Ellis y Castle Garden, las islas de los corazones rotos

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Immigrants view the Statue of Liberty while entering New York harbor aboard an ocean liner en route to Ellis Island, New York City, 1910s. (Photo by Edwin Levick/Getty Images)
Inmigrantes contemplando la Estatua de la Libertad, 1910.Fotografía: Getty Images.

1910. Un barco se adentra en la desembocadura del río Hudson. Los viajeros se agolpan junto a las barandas y, entre ruidosas muestras de euforia, reciben la impertérrita bienvenida de la Estatua de la Libertad, la gigantesca mujer de piedra que han ansiado contemplar durante semanas de travesía. A proa está su destino final, la populosa isla de Manhattan; Nueva York todavía procesa la inmensa mayoría de la inmigración en los Estados Unidos. Pero los pasajeros del buque no pisarán la ciudad de inmediato. Será medio kilómetro más adelante de la famosa estatua donde el barco se detendrá para que desembarquen, llevando consigo maletas, bolsas o cajas sobre los hombros. Forman una larga cola ante un enorme edificio de ladrillo rojo; varios funcionarios, mediante gestos, los van conduciendo hacia al interior. Allí, en un amplio espacio que recuerda a la nave de un mercado, aguardan turno para que los agentes de la autoridad aduanera y los sanitarios los sometan a un examen que no todos ellos aprobarán. Son gente pobre; la mayoría proceden de Europa. La isla de Ellis, la última puerta hacia una nueva vida.

Quienes muestran síntomas de alguna dolencia infecciosa pasarán una cuarentena en las celdas habilitadas al efecto en el edificio. Algunos, quizá la minoría más infortunada, morirán allí, separados de su sueño por unos pocos centenares de metros de agua. Aun así, la cuarentena es el menor de los males para quien ha bajado del barco tosiendo, demacrado, o aparentando mala salud. Quienes dan signos de padecer alguna enfermedad contagiosa peligrosa o un trastorno mental, podrían ser rechazados, al igual que quienes por cualquier otro motivo son juzgados como una potencial carga pública. Durante un día típico en Ellis, de cada millar de inmigrantes examinados habrá entre veinte y cuarenta a los que no se permitirá entrar en los Estados Unidos. Tendrán que volver a embarcar con rumbo a Europa, perdiendo una oportunidad única y desperdiciando un pasaje cuya adquisición les había supuesto años de esfuerzos. A menudo, ese rechazo significa que habrá familias que quedarán partidas por la mitad; que habrá padres e hijos, esposos o hermanos que tendrán que despedirse, sabiendo que quizá nunca volverán a verse. Ellis es conocida también como «la isla de las lágrimas» o «la isla de los corazones rotos».

Las amargas despedidas o las cuarentenas no fueron la única ni la peor de las tribulaciones que padecieron quienes buscaban empezar de nuevo en los Estados Unidos. Antes de que se generalizase el uso de barcos que funcionaban a vapor, durante los peores tiempos de la navegación trasatlántica a vela, casi una décima parte de los emigrantes morían en pleno océano a bordo de «los barcos de la muerte». Algo que, por desgracia, se parece más de lo que nos gustaría a ciertas desgracias que continúan sucediendo hoy.

Un país necesitado de inmigrantes

circa 1921: Poles and Czechoslovaks emigrating to America from Southampton. (Photo by Topical Press Agency/Getty Images)
Fotografía: Getty Images.

El propósito de Castle Garden, como el de Ellis Island después, era negar la entrada a los extranjeros considerados indeseables. Esta categoría incluía prostitutas, estafadores, mano de obra barata china, y «cualquier convicto, lunático, idiota, o persona incapaz de valerse por sí misma sin convertirse en una carga pública». (Morton Coan, Ellis Island Interviews).

Los Estados Unidos se declararon independientes en 1776; aprobaron su Constitución dos años después. Por entonces ocupaban un tercio del territorio actual. Su población total estaba asentada a lo largo de la costa este continental y no llegaba a los cuatro millones de personas. El censo de 1790 estudiaba su distribución étnica: algo más de tres millones de «ciudadanos libres blancos», algunas decenas de miles de ciudadanos libres de otras razas y más de setecientos mil esclavos negros. Canadá aparte, las Naciones Indias todavía ocupaban casi todo el resto del territorio norteamericano, dos tercios, aunque con una bajísima densidad de población. Quedaban unas seiscientas mil personas de una población que no mucho antes se componía de varios millones. Entre los siglos XVI y XVII se había producido un aterrador cataclismo; varias oleadas de enfermedades infecciosas llegadas desde Europa o África, para las que los organismos de los nativos no tenían defensas, acabaron con la vida de la mayor parte de ellos, con tasas de mortandad muy superiores a las causadas por la peste negra en nuestro continente. Resulta difícil estimar el número de indios que había antes del desastre, pero se sabe, por ejemplo, que la costa occidental albergaba comunidades muy populosas. En 1524, el marino Giovanni da Verrazzano, que exploraba la región por orden de la Corona francesa, registró sus impresiones sobre el litoral norteamericano, al que describió como «densamente habitado», incluso «humeante» por causa de las hogueras de los poblados indios; tantos eran los fuegos que el humo podía olerse a millas de distancia. Cuando los europeos empezaron a asentarse, la población india no tendría tiempo ni ocasión para recuperarse. El imparable avance de los colonos y la política expansionista de los recién proclamados Estados Unidos lo iba a impedir.

