Imágenes crepusculares de Roger Federer y Rafa Nadal

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Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

De todos los partidos entre Roger Federer y Rafa Nadal (treinta y cuatro a lo largo de doce años), el que mejor simboliza lo que ha sido la rivalidad entre estos dos jugadores es la final del torneo de Roma de 2006, pocas semanas antes de la disputa de Roland Garros. Por entonces, Nadal no había cumplido aún los veinte años y tenía esa mirada animal, decidida, sangrienta que le acompañaba en cualquier competición. Federer vivía el mejor momento de su carrera, el que provocaría el famoso artículo de David Foster Wallace, no tenía rival en el circuito y sus resultados arrolladores iban acompañados de una exhibición constante de estética y genialidad.

Roger había ganado ya por entonces siete títulos de Grand Slam —uno en 2003, tres en 2004, dos en 2005 y el primero de 2006, unos meses antes del enfrentamiento en Roma— mientras Nadal lucía orgulloso su triunfo adolescente en París el año anterior, su única presea hasta ese momento. Pese a la diferencia de palmarés, los partidos entre ambos habían sido, en casi todos los casos, no solo igualados sino favorables al español. Su primer enfrentamiento, en Miami 2004, con el suizo ya como número uno y el manacorí a un par de meses de la mayoría de edad acabó con un contundente 6-3, 6-3 para el aspirante.

Ese fue el comienzo de una guerra sin tregua: Federer se la devolvió al año siguiente en la final del mismo torneo, remontando dos sets de desventaja; Nadal se impuso donde realmente contaba, en Roland Garros, y ya en 2006 encadenaría otras dos victorias: la final de Montecarlo y, la más sorprendente —por ser en pista dura y en «la segunda casa» de Federer—, la final del torneo de Dubai. Apenas dos años después de aquel choque en Miami llegaban a Roma como número uno y número dos del mundo y con un balance elocuente: 4-1 para el español.

Aquel partido de Roma tuvo de todo: duró cinco horas y tuvo tres tie-breaks, algo muy improbable en tierra batida. Nadal se adelantó dos sets a uno pero perdió el cuarto entre ciertas muestras de cansancio por dos juegos a seis. El quinto lo empezó cediendo el servicio y a los pocos minutos estaba 4-1 por debajo en el marcador… Federer, en cambio, estaba imponente, poderoso con su derecha, encontrando todas las líneas, cubriendo la red… Lo único que podía hacer Rafa era aguantar y aguantar, correr de lado a lado de la pista y obligar a su rival a devolver siempre una bola más. Guerra de guerrillas.

El momento decisivo llegó con 40-30 para Federer con su servicio y posibilidad de adelantarse 5-2. No hubo manera. Lo tuvo de nuevo con ventaja al saque pero nada. Rafa resistía, resistía y resistía, siempre puño en alto y grito desaforado, y al final logró el break, empató a cuatro y llevó el partido a la muerte súbita, en la que, por supuesto, se impuso. Ahora bien, para los que estábamos viendo el partido, aquella remontada no fue ninguna sorpresa: volvamos al momento en el que Nadal perdía 1-4, venía de ganar solo tres de los diez últimos juegos y se notaba en sus movimientos que llevaba una temporada de tierra agotadora.

En aquel momento de derrota inminente ante el número uno del mundo, Nadal se convirtió en el Hulk Hogan o el Último Guerrero de nuestros recuerdos de infancia, cuando les entraban aquellos «bailes de San Vito» y nadie podía pararles. Rafa se levantaba de su asiento eufórico, frenético, esprintando hacia la línea de fondo, donde se ponía a moverse de un lado para otro mientras Federer le miraba asombrado, como diciendo «¿por qué no te rindes de una vez?». En todos sus partidos había un momento así y ese momento era en el que sabías que Federer iba a perder el encuentro porque mentalmente no estaba preparado para la resistencia.

Las tres finales consecutivas en Roland Garros

De hecho, en muchas ocasiones, daba la sensación de que Federer no entendía lo que pasaba en sus partidos con Nadal. Una frustración constante. Aparte de la ventaja mental —probablemente, gracias a Rafa, Roger se ha ganado una fama de blando que no le hace justicia en absoluto—, había un golpe que desconcertaba al suizo y que le volvía loco: el liftado al revés. Cualquier jugador del circuito podía hacerlo, por supuesto, y todos lo irían intentando… pero solo el del balear causaba los estragos necesarios para sacar a su rival del partido.

