Fariña, un retrato minucioso y desapasionado de la «Galicia Connection»

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Imagen: Libros del KO.
Imagen: Libros del KO.

Dos libros sobre drogas van a marcar un antes y un después este 2015 para quien esté honestamente interesado en el asunto. ¿Nos matan con heroína?, de Juan Carlos Usó en Libros Crudos, de inmediata aparición. Versa sobre una leyenda urbana que ha alcanzado rango de verdad absoluta, que el Estado empleó la heroína en España para desarticular movimientos revolucionarios, particularmente los abertzales. Un análisis que ya anticipó en la Web Sense Nom y un enfoque que se complementa perfectamente con el reportaje enciclopédico sobre el narcotráfico gallego que ha publicado Nacho Carretero en Libros del KO: Fariña.

Raro es que los foráneos que pasaron por Galicia y establecieran mínimos vínculos en los ochenta y noventa no se toparan más de una vez con el tabaco de contrabando, sus historias, leyendas asociadas y opiniones de toda clase sobre el oscuro asunto de los narcotraficantes. De sus cochazos y las lanchas planeadoras, al menos, hablaban hasta los turistas menos avezados.

Con los años luego supimos que el percal era tan pintoresco como los protagonistas de cualquier producto de ficción sobre a mafia o el tráfico de drogas. Largo y tendido se ha comentado en los bares el perfil de Sito Miñanco. Con su bigote, sus camisas hawaianas y su club de fútbol. Laureano Oubiña, con sus idas de madre y su Pazo Baión, llamado Falcon Crest por los lugareños. O el clan de los Charlines, los más duros y perennemente en los medios generación tras generación.

Pero el autor no ha tomado estos derroteros en su libro. Bien podría haber descrito pormenorizadamente toda la ostentación de los capos, sus lujos y posesiones, pero se queda en lo esencial. Tampoco se profundiza en las extravagancias de personajes tan tentadores como Miñanco. El trabajo no es, digamos, cinematográfico. O literario. Es un intento de dar una explicación solvente al fenómeno y contextualizarlo en un tiempo y un lugar.

Porque el origen se halla en la posguerra española. Cuando Portugal era un lugar relativamente próspero y las áreas rurales de Galicia se encontraban en la pobreza extrema. Sin medicinas, combustible, luz, recambios eléctricos… Ni siquiera con alimentos suficientes. Un lugar donde el café o un simple encendedor eran objetos de lujo. En esta tierra fronteriza con semejante desigualdad a un lado y a otro, el contrabando «llegó por inercia«, explica el autor.

Siempre, claro está, con la inestimable colaboración de la Guardia Civil de entonces, que se encontraba en condiciones igual de precarias o peores que el pueblo al que vigilaban, el contrabando se convirtió en una forma de supervivencia. Y para cuando llegaron «los rubios«, enviados del III Reich, pagando una fortuna por el wolframio de las minas locales, aquello se convirtió en una suerte de El Dorado. Por no mencionar que los suministros de los maquis de los montes gallegos también llegaban por el contrabando desde el país vecino.

Cuando las tornas cambiaron y fue Portugal la que empezó el declive económico mientras España despegaba, el contrabando solo tuvo que cambiar de dirección. Hasta se llegó a acuñar una moneda propia, el frete, una pieza de aluminio acuñada equivalente a doscientos escudos o cien pesetas, según el lado, que llegó a tener validez en algunas aldeas fronterizas.

En esos tiempos, mientras había hasta contrabando de chatarra, con jugosas anécdotas recogidas en el libro que ya le gustaría descubrir a Kusturica, la profesión se fue especializando y se llegaron a crear redes de tráfico humano cuando se empezó a dar salida a los desertores portugueses de las guerras de Angola y Mozambique. Hubo que alimentarles, mantener una cobertura médica por si caían enfermos y esconderlos. Un esfuerzo de coordinación apreciable.

Pasados los años de penuria, todo este conocimiento pasó a aplicarse al contrabando de tabaco. De la aceptación social de estos profesionales da buena cuenta que el exaviador republicano Celso Lorenzo Villa, presidente del Celta de Vigo en los sesenta, cargara de tabaco el autobús del equipo para vender al público que les veía jugar. Fue el llamado Celta del Marlboro. Este directivo estaba casado con la hija de un sargento de la Guardia Civil. Todo iba encajando.

Así, el primer salto de calidad se dio cuando una nueva generación de contrabandistas rompió con los proveedores portugueses y empezó a comprar el tabaco directamente a las multinacionales americanas. RJ Reynolds Tobbaco Co. y Philip Morris decidieron destinar sus partidas defectuosas al contrabando. Galicia se convirtió en un punto de entrada europeo para esta mercancía. Los otros estaban en Grecia y el controlado por la Camorra en Italia.

Descargar un buque de tabaco en Galicia no podía ser más rentable, equivalía a cientos de viajes por carretera. Las cifras de lo que se movió son mareantes. La Hacienda española dejó de recaudar diez mil millones de pesetas de los años ochenta. Y los beneficios que sacaban los clanes se iban directos a Suiza. Llegaron a mover tanto dinero que tuvieron que calcularlo al peso. «Te envío tres kilos, me debes trescientos gramos de billetes», parafrasea Carretero.