Hacia finales del siglo XVIII, los Estados Unidos recibían una inmigración que hoy se nos antoja anecdótica; unas cinco mil personas al año llegaban a un país que por entonces era ya casi tres veces más extenso que la España actual. Ese pequeño número no impedía que la inmigración despertase controversias. Por extraño que parezca, no faltaban voces diciendo que los EE. UU. no tenían capacidad para albergar más población. Otro motivo para la polémica era la extremada sensibilidad nacionalista de un país que acababa de nacer y vivía bajo la amenaza de un intento de invasión por parte del Reino Unido. Según algunos, dejar entrar a los extranjeros iba a desvirtuar el espíritu nacional. Pero estas opiniones, al menos en el ámbito político, no eran las únicas. Otros pensaban que un crecimiento demográfico debía ser uno de los motores que impulsaran una necesaria revolución económica, y la inmigración era la principal herramienta para garantizar ese crecimiento. Tanto era así, que la inmigración llegó a convertirse en un anhelo expresado sin tapujos por algunos gobernantes: durante la festividad de Acción de Gracias de 1795, George Washington difundió un mensaje pidiendo a los ciudadanos estadounidenses que rezasen con el fin de que su país se convirtiese «en un seguro y propicio asilo para los infortunados de otras naciones».

Dos décadas después la realidad iba a ratificar la imperiosa necesidad de esa revolución en el tejido productivo. En 1812 estalló la guerra entre los Estados Unidos y su antigua metrópoli. El conflicto terminó en 1815, sin vencedores ni vencidos; el tratado de paz decretó el mantenimiento del statu quo anterior a la guerra, esto es, un empate técnico. Los ciudadanos estadounidenses celebraron el resultado como una confirmación de su independencia y una ola de euforia patriótica recorrió el país; tres años más tarde, las tropas americanas ocuparon una mal defendida Florida, obligando a España a vender el territorio. Sin embargo, el golpe económico había sido terrible. Durante la guerra, el bloqueo naval enemigo sobre el comercio exterior estadounidense redujo de tal manera los ingresos del país que el presidente James Madison tuvo que recurrir a préstamos para cubrir los gastos bélicos. Como consecuencia, la deuda pública se había triplicado. Por debajo del fervor patriótico, la Administración empezó a comprender que sus infraestructuras estaban atrasadas y que, entre otras cosas, también se requería con urgencia la construcción de una flota para defenderse de nuevas invasiones y bloqueos británicos. Esto no podía hacerse sin un tejido industrial potente. Por entonces predominaba una economía de escala reducida, bien rural, bien de pequeños comercios y talleres. Había que cambiarlo, y entre los requisitos estaba el aumento de la mano de obra.

La necesidad estadounidense de un incremento demográfico coincidió con el aumento de las oleadas migratorias. Las guerras napoleónicas y otros conflictos bélicos o sociales estaban animando la salida de europeos hacia el Nuevo Mundo. Durante la década de 1820 Estados Unidos registró el doble de llegadas, hasta rondar los 12.00 inmigrantes anuales. En la década de 1830 ya eran cincuenta mil. Hacia 1845 llegaban a Estados Unidos más de ciento ochenta mil inmigrantes al año; en medio siglo la tasa de extranjeros se había multiplicado casi por cuarenta. Mientras tanto la actividad económica se disparaba, favorecida por la veloz expansión del país a tierras antes habitadas por los indios y el florecimiento de un nuevo sector industrial a la sombra de la construcción de infraestructuras como el ferrocarril o el crecimiento de las ciudades. Hasta entonces, la inmigración no era un asunto que requiriese de intervención gubernamental, o por lo menos eso habían considerado las sucesivas administraciones. Los extranjeros llegaban y se asentaban como podían en una sociedad que no paraba de crecer y donde, ahora quedaba claro, había sitio para mucha más gente. Sin embargo, era cuestión de tiempo que la masificación del proceso empezase a ser percibida como un problema. Lo más curioso es que los primeros en considerar esta masificación como un problema no fueron funcionarios del Gobierno estadounidense, sino los propios inmigrantes.

Los barcos de la muerte

Una joven inmigrante ca. 1905. Fotografía: Getty Images.
Una joven inmigrante ca. 1905. Fotografía: Getty Images.

Enfrentados al hacinamiento, la comida detestable, la certeza de un mareo implacable y la abrumadora amenaza de enfermedades como la diarrea, la «boca de trinchera» y el escorbuto, así como el sarampión y el cólera, es motivo de asombro el que solamente uno de cada diez pasajeros muriese. En algunos barcos ingleses que transportaban inmigrantes irlandeses, casi una cuarta parte de los pasajeros murió. A estos buques con frecuencia se los llamaba «barcos ataúd» como severo recordatorio de las condiciones perpetuadas por sus capitanes. (John T. Cunningham, Ellis Island: Immigration’s Shining Center).

