
Un hombre recorre los pasillos del Gran Conservatorio de Moscú. Las manos en los bolsillos. Las manos con las que ha enseñado a tantos a tocar. Este lugar se parece poco al que conocía. Aquí fue profesor Chaikovski. Aquí se acaba de calificar al compositor de espíritu degenerado al servicio de la aristocracia. Aquí se desprecia a Chopin: un esteta vacuo, un mono de feria de las clases altas. Aquí se escupe con superioridad proletaria sobre Liszt. Aquí se ha decidido que los solistas son inaceptables. La moral soviética no reconoce el triunfo individual. «Debemos acabar con el inútil sistema educativo que despierta en nuestros estudiantes de música el malsano deseo de competir y el impulso de destacar por encima de la colectividad». En eso creen los nuevos responsables del Conservatorio. En el fondo, estudiar música es una reminiscencia de los tiempos burgueses. «Acabas la carrera y te unes a una orquesta, y te pasas la vida soplando la flauta. ¿Y en qué te conviertes? ¿Eres realmente un comunista? ¿Es esto lo que haces cuando tu país necesita trabajadores para las cooperativas, ingenieros, agrónomos o pilotos?».
El hombre que se despide es un pianista. Dicen que de los mejores. Se llama Konstantin Igumnov. Camina cabizbajo pensando en los alumnos que ya no florecerán. El eco de sus clases resuena en algún lugar. Quizá en su cabeza. O en el aula número 45, donde tantas veces ha enseñado los secretos de su técnica prodigiosa; donde desvelaba el misterio de su virtuosismo a cientos de jóvenes de dedos inquietos. Ahora, las manos calladas en los bolsillos; la mandíbula tan apretada que espera a que se le taponen los oídos. Eso quiere. Que el silencio caiga sobre el silencio. Sobre el silencio mamotrético de la ideología. Si los solistas son inaceptables, él también. Con su piano varado frente a la orquesta y sus minutos de gloria en la partitura. No es este el mundo que le va a escuchar.
Konstantin Igumnov se fue del Gran Conservatorio de Moscú para ser sustituido por un camarada de prohibición fácil y limpias convicciones comunistas. El Estado tardaría años en recapacitar. En 1932, tres pianistas soviéticos fracasaron en el Concurso Internacional de Varsovia. Podían cantar la grandeza de Lenin de principio a fin, pero con el teclado sabían hacer poco más que un plan quinquenal. Los solistas volvieron a ser aceptados. Todo por la Nación.
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Lo mejor que he leído últimamente en Jot Down, lo que ya es difícil, teniendo en cuenta la impresionante calidad de algunos de sus artículos.
Felicidades y muchas gracias.
Una puntualización, o dos: sobre «Una capilla en la Universidad», o «El tabaco», nadie, creo, propone que se prohiban, sólo que no se paguen con dinero público, en el primer caso; y que no se ejerciten en espacios públicos, en el segundo.
Se puede poner una capilla donde se quiera, siempre que se la pague Vd; y puede fumar en su domicilio, o al aire libre.
Pues a mí no me ofende casi nada del listado final, rarito que es uno.
Pues, aunque no te ofende casi nada del listado final, tu comentario parece venir de alguien que se ha visto gravemente ofendido con la lectura del artículo.
Más bien parece que usted ha querido ofenderse y a falta de excusas ha interpretado, no sé en base a qué, que luchino se ha ofendido para así poder ofenderse usted. O para intentar ofenderle. Y a mi ha conseguido hacerme responderle, que es algo que se hace casi exclusivamente cuando se está ofendido.
¿Prohibido prohibir? Lo del horario infantil me ha hecho dudar, ¡pero no! Si el horario infantil es perjudicial para los críos, en último término es mi responsabilidad que mis hijos no estén frente al televisor.
Hace unos días mi pareja me comentó que una humorista (no recuerdo cual, lo siento) hizo chistes sobre gente con síndrome de Down y discutimos sobre si se deberían de prohibir. Opino que no, si no les encuentras la gracia cambia de canal y veta a la humorista (de manera individual, ojo) pero la libertad de expresión ampara también a los que tienen la gracia en el culo.
Recuerdo a Ricky Gervaise haciendo chistes sobre el Holocausto y desternillarme de risa, eso no excluye mi solidaridad y simpatía por los judíos. En fin, el artículo me ha hecho replantearme ciertos temas y artículos así son muy de agradecer.
Pues no sé si se deberían prohibir los chistes sobre personas con síndrome de Down. Como discapacitado físico con escasos prejuicios que soy, opino que fuera compasión y ciertas sensibilidades, pero creo que a la mayoría de las personas con obesidad les molesta los chistes de gordos. A los que sufren de alopecia, los de calvos. Y así un no acabar: ciegos, mudos, tartamudos, sordos, incluso cuando se bromea públicamente, -sin ir más lejos en algunos canales importantes de Youtube-, sobre homosexuales, transexuales, me imagino que dañará a quien lo sea. Es cachondeo, sí y es algo que jamás dejará de existir, mientras no haya un cojo, un gordo o un ciego en la sala a la que se intente hacer reír. También hay risas sobre enfermedades mentales, por no olvidar el gratuito uso que se hace, sobre todo en las redes sociales, de la palabra cáncer, que no digo yo que no se deba pronunciar, pero es que habitualmente se usa como insulto, en modo: »eres un cáncer». Si yo hubiera sufrido los horrores del holocausto, me sentiría incómodo escuchando chistes sobre el tema, porque pienso que todos o casi todos, tenemos la piel fina y más cuando es la nuestra.
Añadiría una mas: colgar por el cuello hasta morir a los que apalean mendigos que no se pueden defender.