Hay una revuelta en marcha: el soul politizado en cinco discos

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Angela Davis. Fotografía: Cordon Press.

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A finales de los sesenta, llegó un momento en el que Marvin Gaye no podía más. Se había cansado de cantar los hits que la factoría Motwon disponía para su voz. Y el mundo, como siempre, estaba en llamas. Pero ya no era capaz de mantenerse al margen. Decidió escribir. Y le salió What’s going on (1971), la piedra filosofal del soul politizado. Y aunque en su caso se trataba apenas de la perspectiva liberal, un hombre perplejo por la confusión y la violencia que percibía a su alrededor, su trabajo marcó para los historiadores el paso a la edad adulta de la soul music. Con todo, Gaye no fue el primero. Ni el único.

En Chicago, Curtis Mayfield utilizaba su espléndido falsete y su elegante técnica a la guitarra para narrar la vida de los oprimidos. Su directo Curtis/Live (1971) no siempre aparece entre lo más destacado de su género y década, cuando debería ser tratado como clásico de la black music concienciada. Igual que ya lo era This is my country (1968), de los Impressions tardíos, la primera banda de Mayfield. En aquellos años, la psicodelia atravesó los muros del gueto y grupos como los Temptations y solistas superdotados como Stevie Wonder ampliaron lírica y sonidos. Los veteranos Isley Brothers reintepretaban «Ohio», oración laica de Neil Young por los estudiantes asesinados en la Universidad de Kent a manos de la Guardia Nacional. Para los extenuantes diez minutos de «The time has come today» de The Chambers Brothers había espacio en las listas de éxitos. Y el góspel fraternal de The Staple Singers explicaba que la revolución empieza por uno mismo. Fue la época en que Sly & the Family Stone fabricaron un díptico determinante, la crónica de la ascensión y caída de la esperanza negra en apenas dos años: Stand! (1969) y la respuesta a Gaye, There’s a riot goin’ on (1971).

Los siguientes párrafos se detienen, sin embargo, en algunas carreteras secundarias de la música negra en ese turbulento período. No todos los discos mencionados se adscriben al soul en sentido estricto. Pero todos tienen el alma rebelde y prestaban atención a lo que sucedía, en el gueto y más allá.  

***

Seize the time (1969) – Elaine Brown

En las notas a la primera edición de Seize the time, redactadas por Eliot Tiegel, Elaine Brown expone su poética: «Yo solía escribir sobre flores y mariposas enamoradas. Esa clase de tonterías. Pero ahora, desde que me uní a los Panthers, mis palabras son duras y concretas y no hay mensaje abstracto ni esotérico. Las cosas se disponen con claridad, para que así la gente pueda entender cómo nos sentimos». Seize the time, el primero de los discos de Brown, es la práctica dura y concreta de esa teoría, diez temas que orbitan alrededor de piano y voz de ascendencia góspel y que desgranan la visión del mundo del Partido de los Panteras Negras. No por acaso incluye el que su entonces jefe de Estado Mayor, David Hilliard, eligió como «himno nacional» de la organización, «The Meeting». Por si quedan dudas, el subtítulo de la obra es Black Panthers Party.

«Estas y otras canciones fueron escritas para los héroes que conocí», recapitulaba la autora en 2006, «para los luchadores por la libertad, los soldados del Partido de los Panteras Negras. Este disco es un homenaje a ellos, a la sangre que derramaron en la lucha por la libertad de nuestro pueblo, de todos los pueblos oprimidos». Como una Nina Simone que no le debiese nada al establishment, quien fue ídolo musical de Huey P. Newton estaba más cerca de las baladas protesta de Paul Robeson —entiende Rickey Vincent en su estudio Party Music sobre «cómo el Black Power transformó la música soul»— que de la «ruidosa estética rítmica del rhythm and blues». Elaine Brown llamaba, de manera furiosa y delicada a la vez, a «aprovechar el momento. / Y el momento es ahora». A veces mediante descripciones líricas, e idealizadas, del militante hombre en un partido cuya relación con el movimiento feminista distó de ser ejemplar —«The Panther»—, otras con poemas crónica —«The Assassination», sobre la matanza en la Universidad de California de los militantes John Huggins y Bunchy Carter—, o llamamientos al combate por la verdad —«The End of Silence»—, Seize the Time es un manual de instrucciones, música informativa de los subalternos, góspel en armas. Igual que, diez años después, lo sería el alegato sandinista «Guitarra armada» de los mismos hermanos nicaragüenses Mejía Godoy que hicieron célebre el «Son tus perjúmenes, mujer».