Con frecuencia escuchamos decir que el carácter de los barcos de emigrantes de Irlanda es descrito como peor que el de aquellos barcos que se empleaban en el tráfico de esclavos de África. (Montreal Advertiser, 27 de septiembre de 1834)

Entre 1845 y 1852, Irlanda padeció el mayor desastre de su historia, el cataclismo conocido como la «hambruna de la patata». Una plaga asoló las plantaciones de patatas, tubérculo importado del Nuevo Mundo que había adquirido un papel preponderante en el modo de vida del país. Para casi un tercio de los habitantes de la isla las patatas constituían casi la única fuente de alimento. La hambruna produjo un millón de muertos. Otro millón más salió hacia América huyendo del hambre, la enfermedad y una terrorífica sucesión de calamidades secundarias. Hacia la misma época, en 1849, se produjo una revolución en Alemania. Tras ser sofocada por los aristócratas conservadores, muchos simpatizantes de la revuelta y muchos campesinos decidieron abandonar el país, huyendo de la persecución política o de una pobreza que el fracaso de la promesa revolucionaria amenazaba con hacer crónica. Estos dos sucesos, por sí solos, aumentaron la tasa de inmigración en los Estados Unidos hasta rozar los trescientos mil extranjeros al año, de los cuales la mayoría procedían de Irlanda (45%), Alemania (30%) y el Reino Unido (15%). La demanda de pasajes hacia América se disparó sin importar que su precio no resultase asequible —el equivalente de unos mil doscientos euros para los adultos y unos seiscientos para los niños—, y las compañías navieras demostraron tener pocos escrúpulos a la hora de aprovechar la situación. Los barcos eran sobrecargados con pasajeros que se hacinaban en condiciones infrahumanas. Pese a que varios países europeos aprobaron leyes para limitar el número de pasajeros en cada barco, casi ningún capitán las cumplía. La triquiñuela habitual consistía en admitir el número legal de pasajeros en un puerto para después ir a otro donde, escondiendo a parte del pasaje en las bodegas para no llamar la atención, se dejaba subir a más. Las autoridades locales tampoco se esmeraban en controlar la aplicación de las leyes. Algunos Gobiernos, como el británico, aprovechaban para deshacerse de lo que consideraban una carga, vaciando cárceles u otras instituciones y metiendo a sus antiguos ocupantes en los buques con destino a América.

A mediados del siglo XIX, atravesar el Atlántico en un velero podía suponer dos meses de viaje. Incluso algo más, si las circunstancias no eran propicias. Los emigrantes podían enfrentarse a nueve o diez semanas de calvario. Dormían en el suelo de la bodega o sobre simulacros de camastros confeccionados con paja. Raros eran los barcos que tenían algún médico entre su personal y el suministro de medicinas, de haberlo, era muy escaso porque costaba dinero mantenerlo. Peor aún; al no haberse inventado todavía mecanismos adecuados de conservación o refrigeración de los alimentos, era habitual que la comida almacenada a bordo se estropease. No era excepcional que se sirviese comida que había empezado a pudrirse. Pocos de aquellos buques tenían retretes para los inmigrantes. Cabe imaginar lo deplorable de la situación sanitaria, que ayudaba a que apareciesen brotes de enfermedades derivadas de la desnutrición, la suciedad o el contagio. Los brotes epidémicos, en caso de ser graves, podían llegar a provocar que los marineros encerrasen al pasaje durante buena parte del viaje, lo cual originaba situaciones dantescas en las bodegas. La mortalidad en aquellos barcos era muy alta; se estima que uno de cada diez pasajeros fallecía durante el viaje. Todavía se conserva correspondencia de emigrantes que desde América escribían a sus familiares y amigos para prevenirles de lo que les esperaba si decidían embarcar; les aconsejaban que evitasen los buques más abarrotados y llevasen consigo alimentos imperecederos —legumbres, harinas, etc.— como para procurarse el sustento por lo menos durante dos meses, ya que conforme pasaban los días los marineros solían aprovechar la desesperación de los pasajeros para venderles ciertos alimentos a precios abusivos. La travesía era una auténtica odisea de la que algunos no salían vivos y de la que otros heredaban problemas de salud que arrastrarían durante el resto de sus vidas. En el mejor de los casos, los emigrantes sufrirían un trauma psicológico imposible de olvidar.