A lo largo de los años, Federer fue cambiando de tácticas en busca de la solución, pero esa solución no llegaría nunca: en cuanto parecía que un encuentro se ponía del lado del suizo, ahí estaba Rafa para cumplir a rajatabla con su planificación previa al partido para satisfacción del tío Toni: bola alta al revés, bola alta al revés… y Federer, empeñado en golpear con una mano, se encontraba siempre la bola por encima de la cadera, incapaz de controlarla ni de darle fuerza alguna: uno de los mejores reveses de la historia convertido en una piltrafa, una colección de «cañas» que mandaban la bola a las gradas.

Fueron años de cierto desconcierto general: durante diez meses al año, Federer luchaba no ya por ser el mejor del circuito sino por ser el mejor de la historia. Arrasaba en todas las pistas, todos los torneos, llegaría a sumar ochenta y dos victorias un año, más de diez torneos ganados en tres temporadas consecutivas… casi trescientas semanas seguidas como número uno, destrozando el récord de Jimmy Connors. Y, sin embargo, llegaba abril o mayo o incluso la primera semana de junio y no podía hacerle ni cosquillas a Nadal en la tierra batida.

No solo eso, sino que Rafa empezó a subirse a las barbas en otras superficies: en 2006, le llevó a cuatro sets en la final de Wimbledon; en 2007, a cinco, una final que, probablemente, merecería haber ganado aunque, por una vez, fue a él a quien le tembló el pulso. Pese a que Nadal seguía llevando ventaja en los enfrentamientos individuales, cada partido era una guerra decidida por pequeños detalles que Federer no acababa de asimilar: siempre salía con la sensación de haber jugado mejor, pero casi siempre se llevaba una nueva derrota a Basilea.

En ese sentido, había otro factor que probablemente desconcertó aún más al suizo: el empeño del propio Rafa y de su entrenador en insistir en que, por mucho que le ganaran, Federer era el mejor, sin duda. Hay que imaginarse la situación: tú te crees el mejor, Foster Wallace te cree el mejor, tu rival se rinde ante tu superioridad… pero no tienes manera de golpear decentemente dos golpes consecutivos del revés. Federer estuvo a un partido de completar el Grand Slam en 2006, pero lo perdió con Rafa. Repitió situación en 2007 y volvió a perder con Rafa. Cuando se enfrentaron por tercera vez consecutiva en la final de Roland Garros, en 2008, ya ni lo intentó: apenas fue capaz de ganar cuatro juegos en tres sets. El relevo estaba servido.

El asalto a Wimbledon y el final de la rivalidad como tal

Para muchos, el mejor partido entre ambos jugadores fue la final de Wimbledon 2008. No es mi favorito porque creo que Roger no jugó a su nivel durante las primeras dos horas y, si aguantó hasta el quinto set, fue por una cuestión de orgullo. En otras cinco horas de encuentro no fue capaz de romperle el servicio a su rival ni una sola vez… y el servicio de Nadal, con sus altibajos, nunca ha sido un reto inabordable. Cuando empezó 2008, Federer venía de ganarle cinco de sus siete últimos partidos. Bajo la supervisión de Tony Roche daba la sensación de que, por fin, le había cogido el truco. Nada más lejos de la realidad.

Nadal le ganó en Montecarlo, le ganó en Hamburgo, arrasó en Roland Garros y culminó el despiece del número uno en la citada final de Wimbledon, resuelta con un 9-7 en la última manga, tras un nuevo error no forzado de Federer, esta vez con la derecha en medio de la penumbra. Nadal no solo levantaba su primer gran torneo fuera de la tierra batida sino que iniciaba, ahora sí, un dominio mental sobre su némesis que alcanzaría su cénit en la final de Australia 2009, donde Federer era el gran favorito y aun así volvió a perder en cinco sets tras desperdiciar numerosísimas oportunidades de break. En la charla final, acabó despidiéndose entre lágrimas del público de Melbourne, una mezcla de desolación por la derrota, de pura incomprensión ante lo que estaba pasando y de emoción ante el apoyo incansable del público, que le interrumpía con vítores cada tres frases.

Lo curioso es que aquel partido probablemente supuso el fin de la rivalidad Federer-Nadal en sentido estricto. En 2009, una lesión apartó a Nadal de Wimbledon después de perder sorprendentemente ante el sueco Robin Soderling en octavos de final de Roland Garros. Federer se rehizo: ganó en París por primera vez en su carrera, se llevó su sexto Wimbledon, jugó la final del US Open y ganó en Australia 2010, sacándose la espina del año anterior. En todo este tiempo, no se enfrentaron ni una sola vez.

