Odiar a tus héroes: el asesinato del autor

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Orson Scott Card, parece el típico vecino estadounidense que te invita a una barbacoa en su patio. Excepto si eres gay, entonces te invita a que ardas en la barbacoa del infierno, por invertido. Imagen: Nihonjoe (CC).

La tarjeta de visita de Rachel Edidin la presenta como una editora mercenaria especializada en aventurarse en proyectos poco comunes y su currículo asegura atesorar experiencia en el cómic, la narrativa transmedia, las creaciones multiplataforma o los trabajos literarios de ficción, no ficción y ciencia ficción. Edidin ha firmado artículos sobre diferentes capas de la cultura pop para revistas como Wired, Kotaku, Playboy o Comics Alliance. Y también afirma que es capaz de matar a un hombre con un punto y coma bien colocado.

Entre las estanterías de su vivienda, esta editora atesora desde hace muchos años un ejemplar muy especial de una obra fetiche para ella, el clásico de la ciencia ficción El juego de Ender que Orson Scott Card escribió en 1985. La copia que posee Edidin tiene cierto rodaje tras sobrevivir a varias relecturas y a causa de ello luce un lomo machacado y unos bordes desgastados. Pero su ejemplar tiene un valor añadido que resulta evidente al ojear sus primeras páginas: está dedicado en exclusiva («Para Rachel, una amiga de Ender») por el propio autor. La dedicatoria y la firma que la acompañaba no eran fruto de un encuentro fugaz en algún evento promocional entre escritor y lectora, sino más bien producto de una relación de amistad; durante sus años universitarios Edidin se carteó con Card con asiduidad llegando a considerarlo un mentor y alguien a quien acudir en busca de consejo a la hora de afrontar la escritura como un oficio. La relación entre ambos fue más allá de la mera docencia y acabaron considerándose amigos, ella ha comentado que incluso ha compartido cenas con Card en la casa de este.

En 2013 Edidin explicaba en un artículo para Wired todo lo anterior antes de asegurar no tener intención alguna de acudir al cine para ver la adaptación cinematográfica de El juego de Ender, una decisión que no había sido causada por falta de interés en la adaptación cinematográfica, sino porque la mujer había decidido apuntarse al boicot contra la película que durante aquellas fechas estaba teniendo lugar. Dicho boicot se extendía hacia cualquier obra firmada por Orson Scott Card o simplemente, como era el caso, derivada de su trabajo. Aquella persona, que en un momento dado había considerado al escritor como mentor y amigo, había decidido que nunca más volvería a comprar un libro suyo, ni siquiera una nueva copia de su idolatrado El juego de Ender, porque no quería financiar de ningún modo al escritor nunca más, ni siquiera de rebote.

Existía una razón para que la mujer adoptase una actitud tan rotunda: el haber descubierto que Card era un ser profundamente homófobo y retrógrado. Algo que buena parte de la sociedad también descubrió en 2004 cuando el hombre firmó un polémico artículo titulado «Homosexual “marriage” and civilization». Un texto con mucha bilis burbujeante que ni siquiera era la primera demostración de homofobia de un escritor que catorce años antes había publicado un escrito titulado «The hypocrites of homosexuality» en Sunstone Magazine, donde decía explícitamente que las leyes antigais deberían de ser reestablecidas, los actos de sodomía condenados como delitos y las personas amigas del coito en la misma acera consideradas individuos inferiores y carentes de derechos en la sociedad. En 2008 Card etiquetó al matrimonio homosexual como «el fin de la democracia en América» y desde entonces su militancia contra todo lo homo fue creciendo hasta unirse a entidades antigais como National Organization for Marriage. Para Rachel Edidin descubrir todo esto resultó especialmente doloroso: su mentor en las letras, su ejemplo a seguir, su héroe literario, consideraba que ella no tenía derecho a casarse, que sus actos eran pecado y que en general la propia Edidin (quien se autodefine como queer) era una especie de infraser pervertido.