Los buques, a su llegada a los Estados Unidos, atracaban en puertos como Boston, Baltimore y sobre todo Nueva York, que ya por entonces canalizaba un 70% de la inmigración. Las comunidades de europeos que ya se habían establecido en América contemplaban con aprensión las terribles condiciones en que llegaban las nuevas oleadas, porque ellos mismos las habían experimentado en primera persona. Las asociaciones de inmigrantes empezaron a presionar para intentar cambiar las cosas; en 1847, por ejemplo, se produjo la fusión entre las dos mayores asociaciones de Nueva York, una de irlandeses y otra de alemanes, para ofrecer ayuda a los recién llegados. Sobre el terreno, sin embargo, había poco que se pudiera hacer. No existía nada parecido a un centro de recepción y acogida. Las autoridades se limitaban a efectuar inspecciones superficiales; antes de que los barcos atracasen, subía a bordo un inspector que realizaba un veloz examen médico —visual, más que nada— y repasaba el cuaderno de bitácora para tener noticia de los brotes epidémicos o los fallecimientos que se habían producido durante la singladura. Era tal la cantidad de barcos que los inspectores no daban abasto. Entre el común de los neoyorquinos empezaba a cundir la preocupación no solamente por el calvario de los inmigrantes sino por las enfermedades que estos pudieran traer consigo. La presión para que las autoridades tomasen medidas aumentaba. Pero el estado de Nueva york, que era el que tenía las competencias, apenas disponía de herramientas para controlar el flujo migratorio. Para empezar, ni siquiera tenía en propiedad un emplazamiento costero adecuado en el que edificar un centro.

El castillo de los sueños

Immigrants sit on benches with their luggage at Castle Garden, the island used for processing immigrants between 1855 and 1890 prior to the development of Ellis Island, New York City, 1880s. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)
Castle Garden, ca. 1880. Fotografía: Getty Images.

Castle Garden es tan conocido en Europa que pocos emigrantes pueden ser convencidos para embarcarse con otro destino. Sus amigos en este país les escriben diciéndoles que vayan a Castle Garden, donde estarán seguros y donde, si se quedan sin dinero, pueden permanecer hasta que se les envíe. Los comisarios reciben frecuentes quejas de emigrantes que han desembarcado en Halifax o Boston, pese a que se les había prometido ser llevados a Nueva York. Así pues, quienes transportan a emigrantes en el extranjero buscan pasajeros incluso mediante el engaño. (New York Times, 21 de febrero de 1874).

Los edificios tienen su propia biografía, que a menudo resulta muy elocuente respecto a la historia de la ciudad o el país donde han sido construidos. Retrocedamos de nuevo a principios del siglo XIX. En 1807, ante la posibilidad de una invasión británica —preocupación que, como hemos visto, estaba justificada—, el Gobierno estadounidense adquirió una pequeña isla cercana al extremo sur de Manhattan y comenzó la construcción de un puesto de artillería destinado a repeler los buques enemigos. De planta circular y armado con veintiocho cañones, el fuerte fue terminado en 1811, apenas unos meses antes de que estallase la guerra contra el Reino Unido. Bautizado como Fort Clinton, no llegó a entrar en acción y sirvió más que nada como arsenal. En 1824, cuando su función defensiva ya no parecía prioritaria, el ejército decidió deshacerse de él. Fue vendido al Ayuntamiento de Nueva York, que rellenó el brazo de agua que lo separaba de Manhattan, quedando el islote unido a la ciudad. Rodeado de un parque (Battery Park), situado a pocos metros del agua en el que entonces era uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, el fuerte parecía un enclave privilegiado. Unos empresarios lo alquilaron, lo reformaron y volvieron a abrir sus puertas, convertido en un auditorio con capacidad para seis mil espectadores. Conocido como «Castle Garden», se convirtió en uno de los escenarios favoritos para la actividad social de las clases altas, en especial conciertos y grandes bailes. Su interior era muy lujoso, ornamentado con profusión para compensar el adusto aspecto de la fachada exterior, y además disponía de una imponente cubierta sostenida por altas columnas.

En 1854 el barrio vecino continuaba albergando población acomodada, pero había pasado de moda y los más ricos se estaban trasladando a otros puntos de la ciudad. Los empresarios de Castle Garden decidieron no renovar el costoso alquiler y el Ayuntamiento se encontró de nuevo con un edificio vacío en sus manos. Un edificio que era justo lo que el Gobierno estatal estaba buscando. El Ayuntamiento lo cedió y se comenzó a construir el primer centro neoyorquino para la recepción de inmigrantes. El anuncio detonó una oleada de protestas callejeras por parte de los habitantes de la zona, que decían temer una oleada de delincuencia y la propagación de enfermedades. El asunto produjo tanto revuelo que terminó en manos de los jueces, y la subsiguiente lucha política y judicial se convirtió en el reflejo de cómo funcionaban los poderes contrapuestos en la ciudad; por un lado las clases altas, y por el otro, los cargos públicos —sobre todo quienes eran de origen irlandés— que debían responder a la preocupación que sus votantes, muchos de ellos también irlandeses, sentían por las condiciones en que llegaban los ocupantes de los infames «barcos ataúd». El caso llegó hasta el Tribunal Superior de Nueva York, que ordenó la paralización de las obras. La autoridad estatal prometió vallar el edificio para garantizar la tranquilidad de quienes vivían cerca y además buscó la opinión de médicos que refrendasen la seguridad sanitaria de las instalaciones. De manera paralela, una investigación del Senado sobre la elevada mortalidad en los barcos europeos puso de manifiesto que el asunto de los «barcos ataúd» iba de mal en peor. Se decretó una ley por la cual ningún barco europeo sería aceptado en el país si no cumplía dos condiciones: una, la garantía de un acomodo decente y unas mínimas condiciones de vida para los viajeros. Y dos, un manifiesto obligatorio que enumerase los pasajeros que había a bordo, para evitar el hacinamiento causado por la avaricia de los capitanes. Aunque en la práctica ninguna de estas medidas se aplicó de forma satisfactoria, estaba quedando patente que se necesitaba hacer algo. Unos meses más tarde, el tribunal levantó la veda sobre la construcción del centro de Castle Garden, que pudo ser inaugurado en el verano de 1855.