Un juez francés investigó toda la trama, puso el caso en contacto de las autoridades españoles y ¿qué ocurrió? Nada. Nuestra legislación estaba en pañales. El contrabando ni siquiera era un delito, era una falta que se multaba. Mientras tanto, las conexiones de los capos gallegos aumentaban. Redes internacionales de blanqueo de dinero, la Camorra, la Mafia siciliana, traficantes de armas. Todos estos gremios confluían en Suiza, y como en un simposio de management para ejecutivos los gallegos se quedaron por dónde iban los tiros en I+D.

Entretanto, la broma del contrabando de tabaco ya estaba arruinando la región. Para Nacho Carretero, se descuidaron el resto de sectores productivos con el agravante de que además se instaló la idea de que sin el rubio americano no habría prosperidad en la zona. El drenaje económico estaba servido, especialmente cuando los jóvenes que trataban de ganarse la vida honradamente veían como sus compañeros de colegio ganaban en una noche de descarga el salario mensual de un camarero. «Complejo de gilipollas», le confiesan que tenían. «Se creó, se alimentó y consolido una cultura delictiva».

La corrupción alcanzó todos los niveles de la sociedad. En las oficinas públicas se vendía tabaco de contrabando. Hasta en los propios estancos te podían dar a elegir. La Santa Madre Iglesia cedía sus parroquias para esconder ciertos bultos y a cambio recibía generosos donativos. Y el fallo crucial en esta situación, paradójicamente, fue aplicar la ley.

Empezó Felipe González, en un error de cálculo, entendiendo que acabar con los contrabandistas le daría votos. Hubo unas redadas, capos que huyeron, pero finalmente todos acabaron en Carabanchel entregándose. Ese fue el fin, pero para la sociedad. En la cárcel conocieron a narcotraficantes colombianos y entre rejas se gestó todo lo que estaba por venir, con el Gobierno de nuevo mirando para otra parte; con ETA golpeando despiadadamente en los años de hierro «tenía cosas mejores que hacer», se lamenta el periodista.

El trabajo era sencillo. Los clanes tenían que recoger la droga en Colombia, colarla en Europa a través de la costa gallega, más extensa que la andaluza por los recovecos que dibuja la geografía del noroeste, y volvérsela a dar a los colombianos. Durante la transacción, dejaban una fianza humana en Colombia. Alguien tenía que responder con su vida si algo fallaba. Pero la operación, para los contrabandistas de tabaco veteranos, era una bicoca. Había muchos menos fardos y cada uno costaba muchas veces más. Se metía la mercancía con lanchas rápidas desde los barcos y, en tierra, se llevaba a un lugar seguro conduciendo a toda velocidad campo a través. La Guardia Civil no podía ni soñar con atraparlos.

La cocaína que entraba por Galicia llegaba a Reino Unido, Francia, Italia, Holanda, Suecia, Polonia, Letonia, Estonia y Rusia. Sentencia el autor: «Nunca Galicia exportó con tanto éxito un producto, ni siquiera el marisco».

Después llegó lo habitual de las propias películas. Excesos, ostentación, galas benéficas, Isabel Pantoja en un sarao, Julio Iglesias en verano, financiación de partidos políticos… Y todo esto ni siquiera ante la indulgencia o debilidad de las instituciones. El gobierno gallego no es que no combatiera el narcotráfico, es que negaba que existiera.

El punto de inflexión llegó de la propia sociedad. La entrada de droga, en aquella época y aquel contexto, destrozó a una generación. Graciosamente, la sustancia que acabó con todos, la heroína, no entraba por Galicia. Pero de eso no entendían las madres que se rebelaron contra lo que entonces era el sistema. En Madrid ocurrió lo mismo. También fueron las madres y algunos curas de barrio, como Enrique de Castro, quienes con sus protestas e información sobre el terreno consiguieron cambiar las leyes y el enfoque de la situación que hasta entonces había mantenido el Gobierno.

Lo que siguió fue el declive de unos personajes extravagantes que coparon la atención mediática, aunque cuando ya estuvieron todos encarcelados o huidos fue cuando más droga entró por Galicia en toda la historia, con el cambio de siglo. Porque los clanes supieron renovar sus modus operandi, abandonaron la vieja escuela por decirlo de algún modo, y se multiplicaron sosteniendo un negocio que ahí sigue vivo y coleando.

Con la descripción pormenorizada de todas estas etapas, el reportaje pone en perspectiva el narcotráfico en Galicia durante tres décadas; treinta años en los cuales ha cambiado la sociedad, la vigilancia policial y la cultura delictiva, pero en los que el consumo sigue disparado en lo que a fariña se refiere.

Tanto si usted es de los que cree que dentro de un siglo se verá como inconcebible que en nuestro tiempo las drogas no estuviesen legalizadas, como si sueña con la utopía de un mundo sin drogas por el buen hacer de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, con este trabajo no le faltarán argumentos para sostener sus tesis. Y si lo que demanda es narcocultura en un sentido lúdico, aquí, como la propia Galicia ha significado, tiene una excelente puerta de entrada para elegir nuevas lecturas y guiarse por la hemeroteca.

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10 comentarios

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