Card, de educación mormona, blandía en su discurso todo tipo de argumentaciones apolilladas y poco conscientes del mundo en el que vivía. «El oscuro secreto de la sociedad homosexual es que muchos de esos homosexuales han entrado por primera vez en ese mundo a través de algún tipo de seducción perturbadora, violación, acoso o abuso sexual. Y que muchos realmente desean salir de esa comunidad homosexual y vivir con normalidad», aseguraba el amigo en aquel «Homosexual “marriage” and civilization», basándose en las estadísticas que le sugerían sus propias pelotas de mármol. Unos cuantos meses antes del estreno de El juego de Ender en cines, DC Comics contrataría al escritor para encargarse del guion de un cómic de Superman y, debido a tanta declaración homofóbica, aquello acabó traduciéndose en una insistente tormenta de mierda por parte de la mayoría de lectores de las aventuras del hombre de acero. Las continuas quejas, especialmente en el mundo digital, donde se llegó a poner en marcha una recogida de firmas, provocaron que el dibujante contratado para trabajar con Card decidiese bajarse del proyecto antes de que aquello le explotase en la cara y que el contrato con el escritor acabase sirviendo de tope de puerta en algún cuarto de las escobas de DC Comics.

El problema de todo esto es que Card es especialmente lúcido y creativo en su producción literaria y especialmente estúpido en su discurso de odio. Y esto resultaba chocante cuando por lo general a la gente de cierta inteligencia se le suele presuponer un discurso tolerante y no la sarta de pamplinas religiosas integristas que escupía el padre de Ender. El descubrimiento resultaba doloroso para el lector cuando la forma de pensar llegaba a salpicar las páginas. En la apostilla que acompañaba a su cuento corto «Bajo la tapa», Card se la colaba al lector alegremente al esconder en unas anotaciones, sobre el proceso creativo detrás de la historia, su discurso personal: «Los drogadictos, los homosexuales, los especialistas en apropiación de empresa, los culturistas y los atletas que se administran esteroides para tener músculos abultados constituyen grupos que han organizado sociedades cuyo propósito consiste en celebrar el placer a cuya búsqueda consagran la vida, aunque los separe del resto del mundo, cuyas reglas y normas detestan y desdeñan». En El maestro cantor (1980) se atrevía a retratar una relación homosexual, pero optaba por hacerlo por un camino muy cuestionable al planear un idilio entre un personaje a quien le había sido impuesta la homosexualidad y un castrato de quince años que «aparentaba diez». Ender en el exilio mandaba a paseo la magia del universo creado en la saga Ender al convertirse en un panfleto nada discreto sobre las bondades del matrimonio heterosexual. Y en The Homecoming Saga, esa serie que viene a ser un remake del Libro de mormón, uno de los personajes del reparto se casa con una mujer pese a ser gay porque reconoce que su tarea como hombre es acoplarse a una vagina y producir más criaturillas.

La pena de todo esto es que Card es un gilipollas cuya obra no panfletaria ha construido una parte importante de la cultura pop actual. Su creatividad no solo ha concebido un clásico de la sci-fi como El juego de Ender sino que también ha ayudado a cimentar otras historias que transcurren en mundos paralelos: el escritor es el responsable de los insultos que tenían lugar durante los duelos a espadas en Monkey Island. Resulta que ese imbécil es el tío que ha concebido frases como «Yo soy cola, tú pegamento» o la combinación letal «Luchas como un granjero / Qué apropiado, tú peleas como una vaca».

Odiar a tus héroes

Unos papeles personales a modo de diario hicieron público que William Golding, autor de ese battle royale que era El señor de las moscas y una persona que comparte con Bob Dylan lo de tener un Nobel de literatura, tenía serios problemas con el alcohol y también la certeza de que su personalidad escondía un lado oscuro y tenebroso. Sus memorias explicaban cómo, durante el transcurso de unas vacaciones, un Golding de tan solo dieciocho primaveras intentó violar a una niña de catorce años llamada Dora. Y lo más jodido del asunto es que acababa acusando a la chica de ir provocando (la definía como «depravada por naturaleza»). Un par de años después Golding y Dora ayuntarían fogosamente en medio del campo, pero según el escritor aquel nuevo encuentro tan solo fue un montaje de la pérfida fémina para que el padre del chico les pillase en pleno acto de bombeo y decidiese desacreditar a su vástago. El extraño doble combo de todo el tema es que el hermano de Golding también se encontraba copulando con otra moza en ese mismo momento y en el mismo prado, un lugar que visto lo visto debía de ser el Tinder de su época.

Lewis Carroll. Ftografía: DP.
Lewis Carroll thinking about youth. Fotografía: DP.