El suizo recuperó su número uno del mundo y, con veintiocho años y dieciséis torneos del Grand Slam en su palmarés, parecía disparado hacia una orgía de récords. Nada más lejos de la realidad: Nadal volvió de su lesión con más fuerza que nunca, encadenando Roland Garros, Wimbledon y el US Open. Novak Djokovic abandonó el gluten y empezó a convertirse en la gran alternativa a la espera del siempre atormentado Andy Murray. La importancia de Federer fue menguando y menguando según aparecían sus primeros problemas serios de espalda: en el citado 2010, más allá del triunfo en Australia, se pasó ocho meses sin ganar ni un solo título, remontando en la gira de pista cubierta de final de temporada, Masters Cup incluida, precisamente ante Nadal en la final.

En 2011, los dos grandes rivales jugaron su última final de Grand Slam, la octava en total: fue en Roland Garros, cómo no, después de que Federer rompiera la espectacular racha de Novak Djokovic, que no había perdido un partido en todo el año. Aquella final no fue sino la enésima repetición del mismo partido: tres sets decididos in extremis y un cuarto en el que Federer ya no podía ni con las botas y solo quería salir de ahí lo antes posible.

Un adiós que puede prolongarse

¿Qué pasó después? Desde aquella final de Roland Garros, Federer y Nadal se han vuelto a enfrentar en nueve ocasiones: Nadal ha ganado seis —cinco consecutivas entre 2013 y 2014— y Federer, tres, incluyendo la última en la final de Basilea del año pasado. Por primera vez en trece temporadas, este año no se enfrentarán ni una sola vez, más que nada porque ambos, ya en la treintena, han ido arrastrando lesiones todo el año y su lugar en lo más alto del escalafón lo han ocupado Djokovic y Murray con un afán casi igualmente dictatorial.

Los dos se han ido manteniendo en los primeros puestos, por supuesto, aunque sea a rachas: en 2012, Nadal volvió a lesionarse y Federer consiguió volver al número uno durante un par de meses, llevándose de paso su séptimo Wimbledon, el único título de Grand Slam que ha logrado en los últimos seis años, casi siete. Cuando Nadal volvió de su lesión hecho un toro, fue Federer el que decayó, saliendo incluso de los cinco primeros de la clasificación por primera vez en once años.

Contra pronóstico, 2014 y 2015 fueron años ligeramente mejores para el suizo que para el español. Federer jugó tres finales de Grand Slam (aunque perdió las tres, contra Djokovic) y Nadal solo dos (aunque ganó a Nole en París). Mientras el suizo parece haber admitido sin problemas que lo más a lo que puede aspirar es a incordiar puntualmente a los nuevos reyes del circuito, lo que ha supuesto una liberación enorme en su juego y una mayor fluidez, al menos hasta que su menisco y su espalda dijeron «basta» definitivamente en julio, a Nadal esta travesía del desierto le está costando mucho más.

Cuando alguien es tan competitivo como Rafa, es muy complicado aceptar que perder en cuartos de final se pueda considerar como un paso adelante. Desde la citada victoria en París en 2014, no ha vuelto a pasar de octavos de ningún Grand Slam. Lo de este año ha sido particularmente doloroso, con derrotas ante Verdasco (Australia) y Pouille (US Open) que en cualquier otro momento de su carrera habrían sido victorias solo tirando de capacidad competitiva. El resto del año —salvo el oro olímpico en dobles y el renacer en Montecarlo— se ha echado a perder por la enésima lesión, esta vez de muñeca.

Aunque a estas alturas todo el mundo debería conocer mi profunda devoción por Roger Federer, no tengo empacho en decir que Rafa Nadal es el mayor competidor que he conocido en mi vida. No el mejor deportista, pero sí el que ha sacado mayor provecho a su talento y lo ha multiplicado en el momento decisivo a base de adrenalina y una soberbia comprensión táctica del juego. Este mismo año lo demostró en los Juegos de Río, primero contra Del Potro en semifinales y luego contra Nishikori en la pelea por el bronce. La diferencia con respecto a otros años —y no es cualquier cosa— es que perdió ambos partidos.

A sus treinta y cinco años, la decadencia de Federer es algo ya asumido. Incluso sus derrotas en finales, esos últimos bailes que a veces nos regala, son recibidas con desencanto pero a la vez con una cierta sonrisa pícara de «ya ha estado a punto de liarla otra vez». A los treinta, es normal que a Nadal le atosiguen las dudas: aún está en una edad en la que se esperan cosas de él. Cosas grandes. Da la sensación de que anda metido en un bucle mental peligroso, dándole vueltas todo el rato a qué debe hacer —cambiar de entrenador, potenciar el saque, entrenar más el físico…— hasta el punto de no saber muy bien qué decisión tomar cuando se trata de resolver un partido importante.