El centro llegaría a canalizar el 70% de toda la inmigración a nivel nacional, es decir, toda la que pasaba por Nueva York. Los barcos procedentes de Europa se detenían primero en Staten Island, donde se comprobaba que no supusieran un riesgo sanitario. Después se les permitía seguir hasta Manhattan, donde atracaban frente a Castle Garden. Al entrar en el centro, claro, los recién llegados contemplaban con asombro lo que había sido una lujosa sala de conciertos. El centro, que fue diseñado con intenciones altruistas, era una combinación de aduana médica, institución benéfica y centro de orientación. Además de permitir que terceras partes —asociaciones benéficas, religiosas, etc.— trabajasen allí para ayudar a los recién llegados, el Estado también proporcionaba una serie de servicios públicos que iban desde la comunicación postal y telegráfica hasta facilitar el transporte (incluyendo las funciones propias de una agencia de viajes, ya que se vendían a buen precio billetes de tren con destino a las ciudades más importantes del país). Incluso existía una oficina de empleo donde aquellas personas que mostraban los perfiles profesionales más demandados podían encontrar ocupación apenas desembarcados, con la garantía de un salario y un lugar donde dormir; esto les evitaba tener que deambular o recurrir a la caridad de parientes y amigos que ya se hubiesen establecido en el país. Quienes no encontraban acomodo inmediato tenían a su disposición hostales en los alrededores. El precio de cada servicio, cuando no era gratuito, se regulaba desde el departamento de inmigración. Todo esto hizo que la fama de Castle Garden se extendiese por el Viejo Continente. Enviaba el mensaje de que América, la tierra de las oportunidades, ofrecía para (casi) todos una bienvenida cálida, bien organizada y humanitaria. Este hecho animaba a quienes tenían que enfrentarse a las penosas travesías trasatlánticas. Como en tantas otras cosas, sin embargo, el encantamiento del castillo ajardinado no estaba destinado a durar.

Leibnitz, el Barco de la muerte

Inmigrantes a bordo del Patricia, 1906. Fotografía: Cordon Press.
Inmigrantes a bordo del Patricia, 1906. Fotografía: Cordon Press.

Sentimos decir que nuestras leyes prestan una base muy insuficiente para el castigo de estos crímenes contra la humanidad y que, en la mayoría de los casos, la institución de procedimientos legales para su corrección, así como la persecución de los culpables, son casi una imposibilidad. Mucho del sufrimiento, enfermedad y muerte a bordo de los barcos de emigrantes podría haberse prevenido, y la recurrencia de tales abominables escenas podría evitarse de ahora en adelante, con la adecuada legislación del Congreso, impuesta mediante las penas adecuadas. («Informe de dos inspectores de inmigración a a la Junta de Comisarios de Inmigración de la ciudad de Nueva York», 21 de enero de 1868).

Durante sus primeros años Castle Garden era, si no una institución perfecta, el ejemplo de cómo manejar la llegada de extranjeros con un espíritu pragmático, pero también humanitario. Según crónicas de la época, pudo haberse parecido al ideal. Sin embargo, la corrupción y la pillería no tardaron en campar a sus anchas. Cuando el centro ya estaba en pleno funcionamiento, las autoridades actuaron como si el asunto estuviese ya resuelto, imponiéndose la dejadez y la falta de supervisión. Un buen ejemplo: las compañías ferroviarias terminaron imitando a las navieras; para aprovechar el tirón, vendían en Castle Garden más billetes de lo permitido por la capacidad de sus vehículos. Los inmigrantes empezaron a ser apelotonados en vagones de mercancías; como es lógico las consecuencias no eran tan tétricas como en las largas travesías en barcos, porque los viajes en tren duraban un máximo de dos días, pero la situación no dejaba de resultar lamentable. En 1861 estalló la guerra civil, que se prolongó hasta 1865. Esto no ayudó a mejorar las cosas. No hace falta decir que si semejante empeoramiento se producía en tierra, sobre las aguas las cosas no cambiaron lo más mínimo. Las leyes no se hacían cumplir, ni en Estados Unidos ni en Europa. Puertos como Liverpool o Hamburgo continuaban siendo terreno abonado para las empresas sin escrúpulos y a bordo de sus barcos los horrores se prolongaban, ante la completa ineficacia e indiferencia de autoridades británicas o germanas.