Una mujer llamada Jean Miller declaró haber sido amante durante cinco años del prestigioso novelista americano J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Una revelación que logró izar un buen montón de cejas al resultar que aquella chica solo contaba con catorce años cuando el romance tuvo lugar mientras que el escritor le doblaba alegremente la edad. Además de por colarse en piscinas de bolas, Salinger era famoso por ser un mal padre y un peor esposo que aprovechaba la fama para cortejar a adolescentes a espaldas de su esposa. Y una persona que también exhibía una mala hostia envidiable: en un momento dado llegó a apuntar con una pistola a la niñera de la familia cuando esta se arrimó a la casa solicitando un donativo para la Cruz Roja.

Sobre Lewis Carroll también sobrevuela el asquete de intuir que había construido el País de las Maravillas para justamente maravillar a una niña llamada Alicia a la que tenía pinta de querer rozarse demasiado. Las cuestiones sobre las relaciones de Carroll con los niños han llegado a ser incluso objeto de documentales de la BBC y suelen estar más o menos corroboradas por el hecho de que el hombre atesoraba entre sus enseres colecciones de desnudos infantiles, algo que daba bastante mala imagen por mucho que se comente que tener aquellos cromos en su época no estaba mal visto y era el equivalente a coleccionar pokémones.

Norman Mailer, uno de los pioneros del periodismo literario junto a Truman Capote, era en su vida privada un hijo de puta muy violento que llegó a apuñalar con una navaja a su propia esposa hasta casi matarla al discutir con ella estando completamente borracho durante una fiesta en 1960.

Anne Perry, esa fábrica de best sellers en forma de novelas criminales y de misterio, es uno de los casos más famosos de artistas con pasado oscuro: cuando contaba con tan solo quince años ella y su amiga Pauline Parker planearon y ejecutaron el asesinato de la madre de la segunda golpeándola repetidamente con un ladrillo durante un paseo por el Victoria Park de Christchurch, en Nueva Zelanda. Perry, que por aquel entonces se llamaba Juliet Hulme, cumplió cinco años de condena, el asesinato conmocionó al país y la terrorífica historia acabaría siendo llevada a la pantalla del cine por Peter Jackson en 1994 en la estupenda Criaturas celestiales.

Anne Perry, la crisis del ladrillo. Fotografía: AriosoTV (CC).
Anne Perry, la crisis del ladrillo. Fotografía: AriosoTV (CC).

Virginia Woolf (1882-1941) fue una de las más famosas escritoras del modernismo anglosajón. Autora de obras como Las olas, La señora Dalloway o Una habitación propia, un remarcable ensayo que se atrevía a denunciar los problemas que sufrían las escritoras para dedicarse a la literatura en un mundo dominado por hombres rellenos de misoginia modernista. El caso es que un puñado de décadas después de su muerte a alguien se le ocurrió registrar los cajones de su antiguo escritorio en Birmingham y localizó un pequeño diario que documentaba de su propia mano algunos meses de la escritora durante sus veintitantos años. Lo bochornoso  del descubrimiento era que aquellas páginas estaban repletas de comentarios antisemitas que apuntaban principalmente hacia su marido judío, Leonard Woolf, y la familia de este. La mujer aseguraba en el diario no soportar el «tono de voz judío» o la «risa judía» de su suegra, comentaba con sorna que estaba casada con una rareza en forma de «judío sin dinero» y remataba el asunto diciendo que la familia de su marido estaba compuesta por «nueve judíos de los cuales, y exceptuando a Leonard, todos podrían haberse ahogado y el mundo ni siquiera se hubiese dado cuenta».

Rudyard Kipling fue un hombre blanco y británico que nació y creció en la India durante 1865 cultivando un profundo racismo y cierto sentimiento de superioridad blanca. Kipling firmaría «La carga del hombre blanco», un poema que defendía la conquista y dominio colonialista del hombre blanco sobre lo que él interpretaba como razas inferiores, pero también sería la pluma que redactaría El libro de la selva. Por eso mismo hay quien señala a día de hoy que las versiones contemporáneas de las aventuras de Mowgli deberían alejarse del infame original o al menos tratar de hacer burla de él por considerarlo contaminado con un tufo colonialista deleznable.

