Arte y Letras

Cuernos patrióticos

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Foto: Nicolás Alejandro (CC)

¡Enamorados! Hay quien dice que esta vehemencia del amor es producto de la casualidad o de la química. Y hay quien va aún más allá y asegura que el azar y la ciencia de mezclar potingues para producir jabones, pegamentos, toda clase de alimentos precocinados y otras drogas orgánicas e inorgánicas, son la misma cosa. Recuerden si tienen valor toda esa milonga sobre los átomos que giran y pegan saltos energéticos alrededor de un núcleo sin que nadie pueda fijar su posición, ni su velocidad, ni su santa afiliación a la Iglesia Protónica o Neutrónica o Gluónica. Ya que al parecer esta hipótesis resultaba divertida y estimulante como una patada en los huevos, ciertos sabios prusianos ataviados con unas corbatas de lazo más grandes que un zepelín de tamaño medio —no digamos ya que su propia cabezota de científico vesánico— pensaron que era razonable representar este modelo mediante gigantescas matrices matemáticas de doscientas filas por trescientas columnas, con cada coordenada asimismo conteniendo otras matrices, algunas de ellas con el emoticono del mono mudito como eigenvaule o valor propio. Cosas del azar. Woldemar Voigt, ese diablo de Gotinga, las llamó tensores, y desde entonces su geometría trae de cabeza a las sucesivas generaciones de locos que tratan de comprenderla.

Como los tiempos que corren no andan escasos de vigilantes de la ética periodística, cada uno de ellos dotado de mil ojos de Sauron, conviene resaltar que Woldemor Voigt (Leipzig, 2 de septiembre de 1850 – Gotinga, 13 de diciembre de 1919) existió de verdad. Semejante nombre no es la típica artimaña del nuevo periodismo y sus reportajes ficción. Es más, ni siquiera es un seudónimo que cualquier otro científico con un apelativo más vulgar, digamos por ejemplo Peter Schmidt —que viene a ser el José Martínez alemán—, previendo los instrumentos del mal que su vil mente iba a pergeñar, se viera obligado a adoptar. Está claro que, llegado el momento de bautizarlo y elegir un nombre, nada más balbucir el cabrito de Woldemor sus primeras burbujas de baba cuántica, su madre y padre tuvieron un episodio de precognición y visualizaron, podríamos decir que incluso sufrieron, las maldades matemáticas que su lechoncete iba a inventar pasados unos años. Artefactos que gestarían un terror inenarrable, como la lovecraftiana notación de Voigt. Desde entonces, promoción tras promoción, incautos alumnos se enfrentan a ella como el plato principal de exámenes que tienen lugar en aulas especialmente dispuestas para la tortura psicológica; aulas dotadas de escasa ventilación, una sola puerta de acceso y luces negras. En algunas de ellas, y para abreviar los padecimientos de los estudiantes, se permite fumar un tabaco de un poder cancerígeno extraordinario, casi radiactivo, porque allí el espacio-tiempo se paró circa 1929 gracias al trabajo sin descanso de las cátedras bajo el dominio de la rama más satánica del Opus Dei, y por tanto, además de que no están vigentes las actuales leyes antitabaco, cada día a las doce se reza un ángelus censurado en el que se sustituye el verso «concibió por obra y gracia del Espíritu Santo» por «se quedó embarazada mágicamente; pero ojo, pecadores, que estaba casada por la Iglesia aún nonata por obra y gracia del Espíritu Santo».

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5 comentarios

  1. No entiendo ni papa de esta colaboración. Indudablemente debo ser muy torpe pero no comprendo este cóctel entre historia de la pre 2ª Guerra Mundial, que todos conocemos, la física cuántica, Bach et alii. ¿Podría resumirnos el autor lo que quiere decir, en unos dos párrafos comprensibles para los autistas como yo?

    • Esfuércese hombre!.
      Al autor:
      El bolero de Ravel sentimiento de estafa???. Arderá en el infierno. Como se lo digo.
      Gracias en cualquier caso.

  2. Genial. Estupefacción y risas intercaladas a todo lo largo y ancho del relato. Por cierto, por la descripción geográfica que da, me es imposible ubicar el habitat de los rutenos. Imagino que a lo mejor no quiere(n) que los encontremos.

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