Arte y Letras Historia

Edmond de Bries, un transformista cartagenero en la Belle Epoque

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Imagen: DP.

En casi todos los países (…) Las mujeres se disfrazan de hombres, como los hombres de mujeres, sin llamar la atención de nadie. En España, no. En España, fuera del Carnaval, y aun en el mismo Carnaval, el hombre disfrazado de mujer, como la mujer disfrazada de hombre, llevan un sambenito de relajación y escándalo. A ellos se les considera afeminados, y a ellas hombrunas. Y ni ellas ni ellos se libran de sospechas inconfesables. (Nuevo Mundo, 11 de mayo de 1928)

Echo un vistazo a la hemeroteca y…

Ilustración Artística, julio de 1901. El transformista Fregoli ha actuado en Madrid: «En toda la temporada hemos presenciado prisa igual para admirar a un actor o un cantante. A la greña han andado empresarios y revendedores disputándose los billetes, que se han cotizado a precios fabulosos. El Teatro Moderno no bastaba para contener a un público ávido de ver cómo un hombre hace de hombre y de mujer y se viste y se desnuda con rapidez increíble. Ha sido necesario que el gran transformista tomase el teatro de la Zarzuela, y allí van todas las noches ricos y pobres a llenar el teatro. Signo de los tiempos es este».

Diario El Sol. Agosto de 1917. Un hombre se persona en comisaría, en Málaga, pidiendo que lo encierren porque acaba de matar a una persona que no sabe si era hombre o mujer. Según cuenta a la policía, estaba sentado en un parque por la noche cuando una mujer que paseaba por el lugar se acomodó a su lado. Entablaron conversación y, al enterarse de que él, José Aranda Ruiz, que así se llamaba, vivía solo, la señorita se ofreció para hacer vida en común. Según su versión, a continuación le pidió el dinero que llevaba encima para que no se lo robaran y, al negarse a dárselo, reconoció en su insistencia que su nueva amada tenía voz varonil, por lo que tuvo que estrangularla.

Semanario España. Septiembre de 1920. «Hasta el emperador y toda su familia asistían en plena gala a ver al engañoso hombre que parecía enteramente una mujer, y recibían los besitos que medio en broma medio en serio tiraba a la concurrencia imitando a las damas de cuello indudablemente de hombre y sotabarba violeta. —¡Es que parece enteramente una mujer! Y una mujer guapa… Hasta porque tiene senos… ¡Y qué espalda!—decían con la peor baba caída las gentes decentes. Cada vez iba más público al espectáculo y se veían encogidos como jorobados en las butacas a esos hombres que gulusmean lo sucio».

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