
Si la guerra fuese una pregunta que se pudiera contestar, obtendríamos la respuesta desde el tejido mitológico; un lienzo donde destaca la figura del corresponsal que aprovecha las cámaras para difundir su propia imagen. En este caso, se trata de un gigante rubio que bebe vino en bota y se limpia con el revés de la mano; un hombre robusto al que todo el mundo conoce como el profesor Hemingstein y para el cual la guerra nunca fue pregunta, sino todo lo contrario. De ahí su doble mérito.
Contemplar la guerra como respuesta y hallar los interrogantes que la mantienen viva solo es posible después de desalojarla de mitos. El profesor Hemingstein fue construyendo el suyo hasta ocupar la partícula más elemental de la guerra. Transformó el vacío, convirtiéndolo en presencia mitológica ya fuese en Brihuega, Guadalajara, Teruel o Madrid y sus puntos calientes. Lugares como Chicote o el Hotel Suecia serán los decorados íntimos de una guerra que no había hecho más que dar comienzo. Las cámaras de fotos le servirían al profesor Hemingstein para retratarse a sí mismo como protagonista. Si observamos con detenimiento las imágenes que se tomó en el frente, da la sensación de ser una persona de esas que siempre esconden algo. Los que le trataron de cerca dan por hecho que esto era un «efecto» muy acusado en él y que se revelaba cada vez que el profesor se ponía a recordar. Porque, siempre que lo hacía, recordaba en beneficio propio.
Cuando una granada alcanzó el Hotel Suecia —donde se encontraba alojado— y un chorro de arenilla se desprendió del techo —salpicando los vasos y el mapa desplegado sobre la mesa—, al profesor Hemingstein no le quedó otra que preguntar a su auditorio:
¿Qué les parece ahora, caballeros?
Dados los antecedentes, la pregunta fue algo más que una provocación. Un gesto con el que quiso dar a entender que en realidad no se trataba de haber perdido la inocencia, sino de saber encajar su asalto cuando toca remover el whisky con los cascotes del recuerdo. Poco antes del impacto, el profesor Hemingstein estaba explicando la imposibilidad balística de que una granada alcanzase el hotel.
Alrededor de un mapa de Madrid, una variopinta concurrencia —formada por corresponsales junto a milicianos y algún que otro espía— escuchaba atenta la exposición de un hombre que era lo más parecido a un gigante con aire extranjero. No era para menos. Estaban delante de todo un experto en campañas militares que había sido herido en Italia durante la Gran Guerra y el más famoso autor vivo de la literatura; un hombre siempre tan ocupado en beber como en demostrar quién era. Todo fuese por mantener la hegemonía.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Hemingway es infinito, cada mes aparecen ensayoe sobre él en El País, esquire, etc. incluso se le daba por muerto literariamente, recuerdo a Ray Bradbury quejándose de que en la adolescencia lo obligaban a leer Por quien doblan campanas, lo cierto es que algo debe tener, porque se lee de eso no cabe duda, yo tengo algunos cuentos suyos prologados por García Marquez, libros de reportajes, artículos sobre pesca, se lee con deleite siempre, si acaso lo que nunca me gusto de él fue aquel cuento sobre el arrogante y fanfarrón piloto de avión Nacionalista de farra en territorio Republicano que fue chivateado sin misericordia (¿por Hemingway?) y mandado al paredón. A la fecha no entiendo el código moral de ese cuento.
Buen artículo. Muchas gracias