El caso es que, sea el proceso reversible o no, tras la decisión de Rafa de dar por acabada la temporada, nos vamos a encontrar con la primera Masters Cup desde 2002 —el año que Rosa fue a Eurovisión, por utilizar una conmemoración de moda en estos días— en la que ninguno de los dos grandes de la última década participen. Por tenis, les habría bastado a ambos. Es muy probable que Nadal acabe el año entre los ocho primeros de la clasificación y Federer, pese a saltarse media temporada, no saldrá del top 20.

Eso dice mucho de lo que les queda. Es normal que preparemos los obituarios y que la nostalgia se apodere de nuestros artículos. Incluso parece que se dan casos de federeristas irredentos que empiezan a sentir cierta simpatía por Nadal y viceversa. La derrota y la fatalidad unen mucho. Lo bueno de darlo todo por perdido es que puedes empezar a ganar. Sin duda «la era Nadal-Federer» entendida como la lucha por la hegemonía no solo ha acabado sino que lleva años muerta. Otra cosa es que ellos dos vayan a rendirse tan fácilmente. En ese sentido, 2017 tiene pinta de ser un año apasionante. Más aún si alguien, quién sea, por favor, da un paso adelante desde la siguiente generación. Una cosa es el crepúsculo y otra, la noche cerrada.

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9 comentarios

  1. Héctor

    Muy buen artículo sobre una de las grandes rivalidades de la historia del deporte. Increíble lo que Rafa ha conseguido estos años a base de trabajo, capacidad de sacrificio y coraje, sobre todo cuando nadie le habría podido reprochar haber sido otro más en la larga lista de jugadores que han tenido que quedarse durante años mirando con prismáticos la cumbre reservada en exclusiva para el genio suizo, el mayor talento de la historia de este deporte.

  2. luchino

    Estupendo artículo, difícil no estar de acuerdo en muchas de sus afirmaciones.
    Desde luego, Rafa no va a rendirse tan fácilmente, por algo su mejor virtud es precisamente ésa, la capacidad de lucha. Ya pasó su época dorada, pero eso no significa que esté acabado, ni mucho menos.

  3. Bueno, pero si le pasa a todo el mundo… Por muy alto que hayas llegado, en algún punto empieza el declive. Le pasa a Nadal, a Federer, nos pasa a todos, señoras y señores. Es muy duro pero inevitable como la muerte.

  4. granjefeindio

    Gran artículo, Guillermo, si bien discrepo en cuanto a Wimbledon 2007 y 2008, para mi dos de los mejores partidos de hierba de la última década y en ambos casos lo ganó el mejor.

    Como siempre, en 2017 (¡2017!) esperaremos el 18º.

  5. granjefeindio

    Por cierto, es increíble comprobar que, sin Nadal, Federer posiblemente tendría más grandes que Serena Williams…

  6. Lindo artículo; solo una aclaración; será la primer Master Cup sin ambos jugadores desde la edición 2001, disputada en Shangai ( Campeón Hewitt); Roger debutó en dicha cita en 2002, tras acabar como número 6 del ranking. ..su debut fue espectacular ganando los 3 partidos de su grupo y cayendo en 3 sets en la semifinal frente a Hewitt , luego campeón (v Ferrero, a quien Federer venció en Round Robin )…desde allí hubo 3 máster cup más sin Rafa : 2003 y 2004 en Houston (antes de la explosión tenistía del balear) y 2005 , ausente por una lesión en el pie, siendo Nadal 2 del mundo y habiendo ganado 11 títulos con sólo 19 años!!!…

  7. manuel

    Artículo repleto de inexactitudes, como decir que Federer ha estado 300 semanas seguidas de número 1 cuando fueran 230 y algo, o que Nadal no ha pasado de octavos en un GS dsd RG 2014 cuando el año pasado llegó a cuartos en Australia y París

    • Ricardo

      Artículo con un par de inexactitudes, diría yo. A los que nos gusta el tenis deberíamos dar gracias por los artículos de Jot Down. Extensos, con multitud de datos interesantes y muy bien redactados por expertos en la materia que se nota que son fans auténticos de los temas sobre los que escriben.

  8. jagoba

    Me encanta releer este tipo de artículos y ver que todo es posible en esta vida. Federista apasionado firmaba palabra por palabra el artículo y nadie hubiese jugado un euro por lo que nos deparaba 2017… al final la lió Roger!!

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