Las múltiples identidades de M. Night Shyamalan

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Imagen: Universal Pictures.

Para Manoj Neliyatu Shyamalan todo empezó a torcerse con El protegido. Apenas había pasado un año desde que deslumbrara a crítica y público con El sexto sentido y la gente, como ocurre tan a menudo en estos casos, quería, sencillamente, más. Más de lo mismo, más de aquel terror reposado, reflexivo y casi melancólico; más de un Bruce Willis repentinamente apartado del cine de acción a lo yippee-kay-yay; más atmósferas inquietantes con final sorprendente. Así, el marketing vino a colocar en el mercado su siguiente largometraje con una campaña que prometía todo eso, y el público llenó las salas esperando ver una indisimulada secuela del «en ocasiones veo muertos» que sacudió el género de fantasmas en 1999.

El final sorpresa lo obtuvimos; lo mismo con el papel «dramático» de Bruce Willis (ahora puede resultar fácil, pero en aquel momento costaba disociar a Willis del héroe rudo modelo John McClane). Pero ya entonces surgieron los primeros decepcionados con Shyamalan, espectadores que habían acudido a ver una película con todos los elementos antes mencionados y se habían encontrado con una de superhéroes. No era culpa suya, y podría argumentarse que, aún hoy, El protegido sigue siendo una de las mejores cintas superheroicas que se han filmado (inserte aquí comentario hiriente random sobre Batman v. Superman). Pero las semillas de su caída en desgracia se habían plantado allí: el mundo se empeñaba en pintar un Shyamalan que poco o nada tenía que ver con el auténtico, y para cuando unos años después llegó su excelente cuento de hadas La joven del agua, el divorcio entre el director y su público (y la crítica) parecía consumado. La joven promesa del cine de terror había dilapidado su crédito en tontunas, sostenían algunos; entre historias de tebeos y de marcianitos, o peor aún, ¡de plantas asesinas! (El incidente, por cierto, con todas sus aristas imperfectas, era una fascinante vuelta de tuerca a la premisa hitchcockiana de Los pájaros. Pero eh: plantas asesinas, mal). Así, el caos narrativo de Airbender, el último guerrero bien pudo ser la respuesta del autor dándoles la razón (eso, o una nueva exploración posmoderna de las formas de causar miedo al espectador).

Pero M. Night nunca fue ese cineasta. Lo que engrandecía El sexto sentido no era su concepción del terror, ni la capacidad para sorprender con sus giros finales, convertidos en marca de la casa más por demanda popular que por voluntad propia. El don de Shyamalan siempre ha sido el de revestir de cine de género los grandes temas íntimos. La película de fantasmas de Bruce Willis era una exploración a fondo de la incomunicación y la soledad; El protegido hablaba de la necesidad de encontrar un objetivo vital, y las señales de los sembrados nunca fueron tan importantes como las señales divinas que sostienen la esperanza de un hombre y su familia frente a la incapacidad de encontrar respuestas al dolor y la tragedia.

Así que en 2017, tras flirtear sin éxito con el blockbuster en Airbender y After Earth, el director indio parece haber reencontrado su vocación lejos de las exigencias y expectativas ajenas. En La visita fue capaz de combinar con maestría de equilibrista circense el terror (terror puro, quizá por primera vez en su carrera) con la comedia más grotesca, y hacer por el camino una reflexión sobre el propio medio cinematográfico. Y ahora llega Múltiple, que… bueno, ¿qué es exactamente Múltiple? Como espectadores curtidos en mil batallas, no creo que los lectores se sorprendan si decimos que una película con tal título es, por fuerza, varias cosas a la vez. En un primer vistazo, parece un thriller de terror claustrofóbico, no muy lejano de la reciente Green Room o, en especial, de Calle Cloverfield 10. Como tal, en él pone Shyamalan todas sus dotes como director malrollero: su manera de mover la cámara, fluida, orgánica, muchas veces a baja altura y con abundancia de planos subjetivos (en ese sentido, la primera aparición de James McAvoy acercándose al maletero del coche es puro John Carpenter); la creación de espacios opresivos y el manejo del tempo… Todo ello se suma para provocar una tensión constante, y el posible componente sobrenatural o paranormal planea sobre la historia de los personajes sin eclipsarla en ningún momento. Por no hablar de la forma magistral en que ofrece la última pincelada de información de la película: casi un minuto antes de mostrarla en pantalla y verbalizarla, la música se adelanta y ofrece la revelación para los oyentes avezados (y con buena memoria).

Imagen: Universal Pictures.

Pero Shyamalan, se ha dicho ya, no es un cineasta de tramas, sino de ideas. Sus películas pueden tener un envoltorio atractivo y emocionante, pero detrás hay invariablemente (léase «salvo en el despropósito de Airbender»… o quizá incluso allí) un discurso íntimo. Aquí caben dos escuelas de pensamiento y, siguiendo esta línea de multiplicidades, ambas serían perfectamente válidas. Por un lado, podríamos considerar que se trata de la historia de Kevin, el personaje interpretado por McAvoy, y su trastorno de personalidad. Kevin (o Barry, o quizá Dennis) cuenta con la ayuda psicológica de la doctora Karen Fletcher, que aporta el punto de vista y la cháchara pseudocientífica que siempre ayudan a dotar de verosimilitud a este tipo de premisas; pero también una humanidad (mérito tanto del guion como de la actuación de Betty Buckley) necesaria para arraigar emocionalmente el conflicto del enfermo. Frente a Kevin está Casey (Anna Taylor-Joy), una de las adolescentes a las que secuestra, y su esfuerzo por escapar de su(s) captor(es). En una hermosa pirueta, el director aúna el viaje interior de sus dos criaturas para componer una obra sobre el sufrimiento, y sobre las cicatrices que este deja en la psique humana. Los dos actores ofrecen sendas lecciones de interpretación: si lo de ella es un recital, lo de él es una sinfonía en veinticuatro movimientos. Pero ambos trazan un retrato del dolor, uno diseccionándolo en diferentes facetas, la otra recomponiéndolo en un todo sin fisuras. Al final, es el modo de afrontar ese dolor el que marca distancias, y el que podría permitir a Casey, quizá, romper una barrera que siempre la ha atenazado (qué plano tan bellamente alargado el último que le dedica Shyamalan a la joven).

También hay un fuerte componente simbólico en el film. Resulta poético el papel que juega la ropa: las vestiduras se convierten en un elemento de caracterización, pero también en un escudo frente al mundo, y la desnudez equivale a indefensión… hasta que la ecuación se invierte: una vez empoderado, el ser humano puede mostrarse sin temor, pero cuando ese empoderamiento desaparece, lo primero que busca es la cobertura que ofrece un pedazo de tela. Desde ese punto de vista, trazar un paralelismo entre esa idea y las personalidades que desarrolla Kevin (que son, en sí mismas, otro tipo de «disfraz») abre algunas reflexiones absolutamente fascinantes.

Habrá quien vuelva a ver en Múltiple otro experimento fallido de M. Night Shyamalan; al fin y al cabo, el drama vuelve a imponerse al terror, y el modelo de thriller que él mismo creó y que acabó por aprisionarlo ha quedado ya (por fortuna) muy atrás. Después de un largo proceso de deconstrucción, el director ha comenzado un camino nuevo. Uno en el que conserva sus obsesiones, su estilo y su forma de narrar, pero se ha deshecho de todas sus ataduras. Pero también un camino que permite ver, al fin, que detrás de sus múltiples identidades siempre se ha ocultado un solo Shyamalan.

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