
1910. Un barco se adentra en la desembocadura del río Hudson. Los viajeros se agolpan junto a las barandas y, entre ruidosas muestras de euforia, reciben la impertérrita bienvenida de la Estatua de la Libertad, la gigantesca mujer de piedra que han ansiado contemplar durante semanas de travesía. A proa está su destino final, la populosa isla de Manhattan; Nueva York todavía procesa la inmensa mayoría de la inmigración en los Estados Unidos. Pero los pasajeros del buque no pisarán la ciudad de inmediato. Será medio kilómetro más adelante de la famosa estatua donde el barco se detendrá para que desembarquen, llevando consigo maletas, bolsas o cajas sobre los hombros. Forman una larga cola ante un enorme edificio de ladrillo rojo; varios funcionarios, mediante gestos, los van conduciendo hacia al interior. Allí, en un amplio espacio que recuerda a la nave de un mercado, aguardan turno para que los agentes de la autoridad aduanera y los sanitarios los sometan a un examen que no todos ellos aprobarán. Son gente pobre; la mayoría proceden de Europa. La isla de Ellis, la última puerta hacia una nueva vida.
Quienes muestran síntomas de alguna dolencia infecciosa pasarán una cuarentena en las celdas habilitadas al efecto en el edificio. Algunos, quizá la minoría más infortunada, morirán allí, separados de su sueño por unos pocos centenares de metros de agua. Aun así, la cuarentena es el menor de los males para quien ha bajado del barco tosiendo, demacrado, o aparentando mala salud. Quienes dan signos de padecer alguna enfermedad contagiosa peligrosa o un trastorno mental, podrían ser rechazados, al igual que quienes por cualquier otro motivo son juzgados como una potencial carga pública. Durante un día típico en Ellis, de cada millar de inmigrantes examinados habrá entre veinte y cuarenta a los que no se permitirá entrar en los Estados Unidos. Tendrán que volver a embarcar con rumbo a Europa, perdiendo una oportunidad única y desperdiciando un pasaje cuya adquisición les había supuesto años de esfuerzos. A menudo, ese rechazo significa que habrá familias que quedarán partidas por la mitad; que habrá padres e hijos, esposos o hermanos que tendrán que despedirse, sabiendo que quizá nunca volverán a verse. Ellis es conocida también como «la isla de las lágrimas» o «la isla de los corazones rotos».
Las amargas despedidas o las cuarentenas no fueron la única ni la peor de las tribulaciones que padecieron quienes buscaban empezar de nuevo en los Estados Unidos. Antes de que se generalizase el uso de barcos que funcionaban a vapor, durante los peores tiempos de la navegación trasatlántica a vela, casi una décima parte de los emigrantes morían en pleno océano a bordo de «los barcos de la muerte». Algo que, por desgracia, se parece más de lo que nos gustaría a ciertas desgracias que continúan sucediendo hoy.
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Excelente artículo, ¡Gracias! Tristemente, actual.
Me ha encantado el artículo.
Sin medias tintas, descubre la inmigración en EEUU, más concretamente en Nueva York.
He sido casi capaz de ponerme en la piel de muchos de los inmigrantes que subian en un barco en Europa con destino el país de los sueños y las oportunidades y llegaban casi sin alma al país y con un futuro muy incierto.
Gran artículo Sr Rodriguez.
Mi enhorabuena.