Patricia Highsmith, virtuosa de la novela y autora de obras como Extraños en un tren o la saga Ripley (El talento de Ripley, La máscara de Ripley, El juego de Ripley), era en la vida real una persona antisocial y cruel entre cuyas virtudes más encantadoras, además del alcoholismo, se encontraban un profundo racismo y desprecio por todo aquel que no tuviese la piel blanquita. En sus diarios se encontró una anotación en la que tachaba al Holocausto como un «semicausto» al interpretar que el asunto solo había funcionado a medias al no haber acabado con la totalidad de los judíos. Dr. Seuss, el prolífico escritor de cuentos para niños culpable de criaturas como el Grinch, Lorax o The cat in the hat, tenía un pasado laboral, del que él mismo se arrepentía, durante el que se había ganado el pan garabateando cómics brutalmente racistas.

Antes de dedicarse a la literatura infantil el cándido Dr Seuss dibujaba esto mientras se bebía de un trago vermús de lejía.
Antes de dedicarse a la literatura infantil el cándido Dr. Seuss dibujaba esto mientras se bebía de un trago vermús de lejía.

H. P. Lovecraft es uno de los intocables. El famoso autor de En las montañas de la locura, El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth y de toda una mitología propia centrada en nuestro señor Cthulhu se destapó como uno de los escritores más influyentes de la literatura de terror hasta el punto de que sus tentáculos han acabado influenciado directa o indirectamente a la mayoría de horrores de ficción que se han producido desde que entró en escena. Su legado se ha perpetuado de un modo u otro en todo tipo de creadores, de Ramsey Campbell a Stephen King, pasando por Alan Moore, Iron Maiden, Guillermo del Toro, John Carpenter, Jorge Luis Borges, Neil Gaiman, Black Sabbath, Michel Houellebecq, Metallica, Fritz Leiber, H. R. Giger, Mike Mignola, Caitlín R. Kiernan o Clive Barker. En los mundos de ocio la onda expansiva también ha azotado fuerte y eso es bastante evidente en videojuegos como Prisoner of ice, Quest for glory IV, Shadow of the comet, Cthulhu Saves the World, Fallout 3, Terraria, Quake, Alone in the dark, Dead space, Splatterhouse, Amnesia, Castlevania o los varios billones de juegos de mesa inspirados en mitos y leyendas lovecraftianas.

El caso es que además de seminal Lovecraft era bastante cabronazo con todas aquellas razas que no fuesen la suya y ciertos detalles de sus textos, como la adjetivación despectiva, reflejaban que su intolerancia, aunque podía ser fruto de su tiempo (en una época en la que el racismo venía casi de serie en la sociedad), se encontraba bien regada por la iniciativa propia. El escritor David Nicke comentaba en una entrada en su blog que siempre que había intentado sacar el tema de la xenofobia de Lovecraft en las charlas celebradas durante las convenciones de horror y ciencia ficción se le había acabado invitando, muy educadamente, a no insistir sobre el tema y hacer como si nunca hubiese ocurrido. De pronto, el mayor miedo para los fans del rey del horror cósmico tenía trompa en lugar de tentáculos y la silueta de un gigantesco elefante poco tolerante sentado en medio de la habitación. En el fondo a nadie le gustaba reconocer que su escritor más reverenciado era un asco como persona.

La muerte del autor

Rachel Edidin descubrió El juego de Ender con tan solo ocho años y reconoce que su lectura la marcó de manera muy poderosa porque había encontrado en ella un espejo de su propia existencia. En el mundo real la editora sufrió una infancia difícil donde se encontraba socialmente alienada y en aquel mundo de ficción alguien había logrado trasladar esa sensación a una historia y un personaje (Ender) donde ella se veía reflejada por completo: un niño brillante pero al mismo tiempo raro a los ojos del mundo y completamente aislado de la sociedad. Desgraciadamente, a la larga la existencia de la novela se acabó convirtiendo en una broma cruel para Edidin cuando se tenía en cuenta que también existía el autor de la misma: el único escritor que le había conseguido transmitir la sensación de ser capaz de entender la intolerancia y los sentimientos que ella había experimentado en su infancia era a su vez un intolerante que menospreciaba la identidad sexual de Edidin.