Uno de los más dramáticos casos fue el del buque alemán Leibnitz. A finales de 1867 partió de Hamburgo con quinientos cuarenta y cuatro pasajeros alemanes a bordo, muchos de ellos familias trabajadoras de la ciudad de Mecklenburg que habían aceptado una oferta para establecerse como empleados en granjas y plantaciones de Wisconsin e Illinois. Una vez en el Atlántico, según la versión del capitán, el Leibnitz se desvió hacia el sur por culpa de los vientos. Durante varias semanas deambuló por aguas tropicales donde la media de la temperatura ambiente —en el exterior— se aproximaba a los treinta y cinco grados centígrados. Los pasajeros, que venían del invierno europeo, estuvieron encerrados en la bodega durante la travesía, padeciendo un calor asfixiante. La comida almacenada, que como se trataba de un barco rápido había sido prevista para menos tiempo de viaje, empezó a escasear, así como el agua potable. Los suministros médicos se habían agotado al poco de abandonar puerto. Y, como solía suceder en cuanto empezaron a producirse signos de epidemia, la tripulación impidió a los pasajeros salir de las bodegas, ni aun para eliminar los productos de sus evacuaciones (aunque el capitán declararía después, cosa poco creíble, que eran los propios pasajeros quienes se habían negado a salir a cubierta para echar las deposiciones por la borda). En el interior solamente había seis primitivos retretes para varios cientos de personas. Pronto empezaron a producirse las primeras muertes. No pocas veces los cadáveres permanecían en la bodega durante uno o dos días, lo cual, en aquellas condiciones de calor extremo, provocaba que algunos hubiesen empezado a ser recorridos por los gusanos antes de que se permitiera sacarlos para arrojarlos al mar.

Cuando el Leibnitz por fin llegó a Nueva York, ciento cinco pasajeros habían muerto; esto es, uno de cada cinco. Los dos inspectores que visitaron el buque, pese a estar acostumbrados a ver escenas de lo más lamentable, quedaron tan horrorizados que afirmaron no haber visto nada parecido «en años». Escandalizados, escribieron un informe en el que narraron los horrores del viaje, diciendo que no había un punto de las bodegas donde no se acumulase la suciedad y describiendo la cubierta inferior como «perfectamente calculada para matar al más saludable de los hombres». Calificaban el trato que se daba a los inmigrantes como «crimen contra la humanidad», y denunciaban la inutilidad de la legislación vigente en aquel momento. Pedían que se obligase a las compañías navieras a emplear barcos de vapor para el transporte de personas. Es verdad que con el tiempo las condiciones de las travesías iban a mejorar —despacio—, pero gracias al progreso mismo de la tecnología de navegación, no a la aplicación de las leyes. Las autoridades solamente prestaban atención cuando determinados sucesos provocaban la repulsa o incluso el miedo, caso de la epidemia de cólera de 1881, que, originada en Asia, golpeó con dureza Hamburgo, uno de los mayores puertos de salida de la inmigración hacia América. Varios miles de personas murieron en la ciudad alemana (aunque el cólera no se extendió tanto como se temía ni por Europa ni por América). Pero sucesos como el del Leibnitz sí servían para que en los Estados Unidos cambiase la percepción sobre el tema migratorio.

Ellis Island

Women immigrants undergoing a physical examination at Ellis Island, N.Y., about 1910
Mujeres pasando el reconocimiento médico en la isla de Ellis ca.1910. Fotografía: Cordon Press.

Estábamos desayunando a las seis de la mañana cuando se escuchó una voz que llegaba desde la torre del vigía: «¡Tierra a la vista!». Todo el mundo salió corriendo hacia la proa del barco. Ya sabes, para ver tierra, para ver el primer indicio de América. Pero no pudimos ver una maldita cosa. El horizonte era todo mar. Fue conforme el barco avanzaba, despacio, cuando empezabas a ver Nueva York, apareciendo a lo lejos, como si emergiese del océano. Lo primero que vimos fue el edificio Woolworth, que por entonces era el más alto del mundo. Su punta era lo primero que veías salir del agua. Todo el mundo se puso a exclamar: «¡América!». Dios mío, todos gritaban y lloraban y se daban besos. Al seguir avanzando, por supuesto, la isla de Manhattan empezó a tomar forma. Vimos esta cosa tremenda –yo nunca había visto nada más alto que un edificio de cinco plantas–, la Estatua de la Libertad. Todo el mundo sabía lo que era. Quiero decir… allí estaba. Aunque para mí no tenía esa significación, no la entendía demasiado. La conocíamos, pero en términos muy vagos. Muy vagos. Sabíamos que era la Estatua de la Libertad, sí, pero no creo que hubiesen podido decirte nada más sobre ella, ¿sabes? En cualquier caso, ahí estaba América. Eso era lo que sí sabíamos: América. (Manny Steen, irlandés, pasó por Ellis en 1925, a los diecinueve años de edad).

