poco aficionado a la conducción, Camus había previsto volver a París el dia 3 de enero en tren con su mujer y los dos gemelos, Jean y Catherine. Compró los billetes con antelación a su partida. Aun así, decidió en el último momento viajar en el coche de los Gallimard, quizá con la idea de conversar algún asunto con su editor. El viaje era largo, y convenía no tomárselo con prisa. Hicieron noche en Thoissey y celebraron los dieciocho años recién cumplidos de Anne. Ya en la última jornada del viaje, a escasos cien kilómetros de París, el coche que conducía Michel Gallimard, un flamante Facel-Vega de líneas depuradas y suntuosas, circulaba a gran velocidad por la nacional 5 en un tramo sin curvas. Una tupida hilera de árboles acompañaba, como es común en las carreteras que atraviesan campos llanos, el trazado de la vía. El coche, por motivos que no fueron satisfactoriamente aclarados, se desvió de la recta sin control y chocó contra un árbol. Albert Camus, que viajaba en el asiento del copiloto, murió en el acto. Su cuerpo quedó de tal manera enredado en la carrocería siniestrada que las autoridades necesitaron varias horas hasta conseguir liberarlo. En uno de sus bolsillos llevaba todavía el billete de tren que no utilizó para realizar el mismo trayecto. El escritor del absurdo, el mismo que había declarado pocos días antes que nada le parecía más fútil que morir en un accidente automovilístico, se despedía con una postrera demostración del nihilismo que había caracterizado su obra. En una novela de juventud que no se publicó sino años después, titulada La muerte feliz, Camus pone en boca de su protagonista, Mersault, antecedente del protagonista de El extranjero, las siguientes palabras: «No se vive feliz más o menos tiempo. Se es feliz. Y punto. Y la muerte no impide nada; como mucho es un accidente de la felicidad». El día de su accidente Camus tenia cuarenta y seis años, le habían otorgado el premio Nobel hacía tres, y afirmaba que su obra no había hecho más que empezar. Sobre la última novela que escribió, cuyo manuscrito viajaba también en el Facel-Vega aquel día de enero, había dicho: «En resumen, voy a hablar de aquellos a los que quise. Y solo de eso. Alegría profunda».
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Llamar «intelectuales» a Kerouac y Sartre me parece un poco osado.
Pues Sartre era considerado como arquetipo del intelectual. Claro que las modas cambian…Y el que solo está atento a ellas puede hacerse un auténtico lío.
Me gustaría saber cuál fue el narcótico o adicción que acabó con Antonio Machado. ¿La honradez? ¿La resistencia al mal? Tampoco me parece muy acertada la inclusión de Zweig entre los melancólicos introspectivos.