En 1967 el filósofo y crítico literario Roland Barthes publicaba un ensayo titulado La mort de l’auteur, un texto que arremetía contra toda crítica literaria que juzgaba las obras teniendo en cuenta las intenciones y la propia biografía del autor. Para Barthes la aproximación crítica ideal a cualquier pieza literaria suponía separar por completo el texto de su autor y dejar de considerarlos como algo relacionado. Visto lo visto, es probable que Barthes tuviese razón, y suena bastante lógico que la forma ideal de venerar a un escritor sea eliminándolo por completo y conservando tan solo su obra. Interpretar el hecho de matar al autor, ese asesinato metafórico, como la mayor de las reverencias posibles.

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14 comentarios

  1. pacodetorres

    No solo las obras literarias, sino todas las obras artísticas deben ser juzgadas independientemente de la personalidad, de la ideología del autor, esto es un axíoma, no una opción. La moralidad, las leyes y las costumbres cambian con el tiempo, no pueden ser utilizadas como reactivo que determine la pureza de la obra.
    El señor Scott Card es un mormon con ideas de mormon y las refleja en sus artículos de opinión, no tienes por que leerlos.
    Por otro lado siempre he considerado que el Juego de Ender y sus derivados son bastante horrorosos. Quizá porque la historia de soy el mas pequeño y débil, todo el mundo se aprovecha de mi, nadie me comprende, pero en en mi interior se encuentra la fuerza suprema que os salvara de los extraterrestres/comunistas/demonios/sistema politico totalitario/ y al final todos me amareis ya me parecía vieja, aburrida, cuando la leí….aunque es una formula que funciona estupendamente, cada año hay nuevos adolescentes, eso si si quieres que el editor se la mire, el prota debe ser una fémina.

    • El filete era mío

      Sí, la verdad es que tan incomprensible es el entusiasmo, primero, de Rachel Edidin por una novela tan aburrida y tan mala como «El juego de Ender», como el aborrecimiento, después, por la obra de Card simplemente porque el autor le parece un impresentable.

    • Doctor Gonzo

      Respetable opinión que no te guste El Juego de Ender, pero tampoco compares una novela de obligatoria lectura entre los licenciados de Westpoint y ganadora de Premios Hugo y Nébula con las sagas bestsellerianas de Divergente y los Juegos de ya sabes. Que eso es ponerse un pelín reduccionista.

      • Manuel.

        A gustos. Ender es una buena novela, entretenida, bien escrita y llena de ideas. Pero (a mi criterio) no es una obra maestra de la ciencia ficción. Hacedor de estrellas de Olaf Stapledon ES una Obra Maestra (con mayúsculas, con negrita, cursiva y subrayado).

  2. fco_mig

    Solo una nota al margen: ¿podemos culpar a gente que, como Kipling o incluso Lovecraft, creían en lo que en aquellos momentos se consideraba normal? Lo políticamente correcto en su época era precisamente ser colonialista, racista y pensar que el hombre blanco era un ser superior. Hay excepciones, pero el mito no se iba a cuestionar hasta la Primera Gran Guerra para la mayoría.
    Otra cuestión es aquel que, desde cualquier punto de vista, solo pueda ser calificado de criminal. Y también hay que descalificar a los fanáticos. Y Card solo puede ser calificado de fanático.

    • Jesús Couto Fandiño

      El racismo de Lovecraft se pasaba un pelin de rosca para su época. O sea, si, la gente era racista, pero inclusive a sus amigos (que el tio los tenia, tenia una amplia red de correspondencia escribiendose con gente) les sonaba como «te has pasado un poquito, Howard».

      En cuanto a Card, lo mas triste del asunto es que leyendo tanto su obra de ficción como sus mismas proclamas antihomosexuales uno no puede mas que llegar a la conclusión de que es un homosexual reprimido, que tiene que proclamar y sentir todo ese odio porque se tiene que purificar de alguna manera. Desde la escena de Ender en las duchas y como la escribe, hasta su explicación de que oye, si, la homosexualidad es peligrosa porque claro, tu eres hombre, a quien vas a entender de verdad sino a otro hombre, a una mujer no puedes entenderla, pero es tu deber procrear…

      • Manuel.

        El problema de Lovecraft es que no podría existir su obra sin racismo. Toda su obra es la sublimación de sus miedos más profundos transformados en monstruos horrendos. ¿Que son los profundos de Innsmouth salvo su miedo a razas «inferiores», horrendas y subhumanas para su hipersensibilidad puritana, pasado por el filtro de su creatividad?