El pianista de jazz Horace Tapscott se encargó de los arreglos del elepé, grabado en Los Ángeles bajo constante vigilancia policial, y Emory Douglas, ministro de Cultura de los Panteras y dibujante de trazo inconfundible, de su portada. Elaine Brown, que había nacido en 1943 en un barrio obrero de Filadelfia, solo publicó otro disco, Until we’re free (1973), en una subsidiaria de Motown. Entre 1974 y 1977, y después de que Huey Newton se exiliase en Cuba acusado de asasinato, fue la primera y única mujer en liderar el Partido de los Panteras Negras.

Right On Be Free (1970) – The Voices of East Harlem

East Harlem es el barrio neoyorquino de los latinos. De hecho, es El Barrio, el viejo Spanish Harlem inmortalizado por Ben E. King en la canción escrita por Jerry Leiber y Phil Spector. O por lo menos lo era antes de que Rudolph Giuliani y el espectro autoritario desencadenado por George W. Bush después del 11S acabasen de convertir la isla de Manhattan en territorio solo para multimillonarios y yuppies del capitalismo de amiguetes. Pero a finales de los sesenta, las comunidades latinas y afroamericanas de Nueva York hervían. Se organizaban. Decidían que la situación era insostenible. Presentaban batalla. Y la perdieron, pero esa es otra historia.

He ahí el magma en el que surgió, de la mano de Charles «Chuck» Griffin, fundador de la Federación Juvenil de East Harlem, y de su compañera Anna Quick Griffin, la tremebunda guerrilla góspel The Voices of East Harlem. Se trataba de una veintena de voces, de entre doce y veintiún años, producto de la entonces fértil vida comunitaria urbana de los negros estadounidenses. Y lo que en principio solo iba a ser un proyecto para actuar en institutos y actos benéficos acabó convertido en cuatro elepés bajo este lema, impreso en la contraportada de su debut Right On Be Free: «Sabemos quién somos / y sabemos qué somos / y somos libres. // Paz». Justamente su tumultuoso primer disco contiene un tratado sobre la libertad. Sobre la libertad de los condenados de la tierra. Con versiones políticamente intencionadas, de «Proud Mary» de la Creedence al «For What It’s Worth» de Buffalo Springfield, con una pancarta en la portada que recuerda a la del primer, brutal y homónimo disco de la big band de free jazz de Charlie Haden —la Liberation Music Orchestra—, Voices of East Harlem y su góspel de poder popular y bailar en  las calles resulta arrollador, irresistible, una celebración de la vida bajo la bota del poder blanco. Así se canta en el camino hacia la liberación.

Su local de ensayo en un hospital del East Harlem, relata Andreu Cunill en su erudito repaso al soul no tan conocido Espíritus en la oscuridad, atraía a curiosos, militantes e incluso a Bobby Kennedy, el demócrata de izquierda contrario a Vietnam. La enorme, cualitativa y cuantitativamente, banda recorría un camino ascendente. A su crudo Right On Be Free lo siguieron otros tres discos, con producciones de Donny Hathaway, Curtis Maylfield o Leroy Hutson, un sonido soul funk más normativo, y conciertos memorables como el del festival de la Isla de Wight, en el Reino Unido, o el mítico Soul to Soul en Ghana. También tocaron en centros sociales, colegios o prisiones. El grupo abandonó en 1974, después del disco Can you feel it. «Mi chica necesita un nuevo par de zapatos / El granjero nuevos aperos / Y el niño pequeño una escuela nueva / Y el establishment cree que estoy pirado / Tiene que haber un cambio», imploraban en la imponente canción del mismo título. Para contribuir a él habían nacido.

Free Angela (1971) – Larry Saunders et al.

Manifestantes del Women’s Liberation. Fotografía: Cordon Press.