Cuando vi la isla de Ellis, había un edificio grande; me pregunté qué íbamos a hacer allí. Agarramos el equipaje. El sitio estaba abarrotado de gente que hablaba y lloraba; la gente lloraba. Atravesamos algunos de los vestíbulos, eran grandes espacios abiertos. Vi dos barras y, detrás de ellas, a personas que hablaban en varios idiomas. Yo estaba muerta de miedo. Creí que estaba en una cárcel. Nadie sabía lo que estaba pasando. Luego te decían que todo estaba bien y que debías ser examinada por un médico. Formamos una gran cola, hombres y mujeres, cada cual con su equipaje al lado. Gradualmente, uno tras otro, íbamos entrando en una habitación pequeña, de forma irregular, una habitación que hacía esquina. Allí estaban un médico y una enfermera. Había el sitio justo para que te examinaran, para darte la vuelta. Tenías que desnudarte. (…) Si en aquel momento hubiera podido volver atrás, nunca hubiese salido de mi país. (Mary Margaret Mullins, irlandesa, pasó por Ellis en 1927, a los veintiún años de edad).

El siniestro destino del Leibnitz causó un revuelo periodístico y político que se sumaba a varios anteriores. El famoso editor Joseph Pulitzer, que había llegado a América como inmigrante húngaro a los diecisiete años y había desembarcado en Castle Garden, denunció que el edificio había perdido su propósito original de proteger y orientar a los recién llegados. Según Pulitzer, ahora los inmigrantes eran tratados «como ganado» y puestos en manos de toda suerte de explotadores, entre ellos una mafia ferroviaria que les cobraba precios exorbitantes para amontonarlos en «malolientes vagones de mercancías» cuyo destino, para colmo, los inmigrantes ya no podían elegir; pese a la cantidad de dinero que desembolsaban, debían conformarse con el destino que les tocase en suerte. Además, claro, de tener que pagar cantidades suplementarias por el equipaje y otros conceptos arbitrarios. La corrupción y la dejadez se unieron al hecho de que Castle Garden, por su ubicación, había dejado de ser idóneo para albergar el centro de acogida, porque el ritmo de llegadas había seguido creciendo con nuevas oleadas procedentes de la Europa del este, de Escandinavia y del sur de Europa, sobre todo Italia. Las cifras rondaban ya el medio millón de inmigrantes al año. En 1887 ya parecía evidente que al estado de Nueva York el asunto se le había quedad grande. El presidente demócrata Grover Cleveland inició una investigación. Después se puso en marcha un comité del Congreso donde un empleado de alto nivel del departamento de inmigración del estado de Nueva York testificó para calificar la actividad de la institución en la que él mismo trabajaba como «una farsa». Al final se decretó que la inmigración pasara a convertirse en asunto federal, lo cual significaba que dejaba de depender del gobernador de Nueva York (u otros estados) y que sería gestionada desde Washington.

La primera consecuencia fue el cierre de las instalaciones de Castle Garden en 1890 (seis años más tarde, la antigua fortaleza sería reabierta con fines lúdicos, albergando el acuario municipal). Al mismo tiempo, el  aprobaba la construcción de un nuevo centro para inmigrantes en la isla de Ellis, más alejada de la ciudad y con mayor capacidad para el tráfico constante de buques. En tiempos pasados se la había conocido por diversos nombres, como isla de las Ostras, debido a las abundantes colonias de moluscos que habían servido para el sustento de los primeros habitantes europeos de la zona, o isla de la Horca, porque había servido como escenario para la ejecución de piratas. A finales del siglo XVIII ya se la consideraba un terreno de escaso valor; tan poco, que su propietario, un comerciante galés llamado Samuel Ellis, nunca consiguió venderla. Como ya había pasado con el islote donde se había construido Castle Garden, fue el ejército el que, poco antes de la guerra con Inglaterra, terminó alquilando la isla para construir un puesto de artillería y un cuartel, que estuvieron en uso durante varias décadas. En 1892, la isla pasó a albergar el segundo centro de inmigración neoyorquino, que en este caso no era la mera reforma de una fortificación, sino un edificio de nueva construcción (aunque algunas instalaciones militares encontraron uso como dependencias anejas). Durante cinco años, el imponente edificio de tres plantas albergó el centro de llegada, bajo una nueva administración, la Oficina Federal de Inmigración. Pero tenía un serio inconveniente: estaba hecho de madera. En 1897, por causas que no se pudieron determinar pero que se estimaron accidentales, se declaró un incendio que no pudo ser contenido. Aunque no hubo muertes, el fuego destruyó el edificio por completo. Un nuevo centro fue construido sobre las cenizas del anterior. Hecho esta vez de ladrillo rojo, recordaba a un enorme mercado central, o a una imponente estación. Conocido como Great Hall, estaba dotado con un hospital y otros servicios, iba a servir a un nuevo concepto del manejo de la inmigración. Fue inaugurado en 1900; la primera persona que entró en el país a través del Great Hall fue una chica irlandesa de diecinueve años a la que las autoridades regalaron, a efectos conmemorativos, una moneda de oro puro que, al cambio, valdría unos trescientos euros. La chica dijo que nunca había tenido tanto dinero.