  3. El filete era mío

    A mí es que, aunque censurables desde el punto de vista actual, las posturas de Kipling y de Lovecraft siempre me han parecido de lo más lógicas. También es verdad que sucede lo contrario: si admiramos al autor, tendemos a perdonarle sus defectos.

  4. Knut Hamsun y su apoyo a los nazis

  5. Buen artículo. De él quiero comentar dos cosas: [1] a tu última pregunta, creo evidente que la mejor forma de acercarse a una obra – literaria o no – es obviando al autor como persona y centrarse sólo en su «creación». Sin embargo, el problema que esto genera es que va en ambos sentidos, es decir, este articulo debería complementarse con obras que se consideran maestras por quien las ha hecho y no «per se» (las obras de Warhol no pueden entenderse sin la persona – personaje. Y con esto no estoy minusvalorando sus obras, que quede claro) y [2] hay varios ejemplos en este artículo a mi modo de ver injustos. Doy por bueno el ejemplo de Scott Card (aunque él actúa según lo que le han inculcado, ha tenido suficiente vida para reconocer lo erróneo de su pensamiento) pero me cuesta más verlo en Lovecraft o Kipling, por ejemplo. No porque acepte sus ideas – en absoluto – sino porque no aplicamos el filtro «Tiempo». No es justo juzgar a personas pasadas con nuestra mentalidad actual. Las reglas del juego han cambiado y los valores son otros. Mi duda tiene que ver con que el problema no sería si Kipling fue colonialista con todas sus consecuencias (lo que en aquel entonces me parecería «razonable») con si ya para la época era una persona «excesivamente» colonialista.

  6. Pingback: La homofobia de Orson Scott Card

  7. fco_mig

    Volviendo al caso de Lovecraft. En su caso, se puede seguir una evolución de su pensamiento: basta con leer los cuentos más tardíos a menudo olvidados. Por ejemplo: «En los muros de Erix» muestra el principio de una actitud anticolonialista. «Los sueños de la casa de la bruja» muestra hacia el inmigrante (polaco, en este caso) una actitud desconocida en sus primeros y más famosos relatos.

  8. Es una puñeta como una catedral. ¿Acaso es lo mismo que juzgar las ideas del que fabrica los zapatos o los espaguetis que compras? En un libro uno está comprando ideas y visiones del mundo, aunque sean estrambóticas, parciales, parabólicas y anacrónicas. Si la visión conquista, si fascinan el punto de vista, el ritmo, el vocabulario y cada coma, acabar viendo de dónde salieron es como haber devorado con delectación dos platos de deliciosos espaguetis y ver que han sido horneados en… O acabas de descubrir que las marranadas son lo tuyo, y tiene tela, o te sientes burlado, estafado, involucrado en algo infame, turbio y deshonesto, y encima a traición. Lo bueno es que cuando eso pasa más de una vez, por ejemplo: 1) pasas de todo; 2) no endiosas a nadie, y 3) decides que, por ejemplo, seguirías leyendo a Lovecraft porque el chalado vivía en el Gótico tardío, aunque como ese estilo te iba pero hace décadas, lo dejarás para un posible Revival si eso; que Highsmith, después de Mar de Fondo, no puede superarse ni rebajarse: consiguió su medalla y pasó; que Carroll, Kipling y otros se las vean con su público diana (infantil o nostálgico), lo mismo que Woolf, Card, Perry y Mailer (habemos pasao por eso y curaos quedamos, pero no por escrúpulos sino por hastío). O sea, después de un tiempo, sólo te quedan dos o tres traumas y no es para tanto. Y hay más: si nuestros ídolos políticos nos dan bascas después de cuatro meses, cuatro años o cuatro décadas; si Joan Sutherland es una racista vitriólica, ignorante y ordinaria a pesar de que por su Casta Diva merecería una vista gorda de tres megas; si los Reyes Magos nunca, ni siquiera cuando los reverenciábamos, fueron capaces de ser verdaderos; si nuestra parentela, a la vuelta de la esquina, ni se sabe quién es, y nuestro primer amor eterno fue una gran fantasía, por decirlo dulcemente… Sigamos disfrutando del follón mientras se pueda.

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