El 3 de octubre de 1970, el FBI detuvo a la profesora e intelectual negra Angela Davis. Militante del Partido Comunista de los Estados Unidos y miembro del Club Che-Lumumba —en el que buscaba acercar posiciones entre los comunistas y los Black Panthers—, fue acusada de conspirar para el secuestro del juez que llevaba el caso de los Soledad Brothers y cuya tentativa acabó con cuatro muertos —el magistrado y tres militantes negros—. La autora de Mujer, raza y clase pasó más de un año en la cárcel. Su causa fue una de las causas por excelencia de la izquierda norteamericana en los años setenta. También de la izquierda cultural. Y más allá. The Rolling Stones le dedicaron «Sweet Black Angel», incluida en el majestuoso doble elepé Exile on Main Street (1972). John Lennon y Yoko Ono, entonces en su etapa de mayor radicalización política, escribieron «Angela», que formó parte de otro doble disco de 1972, el denostado pero significativo Sometimes in New York City. Incluso Peggy Seeger, medio hermana de Pete, tituló una canción con el nombre del peinado afro más buscado de la época. La mismísima Nina Simone se implicó en la campaña por su liberación.

Pero la mejor canción en defensa de Davis procedía de la comunidad afroamericana. Y fue el empresario discográfico, y viejo artista rhythm & blues, Alexander Randolph, quien la puso en circulación en su sello Sound of Soul. En la voz de Larry Saunders, también conocido como «The Prophet of Soul» [El Profeta del Soul], «Free Angela» suena como letanía por la libertad, una plegaria antifascista. El evangelio contra Babilonia: «Free Angela / oh Lord / our sister / sitting in jail». Las llamadas al Señor, el canto scat de Saunders, los susurros y las lamentaciones, ohhh yeah, significan lo que las palabras no alcanzan en la letra simple de un tema en que la intepretación lo es casi todo. «Free Angela» sirvió, además, para bautizar el disco colectivo que Randolph publicó en 1971 con el objetivo de recaudar fondos destinados al Comité Nacional Unido para Liberar a Angela Davis. Registrado en los míticos estudios Muscle Shoals de Alabama, con los no menos míticos músicos del estudio detrás de las tres canciones de Saunders, la cara B recogía ignotos cortes antiguos de Dickie Wonder, Brother Love o Tyrone Thomas, todos grabados para sellos de Randolph.

Larry Saunders solo publicó un disco largo, Stranger (1971). No triunfó. Llegó a ingresar en la secta de Jim Jones, pero sobrevivió. Randolph nunca abandonaría ni la industria musical ni el activismo antirracista. Murió en 1998 de un aneurisma cerebral. Angela Davis fue absuelta de todas las acusaciones el 4 de junio de 1972. En 1980 y 1984 optó a la vicepresidencia de los Estados Unidos por el Partido Comunista. Es todavía un referente intelectual y moral para la izquierda de todo el mundo.

Rappin’ black in a white world (1971) – The Watts Prophets

Al contrario que en la canción de Bo Diddley, sí se puede juzgar el primero de los dos discos de los Watts Prophets por su portada. Un niño negro envuelto en una casaca militar, de esa que vestían en Vietnam los soldados estadounidenses, y un fusil de más estatura que él propio crío centra la imagen. A su alrededor, las vías del tren, una icónica fotografía de Malcolm X, el muro del gueto, una de esas cajas de luz en las que los viejos cines anunciaban sus películas. De eso trata Rappin’ black in a white world, de la ciudad como espacio de opresión y de lucha contra la opresión, de la conciencia existencial del colonizado, de la historia de la emancipación negra, de Bessie Smith y Nat Turner, de cómo sobrevivir en medio del incendio.

«¿Por qué insistís en mantenernos enjaulados? / Sabéis que eso intensifica la ira / El conocimiento de la palabra entiende la hora / Y todo el poder para el pueblo / ¡Poder popular! / Entonces eché más leña al fuego», recitan airados en «What is a man» . Rap antes del rap y, asegura el tópico, contraejemplo en la Costa Oeste a los más populares Last Poets, los profetas de Watts nacieron en un taller literario. El que tras los disturbios raciales del barrio de Los Ángeles había fundado Budd Schulberg —guionista de La ley del silencio o Un rostro en la multitud—, el Watts Writers Workshop. Allí se conocieron Amde Hamilton y los poetas Richard Dedeaux y Otis O’Solomon, que se estrenaron en disco en el colectivo The Black Voices. On the streets of Watts, que recogía poemas producidos en el taller.  Este era un recopilatorio de spoken word, poesía grabada a palo seco. Fue al año siguiente, en 1970, cuando los Watts Prophets editaron Rappin’ black in a white world, para el que sumaron a la pianista y excompositora de Motown Dee Dee McNeil. «Los blancos nos temían, los negros se avergonzaban», afirmaría al respecto Richard Dedeux.