Por entonces la marea humana que llegaba desde Europa estaba acercándose a su punto álgido; rozaba el millón anual, cifra que sería alcanzada en 1904. Un buen porcentaje de ese aluvión de desesperados continuaba siendo canalizado a través de los muelles de Nueva York. Como consecuencia de los nuevos números y sobre todo de la nueva política federal, que ya no estaba influida por el poder político de determinadas comunidades de la ciudad, los nuevos procedimientos administrativos empezaron a volverse mucho más mecánicos. El trasiego era constante; a principios del siglo XX desembarcaban en Ellis entre cinco y diez mil personas en un solo día. Largas filas de recién llegados se sometían a un examen médico y un cuestionario. A algunos enfermos se los ingresaba en el hospital para que hicieran cuarentena, a otros se los rechazaba. En ocasiones, incluso los sordomudos o ciegos tenían que permanecer internados mientras las autoridades decidían si iban a convertirse en una carga para el erario público o no. El enfoque paternalista que había marcado los primeros años de Castle Garden no imperaba en Ellis y la actitud del Gobierno federal con respecto a los extranjeros era mucho más pragmática y fría; por ejemplo, se terminó adoptando la política de que los inmigrantes demostrasen que poseían una cierta cantidad de dinero antes de permitirles entrar en el país. En el lado positivo, el control era mucho más estricto y esto ayudó a reducir el pillaje a manos de terceras partes involucradas en el proceso. Por lo general, el trato que el personal de Ellis daba a los inmigrantes era correcto. En cuanto a las condiciones de vida a bordo de los buques, iban mejorando década tras década. Los nuevos barcos, más rápidos, más grandes (y la invención de sistemas para conservar los alimentos) permitían una travesía aún dura, pero menos homicida. Poco a poco, los buques dejaron de ser conocidos como los ataúdes flotantes. Esto no impedía que siguiera produciéndose el drama de las familias rotas, de aquellos que tras haber jaleado a la Estatua de la Libertad tenían que volverse a su país para enfrentar de nuevo aquello de lo que hubiesen huido, pero las escenas dantescas propias de la decadencia de Castle Garden no volvieron a repetirse. La mortalidad descendió. Someterse al examen médico o a una cuarentena eran experiencias desagradables, desde luego, incluso traumáticas en algunos casos. Pero el trato mejoraba, y más cuando la masificación de la isla empezó a descender a partir de la década de los veinte, con la disminución de la inmigración, lo cual permitió que su personal hiciera las cosas con un poco más de tacto. Por ejemplo, durante la II Guerra Mundial llegó a haber dos comedores distintos en las instalaciones: uno general y otro con comida kosher, como gesto hacia los judíos que llevaban años escapando de una Europa contaminada por la barbarie nazi.

Inmigrantes en Ellis ca. 1920. Fotografía: Cordon Press.
Inmigrantes en Ellis ca. 1920. Fotografía: Cordon Press.

A partir de mediados de los años veinte, además de ser la principal puerta de entrada (o para algunos, barrera) de la inmigración, Ellis fue convertida también en la puerta de salida. A la isla eran enviados, como paso previo a su embarque, aquellos individuos que iban a ser deportados. En muchos casos por causa de su historial delictivo, pero en otros sin otro motivo que el que sus ideales políticos fuesen mal vistos por las autoridades. Cuando EE. UU. entró en guerra también sirvió como cárcel para albergar cierto número de extranjeros, sobre todo alemanes e italianos, a quienes se encerraba bajo llave ante la posibilidad de que pudiesen convertirse en espías o saboteadores. Eso sí, dentro de lo que cabe, solían estar en mejores condiciones que los japoneses que eran llevados a campos de concentración en la costa oeste. Unos años más tarde, durante la breve pero intensa fiebre anticomunista que barrió el país a principios de los cincuenta, también albergó presos políticos (hasta mil quinientos, la mayor parte de ellos izquierdistas). En 1954, Ellis cerró sus puertas. El último inmigrante registrado fue un marinero noruego que había sido detenido por saltar de un barco para intentar entrar en el país de forma ilegal; encerrado en Ellis, obtuvo la libertad condicional y un permiso de trabajo de tres años, al término del cual fue deportado a Noruega. El Great Hall terminaría convertido en museo. El estatus oficial de Ellis Island como parte del monumento nacional de la Estatua de la Libertad fue aprobado por el presidente Johnson en 1965. Según puede leerse en el Código de Regulaciones Federales de aquel año —una suerte de Boletín Oficial del Estado— por la isla habían pasado más de dieciséis millones de inmigrantes entre 1892 y 1954.

Entre tanto, el foco de la inmigración cambió del este al sur. Las nuevas oleadas entraban por la frontera de México, ya no bajaban de barcos. Esto conllevaba un nuevo enfoque de las autoridades sobre el asunto, y aún hoy es tema de discusión. Los hay, como Donald Trump, que han llegado a sugerir la construcción de un muro. En cualquier caso, los dramas de la inmigración europea a los Estados Unidos se viven hoy, por ejemplo, en las inmediaciones del Mediterráneo. Aunque no existe un Castle Garden europeo, mucho menos algo que lo mejore. La historia, como se dice siempre, tiende a repetirse. Por desgracia.

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3 comentarios

  1. Pingback: Nuovomondo: Paraje del deseo reconstruido – Revista Breviario Visual-Literario

  2. Pingback: Políticas de extranjería y asilo desde Carlos III: unas pinceladas – Notas de Carolus

  3. Parlache

    Excelente artículo, ¡Gracias! Tristemente, actual.

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