En Rappin’…, a lo largo de 18 lecturas, y con alguna balada al estilo Elaine Brown intercalada, las voces negras claman en el desierto blanco. Avisan de que se acerca la guerra. No es estilísticamente soul pero es el soul más radical. «Los negros no juegan», advierten. Gil Scott-Heron, Bama – The Village Poet o los experimentos de Leroi Jones/Amiri Baraka con músicos de la New Thing no se encuentran muy lejos. Tampoco The Last Poets, aunque los Prophets no utilizan percusión. En 33 revoluciones por minuto, apasionante recorrido periodístico por la «canción protesta» escrito por Dorian Linskey, Amde Hamilton resume, a toro pasado, su percepción: «No conocíamos a los Last Poets y ellos no nos conocían a nosotros. Ellos estaban en el este y nosostros en el oeste. Ellos hablaban de los blanquitos y de la revolución, nosotros hablábamos de nosotros. No tratábamos de ser revolucionarios, tratábamos de salvar a nuestra comunidad». Pero la comunidad se desintegraba y el sistema acabó por aplastar a los que intentaron sobreponerse a su violencia.

En 1975, un extraño incendio e infiltraciones del FBI acabarían con la experiencia del Watts Writers Workshop. The Watts Prophets, ahora reconocidos pioneros de la cultura hip hop, no volverían a grabar hasta 1997, When the 90’s came. Un disco, por cierto, junto al pianista Horace Tapscott, el arreglista de Seize the Time de Elaine Brown.

Boscoe (1973) – Boscoe

La frondosa web Urban Dictionary recoge tres acepciones de la palabra boscoe. Tal vez sea la primera de ellas la que más se relación guarde con el singular funk pesimista de este casi secreto elepé: «Un hombre absurdo cree que es indescriptible. Así, se describe a sí mismo como indescriptible. Esta paradoja se llama boscoe». Y no por absurdo, ni mucho menos, sino por el territorio inédito en el que se despliega, un agujero negro que absorbe jazz panafricano, funk ralentizado, negatividad histórica a la altura de There’s a riot goin’ on de Sly & the Family Stone, soul airado, virutas afrobeat, premoniciones de guerra. «Nunca seremos libres», cantan en plena paranoia, en pleno Gobierno Nixon, en plena derrota del Black Power.

Boscoe emergieron en el South Side de Chicago, la zona más salvaje de la ciudad del viento. Y también la geografía que alumbró —así lo recuerda la discográfica que volvió a poner en circulación el disco después de décadas en el ostracismo— al Art Ensemble of Chicago, la Arkestra del incomensurable Sun Ra o el Artistic Heritage Ensemble dirigido por Phil Cohran, todas indomables agrupaciones de defensa teórica y práctica de la Gran Música Negra. Como las condiciones objetivas suelen determinar la subjetividad, el sonido oscuro y sin salida de Boscoe, su presentimiento de que venían mal dadas, su fatalismo no resignado se relaciona directamente con su ámbito social y cultural. Un agónico «debemos ir a la guerra» cierra una grabación abisal.

Harold Warner, Red Holden y Darryl Johnson a los vientos (trompeta, trombón y saxo), James Rice en la guitarra, Ron Harris en el bajo y Steve Cobb a la batería facturaron Boscoe, registrado en directo y sin apenas retoques de estudio. Los colores de la bandera panafricana diseñada por Marcus Garvey en los años veinte, y que también se conoce como la bandera de la Liberación Negra, ocupan la portada. Ocho canciones que representan la otra cara de la algarabía de esperanza y optimismo de The Voices of East Harlem en «Right On Be Free». Si un tema como «Writin’ on the wall», que abre el disco tras la introducción, funciona como el refugio de la guerrilla antes del asalto al cuartel enemigo, «Now and Den» lo cierra ahogado, desesperado. Y con una letanía tenebrosa: «La guerra es el precedente de la paz». Boscoe transportaban malas noticias para los negros estadounidenses.

Rappin’ black in a white world (1971) – The Watts Prophets.

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